Nekane terminó de fregar el último plato y lo dejó en el escurridor. Se secó las manos en el trapo de cocina y miró el reloj. Las once y cuarto. Los niños habían salido a las nueve con su madre, que se los llevaba al pueblo hasta el domingo por la tarde. Cuarenta y ocho horas.
Encontró a Joseba en el salón, sentado en el sofá con el teléfono en la mano y la televisión puesta en algo que no estaba viendo. Levantó la vista cuando ella entró.
—¿Qué haces?
—Nada. Mirando cosas.
Nekane se apoyó en el marco de la puerta. Llevaba un pantalón de chándal viejo y una camiseta con una mancha de aceite en la axila. No se había duchado desde el día anterior por la mañana.
—Ven aquí.
Joseba dejó el teléfono en la mesita y se levantó. No preguntó para qué. Caminó hasta ella y se detuvo a un paso, esperando. Nekane lo miró de arriba abajo. El pelo canoso en las sienes, la barriga que había empezado a notarse después de los cuarenta, las zapatillas de andar por casa con el talón aplastado.
—Quítate la ropa.
Él obedeció sin prisa. Primero la camiseta, luego el pantalón del chándal, los calzoncillos. Se quedó desnudo en medio del salón, con las manos a los lados, sin intentar cubrirse. Nekane no se movió.
—A ver si te has afeitado bien.
Se acercó y le pasó la mano por la barbilla, el cuello, bajó hacia el pecho. Lo tocó como quien revisa una pieza antes de comprarla. Los dedos se detuvieron en el ombligo, siguieron hacia abajo, rodearon el miembro sin agarrarlo y llegaron a la entrepierna. Joseba respiró hondo cuando ella apretó un poco los testículos.
—Te has dejado pelo aquí.
—Lo siento. Se me olvidó.
—Se te olvida todo. Eres un inútil.
La palabra cayó sin énfasis, como una constatación. Nekane soltó el escroto y se dio la vuelta.
—Vamos al dormitorio. Y trae una toalla del armario.
Joseba caminó detrás de ella, desnudo, con la erección creciendo a medio camino. Sabía que no debía tocarse. Entró en la habitación y abrió el armario mientras Nekane se sentaba en el borde de la cama, con el móvil en la mano, respondiendo a un mensaje. Él dobló la toalla y la dejó en el suelo, a los pies de ella. Luego se arrodilló.
Nekane terminó de escribir y dejó el teléfono en la mesita. Se quedó mirándolo un momento, arrodillado, las manos sobre los muslos, la cabeza algo agachada. Hacía años que hacían esto. No todos los días. No todas las semanas. Pero lo suficiente para que ambos supieran los movimientos.
—¿Te gusta estar así?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me dejas.
Nekane soltó una risa breve.
—No es que te deje. Es que no vales para otra cosa.
Joseba tragó saliva. La erección le palpitaba.
—Quítame los pantalones.
Él se inclinó y desató el cordón del chándal. Bajó la prenda con cuidado, tirando de cada pierna para que ella pudiera levantarlo lo justo. Las bragas eran de algodón blanco, de las de cuatro por una de los chinos. Tenían un pequeño agujero en la cintura.
—Las bragas también.
Joseba las deslizó hacia abajo. Nekane levantó las caderas para ayudar. La vio ahí: el vello oscuro, los labios cerrados, un olor que conocía de memoria. Orina, sudor, algo más denso. No se había limpiado después de mear la última vez. Él lo sabía. A ella le daba igual.
—Empieza.
Joseba se inclinó hacia adelante. Apoyó las manos en las rodillas de ella y abrió la boca. El primer contacto fue con el vello, áspero contra la lengua. Luego la piel, salada, tibia. Nekane se recostó sobre los codos y abrió las piernas un poco más.
Él trabajó sin prisa. Lamio los labios externos, separó con la lengua, buscó la entrada. El sabor era intenso, metálico, con un fondo amargo que reconocía de otras veces. Ella no se había movido, no había hecho ningún ruido. Solo respiraba.
—Más abajo.
Joseba bajó la lengua hacia el perineo, luego volvió a subir. Sintió la humedad crecer bajo su boca. Nekane se movió por primera vez, ajustando la posición, buscando el ángulo correcto. Cuando él llegó al clítoris, ella apretó los muslos contra su cabeza.
—Ahí. Pero más suave.
Él obedeció. Círculos pequeños, apenas contacto. Nekane cerró los ojos. Su respiración se hizo más profunda. Las manos de Joseba temblaban ligeramente contra las rodillas de ella.
—Mete un dedo.
Él penetró con el dedo corazón mientras seguía lamiendo. Sentía las paredes internas, la textura irregular, el calor. Nekane empezó a mover las caderas en pequeños círculos.
