Capítulo 1
- La chica del gym y la cajera I
- La chica del gym y la cajera II
El Mazda gris de Ricardo se deslizó por Colima, la luz del atardecer apenas colándose entre los árboles añosos de la Roma. Un atardecer más, uno de esos que pintaban el cielo de la ciudad de un naranja sucio, prometiendo el caos de la noche. Bajó el volumen de la radio, donde una voz aguda hablaba de inversiones y tasas de interés. La odiaba. Odiaba los números, los puentes, las columnas que debía calcular. Odiaba los planos y las juntas donde todos hablaban el mismo idioma hueco.
Su departamento, heredado, tenía ese olor a viejo y a incienso que su madre dejó impregnado en cada mueble. Ricardo se despojó del traje de ingeniero, lo arrojó a un sillón raído que alguna vez fue elegante, y se puso unos shorts y una camiseta holgada. Miró su abdomen, la capa de grasa que la oficina y la ansiedad habían ido acumulando. Un suspiro. No era el cuerpo que quería, pero sí el que le daría acceso.
Al llegar al gimnasio, uno de esos con luces estridentes y música electrónica que te taladraba el cerebro. El olor a sudor y metal era agrio. Ricardo se dirigió a la caminadora con la misma determinación con la que revisaba un cálculo estructural: paso a paso, midiendo el esfuerzo. Su mirada, sin embargo, no estaba en el monitor. Escaneaba el lugar.
Ahí estaba ella. Frida. Entrenando en el área de peso libre, su cuerpo una escultura cincelada por años de disciplina. Los hombros definidos, la espalda surcada de músculos, las piernas poderosas que hacían que los shorts azules se estiraran al límite. Para Ricardo, era una paradoja: una mujer que había construido un templo de su cuerpo, pero que llevaba la inseguridad tatuada en la forma en que su rostro se contraía ligeramente cuando pensaba que nadie la veía.
Frida, con el cabello recogido en un chongo alto, movía las pesas con una facilidad pasmosa. Cuando giró, Ricardo pudo ver sus ojos oscuros, grandes, y esa nariz que ella seguramente odiaba, pero que a él le resultaba… particular. Tenía algo que le recordaba a una heroína de una novela de fantasia que había leído. Un rostro fuerte, a pesar de su inseguridad.
—Ricardo, ¿todo bien con la caminadora? —La voz de Frida era profesional, con un ligero acento neutro que delataba su origen urbano, pero sin caer en el argot barriobajero. Ella se acercó, la toalla al cuello, el cuerpo sudoroso que, para Ricardo, olía a triunfo.
—Sí, Frida, todo en orden. Solo… calentando. —Ricardo forzó una sonrisa, una que había practicado frente al espejo, la misma que usaba en las juntas para que no notaran su hastío.
Frida asintió, su mirada se detuvo un instante en el sobrepeso de él antes de volverse a su equipo. Un juicio silencioso, casi imperceptible, pero Ricardo lo captó. No importa. Ella no lo sabía, pero él no estaba ahí para impresionar, sino para observar, para aprender de su vulnerabilidad.
Al salir del gimnasio, Ricardo subió al Mazda. No era del año, pero su motor ronroneaba con suficiencia. El aire acondicionado, un lujo para muchos, era una necesidad para él después del gimnasio. Su mente, que en la obra se atascaba, ahora trabajaba a mil por hora. Frida era el desafío de la autoestima, la que necesitaba ser vista como merecedora de algo «mejor».
Pero había otro asunto, otro plan.
Condujo hasta el supermercado en la Roma, uno de esos que tenían productos gourmet que a él le daban lo mismo. Entró, tomó un carrito, y se dirigió a la sección de lácteos, pero sus ojos ya buscaban la caja. Ahí estaba. Daniela. Su cabello teñido de rojo como sangre coagulada bajo las luces blancas del local. Ojos delineados con una precisión gótica, la piel pálida, los piercings brillando. Usaba el uniforme genérico del supermercado, pero incluso así, su estilo se asomaba: un choker discreto bajo el cuello de la camisa.
La fila avanzaba lento. Ricardo observó a Daniela: sus movimientos mecánicos al pasar los productos, la manera en que su mirada se perdía a veces, como si su mente estuviera en otro universo, uno de anime o de castillos oscuros. Se notaba el cansancio en sus ojos, en los gestos sutiles de su boca. Una vulnerabilidad económica, cruda, palpable.
