Capítulo 1
CAPÍTULO 1: EL SECRETO DEL SPA
POV ALEX
Me llamo Alex, tengo veintiocho años y soy el dueño de este pinche SPA que parece de lo más inocente, pegado al kindergarten donde todas esas madrecitas dejan a sus chamacos cada mañana. Desde afuera, todo es puro lujo: masajes relajantes, faciales, aromaterapia y esa mierda que las hace sentir como reinas. Pero en la parte de atrás, donde nadie ve, es donde pasa lo bueno. Ahí es donde ofrezco el servicio especial, el que todas conocen pero ninguna abre la boca. ¿Por qué? Porque las tengo bien agarradas de los huevos —o de las tetas, en este caso— con videos que grabo en secreto. Un desliz, una palabra de más, y su vida familiar se va al carajo. Pero lo chido es que regresan, una y otra vez, porque les encanta el polvo discreto que les doy. Es un secreto a voces, pero todas cierran el pico y abren las piernas.
Hoy es uno de esos días normales, de rutina. Veo a Carla llegar, una morra de veinticinco años, con su chamaco de la mano rumbo al kinder. Es de esas madrecitas jóvenes, con curvas que no se han ido después del parto, tetas grandes y un culo que se mueve como si pidiera a gritos que lo azoten. Lleva un vestido ajustado, de esos que usan para verse decentes, pero yo sé que debajo hay una puta en potencia. La he visto antes, coqueteando con la mirada cuando pasa por el SPA. Hoy, después de dejar al chamaco, se detiene en la entrada, fingiendo interés en el menú de masajes. “Buenos días, Alex”, me dice con esa voz suave, pero sus ojos me dicen que quiere más que un masaje en la espalda.
“¿Qué tal, Carla? ¿Vienes por el especial de la casa?”, le respondo con una sonrisa de cabrón, sabiendo que ya la tengo. Ella asiente, nerviosa pero excitada, y la llevo directo a la parte de atrás, pasando por la puerta que dice “Privado”. El cuarto es sencillo: una cama grande, luces tenues, y cámaras escondidas en cada esquina. No se imagina que todo queda grabado, para mi colección personal y para el chantaje si se pone lista.
La empujo contra la pared apenas cerramos la puerta, y mis manos van directo a su vestido, subiéndolo por encima de sus caderas. “Quítate esa mierda”, le ordeno, y ella obedece como una perra en celo, dejando caer el vestido al piso. No lleva brasier, sus tetas saltan libres, pezones duros como piedras. Me bajo el pantalón y saco mi verga, ya tiesa, lista para el ataque. “Mírala, puta, esto es lo que vienes a buscar cada semana”, le digo, y ella se arrodilla sin que se lo pida, metiéndosela en la boca como si fuera su desayuno favorito. Chupa con ganas, gimiendo, saliva chorreando por mi polla mientras yo le agarro el pelo y la empujo más profundo. Pienso en lo jodido que es esto: afuera, es la mamá perfecta, llevando al chamaco al kinder, charlando con las otras madrecitas sobre recetas y pañales. Adentro, es mi puta personal, tragándose mi verga como si no hubiera mañana.
La levanto y la tiro en la cama, abriéndole las piernas de par en par. Su coño está empapado, brillando bajo la luz. “Dime que lo quieres, Carla. Dime que regresas por esto”, le exijo, frotando la cabeza de mi polla contra su entrada. “Sí, Alex, cógeme duro, por favor”, suplica, con esa voz entrecortada que me pone como loco. Entro de un solo empujón, fuerte, sintiendo cómo se estira alrededor de mí. Empiezo a bombear, cogiéndola con saña, mis manos en sus tetas, pellizcando los pezones mientras ella grita y araña las sábanas. “Eres una puta casada, ¿verdad? Tu marido no te da esto, por eso vienes aquí”, le digo entre jadeos, y ella asiente, perdida en el placer prohibido. Siento el conflicto en mí también: soy el cabrón que las tiene atrapadas, pero joder, me excita el poder, saber que con un video las controlo. ¿Soy un monstruo? Tal vez, pero ellas regresan, así que algo bien estoy haciendo.
La volteo de perrito, azotándole el culo rojo mientras la penetro más profundo, mis bolas chocando contra ella. “Vas a correrte en mi verga, puta”, le ordeno, y ella lo hace, temblando, gritando mi nombre. Yo sigo, hasta que no aguanto y me vengo adentro, llenándola de mi leche caliente. Nos quedamos ahí, jadeando, ella con la cara de culpa pero satisfecha, yo pensando en el video que acabo de grabar. Otro seguro para mi archivo.