—Otro.
Dos dedos ahora. El ritmo se aceleraba. Ella jadeó una vez, luego otra. Joseba sentía la mandíbula cansada, pero no se detenía. Sabía lo que pasaba si lo hacía antes de tiempo.
—No te detengas.
El orgasmo llegó sin aviso. Nekane arqueó la espalda, apretó los muslos con fuerza y soltó un gemido bajo, casi un gruñido. Joseba sintió las contracciones alrededor de sus dedos, el flujo adicional contra su lengua. Tragó sin pensarlo.
Cuando terminó, Nekane se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados. Joseba permaneció en su posición, los dedos aún dentro, la boca pegada a ella. Esperó.
—Ya.
Se separó despacio. La cara le brillaba de saliva y fluidos. Nekane se incorporó y lo miró.
—¿Tienes la polla dura?
—Sí.
—Pues te va a tener que esperar.
Se levantó de la cama y fue al baño. Joseba la escuchó mear. El sonido del chorro contra el agua del inodoro le llegó nítido. Nekane no cerró la puerta. Cuando salió, se detuvo frente a él, que seguía arrodillado en el suelo.
—Tengo sed —dijo ella—. Ve a la cocina y tráeme un vaso de agua.
Joseba se levantó con dificultad. Las rodillas le crujieron. Caminó desnudo hasta la cocina, abrió el grifo, llenó un vaso. Cuando volvió, Nekane estaba de pie junto a la ventana, mirando a la calle.
—Dámelo.
Bebió la mitad del vaso y se lo devolvió.
—Termina tú.
Él bebió el resto. Ella lo observaba.
—¿Sigues duro?
—Sí.
—Pobrecito. Un hombre de verdad se le habría pasado ya.
Joseba bajó la mirada. La erección no cedía. Si algo, estaba más rígida.
—Túmbate en la toalla.
Él obedeció. Se tumbó boca arriba, el pene apuntando hacia el techo, las piernas algo abiertas. Nekane se acercó y se quedó de pie a su lado, mirándolo.
—¿Sabes lo que voy a hacer?
—No.
—Voy a mear encima de ti.
Joseba cerró los ojos un segundo. El estómago se le contrajo.
—Mírame.
Abrió los ojos. Nekane se había acercado más, con una pierna a cada lado de su cuerpo. El vello de su entrepierna estaba húmedo todavía de su saliva.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Dilo.
—Me gusta que me mees encima.
—Eres un asqueroso.
Nekane se agachó ligeramente. Los labios de su coño se separaron un poco. Joseba vio el primer chorro antes de sentirlo. Un hilo fino, amarillento, que le golpeó en el pecho. Luego el flujo se hizo más intenso, mojando el vientre, el vello púbico, el miembro erecto. El olor llenó la habitación: fuerte, acre, casi dulzón.
Nekane se movió hacia arriba. El chorro le llegó a la cara, a la barbilla, a los labios. Joseba abrió la boca sin que ella se lo dijera. Tragó lo que pudo. El resto le escurrió por las mejillas, el cuello, los oídos.
—No te muevas.
Él se quedó quieto, empapado, con la boca abierta y el sabor de ella llenándolo. Nekane terminó y se apartó. Se miró las piernas, donde unas gotas habían salpicado.
—Voy a ducharme. Tú quédate ahí.
Salió del dormitorio. Joseba escuchó el agua de la ducha abrirse. Se quedó en el suelo, sobre la toalla empapada, con el cuerpo temblando de excitación y frío. El pene seguía duro, rojo, pulsando.
Cuando Nekane volvió, veinte minutos después, con el pelo mojado y una bata puesta, él seguía en la misma posición. El líquido se había enfriado y empezaba a secarse en la piel.
—Vete a duchar tú. Y luego haces la comida.
Joseba se incorporó con dificultad. Las piernas le hormigueaban.
—¿Puedo…?
—¿Qué?
—¿Puedo correrme?
Nekane lo miró. La erección seguía ahí, implacable.
—Hazlo tú. Yo no te voy a ayudar.
Él se tomó el miembro con la mano. Tres movimientos, cuatro. El orgasmo llegó rápido, intenso, casi doloroso. El semen cayó sobre el vientre, mezclándose con los restos de orina seca. Jadeó un par de veces. Luego se quedó quieto.
Nekane observó todo sin expresión.
—Vete a duchar de una vez. Tengo hambre.
Se dio la vuelta y salió de la habitación. Joseba se quedó un momento más en el suelo, mirando el techo. El cuerpo le dolía. La mente le flotaba. Se sentía ligero.
Se levantó despacio y caminó hacia el baño.