Cuando llegó su turno, Ricardo puso un par de cervezas artesanales y unas papas fritas en la banda. Daniela las pasó sin mirarlo realmente, su mente a kilómetros de ahí, quizá en la línea B del Metro o en el microbús atestado.
—Serían doscientos treinta y cinco pesos —dijo Daniela, su voz monótona, casi un susurro. No había coquetería, ni un asomo de interés. Para ella, Ricardo era uno más, un cuerpo con dinero.
Ricardo deslizó su tarjeta. Mientras esperaba el comprobante, vio unos libros baratos en una charola junto a la caja. Eran de pasta blanda, novelas de fantasía y ciencia ficción. Reconoció el logo de una editorial.
—¿Te gusta la ciencia ficción? —preguntó Ricardo, su voz baja, casi íntima, desviándose de su guion.
Daniela levantó la mirada por primera vez, sorprendida. Sus ojos se abrieron ligeramente.
—Sí, a veces. Cuando me da tiempo —respondió ella, y por un microsegundo, la fachada de cajera cansada se resquebrajó. Un atisbo de la Daniela gótica, la soñadora.
Ricardo sonrió. Esta vez, la sonrisa fue genuina, con un dejo de satisfacción. No había preparado esa pregunta, pero había sido un acierto. Él, el ingeniero que odiaba los números, iba a usar las palabras para construir un puente hacia ella. Y si le gustaba la ciencia ficción, quizás también las historias de damiselas en apuros, de mundos mejores.
Tomó su ticket y sus bolsas.
—Que tengas buena noche.
—Igualmente —respondió Daniela, pero esta vez, su mirada lo siguió un poco más, preguntándose por ese cliente extraño que parecía saber algo de ella.
Ricardo salió del supermercado. La noche de la Roma ya había caído. El aire se sentía más denso, cargado de olores a humedad y a comida. Había dado los primeros pasos. Con Frida, la distancia, el respeto. Con Daniela, una conexión insospechada. El «nuevo» Ricardo estaba en marcha, diseñando su venganza, un arquitecto de la emoción.
Frida
Tlatelolco siempre se sentía más frío que el resto de la ciudad. No era una cuestión de clima, sino de la masa de concreto gris de la Unidad Nonoalco que parecía absorber el calor humano. Frida caminaba por los pasillos abiertos del edificio Chihuahua, el viento silbando entre las columnas. Sus pasos, marcados por unos tenis deportivos impecables, resonaban con un eco seco. Al pasar frente a la plaza de las Tres Culturas, no pudo evitar mirar de reojo las ruinas y la iglesia; para ella, vivir ahí era un recordatorio constante de que todo lo que parece sólido puede derrumbarse.
Llegó a su departamento, un espacio pequeño pero ordenado con una precisión casi obsesiva. Sus padres ya dormían. Frida se encerró en su habitación y se dejó caer en la cama. El espejo del ropero le devolvió su reflejo. Se quitó la sudadera, quedando en el top deportivo. Sus hombros estaban marcados, sus abdominales eran de acero, el resultado de tres años de no faltar un solo día al gimnasio. Pero cuando sus ojos subieron a su rostro, la satisfacción desapareció. Se tocó la nariz, la siguió con el dedo como si quisiera borrarla.
—Fea —susurró para sí misma, con la misma voz con la que se lo decían en la preparatoria.
Esa noche no podía dormir. La imagen de Ricardo, el nuevo cliente de la Roma, se le aparecía de forma intermitente. Había algo en él que la descolocaba. No era como los tipos musculosos del gym que le lanzaban miradas hambrientas mientras ella hacía sentadillas; tipos que solo buscaban un trofeo de carne. Ricardo tenía una mirada diferente: analítica, educada, pero sobre todo, tenía esa cara. Una cara que pertenecía al grupo de los «intocables» de su pasado.
Al día siguiente, en el gimnasio, Frida estaba de mal humor. El aire acondicionado se había descompuesto y el ambiente era una sopa de humedad. Estaba ayudando a una señora con su rutina de prensa cuando lo vio entrar. Ricardo vestía una playera negra que intentaba disimular su torso, pero lo que más resaltaba era su actitud. No buscaba la mirada de nadie. Se fue directo a las mancuernas de peso bajo.
Frida terminó con su clienta y, casi sin darse cuenta, caminó hacia él.
