Capítulo 1
- Mi padre me ofrece a mi mamá II
- Mi padre me ofrece a mi mamá I
Capítulo 2: El Ritmo del Deseo
Desperté con el primer rayo de sol filtrándose por las persianas. Mi cuerpo estaba pesado, como si hubiera corrido una maratón, y mi mente navegaba entre la niebla del sueño y los recuerdos vívidos de la noche anterior. Los gemidos de mi madre, la mirada de mi padre, la sensación de su interior caliente apretándose alrededor de mí. Me toqué el pene, semierección matutina, y cerré los ojos, reviviendo el momento en que ella me pidió que le mostrara a mi padre su sexo lleno de mi semen.
Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—¿Leo? ¿Estás despierto? —era la voz de mi madre, suave pero firme.
—Sí —respondí, tratando de que mi voz no sonara ronca por la excitación.
La puerta se abrió y ella asomó la cabeza. Llevaba una bata de seda color champán, atada floja en la cintura. Su cabello estaba recogido en un moño desordenado, y su rostro, sin maquillaje, parecía más joven, más vulnerable.
—Buenos días —dijo, entrando y cerrando la puerta tras de sí. Se quedó de pie junto a la cama, mirándome. Sus ojos verdes me escudriñaban. —¿Cómo dormiste?
—Bien. Tú, ¿cómo estás? —pregunté, incorporándome en la cama. Las sábanas se me bajaron hasta la cintura, exponiendo mi torso desnudo.
Ella sonrió, un gesto tímido, pero con una chispa de picardía. —Estoy… dolorida. Pero de una buena manera. —Se acercó y se sentó en el borde de la cama. Su bata se abrió un poco, mostrando la parte superior de sus senos. —Tu padre ya bajó a preparar el desayuno.
—¿Y… está todo bien? —inquirí, buscando señales de arrepentimiento en su rostro.
—Todo está perfecto —respondió, poniendo una mano sobre la mía. —¿Tú te arrepientes?
La miré directamente a los ojos. —No. Estoy confundido, pero no me arrepiento.
—Bien. —Su mano apretó la mía. —Porque anoche fue… increíble. Y tu padre y yo queremos más.
Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Más?
—Sí. Él tiene ideas. Pero hablaremos después del desayuno. Ahora, levántate y vístete. —Se inclinó y me dio un beso en la frente, igual que la noche anterior. Pero esta vez, sus labios se detuvieron un instante más, y su aliento cálido rozó mi piel. —Eres un hombre maravilloso, Leo.
Se levantó y salió de la habitación, dejando tras de sí el aroma a jazmín y a sexo.
El desayuno fue una danza de miradas furtivas y sonrisas cargadas. Mi padre, Andrés, servía café y tostadas con una naturalidad desconcertante, como si la noche anterior hubiera sido una cena cualquiera. Llevaba unos pants y una camiseta blanca que delineaba sus músculos pectorales.
—Buenos días, hijo —dijo, pasándome la mantequilla. —¿Descansaste?
—Sí, gracias.
—Bien. Hoy hace un día espectacular. Pensé que podríamos aprovechar la piscina. El agua está perfecta.
Miré a mi madre, que estaba untando mermelada en una tostada. Ella asintió casi imperceptiblemente.
—Suena bien —dije.
—Excelente. —Mi padre tomó un sorbo de café. —Tu madre tiene un cuerpo espectacular en bikini. ¿Verdad, Elena?
Ella se sonrojó, pero sostuvo su mirada. —Tú tampoco te quedas atrás, cariño.
—Ya lo sé. Pero hoy quiero ver a mi hijo lucirse. Leo, ¿trajiste traje de baño?
—Sí, en la maleta.
—Perfecto. Después del desayuno, nos cambiamos.
La conversación derivó hacia temas banales: el clima, las noticias, un proyecto de mi padre. Pero bajo la superficie, la tensión sexual era palpable. Cada vez que mi madre se inclinaba para alcanzar algo, su bata se abría un poco más, mostrando un destello de piel. Mi padre no dejaba de mirarla, y yo no podía dejar de mirar a los dos.
Después de comer, subí a mi habitación a cambiarme. Me puse un traje de baño negro ajustado, y me miré en el espejo. Mi cuerpo estaba tonificado, el vello pectoral oscuro, el abdomen marcado. Mi pene, semierección otra vez, formaba un bulto evidente bajo la tela. Respiré hondo y bajé.
Mis padres ya estaban en el jardín. Mi padre llevaba un short de baño azul que dejaba poco a la imaginación. Mi madre… Dios. Llevaba un bikini minúsculo color rojo fuego. Las bragas eran un triángulo que apenas cubría su sexo, y la parte de arriba, dos triángulos diminutos que dejaban la mayor parte de sus senos al aire. Sus pezones se marcaban claramente contra la tela.
