Son unas siglas que engloban a tres categorías. En muy raras ocasiones una misma persona engloba las tres al mismo tiempo. Es posible que alguien desarrolle una o dos de las cualidades, pero insisto, las tres al mismo tiempo en una sola persona no es tan corriente como se suele pensar.
Pues empecemos entonces, sin más preámbulos.
La P, como muchos habrán intuido significa Puto, Puta y define a la persona que recibe unos emolumentos por practicar sexo.
La primera G, significa Golfo, Golfa y define a la persona que disfruta del sexo sin más.
La segunda G, significa Guarro, Guarra y define a la persona a la que le gustan las cerdadas y cochinadas del tipo: beber saliva, semen, orina y lamer traseros.
Son tres conceptos que se pueden combinar o desarrollar por separado, pero tampoco es obligatorio ni tan corriente tener la cualidad de obtener los tres.
Prostitutas que no disfrutan del sexo y que no practican cochinadas son la mayoría. Lo hacen para conseguir dinero para sobrevivir y punto. Y golfas que no cobran ni practican guarradas, lo mismo. Las combinaciones son muchas.
Antes de comenzar este relato quisiera aclarar que aunque lo escribo en primera persona porque me parece más adecuado, no es autobiográfico. Pero sí es la vivencia de un amigo que abriéndome su corazón y confiando en mi discreción, me la contó. Yo, pensando que sería una buena historia para compartirla con vosotros la transcribo aquí cambiando los nombres, por supuesto.
Pues adelante con ella entonces.
Por ejemplo, yo me considero GG, soy golfo y guarro. También consideraba a mi mujer en esta categoría. Pero resulta que hace unas semanas un compañero de trabajo me comentó que había visto salir de un piso de citas a mi mujer. O sea, que es una PGG.
¿Este compañero solo la vio salir o estuvo con ella?
Por cierto, me llamo Anthony, que no me había presentado.
Sara, mi mujer, no tenía necesidad económica para tener que prostituirse. Yo estaba convencido de que su depravación sexual se estaba intensificando, estaba sintiendo la necesidad de ir un paso más allá.
Somos una pareja abierta pero no hay que ser un lince para darse cuenta de que por cada relación que el hombre pueda conseguir, su esposa le llevará una ventaja como mínimo de 25 o 30 conquistas.
Somos un matrimonio de mediana edad, con más de veinte años de convivencia a las espaldas y si no fuera porque hace diez años decidimos abrir la pareja, esta se hubiera roto hace tiempo.
Aunque algunas personas cercanas me comentan que la ruptura sería lo mejor, no saben lo que dicen.
Mi mujer es un bellezón que no tiene nada que envidiarle a Claudia Schiffer.
Le encanta vestir con trajes de chaqueta y pantalón o chaqueta y falda corta. Es muy elegante y tiene mucha clase. Su media melena negra, sus gafas de pasta y su rostro con un discreto maquillaje, le dan un toque muy intelectual.
La expresión PGG se le ocurrió a ella cuando hace diez años me comentó que en la despedida de soltera de su amiga Lourdes, el boy que habían contratado las compañeras se extralimitó en sus funciones de animador.
Eran cinco chicas contando a la novia.
El boy, el típico chico de gimnasio con mucha musculatura y tableta en el abdomen, comenzó a bailar al ritmo de la música. Poco a poco se fue sacando la ropa hasta quedarse en bolas. Ahí debería acabar la función. Pero al celebrarse la fiesta en una casa particular el desmadre estaba asegurado.
Eran cinco mujeres independientes, con carrera, empoderadas, elegantes y atractivas que estaban dispuestas a no dejar salir entero de allí a aquel pobre boy.
–¿A dónde vas guapetón? Todavía no ha acabado la fiesta –le espetó Lourdes, la novia y anfitriona de la fiesta.
–Mis servicios eran hacer un striptease y ya terminé. Así que, si no les importa… –comentó el ingenuo boy.
