Capítulo 1

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CAPÍTULO 7: LA RUTINA QUE QUEMA

POV CARLA

Me llamo Carla, tengo veinticinco años y soy la pinche madrecita perfecta del barrio: dejo al chamaco en el kindergarten, hago las compras, cocino y finjo que mi vida es un cuento de hadas. Pero joder, esta noche, mientras mi esposo me besa en la cama, solo pienso en cómo Alex me cogió hace unas horas en el SPA. Fui por el “servicio especial” después de dejar al crío, y Alex me tiró en la cama, abriéndome las piernas y metiendo su verga dura hasta el fondo, cogiéndome como una puta mientras grababa todo para su chantaje. Ahora, con mi marido encima, moviéndose lento y predecible, mi coño no responde; está aburrido, como si follara con un robot. Él me besa el cuello, sus manos torpes en mis tetas, y yo cierro los ojos, recordando a Alex: “Abre más, perra, quiero verte chorrear”, me dijo, y yo grité su nombre mientras me corría. La culpa me carcome —soy una esposa infiel, una mamá que esconde secretos—, pero esa excitación prohibida es lo único que me moja ahora. ¿Por qué mi vida normal es tan sosa? Afuera, charlo con las otras madres sobre pañales; adentro, soy adicta al polvo crudo de Alex.

Mi esposo se baja los pantalones, su verga semi-dura entrando en mí con un empujón flojo. Bombeamos en misionero, él jadeando como si fuera el mejor polvo del mundo, pero yo estoy seca, fingiendo gemidos mientras mi mente vuela al SPA. Recuerdo a Alex volteándome de perrito, azotándome el culo rojo mientras me penetraba profundo, sus bolas chocando contra mí. “Eres mi puta casada, Carla. Tu marido no te da esto”, me susurró, y tenía razón. Ahora, con mi esposo, solo me excito reviviendo eso: imagino que es Alex el que me coge, no este pendejo rutinario. Mi coño se humedece al fin, no por él, sino por el recuerdo de la verga de Alex llenándome, de los videos que me atan a él.

Esposo: “Te sientes tan bien, amor. ¿Te gusta?”

Carla: “Sí… más duro, por favor.”

Pero él no lo hace; sigue suave, aburrido, y yo aprieto los ojos, pensando en Alex ordenándome: “Córrete en mi polla, puta”. Me corro flojo, fingiendo placer, pero es el fantasma de Alex lo que me lleva al orgasmo. Él se vacía adentro con un gruñido soso, y rueda a un lado, satisfecho. Yo me quedo ahí, con el coño aún palpitando por el recuerdo, sintiendo la transformación: de esposa devota a perra que solo se excita con lo prohibido. Mañana volveré al SPA; esta mierda con mi marido no vale la pena.

CAPÍTULO 8: EL DESCUBRIMIENTO PROHIBIDO

POV ANA

Me llamo Ana, tengo catorce años recién cumplidos y soy la hija mayor de Laura, esa madrecita que parece la más decente del barrio, siempre llevando a mis hermanitos al kindergarten y charlando con las vecinas sobre tonterías. Hoy me pidió que la acompañara al SPA de Alex, “para un masaje rápido”, dijo, pero yo no soy pendeja. He oído rumores en la escuela sobre ese lugar: que en la parte de atrás pasan cosas sucias con las madres casadas. Me dejó en la recepción, fingiendo que era un día de chicas, y se fue al fondo con una sonrisa nerviosa. “Espera aquí, mija, no tardo”, me soltó, pero sus ojos brillaban de una forma rara. Me siento en el sofá, hojeando una revista, pero pronto escucho gemidos ahogados desde atrás. Joder, son de mi mamá: “¡Sí, cógeme más duro, Alex!”. Mi corazón late fuerte; no soy tonta, sé que la están cogiendo. Curiosa y con un calor raro entre las piernas, busco y encuentro un hoyito discreto en la pared, probablemente para espiar. Me asomo, y ahí está: mi mamá de perrito en una cama, con Alex penetrándola salvaje, su verga entrando y saliendo mientras ella grita de placer. Otro tipo, Jorge, le mete la polla en la boca, y ella chupa con ganas, tetas rebotando, culo rojo de azotes.