—Estás agarrando mal la mancuerna, Ricardo —dijo ella, cruzándose de brazos. Su tono fue más rudo de lo que pretendía—. Si sigues así, te vas a joder la muñeca antes de que bajes un gramo.
Ricardo se detuvo y la miró. No se puso a la defensiva ni se burló. Simplemente soltó el peso y se enderezó, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—Perdona, Frida. Es que mi mente está en otro lado. Los cálculos de una estructura en Santa Fe no me dejan en paz —respondió él con una voz pausada —. Pero tienes razón, para eso eres la experta. Enséñame.
Ese «enséñame» golpeó a Frida en un lugar vulnerable. Nadie como él le pedía cosas así. Para la mayoría de los hombres, ella era solo una instructora con buen cuerpo; para Ricardo, parecía ser una autoridad.
Frida se acercó. El espacio personal entre ambos se redujo. Ella podía oler el aroma a loción cara mezclado con sudor ligero, un olor que no pertenecía a Tlatelolco. Le tomó la mano para corregir el ángulo de la muñeca. La piel de Ricardo era suave, de oficina.
—Así —dijo ella, su voz perdiendo la dureza—. Tienes que sentir el esfuerzo en el bíceps, no en el agarre. No te sirve de nada el peso si no hay control.
—El control lo es todo, ¿no? —replicó Ricardo, sosteniéndole la mirada—. En la ingeniería y en el cuerpo. Supongo que tú lo entiendes mejor que nadie. Has construido algo impresionante aquí, Frida.
Él hizo un gesto vago hacia el físico de ella, pero no hubo lascivia en su gesto. Fue un reconocimiento técnico, casi estético. Frida sintió un calor que no era por el fallo del aire acondicionado. Bajó la mirada, avergonzada por el cumplido.
—Es solo trabajo —respondió ella, soltándole la mano bruscamente—. Dale, haz diez repeticiones más. Te observo.
Mientras Ricardo hacía el ejercicio, Frida se quedó ahí, fingiendo supervisarlo. Se sentía pequeña. Se sentía la niña delgaducha de la prepa otra vez, pero por primera vez, alguien con una cara bonita la trataba como si su opinión importara.
Ricardo, por su parte, contaba las repeticiones mentalmente, pero no pensaba en el músculo. Pensaba en cómo el pulso de Frida se había acelerado cuando le tocó la mano. La grieta estaba ahí. Solo tenía que seguir picando con la precisión de un cincel. Admiraba sus nalgas mientras continuaba con el ejercicio, «que culo» pensaba para si.
Al terminar la serie, Ricardo se despidió con un asentimiento cortés sin dejar de recorrerla disimuladamente con la mirada.
—Gracias, Frida. Mañana te veo. Por cierto, qué buen gusto tienes para los tenis. Se nota que sabes lo que haces en cada detalle.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Frida se quedó parada en medio del gimnasio ruidoso, sintiéndose extrañamente vacía. Se miró en el espejo de la pared opuesta. Por un segundo, solo por un segundo, no se vio tan fea.
Ricardo subió a su Mazda y suspiró. Odiaba el ejercicio, odiaba ese gimnasio, pero la fase uno con Frida estaba completada: se había vuelto indispensable en su percepción de sí misma. Ahora, era momento de volver al supermercado.
Daniela
El trayecto de regreso al Estado de México siempre se sentía como un descenso a las profundidades para Daniela. Después de ocho horas de pie en la caja del supermercado en la Roma, cargando el peso de los lujos ajenos en cada escaneo de producto, el viaje de dos horas era una tortura. Primero el Metro, donde el aire era escaso y los cuerpos se fundían en una masa húmeda de sudor y desespero; luego, la combi que subía por las faldas de los cerros, saltando entre baches y esquivando la oscuridad de calles sin pavimento.
Llegó a su casa, una construcción de bloc gris con castillos de varilla asomándose como dedos suplicantes hacia el cielo. El olor a fritanga de la vecina y el ladrido constante de los perros callejeros eran su banda sonora.
—¿Eres tú, Dani? —la voz de su madre, débil por la tos, llegó desde la otra habitación. —Sí, jefa. Ya llegué —respondió ella, dejando su mochila sobre la mesa de madera desvencijada.