Entonces fue ahí cuando Sara, mi esposa, se sacó de la manga la famosa expresión diciendo:
–Mira majo, has entrado en esta casa como go go, bailarín de striptease o como modelo publicitario, pero vas a salir como un Puto-Golfo-Guarro. O sea, como un PGG. Te vamos a hacer un hombre de verdad.
Las amigas se echaron a reír por la ocurrencia de mi esposa y comenzaron a desnudarse al grito de “Te vamos a convertir en un PGG”, “Te vamos a convertir en un PGG”.
El chico, ya resignado, se sentó sobre un sofá, bebió algo de un vaso que había cerca y comenzó a magrearse su miembro viril que seguía tan enhiesto como en el baile.
No perdió ni un ápice de vigor aquel falo, ni siquiera durante la charla con las chicas.
El boy miraba con atención los cuerpos esculturales de las cinco mujeres que se estaban despelotando para darle la mejor lección de su vida.
Lourdes, como protagonista del evento, se decidió a ser la primera en montar al chaval y sentándose sobre él dándole la espalda, se enchufó sin muchos miramientos aquel rabo largo y grueso en la entrada de su vulva y con dos meneos de cadera se lo engulló hasta los cojones, chocando pubis contra pubis.
Mientras Lourdes se follaba a aquel maromo, mi mujer y las otras tres amigas aplaudían y animaban a su anfitriona para que llegara hasta el final.
Las cinco amigas se fueron turnando a medida que cada una de ellas conquistaba su orgasmo. Mi mujer se subió la tercera sobre aquel potro. Notó que de la uretra del chico salían unas gotitas de semen y que del coño de la amiga que la precedió también se escurrían ciertos restos de esperma.
El chico se había corrido, no cabía duda.
Pero él la tranquilizó diciéndole que se había tomado una pastilla vigorizante y que aunque haya eyaculado, la robustez de su polla estaba asegurada.
Sara lo cabalgó durante unos veinte minutos y pudo comprobar en carnes propias, nunca mejor dicho, que la verga seguía tan vigorosa como cuando Lourdes, la primera en trajinárselo, comenzó.
Sara se corrió y dejó el lugar a la siguiente.
Cuando la quinta y última amiga se montó en aquella atracción, a los pocos minutos el boy volvió a eyacular, pero su picha siguió sin perder potencia en todo el tiempo que la amiga subía y bajaba por aquel falo palpitante, hasta que la mujer llegó a su éxtasis.
Una vez que las cinco amigas habían conseguido sus respectivos orgasmos dejaron que el chico se vistiera y se fuera… pero su pollón seguía estando erguido como un mástil.
Casi una hora y media de folleteo, dos eyaculaciones y el chico seguía como al principio. ¡Qué maravilla la química!
A partir de ese momento comenzamos Sara y yo a abrir la pareja.
Mi mujer había descubierto un mundo nuevo y lleno de emociones excitantes.
Pero volviendo al presente, efectivamente, tenía una charla pendiente con mi esposa.
La charla se produjo y confirmó mis sospechas.
Había dado un paso más en su depravación sexual. Pasó a una nueva pantalla, más oscura y misteriosa.
Descubrió que hacerlo con desconocidos, muchos de ellos feos y fofos, en citas a ciegas, le excitaba muchísimo. Más incluso que hacerlo con chicos atractivos y esbeltos. Y si encima le pagaban por ello, pues unos cuantos orgasmos intensísimos los tenía asegurados sin el menor esfuerzo de lo cachonda que se ponía.
No era capaz, ni tampoco tenía mucho interés, en controlar su libido.
Así que, Sara decidió que por lo menos una vez por semana iría a una casa de citas para tirarse a todo lo que entrara por la puerta de su alcoba, tuviera el aspecto físico que tuviera. Y como buena PGG que intentaba ser, les exprimiría a los hombres hasta la última gota de esperma que tuvieran en sus cojones y hasta el último billete que tuvieran guardado en su cartera.