—¡Ahí estás! —exclamó mi padre, tendido en un camastro. —Ven, siéntate.
Me senté en el camastro junto al de él. Mi madre estaba de pie junto a la piscina, mojándose los pies.
—¿Ves? —murmuró mi padre, sin apartar los ojos de ella. —Es una diosa. Y hoy, esa diosa es tuya.
—¿Mía?
—Sí. Quiero verte con ella. En la piscina. Quiero ver cómo la tocas, cómo la besas, cómo la haces gemir.
Su voz era baja, pero llena de urgencia. Miré hacia mi madre, que ahora se estaba metiendo lentamente en el agua, su cuerpo resbalando bajo la superficie.
—Ella lo quiere también —añadió mi padre. —Anoche, después de que te fuiste a dormir, no paraba de hablar de ti. De lo grande que eres, de lo bien que la habías cogido. Está obsesionada.
Eso me excitó aún más. Mi pene se endureció por completo, deformando el short.
—Ve con ella —ordenó mi padre. —Yo me quedo aquí observando.
Me levanté y caminé hacia la piscina. El agua estaba fresca, contrastando con el calor del sol. Mi madre nadaba suavemente, pero cuando me vio acercarme, se detuvo.
—Hola —dijo, con una sonrisa coqueta.
—Hola.
La alcancé en el centro de la piscina, donde el agua nos llegaba al pecho. La miré a los ojos, buscando permiso.
—Tu padre te envió, ¿verdad? —preguntó, acercándose.
—Sí.
—Bueno, pues no hagas esperar al público —dijo, y cerró la distancia entre nosotros.
Sus labios encontraron los míos, suaves al principio, luego con creciente pasión. Su lengua se abrió paso entre mis labios, y la mía respondió con igual fervor. Mis manos encontraron su cintura, luego se deslizaron hacia sus glúteos, apretándolos a través de la delgada tela del bikini.
Ella gimió en mi boca, sus manos enredándose en mi cabello. Rompimos el beso, jadeando.
—Quítame esto —ordenó, refiriéndose a la parte de arriba del bikini.
Obedecí, desatando el nudo detrás de su cuello. Los triángulos cayeron, revelando sus senos al sol. Sus pezones, oscuros y erectos, brillaban con gotas de agua.
—Dios, eres hermosa —murmuré, tomando uno en mi boca.
Ella arqueó la espalda, gimiendo. Mis manos bajaron a sus bragas, y con un movimiento rápido, se las quité, dejándolas flotar en el agua. Ahora estaba completamente desnuda frente a mí, en el centro de la piscina, con mi padre observando desde el camastro.
—Tócame —susurró, guiando mi mano hacia su sexo. —Tócame donde más lo necesito.
Deslicé mis dedos entre sus labios, encontrándola ya húmeda y caliente. La acaricié, primero suavemente, luego con más presión, buscando ese punto que la hacía gritar.
—¡Sí, ahí! —gritó, aferrándose a mis hombros. —¡No pares!
Miré hacia mi padre. Estaba sentado en el camastro, su short de baño abultado por una erección evidente. Una mano se movía lentamente sobre su entrepierna, masturbándose a través de la tela.
—Míralo —jadeó mi madre, siguiendo mi mirada. —Míralo cómo se excita viéndonos. Le encanta ver a su hijo manosear a su mujer.
Sus palabras, dichas con voz ronca y llena de lujuria, me enloquecieron. Introduje dos dedos dentro de ella, moviéndolos en un ritmo rápido. Ella gritó, su cuerpo convulsionando en el agua.
—¡Dentro de mí, Leo! —ordenó, sus uñas clavándose en mi espalda. —¡Quiero sentirte dentro de mí ahora!
Me quité el slip rápidamente, dejándolo flotar junto a sus bragas. Mi pene, completamente erecto, emergió del agua. Ella lo tomó en sus manos, acariciando la longitud, luego lo guió hacia su entrada.
—Así —susurró, mientras yo la penetraba lentamente.
El agua alrededor de nosotros se agitó con nuestros movimientos. Ella se aferró al borde de la piscina, arqueando la espalda para recibirme más profundamente. Yo embestía con fuerza, cada empuje haciendo que el agua salpicara.
—¡Más fuerte! —gritaba ella. —¡Muéstrale a tu padre cómo coges a su madre!
Miré hacia Andrés. Ahora se había quitado el short y se masturbaba abiertamente, su mirada clavada en el punto donde nuestros cuerpos se unían.