Me levanto, me visto y le digo: “Recuerda, Carla, esto queda entre nosotros. Si hablas, todos verán lo puta que eres”. Ella asiente, se arregla y sale como si nada, de vuelta a su vida normal. Yo sonrío, sabiendo que volverá pronto.
CAPÍTULO 2: LA NUEVA EN EL JUEGO
POV ALEX
Otro pinche día en el SPA, con el sol pegando fuerte en la calle y las madrecitas desfilando hacia el kindergarten como si fueran a una pasarela de culos y tetas. Tengo veintiocho años y ya soy el rey de este pedazo de paraíso pervertido: frente inocente, trasera sucia. Ayer fue Carla, la puta recurrente que no puede dejar de venir por más, pero hoy veo carne fresca. Se llama María, veintiséis años, recién mudada al barrio con su chamaco de tres. La he observado un par de veces, dejando al crío y echando miradas curiosas al SPA. Es de esas morras con cara de santa, pelo negro largo, cuerpo delgado pero con curvas que gritan “cógeme”. Hoy, después de soltar al chamaco, se para en la entrada, fingiendo leer el cartel de promociones. Sé que ha oído los rumores; es un secreto a voces entre las madres, pero ninguna habla porque las tengo bien chantajeadas con mis videos. Si María entra, será mi nueva adquisición.
“¿Buscas algo en especial, guapa?”, le digo desde el mostrador, con mi sonrisa de cabrón que promete más que un masaje. Ella se sonroja, pero entra, cerrando la puerta detrás. “He oído… cosas. Sobre un servicio especial”, murmura, nerviosa, mirando alrededor como si esperara que saliera el diablo. Joder, me excita verlas así, inocentes al principio, putas al final. Pienso en lo jodido de mi vida: de día, soy el emprendedor simpático; de noche, reviso videos de estas madrecitas gimiendo mi nombre. ¿Me siento culpable? A veces, pero el poder me pone la verga dura. “Ah, el servicio especial. Solo para clientas selectas como tú. ¿Quieres probar?”, le respondo, y sin esperar, la llevo a la parte de atrás, al cuarto con la cama y las cámaras ocultas listas para grabar su iniciación.
Apenas entramos, cierro la puerta y la empujo contra la pared, mis manos subiendo por su falda. “Quítate todo, María. Muéstrame qué traes debajo de esa cara de mamá perfecta”, le ordeno, y ella tiembla pero obedece, dejando caer la blusa y la falda. Sus tetas son firmes, pezones rosados, y su coño depilado ya brilla de humedad. Saco mi verga, tiesa y lista, y la froto contra su muslo. “Mírala, puta nueva. Esto es lo que las otras madres vienen a buscar. Tú también lo quieres, ¿verdad?”. Ella asiente, ojos vidriosos de excitación prohibida. La tiro en la cama, abriéndole las piernas con fuerza.
Alex: “Abre más las piernas, perra. Quiero verte toda expuesta.”
María: “Sí… por favor, no seas rudo… o sí, sé rudo.”
Entro en ella de un empujón, sintiendo cómo se aprieta alrededor de mi polla, virgen en este juego pero empapada como una veterana. Bombeo duro, mis manos en su cuello, apretando lo justo para que sienta el control.
Alex: “Dime que eres mi puta ahora, María. Que regresarás por más de esta verga.”
María: “Soy… soy tu puta, Alex. Cógeme más fuerte, joder.”
La volteo de perrito, azotándole el culo hasta que se pone rojo, mientras la penetro profundo, mis bolas chocando contra ella. Pienso en su vida afuera: recogiendo al chamaco, cocinando para el marido que seguramente no la satisface. Aquí, es mía, grabada para siempre en mi archivo de chantaje. El conflicto me golpea: soy el monstruo que las atrapa, pero ellas eligen volver, adictas al secreto.
Alex: “Vas a correrte en mi polla, puta. Grita mi nombre mientras te lleno.”
María: “¡Alex! ¡Me vengo, Dios!”
Siento su orgasmo apretándome, y yo me vengo adentro, descargando todo en su coño caliente. Nos quedamos jadeando, ella con lágrimas de placer y culpa, yo sonriendo por dentro al saber que el video ya está guardado.