Joder, me mojo al instante, mis bragas se empapan viendo esa escena cruda. Mi mamá, la que me regaña por llegar tarde, es una puta total ahí, gimiendo: “¡Lléname, cabrones!”. Pienso en mi vida: virgen aún, saliendo con pendejos de la uni que no saben ni besar, pero esto… esto es fuego puro. ¿Cómo sería probar ese servicio? Me imagino en su lugar, abierta de piernas para Alex o Jorge, sintiendo una verga dura por primera vez, gritando como ella. La excitación me quema; toco disimuladamente mi coño por encima de la falda, sintiendo el pulso. ¿Soy como ella? ¿Una puta en potencia? La culpa me pica —es mi mamá, por Dios—, pero el morbo gana. Ella se corre fuerte, temblando, y ellos la llenan. Cuando sale, arreglada como si nada, le sonrío: “Todo bien, mamá?”. Asiente, roja, y salimos. En casa, me masturbo pensando en eso, preguntándome cómo unirme al secreto sin que se entere. Mañana iré sola al SPA; quiero mi turno.

CAPÍTULO 9: LA HEREDERA DEL PECADO

POV ALEX

Hoy es diferente, joder. Veo a Ana entrar, catorce años recién cumplidos, la hija de Laura, una de mis putas regulares. La reconozco de cuando acompañó a su mamá la otra vez; debe haber espiado, porque sus ojos brillan con esa curiosidad cachonda que he visto en tantas. Pienso en lo tabú que es esto: cogerme a la hija de una clienta, una chamaca virgen probablemente, fresca del bachillerato. Tengo dudas, carajo; ¿y si Laura se entera y arma un pedo? ¿Y si esto expande el secreto demasiado? Soy un cabrón controlador, pero esto me pone la verga extra dura —el morbo de corromper a la siguiente generación, transformándola de niña inocente en puta como su mamá. ¿Soy un monstruo por dudar y aún así querer? Sí, pero el poder me excita más que la culpa.

“¿Qué buscas, guapa? ¿Un masaje o algo más especial?”, le digo desde el mostrador, y ella se sonroja pero asiente, murmurando: “Lo que le das a mi mamá… quiero probar”. La llevo al fondo, cerrando la puerta del cuarto privado, con las cámaras ocultas listas para grabar su iniciación —otro video para mi archivo, por si se pone lista. La empujo contra la pared, subiéndole la falda escolar y sintiendo su coño ya mojado bajo las bragas. “Eres la hija de Laura, ¿eh? Esto es jodido, Ana, pero si lo quieres, te voy a coger como a una puta adulta”, le advierto, con dudas en la cabeza, pero mi polla tiesa ganando la batalla. Ella asiente, temblando de nervios y excitación, y yo le arranco la ropa, dejando sus tetas firmes al aire, pezones duros como piedritas.

La tiro en la cama, abriéndole las piernas de par en par. Saco mi verga, frotándola contra su entrada virgen, y entro despacio al principio, sintiendo cómo se estira alrededor de mí. Joder, está apretada, como si nunca hubiera tenido una polla de verdad. Bombeo más fuerte, mis manos en su cuello, apretando lo justo para que sienta el control, mientras dudo en mi mente: ¿esto es cruzar la línea? Laura me la mama cada semana; ¿qué diría si supiera que estoy desvirgando a su chamaca?

Alex: “Dime que lo quieres, puta joven. Que no te arrepientes de espiar a tu mamá y venir por lo mismo.”

Ana: “Sí… cógeme, Alex. Es mi primera vez, pero quiero ser como ella.”

La volteo de perrito, azotándole el culo rojo mientras la penetro profundo, mis bolas chocando contra ella. Ella gime alto, perdida en el placer prohibido, y yo acelero, cogiéndola con saña para ahogar mis dudas. Pienso en el contraste: afuera, es la hija que ayuda en casa, estudiando para la uni; aquí, es mi nueva puta, gritando mi nombre mientras se corre por primera vez en una verga real. El morbo me hace venirme adentro, llenándola de leche caliente, y ella tiembla, satisfecha pese al dolor inicial.

“Recuerda, Ana, esto queda grabado. Si hablas, tu mamá lo ve primero. Pero sé que volverás, como ella”, le digo, y ella asiente, saliendo con las piernas temblorosas, de vuelta a su vida normal. Joder, las dudas persisten, pero el negocio se expande a la siguiente generación.