Capítulo 2
- Mi esposa y mi hija para mí… Y para mis amigos I
- Mi esposa y mi hija para mí… Y para mis amigos II
Capítulo 2: La Presentación
La mañana llegó con una luz cruda que se colaba por las persianas, iluminando el desorden de la sala. Yo me desperté en el sofá, donde me había quedado dormido después de la escalada de la noche anterior. Mi cuerpo estaba adolorido, pero mi mente estaba clara, llena de imágenes obscenas: Camila montándome, Érica chupándome los huevos, los pies entrelazados, el semen goteando. Me levanté y me estiré, sintiendo un vacío extraño en el estómago, una mezcla de ansiedad y anticipación.
Subí las escaleras en silencio. La puerta del dormitorio principal estaba cerrada. La de Camila, entreabierta. Me asomé. La cama estaba vacía, las sábanas revueltas. Olía a sexo y a perfume juvenil. Me dirigí al baño. El olor a jabón y vapor húmedo llenaba el aire. En el espejo empañado, alguien había escrito con un dedo: «Hoy». Debajo, una flecha apuntando hacia abajo, hacia la bañera. Sonreí. Era el humor perverso de Érica.
Me bañé rápido, lavándome el olor a sudor y sexo seco de la piel. Mientras me secaba, escuché risas en la cocina. Voces femeninas, bajas, conspiratorias. Me vestí con ropa casual y bajé.
Érica y Camila estaban sentadas a la mesa de la cocina, tomando café. Ambas vestían batas cortas, pero se notaba que debajo no llevaban nada. Camila tenía las piernas cruzadas, mostrando un muslo desnudo. Érica tenía una mano sobre el muslo de nuestra hija, acariciándolo suavemente. Se callaron cuando entré, y dos pares de ojos avellana se clavaron en mí con una intensidad que hizo que mi verga se moviera en mis pantalones.
«Buenos días, papá», dijo Camila, su voz dulce pero cargada de algo más. Sus labios estaban ligeramente hinchados, quizás de los besos de la noche, quizás de algo más.
«Buenos días, Roberto», dijo Érica, sonriendo. «¿Dormiste bien?»
«Como un tronco», mentí. Me serví una taza de café. «¿Y ustedes?»
«Nosotras estuvimos… planeando», dijo Érica, intercambiando una mirada con Camila. «Camila está muy emocionada. Y yo también.»
«¿Planeando qué?» pregunté, aunque ya lo sabía.
«La visita de Javier», dijo Camila, sin rodeos. «Mamá ya lo llamó. Viene esta tarde. Dijo que tenía ‘curiosidad’ por conocerme mejor.» Su sonrisa era lasciva. «Le contó que tengo veintidós años y que soy muy… aplicada.»
Érica rió. «Aplicada para abrir la boca y las piernas, eso sí. Javier se mostró muy interesado. Dijo que traería algo especial.»
«¿Algo especial?» pregunté, sentándome frente a ellas.
«Sorpresas», dijo Érica, encogiéndose de hombros. «Pero no te preocupes. Todo está bajo control. Hoy, tú vas a ser principalmente el espectador. Y el fotógrafo. Quiero que captures cada momento. Cada expresión en la cara de nuestra hija cuando Javier la toque por primera vez. Cada gemido. Cada lágrima si es necesario.»
Camila se mordió el labio inferior. «No voy a llorar.»
«Quizás no», dijo Érica, su mano subiendo por el muslo de Camila hasta meterse bajo la bata, acariciando la piel interior. «Pero si lo haces, será de placer. Y a tu padre le encantará verlo.»
Pasamos la mañana en una tensión sexual palpable. Érica y Camila parecían más cercanas que nunca, pero era una cercanía cargada de lujuria. Se tocaban constantemente: un roce de manos al pasar la mantequilla, un pellizco en el culo al cruzarse en el pasillo, un beso rápido y húmedo en la cocina que yo atrapé desde la sala. Era como si la iniciación de la noche anterior hubiera abierto una compuerta, y ahora ambas estaban en sintonía, preparándose para el ritual.