“Recuerda, María, esto es nuestro secreto. Si hablas, todos verán lo que acabas de hacer. Pero sé que volverás, como las demás”, le digo mientras se viste, y ella asiente, saliendo con las piernas temblorosas de vuelta a su mundo normal.
CAPÍTULO 3: CULPA Y FUEGO INTERNO
POV MARÍA
Me llamo María, tengo veintiséis años y soy una de esas madrecitas que parecen perfectas: llevo a mi chamaco de tres al kindergarten cada mañana, sonrío a las vecinas, preparo la cena para mi marido y finjo que todo está en orden. Pero joder, desde ayer, mi mundo se ha ido al carajo. Ayer entré en ese pinche SPA de Alex, pensando que solo era curiosidad por los rumores que corren entre las madres —ese secreto a voces de que en la parte de atrás te dan más que un masaje—. Ahora, mientras camino de regreso al kinder para recoger al crío, siento el coño aún adolorido y húmedo, recordando cómo me cogió como a una puta. ¿Qué chingados me pasó? Soy una mujer casada, con una vida normal, pero esa verga dura de Alex me hizo gritar cosas que ni en mis sueños más sucios me imaginaba. Me siento culpable como la mierda, pensando en mi esposo que ni idea tiene, pero al mismo tiempo, estoy excitada, con las bragas empapadas solo de revivirlo en mi cabeza. ¿Soy una puta? Tal vez, pero el fuego que me prendió no se apaga.
Llego al kinder y veo a las otras madres esperando, charlando como si nada. Ahí está Carla, la de veinticinco, con su vestido ajustado y esa mirada de saberlo todo. Ella fue una de las que me soltó una indirecta la semana pasada: “El SPA de Alex es una maravilla para desestresarte, ¿sabes?”. Ahora la miro y sé que ella también ha estado ahí, abierta de piernas para él. Me acerco, fingiendo normalidad, pero mi corazón late como loco. “¿Qué tal, Carla? ¿Todo bien con el chamaco?”, le digo, y ella me sonríe con complicidad, como si supiera exactamente lo que me pasa.
Carla: “Bien, María. ¿Y tú? Pareces… relajada. ¿Fuiste al SPA ayer?”
María: “Sí… probé el servicio especial. Joder, no sé qué pensar.”
Nos apartamos un poco de las demás, y ella baja la voz, con esa cara de perra experimentada. “Todas lo sabemos, pero nadie habla. Alex tiene sus trucos para que cerremos el pico. Pero admítelo, ¿no fue lo mejor que te ha pasado en meses?”. Asiento, sintiendo el rubor subir por mi cuello. Recuerdo el momento: Alex empujándome contra la pared, sacando su polla tiesa y ordenándome que abriera las piernas. “Abre más las piernas, perra”, me dijo, y yo lo hice, excitada por el miedo y el deseo. Me cogió duro, llenándome, y grité su nombre mientras me corría. Ahora, hablando con Carla, siento esa excitación de nuevo, un pulso entre las piernas que me hace apretar los muslos. ¿Por qué regreso a esto en mi mente? Mi vida es el kinder, las compras, el marido que me folla de manera aburrida los fines de semana. Pero Alex… él me hizo sentir viva, como una puta liberada. La culpa me carcome: ¿y si mi chamaco se entera algún día? ¿Y si mi esposo ve algo? Pero la excitación gana, y ya estoy pensando en volver.
Ahí llega otra, Sofía, de veintiocho, con dos chamacos y un culo que todas envidiamos. Ella también sabe, lo veo en sus ojos cuando se une a la charla. “Hola, chicas. ¿Hablando del clima?”, dice con sarcasmo, y Carla ríe.
Sofía: “O del SPA. Vi a María salir de ahí ayer con las piernas temblando. Bienvenida al club, puta.”
María: “Cállate, Sofía. Me siento como la mierda, pero… joder, quiero más.”
Ellas asienten, compartiendo miradas. Sofía cuenta cómo Alex la grabó la primera vez y ahora la tiene chantajeada, pero regresa porque el sexo es adictivo. “Es como una droga, María. Culpa por la mañana, excitación por la noche”. Hablamos en susurros mientras los chamacos salen corriendo, y yo recojo al mío, abrazándolo fuerte para ahogar la culpa. Pero en mi cabeza, revivo la escena: Alex volteándome de perrito, azotándome el culo mientras me penetraba profundo. “Vas a correrte en mi polla, puta”, me ordenó, y lo hice, temblando de placer prohibido. Interactuar con ellas me hace sentir menos sola, pero más atrapada en este secreto. Somos un club de madrecitas putas, guardando el silencio por miedo a los videos de Alex, pero volviendo por el fuego que nos quema adentro.