—¡Sí, hijo! —rugió, su voz cargada de excitación. —¡Cógela bien! ¡Enséñale quién manda!
Aceleré el ritmo, mis caderas golpeando contra las suyas con un sonido húmedo y fuerte. El placer se acumulaba rápidamente, pero quería durar, quería que mi padre viera todo.
—Gírala —ordenó mi padre de repente. —Ponla de espaldas a mí. Quiero ver su cara cuando se corra.
Obedecí, girando a mi madre hasta que su espalda quedó contra mi pecho, su rostro mirando hacia mi padre. Tomé sus senos con ambas manos, apretándolos mientras continuaba penetrándola desde atrás.
—¡Andrés! —gritó ella, mirándolo directamente. —¡Mírame! ¡Mírame cómo me coge tu hijo! ¡Mírame cómo me llena!
Su exhibicionismo me excitó hasta el borde. Mis movimientos se volvieron frenéticos, descontrolados.
—¡Voy a venirme! —gemí.
—¡Dentro! —ordenaron ambos al unísono.
Con un último empuje, me hundí hasta el fondo y exploté. Mi semen brotó en chorros calientes dentro de ella, y ella gritó, convulsionando con un orgasmo violento que sacudió su cuerpo entero.
Nos quedamos quietos por un momento, jadeando, el agua calmándose a nuestro alrededor.
Luego, mi padre se levantó del camastro y se acercó al borde de la piscina. Su pene aún estaba erecto, brillante por su propio fluido.
—Salgan —ordenó, su voz grave. —Quiero ver.
Salimos del agua, goteando. Mi madre, desnuda y temblorosa, se paró frente a él. Yo me quedé a su lado, mi pene aún semierección.
—Ábrele las piernas —le dijo mi padre a ella. —Muéstrame lo que te hizo.
Ella, sin vergüenza alguna, separó las piernas, exponiendo su sexo hinchado y rojo. De su interior fluía un hilo blanco y espeso: mi semen, mezclado con el agua.
—Dios mío —murmuró mi padre, arrodillándose frente a ella. —Es hermoso. —Y, ante mi asombro, inclinó la cabeza y lamió su sexo, limpiándolo con la lengua, saboreando la mezcla.
Mi madre gimió, sus manos enredándose en el cabello de mi padre. —Andrés… sí… cómeme… cómeme lo que tu hijo dejó dentro de mí…
Él la comió con avidez, sus labios y lengua trabajando en su clítoris hasta que ella tuvo otro orgasmo, más corto, pero igual de intenso, gritando y temblando.
Luego, mi padre se levantó. Su pene palpitaba, necesitado.
—Ahora es mi turno —dijo, y empujó a mi madre contra el borde de la piscina. —Inclínate.
Ella se inclinó, apoyando las manos en el borde. Mi padre se colocó detrás y la penetró vaginalmente con un solo movimiento brusco. Ella gritó, pero de placer.
—Leo —jadeó mi padre, mientras comenzaba a moverse. —Ven aquí. Quiero que veas esto de cerca.
Me acerqué, parándome a su lado, viendo cómo su pene entraba y salía del cuerpo de mi madre.
—Ella es increíble, ¿verdad? —dijo, sudando. —Pero hoy quiero probar algo diferente. Quiero que los dos la tengamos al mismo tiempo.
Mi corazón se detuvo. —¿Cómo?
—Anal —dijo simplemente. —Tú por detrás, yo por delante. ¿Alguna vez has hecho doble penetración?
—No.
—Hoy será tu primera vez. —Miró a mi madre. —¿Te gustaría, Elena? ¿Sentir a tu hijo y a tu marido dentro de ti al mismo tiempo?
Ella, con la cara contra el borde de la piscina, asintió con entusiasmo. —Sí… por favor… quiero sentirlos a los dos… quiero ser su puta…
Mi padre se retiró. —Ven, Leo. Ponte detrás de ella.
Temblando de excitación, me coloqué detrás de mi madre. Mi pene, que se había endurecido por completo otra vez, palpitaba contra sus nalgas.
—Yo voy primero —dijo mi padre, posicionándose frente a ella. —Para abrirla bien. Luego tú entras por atrás.
Penetró a mi madre vaginalmente, embistiendo con fuerza varias veces hasta que ella estuvo gimiendo sin control. Luego, se retiró.
—Ahora tú —me dijo. —Por el culo. Despacio, es su primera vez así.
Me puse un poco de saliva en mi pene, luego lo posicioné en su ano. Estaba apretado, casi impenetrable.
—Empuja —ordenó mi madre, mirándome por encima del hombro. —No tengas miedo. Quiero sentirte.