Después del almuerzo, Érica anunció que era hora de prepararse. «Camila, ven conmigo al dormitorio. Vamos a elegir tu atuendo. Roberto, tú prepara el equipo. La cámara principal con el trípode en la sala. La cámara de mano para tomas cercanas. Y el celular para backups. Quiero ángulos de todo.»
Obedeciendo, pasé la siguiente hora montando el equipo. Coloqué la cámara principal en un trípode en un rincón de la sala, con vista al sofá grande y a la alfombra. Ajusté la iluminación para que fuera suave pero clara. Preparé la cámara de mano, cargando las baterías. Mi corazón latía con fuerza. Esto era diferente a grabar a Érica con Javier. Esta vez era mi hija. La niña a la que había levantado en brazos, a la que había enseñado a andar en bicicleta. Ahora la iba a grabar mientras era desvirgada por un hombre más joven y dominante que yo, con la bendición de su madre. La excitación me recorría como una corriente eléctrica.
A las cuatro en punto, sonó el timbre. Un escalofrío me recorrió la espalda. Érica bajó las escaleras, vestida con un vestido negro ceñido que le llegaba a mitad del muslo, escotado hasta el ombligo. No llevaba sostén, y el contorno de sus pezones era visible contra la tela. Se veía como una diosa perversa.
«Es él», dijo, y fue a abrir la puerta.
Yo me coloqué detrás de la cámara principal, encendiendo la grabación. El LED rojo se encendió, un ojo cíclope que lo registraría todo.
Javier entró con su habitual aire de confianza. Alto, ancho de hombros, con una sonrisa fácil que ocultaba una crueldad sensual. Llevaba jeans ajustados y una camiseta negra que delineaba sus músculos. En una mano traía una bolsa de lona.
«Roberto», dijo con un asentimiento, sus ojos pasando de mí a la cámara. «Veo que ya estás listo.» Luego su mirada se posó en Érica, recorriéndola de arriba abajo. «Y tú, preciosa, te ves lista para ser deshecha otra vez.»
Érica sonrió, mordiéndose el labio. «Hoy no soy la protagonista, Javier. Hoy te traigo un regalo. Algo más fresco.»
«Oh, sí, me contaste», dijo Javier, dejando la bolsa en el suelo. «Tu hijita. ¿Dónde está? No me hagas esperar.»
«Tiene que hacer una entrada», dijo Érica, su voz como la de una presentadora de juegos. «Camila, cariño, ¡puedes bajar!»
Un momento de silencio. Luego, el sonido de tacones altos en las escaleras de madera. Lento, deliberado. Primero aparecieron sus pies, calzados en unas zapatillas negras de aguja, con correas alrededor de los tobillos. Luego, sus piernas, largas y torneadas, envueltas en medias de red negras que terminaban en un liguero. Luego, el breve vislumbre de sus muslos desnudos, y finalmente, el resto de ella.
Camila había seguido las instrucciones de Érica al pie de la letra. Llevaba un corsé negro que le ceñía la cintura y realzaba sus tetas, que asomaban por arriba en un escote generoso. Debajo del corsé, solo una tanga negra diminuta. Su cabello estaba recogido con un moño desordenado, unos mechones sueltos enmarcando su rostro, en el que llevaba un maquillaje oscuro, dramático, que hacía resaltar sus ojos. Se veía mayor, más peligrosa, pero con un toque de inocencia forzada que la hacía aún más deseable.
Se detuvo en el último escalón, posando, una mano en la cadera, la otra apoyada en la barandilla. Su mirada, desafiante y nerviosa a la vez, se clavó en Javier.
Javier la miró de arriba abajo, sin pestañear. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de pura lujuria evaluativa. Silbó suavemente. «Mierda, Érica. No exagerabas. Es una bomba.»
«Te dije que valía la pena», dijo Érica, acercándose a Javier y pasando un brazo alrededor de su cintura. «Camila, este es Javier. Javier, mi hija Camila.»
Camila bajó el último escalón y caminó hacia nosotros, el taconeo resonando en el suelo. Se detuvo a un metro de Javier, mirándolo directamente a los ojos. «Hola, Javier. Mamá me ha hablado mucho de ti. De lo… grande que eres.»