De camino a casa, con el chamaco de la mano, pienso en mi transformación: de mamá devota a adicta al polvo discreto. La culpa me pesa, pero la excitación me moja las bragas. ¿Volveré? Claro que sí.
CAPÍTULO 4: EL CHANTAJE QUE ENCIENDE
POV ALEX
Hoy me despierto con la verga dura pensando en Sofía, esa de veintiocho con dos chamacos y un culo que me pone loco. Es una de mis putas regulares, de las que regresan semana tras semana porque les encanta el secreto, aunque finjan lo contrario. De vez en cuando, me dan ganas de cogerme a una en particular, así que la llamo y le digo que pase “por un masaje especial”. La mayoría obedece, sabiendo que las tengo agarradas con los videos que grabo en secreto. Pero a veces, como hoy, una se pone rebelde, amenazando con exponer todo. Joder, eso me excita más, porque sé que en el fondo les gusta el riesgo, el chantaje que las obliga a abrir las piernas mientras su coño se moja de anticipación. Pienso en lo retorcido que soy: un cabrón que las controla, pero ellas vuelven por más, transformadas de mamás decentes en putas adictas. ¿Me siento mal? Ni madres, esto es poder puro.
Le mando un mensaje a Sofía: “Pasa al SPA ahora, puta. Tengo ganas de tu culo”. Responde rápido, pero con rebeldía: “No, Alex. Estoy harta. Voy a contarle a todas, a mi marido, a la policía. Se acabó tu jueguito”. Me río solo en el mostrador, viendo a las otras madrecitas pasar rumbo al kinder. Amenaza con exponer el secreto a voces, pero sé que es puro bluff. Abro mi archivo de videos, elijo uno de ella de la semana pasada: Sofía de perrito, gimiendo mientras la cojo duro, su cara de placer total. Se lo envío a su teléfono con un texto: “Mira esto antes de abrir la boca, perra. Si hablas, tu marido lo ve primero”. Pasan unos minutos, y la veo llegar, furiosa pero con las mejillas rojas, entrando al SPA y yendo directo a la parte de atrás sin que yo diga nada. El chantaje funciona como siempre: las silencia, pero en el fondo, acallan su rebeldía porque les encanta el morbo, el riesgo de ser expuestas mientras se corren en mi verga.
Cierro la puerta del cuarto privado, con las cámaras ya grabando para sumar a la colección. Sofía está ahí, brazos cruzados, pero sus ojos brillan de esa mezcla de odio y deseo. “Eres un hijo de puta, Alex. Ese video… me tienes atrapada”, dice, pero no se va. La empujo contra la cama, subiéndole la falda y arrancándole las bragas de un tirón. Mi polla ya está fuera, tiesa como una barra, frotándose contra su coño que, sorpresa, está empapado. “Ves, puta? Amenazas, pero tu cuerpo me pide a gritos”, le digo, y ella gime, rindiéndose.
Alex: “Admite que te gusta el chantaje, Sofía. Que te moja saber que te controlo con un video.”
Sofía: “Joder… sí, me gusta. Cógeme ya, cabrón.”
La penetro de un empujón fuerte, sintiendo cómo se aprieta alrededor de mí, caliente y lista. Bombeo con saña, mis manos en sus tetas, pellizcándole los pezones mientras ella araña mi espalda. Pienso en su rebeldía de hace rato: amenazó con exponer todo, pero aquí está, gimiendo como una perra en celo. En el fondo, saben del riesgo, pero lo acallan porque les encanta; es parte del juego, el fuego prohibido que contrasta con su vida de pañales y cenas familiares.
Alex: “Dime que volverás cuando te llame, puta. Que el video te pone cachonda.”
Sofía: “Volveré… me pone, joder. Más duro, Alex, lléname.”
La volteo, poniéndola en cuatro, azotándole el culo rojo mientras la cojo profundo, mis bolas chocando contra ella. Ella grita, corriéndose fuerte, y yo la sigo, vaciándome adentro con un gruñido. Nos quedamos jadeando, ella con esa cara de culpa satisfecha, yo sabiendo que el nuevo video refuerza mi control. “Recuerda, Sofía, la próxima vez que te den ganas de rebelarte, mira el video. Y ven cuando te llame”, le digo, y ella asiente, saliendo con las piernas temblorosas, de vuelta a su mundo normal. Joder, me encanta esto.