Abrió el refrigerador. Casi nada. Unas salchichas, un resto de frijoles y una jarra de agua. Daniela sintió un nudo en el estómago que no era solo hambre, era la asfixia de saber que el próximo pago de la renta estaba a la vuelta de la esquina y su sueldo de cajera se escurría como agua entre los dedos. Se encerró en su cuarto, el único lugar donde podía ser ella misma. Se quitó el uniforme que olía a limpieza industrial y se puso una bata negra de encaje barato que había comprado en un tianguis. Encendió su computadora vieja y puso un playlist de darkwave. El contraste entre la pared de ladrillo sin aplanar y su estética gótica era la definición perfecta de su vida: un sueño elegante atrapado en una realidad de barro.
Al día siguiente, el cansancio era una sombra bajo sus ojos que ni el delineador más negro podía ocultar. En la caja 4 del supermercado, Daniela pasaba latas de atún y bolsas de pan con la mente en blanco. Entonces lo vio.
Ricardo apareció en su fila. No llevaba carrito, solo un par de artículos: una botella de vino tinto que costaba más que el presupuesto semanal de comida de Daniela y un libro de bolsillo de un historiador francés.
Daniela sintió una punzada de irritación. «Otro de la Roma con más dinero que problemas», pensó. Para ella, Ricardo seguía siendo un hombre carente de atractivo; su rostro, aunque simétrico, le parecía pesado, demasiado serio, casi aburrido en su pulcritud de ingeniero. Comparado con los protagonistas de las novelas góticas que ella devoraba, Ricardo era gris.
—Hola, Daniela. Buenas tardes —dijo él. Su voz no era la del cliente exigente, sino una suave, casi tímida.
Ella apenas asintió, concentrada en el escáner. Bip. Bip.
—Doscientos ochenta pesos —soltó ella, sin mirarlo.
Ricardo no sacó la tarjeta de inmediato. Se quedó mirando el libro sobre la banda.
—Ayer mencionaste que te gustaba la ciencia ficción —dijo él, midiendo cada palabra, consciente de que si se acercaba demasiado, ella se cerraría como una ostra—. Estaba leyendo esto y me recordó a una frase de una novela de Asimov que quizá te gustaría. Habla sobre cómo la tecnología a veces es solo otra forma de magia para quienes no la entienden.
Daniela se detuvo con la mano en la terminal bancaria. Lo miró de frente. Sus ojos góticos se encontraron con los de él. En la mente de Daniela hubo una lucha: la parte de ella que quería mandarlo a la fregada por intentar platicar en plena hora pico, y la parte que moría por hablar con alguien que no le pidiera «una recarga de diez pesos».
—Asimov es bueno —respondió ella, cortante, pero no agresiva—. Aunque prefiero las historias donde el futuro es más… oscuro. Donde la gente está más rota.
—Como en Neuromante —sugirió Ricardo con una media sonrisa—. Donde la ciudad es un monstruo que se traga a las personas.
Daniela sintió un pequeño escalofrío. Era exactamente como se sentía cada vez que bajaba de la combi en el paradero de Indios Verdes. Pero rápidamente recordó quién era ella y quién era él. Él vivía en la Roma; ella vivía en el borde del mundo.
—Sí, algo así. Son doscientos ochenta —repitió ella, recuperando su máscara de indiferencia. La grieta se había cerrado.
Ricardo pagó y tomó su bolsa. No insistió. No pidió su número, no intentó un halago barato sobre su maquillaje o su físico. Sabía que Daniela era una criatura herida por la necesidad y que cualquier movimiento brusco la haría huir.
—Entiendo. A veces la realidad ya es lo suficientemente oscura como para leer sobre futuros brillantes. Que descanses, Daniela. Se te ve muy cansada hoy.
Él se retiró con un paso tranquilo. Daniela se quedó con la palabra «descanses» flotando en el aire. Le molestó que él lo notara. Le molestó que un tipo que no le gustaba, que le parecía un «inge» cualquiera, hubiera tenido la audacia de ver a través de su maquillaje.
«Pinche feo entrometido», pensó mientras atendía al siguiente cliente, un señor que le gritó porque el precio de los limones estaba mal. Pero mientras el señor gritaba, Daniela no pudo evitar pensar en la frase de la ciudad-monstruo que Ricardo había mencionado.
Por primera vez en meses, alguien en ese supermercado no la había visto como un pedazo de carne o una máquina de cobrar, sino como alguien que leía. Y eso, aunque la irritaba, era peligrosamente nuevo.