Javier rió, un sonido bajo y gutural. «¿Sí? ¿Y qué más te dijo?»
«Que sabes cómo tratar a una mujer», dijo Camila, su voz ganando confianza. «Que no tienes miedo de usar fuerza. Que te gusta verlas… abiertas.»
«Tu mamá sabe lo que me gusta», dijo Javier, extendiendo una mano y tomando la barbilla de Camila entre sus dedos, levantándosela suavemente. «Y tú, ¿sabes lo que te gusta a ti?»
«Me gusta aprender», susurró Camila. «Y me gusta que me muestren.»
«Buena respuesta», dijo Javier. Luego miró a Érica. «¿Y el viejo? ¿Solo graba?»
Érica me miró. «Roberto es parte de esto. Es su padre. Y quiere ver cómo se inicia a su hija de verdad. ¿Verdad, Roberto?»
Asentí, sin poder hablar, mis ojos pegados al visor de la cámara.
«Bien», dijo Javier. «Entonces empecemos. Camila, arrodíllate.»
No fue una pregunta. Fue una orden. Camila titubeó solo un segundo, luego, con un movimiento fluido, se arrodilló en la alfombra frente a Javier, sus manos sobre sus muslos, su rostro a la altura de su bragueta, que ya mostraba un bulto considerable.
Javier desabrochó su cinturón y la bragueta, bajando el cierre. Su verga, semierecta, asomó. Era impresionante: larga, gruesa, con venas prominentes, el glande grande y oscuro. Camila contuvo el aliento.
«Érica», dijo Javier sin apartar los ojos de Camila. «Ven aquí. Enséñale a tu hija cómo se recibe a tu macho, a tu amante.»
Érica se arrodilló al lado de Camila. «Mira, hijita. Así se hace.» Tomó la verga de Javier con una mano y la guió a su boca, envolviéndola con sus labios. La chupó con devoción, haciendo sonidos húmedos y obscenos, metiéndosela hasta la garganta. Javier gruñó de placer, sus manos en el cabello de Érica.
Después de un momento, Érica se la sacó de la boca, brillante de saliva. «Ahora tú, Camila. Abre bien la boca. No uses los dientes. Y cuando sientas que toca tu garganta, relájate.»
Camila, con ojos muy abiertos, asintió. Tomó la verga de Javier con una mano, temblorosa, y la acercó a sus labios. Lamió la punta, probando el sabor de la saliva de su madre mezclada con el líquido seminal de Javier. Luego, abrió la boca y se la metió.
No pudo tomar tanto como Érica. Se atragantó, tosió, pero no se detuvo. Javier puso una mano en su nuca y la empujó suavemente hacia adelante. «Más, putita. Trágatela. Es lo que quieres, ¿no?»
Camila, con un poco de lágrimas en los ojos por el esfuerzo, asintió con la cabeza, su boca llena. Comenzó a moverla hacia adelante y hacia atrás, aprendiendo el ritmo. Yo grababa de cerca, el zoom en sus labios estirados alrededor de la gruesa circunferencia, en las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
«Bien», dijo Javier. «Ahora, Érica, tú ocúpate de mis huevos. Camila, con tu mano libre, levántamelos y lámelos.»
Érica se inclinó y tomó el saco de Javier en su boca, chupando cada huevo. Camila, con su mano izquierda, levantó el saco, exponiéndolo más, y comenzó a lamer la piel rugosa, metiéndose los huevos a la boca uno por uno. La vista era increíblemente obscena: madre e hija, arrodilladas a los pies de Javier, adorando su verga y sus huevos como dioses paganos.
Javier cerró los ojos, disfrutando. «Qué buen par de putas. La madre experimentada y la hija novata. Roberto, ¿estás grabando esto? Es oro puro.»
«Está grabando», dijo Érica, soltando los huevos por un momento. «Y después se va a masturbar con el video, ¿verdad, cariño?»
«Seguro», logré decir, mi voz ronca.