CAPÍTULO 5: LA EXPANSIÓN DEL IMPERIO
POV ALEX
Este pinche SPA se me está saliendo de las manos. Al principio, era yo solo, cogiéndome a esas madrecitas calientes que dejan a sus chamacos en el kindergarten y vienen por el “servicio especial” en la parte de atrás. Las tengo bien chantajeadas con videos ocultos, y ellas regresan como perras en celo, adictas al polvo discreto que les doy. Pero joder, ya son tantas: Carla, María, Sofía, y un chingo más que corren la voz en secreto. No me doy abasto; mi verga es dura, pero no soy un pinche superhéroe. Pienso en lo jodido de mi vida: de día, soy el emprendedor simpático con su negocio inocente; de noche, reviso videos de estas putas gimiendo, y me excita el poder, pero también me agota. ¿Soy un monstruo por expandir esto? Tal vez, pero el negocio crece, y si no amplío, pierdo clientas. Necesito ayuda, un chavo que me eche la mano con las cogidas. Recuerdo a Jorge, un viejo amigo de la prepa, veintisiete años, cabrón atlético con una verga que siempre presumía en las fiestas. Lo llamo: “Oye, Jorge, ven al SPA. Tengo una propuesta que te va a poner la polla tiesa”.
Jorge llega en una hora, con esa sonrisa de pendejo, y lo llevo directo a la parte de atrás para explicarle el rollo. “Mira, carnal, el frente es SPA normal, pero atrás cogemos a madrecitas casadas que buscan acción discreta. Las grabo para chantajearlas si abren la boca, y regresan por más. No puedo solo, necesito un socio que las atienda tres veces a la semana. Pero primero, audición: elige una y demuéstrame que vales”. Él se ríe, excitado, y miramos por la ventana a las madres pasando. Elegimos a Laura, una de treinta, con tetas enormes y un culo que se mueve como invitación. Es de las regulares, pero hoy será la prueba de Jorge. Le mando un mensaje: “Ven ahora, puta. Servicio especial con sorpresa”. Llega nerviosa pero cachonda, sabiendo el riesgo pero acallándolo porque le encanta.
En el cuarto privado, con cámaras grabando, le explico: “Laura, hoy Jorge te va a coger. Si pasa la audición, se une al equipo”. Ella mira a Jorge, se muerde el labio, y asiente, ya mojada por el morbo. Jorge se baja los pantalones, sacando su verga gruesa y dura, más grande que la mía, el cabrón. La empuja contra la pared, subiéndole el vestido y arrancándole las bragas.
Jorge: “Abre las piernas, puta. Voy a cogerte como Alex te ha enseñado.”
Laura: “Sí… joder, hazlo. Quiero probar algo nuevo.”
Jorge entra en ella de un empujón, bombeando fuerte mientras yo miro, mi polla endureciéndose en los pantalones. Laura gime, sus tetas rebotando, y Jorge la voltea de perrito, azotándole el culo rojo. Pienso en la transformación: Laura es la mamá perfecta afuera, charlando de pañales con las otras; aquí, es una puta gritando por una verga extraña. Jorge la coge con saña, manos en su cuello, y ella se corre temblando.
Jorge: “Dime que soy mejor que Alex, perra. Que volverás por esta polla.”
Laura: “Eres… joder, eres una bestia. ¡Me vengo!”
Jorge se vacía adentro, gruñendo, y Laura cae jadeando, satisfecha. Pasa la audición con creces; el cabrón sabe lo que hace. “Bienvenido, Jorge. Vendrás tres veces a la semana a ayudar con las clientas. Yo me encargo del chantaje”. Él asiente, y Laura sale con una sonrisa, prometiendo no decir nada pero sabiendo que el video nuevo la ata más.
Al día siguiente, las madres corren la voz en susurros en el kindergarten: “Hay un nuevo en el SPA, Jorge, una bestia en la cama”. Casi todas quieren probarlo; veo a Carla, María y Sofía echando miradas, excitadas por la novedad. El negocio se expande, y yo sonrío, sabiendo que ahora puedo manejar el flujo de putas sin reventarme. Pero en el fondo, ¿esto me hace más monstruo? Ni madres, es puro placer prohibido.