Empujé, y con un gemido de dolor-placer de su parte, la punta entró. Era increíblemente estrecho, caliente.
—Bien —dijo mi padre. —Ahora yo.
Se colocó frente a ella otra vez y guió su pene hacia su vagina. Lentamente, nos fuimos metiendo los dos al mismo tiempo, coordinando nuestros movimientos. Ella gritó, un sonido largo y gutural, cuando ambos estuvimos completamente dentro.
—Dios… está tan llena… —jadeó mi padre.
—No se muevan… déjenme acostumbrarme… —suplicó mi madre.
Nos quedamos quietos un momento, dejando que su cuerpo se adaptara. Luego, mi padre comenzó a moverse, y yo seguí su ritmo. Fue una sensación surrealista: sentir el cuerpo de mi madre apretándose alrededor de mí, mientras al lado sentía el movimiento del pene de mi padre a través de la delgada pared que nos separaba.
—¡Sí! —gritaba ella. —¡Así! ¡Los siento a los dos! ¡Me están destrozando!
Nuestro ritmo se aceleró, los tres jadeando, sudando bajo el sol. Mi padre me miraba a los ojos sobre el hombro de ella, y en su mirada había una complicidad profunda, un entendimiento primitivo.
—¡Voy a venirme! —grité, incapaz de aguantar más.
—¡Yo también! —rugió mi padre.
—¡Dentro! —gritó ella. —¡Llénenme! ¡Llénenme los dos!
Y explotamos casi al mismo tiempo. Sentí mi semen brotando dentro de su ano, mientras al lado sentía las convulsiones de mi padre vaciándose en su vagina. Ella gritó, un sonido desgarrador de placer absoluto, y su cuerpo se sacudió entre los dos.
Nos retiramos lentamente, y ella se desplomó en el borde de la piscina, jadeando, su sexo y su ano goteando semen.
Mi padre y yo nos miramos. Estábamos exhaustos, cubiertos de sudor y fluidos, pero en sus ojos había una satisfacción profunda.
—Bien hecho, hijo —dijo, poniendo una mano en mi hombro. —Muy bien hecho.
Más tarde, después de ducharnos y vestirnos, los tres nos reunimos en el salón. El ambiente era diferente ahora: más relajado, más íntimo. Mi madre estaba sentada en el sofá, con un vestido ligero, y mi padre y yo en sillones frente a ella.
—Eso fue… intenso —dijo mi madre, sonriendo.
—Sí —asentí.
—Y es solo el principio —añadió mi padre. —Hay muchas cosas que podemos explorar. Muchas fantasías que cumplir.
—¿Como qué? —pregunté.
Mi padre intercambió una mirada con mi madre. —Tu madre ha expresado interés en… incluir a otra mujer.
Recordé lo que me había dicho en el esquema original: Valeria, la prima.
—¿Otra mujer? —pregunté, tratando de parecer sorprendido.
—Sí —dijo mi madre, sus mejillas sonrojándose. —Siempre he tenido curiosidad… y la idea de compartirla contigo y con tu padre me excita mucho.
—Ya tenemos a alguien en mente —dijo mi padre. —Valeria, tu prima. Va a venir de visita en un par de semanas.
—¿Valeria? ¿Y ella estaría de acuerdo?
—Ella es… abierta —dijo mi madre. —Y creo que le gustarás. Y a mí me gustaría verla contigo… y conmigo.
La idea me excitó instantáneamente. Otra mujer, joven, atractiva, uniéndose a nuestra dinámica perversa.
—Pero eso es para después —dijo mi padre. —Mientras tanto, tenemos mucho por hacer. Mañana, quiero probar algo en mi estudio. Tu madre atada, y nosotros usándola como queramos.
Mi madre gimió suavemente, sus ojos brillando de anticipación.
—¿Estás de acuerdo, Leo? —preguntó mi padre.
Los miré a los dos: a mi madre, deseosa y sumisa; a mi padre, dominante y excitado. Y supe que no había vuelta atrás. Que esto era mi vida ahora.
—Estoy de acuerdo —dije.
—Bien. —Mi padre sonrió. —Entonces, esta noche descansamos. Mañana… jugamos.
Esa noche, en mi habitación, me masturbé pensando en lo que había pasado: el agua, el sol, los cuerpos entrelazados, la doble penetración, la mirada de mi padre. Pensé en Valeria, en cómo sería tenerla a ella también. Pensé en mi madre, pidiéndome que la mostrara, que la llenara.
Me corrí con un gemido ahogado, y me quedé dormido con una sonrisa en los labios. El tabú ya no me asustaba. Me excitaba. Y estaba listo para más.
………………Continua en capítulo 3……………..