Otra vez llegando al aeropuerto, esta vez estábamos juntos en los asientos.
Dice mi marido: «He reservado zona VIP primera clase, me ha costado un dineral, Carla».
Mi marido me había regalado unas gafas nuevas. Guapísima, había ido a la peluquería a rizarme mi pelo rubio.
Como soy tan cabrona, dije:
—Cari, podía pasar algo como la última vez —y me miró.
—Qué mala eres.
Y con las manos le hice el signo de los cuernos y dije:
—Calla, cornudito. Hoy mando yo. Bueno, siempre, ja, ja. Si te pone…
Dice él:
—Ya me la has puesto dura.
Y le escupí en la boca, ja, ja.
Entramos en la zona VIP, apartados de los pasajeros, y empezó a entrar un equipo de baloncesto suizo que volvía a su país después de ganar un campeonato.
Ocuparon todos los asientos que había. En su país les esperaba todo el país para celebrarlo.
Vaya fiesta llevaban en el avión, cantando, bebiendo… Qué bien lo pasábamos viéndolos.
Iban a tope, nos invitaron a lo que comían y bebían.
Nos preguntaron si éramos pareja.
Y solo se me ocurre decir a mí:
—Sí, pero somos liberales. Este es mi cornudito mirón.
Empezó a reírse y se lo dijo a todos chillando:
—Compañeros, tenemos asientos una hotwife.
Hablaron con la azafata y pidieron que no entrara nadie hasta que avisaran, y les dijo que vale.
Flipe, eran todos súper altos, eran un montón. Había negros y blancos.
El que nos invitó a las comidas y bebidas se acercó y dice:
—¿Serías nuestra hotwife para los que quieran? Porque hay algunos que no querrán, que son fieles. El trato es apagar los móviles, entiéndeme, somos famosos.
Yo digo sin pensar:
—Siii.
Mi marido dice:
—No, Carla!!
Digo:
—Tú calla y mira como mucho. Pelátela.
Yo me quité mi vestido azul y me quedé desnuda.
Digo:
—Primero quiero que me comáis mi concha.
Y quiero que mi marido sufra.
Dicen todos riendo:
—Pues a joderlo todos, riendo. Pues a tope, de eso sabemos.
Empezaron a besarme, tocarme. No sé cuántas manos me tocaban, pero aún ninguno se sacó nada. Yo tenía ganas de vérselas.
Me subieron en brazos al aire, abriéndome las piernas como si me fueran a partir.
Decían:
—Qué coñito más precioso, cornudo. Es nuestra, acércate, mira cómo se lo comemos.
Se acercó y le volví a decir:
—Qué machos, jódete —y le di un tortazo—. Tú no toques, pero mira de cerca, ja, ja.
—Te la vamos a preparar para que tengas un hijo alto. Esperemos que no salga de color, ja, ja. Qué tonto eres.
Me metían dedos en mi coño, en mi boca, me comían las tetas, me comían entera. Yo genial, sin dejar de mirar a mi marido. A él se le veía sufriendo.
Me encanta eso, que sufra.
Preguntan a él:
—¿La chupa bien, Carla?
Y él dijo:
—Muy bien.
Y yo dije:
—No digas nada, mejor demostrar.
Me bajaron, me arrodillé y ahora sí empezaron a sacárselo. Había de todos los tamaños. Me fui primero a la más grande, jaja.
Atendí a todos. Decían:
—Es verdad, es muy buena.
Por los altavoces se escucha:
—Todos a sus asientos, que vienen turbulencias.
Yo no obedecí.
Me iba sentando en cada uno hasta que se corría y luego me iba a otro, hasta que estuve con todos.
Ya avisaron que íbamos a aterrizar y me senté en mi asiento.
A los 9 meses tuve gemelos negros.
Continuará…