CAPÍTULO 6: DOBLE DOSIS DE PECADO
POV MARÍA
Tengo veintiséis años y soy una madrecita que de afuera parece la santa del barrio: llevo al chamaco al kindergarten, charlo con las vecinas sobre recetas y finjo que mi vida es pura rutina familiar. Pero joder, adentro soy una puta adicta al secreto del SPA de Alex. Desde que me inició, no dejo de pensar en su verga, en cómo me coge duro y me deja temblando. Ahora hay un nuevo, Jorge, el cabrón que Alex contrató para ayudar con el “servicio especial”, y las otras madres no paran de cuchichear: “Es una bestia, te deja hecha mierda pero satisfecha”. Hoy recibí el mensaje de Alex: “Ven ahora, puta. Sesión doble con Jorge. No te arrepentirás”. Mi coño se mojó al instante, pero también sentí un chingo de miedo. ¿Dos al mismo tiempo? Soy una mujer casada, con un chamaco y un marido que ni idea tiene de mis visitas al SPA. Pagué la “membresía” mensual —esa mierda que Alex inventó para hacerla sonar legal, como un abono por masajes, pero en realidad es por los polvos prohibidos—. Vale cada centavo, pero ¿y si esto me rompe? Camino al SPA después de dejar al crío, con el corazón latiendo como loco, culpable por traicionar mi vida normal, pero excitada como una perra en celo.
Entro por la puerta trasera, y ahí están ellos: Alex con su sonrisa de cabrón controlador, y Jorge, el nuevo, alto y musculoso, con ojos que me devoran. “Bienvenida, María. Hoy te vamos a coger los dos, para que pruebes el servicio premium”, dice Alex, y yo tiemblo, asustada por lo que viene. Nunca he hecho algo así; en mi cabeza, revivo las cogidas solitarias, pero dos vergas… joder, me asusta pero me pone cachonda. Me empujan a la cama, quitándome la ropa con manos ansiosas. Estoy desnuda, expuesta, mis tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. Jorge me abre las piernas, frotando su polla gruesa contra mi coño, mientras Alex me besa el cuello y pellizca mis pezones.
Alex: “Relájate, puta. Vas a disfrutar esto. Abre más las piernas para Jorge.”
Jorge: “Mira qué mojada estás, María. El miedo te excita, ¿verdad? Voy a entrar primero.”
Siento a Jorge empujar su verga adentro, gruesa y dura, estirándome como nunca. Gimo, asustada por el tamaño, pero el placer me invade. Alex se arrodilla a mi lado, metiendo su polla en mi boca, empujando profundo mientras Jorge bombea en mi coño. Estoy llena por ambos lados, ahogada en sensaciones: miedo mezclado con éxtasis prohibido. Pienso en mi chamaco en el kinder, en mi marido trabajando, y la culpa me golpea, pero el fuego entre las piernas la quema. ¿Soy una puta total ahora? Sí, y me encanta, transformada de mamá decente a perra doblemente cogida.
Jorge: “Joder, qué apretada estás. Alex, volteémosla para cogérnosla por atrás.”
Alex: “Buena idea. María, ponte en cuatro, puta. Vas a sentirnos a los dos.”
Me voltean de perrito, Jorge sigue en mi coño, bombeando fuerte, mientras Alex lubrica mi culo y entra despacio, pero firme. Duele al principio, me asusto y grito, pero el placer explota cuando ambos me penetran al ritmo, llenándome completamente. Sus vergas se frotan adentro, mis gemidos se convierten en gritos de placer puro. Azotan mi culo, pellizcan mis tetas, y yo me corro una y otra vez, temblando entre ellos.
María: “¡Dios, es demasiado! Pero no paren, cabrones… cójanme más!”
Jorge: “Eso es, puta. Te gusta doble, ¿eh? Vas a volver por más de esto.”
Alex: “Dilo, María. Que tu membresía vale cada centavo por pollas como las nuestras.”
María: “Sí… vale cada pinche centavo. ¡Me vengo otra vez!”
Ellos se corren casi al mismo tiempo, llenándome de leche caliente por delante y atrás. Caigo en la cama, exhausta, asustada aún por lo que acabo de hacer, pero complacida como nunca. Mi cuerpo tiembla de satisfacción, el miedo se transforma en una sonrisa interna. Me visto y salgo, de vuelta a mi vida normal, pero sabiendo que regresaré. Esa sesión doble fue aterradora, pero joder, valió la pena.