Después de varios minutos de oral, Javier los detuvo. «Suficiente. De pie, las dos.»
Érica y Camila se levantaron, sus labios brillantes e hinchados. Javier señaló el sofá. «Camila, acuéstate ahí. Boca arriba. Érica, tú quédate a un lado. Vas a ayudar.»
Camila se recostó en el sofá, su corsé apretándole la respiración. Javier se acercó y, con manos expertas, desabrochó el corsé, liberando sus tetas. Eran más pequeñas que las de Érica, pero firmes, con pezones grandes y oscuros, erectos por la excitación y el aire frío. Javier las apretó, las retorció, haciendo que Camila gimiera.
«Qué tetas tan lindas», murmuró Javier. «Perfectas para morder.» Y lo hizo. Inclinó la cabeza y mordió un pezón, no con suavidad, sino con fuerza. Camila gritó, arqueándose, pero no lo empujó. «¡Sí! ¡Más!»
Javier pasó al otro pezón, mordisqueándolo, chupándolo hasta que estuvo rojo e hinchado. Luego, sus manos bajaron la tanga de Camila. La rasgó de un tirón, la tela negra cediendo con un sonido de desgarro. La panocha de Camila quedó expuesta, ya húmeda, los labios rosados hinchados.
«Érica», dijo Javier. «Ven aquí. Ábrele las piernas a tu hija. Quiero ver bien lo que me voy a coger.»
Érica se acercó obedientemente y tomó las piernas de Camila, doblando sus rodillas y abriéndolas ampliamente, exponiendo completamente su sexo. «¿Ves, Javier? Está intacta. Mi Roberto solo la estrenó anoche. Todavía está apretadita.»
Javier pasó un dedo por sus labios, recogiendo la humedad. «Muy mojadita. Nerviosa, pero excitada. Eso es bueno.» Luego miró hacia mi cámara. «Roberto, acércate. Quiero que veas esto de cerca.»
Dejé la cámara principal grabando y tomé la de mano, acercándome al sofá. El olor a la excitación de Camila era fuerte y dulce.
Javier se bajó los jeans y los boxers hasta los tobillos. Su verga estaba completamente erecta ahora, un monstruo de carne palpitante. La comparó con la entrada de Camila. «Mira, Roberto. Mira cómo la punta apenas cabe. Tu hija es estrecha. Esto va a dolerle.»
«Quiero que me duela», jadeó Camila, sus ojos clavados en la verga de Javier. «Quiero sentir que me rompes.»
«Como quieras, putita», dijo Javier, y sin más preámbulos, colocó la punta en su entrada y empujó.
Camila gritó, un grito agudo y desgarrado. Javier no se detuvo. Empujó más, metiendo los primeros centímetros a la fuerza, estirando su virginidad relativa. Yo grababa de cerca, el lente enfocado en el punto donde su carne se unía a la de ella, viendo cómo sus labios vaginales se estiraban para acomodar el grosor.
«¡Mamá! ¡Duele!» gritó Camila, sus uñas clavándose en los brazos del sofá.
Érica, todavía sosteniendo sus piernas, se inclinó y le susurró al oído. «Aguanta, hija. Relájate. Deja que entre. Es lo que querías, ¿no? Ser cogida por un hombre de verdad.»
Javier empujó más, metiendo hasta la mitad. Camila lloraba, pero entre los sollozos, había gemidos de placer. «¡Más! ¡Por favor, más!»
Javier la embistió, hundiéndose hasta el fondo de una vez. Camila gritó de nuevo, su cuerpo convulsionando. Javier comenzó a moverse, un ritmo lento y profundo al principio, luego más rápido, más brutal. El sonido de sus caderas golpeando contra las nalgas de Camila era seco, obsceno. El sofá crujía con cada embestida.
Yo grababa, mis propias manos temblorosas. La vista era surrealista: mi hija, siendo violada en el sentido más placentero por el amigo al que yo le había prestado a mi esposa. Su rostro estaba bañado en lágrimas, su boca abierta en un grito continuo. Érica observaba, excitada, una mano metida entre sus propias piernas frotándose.
«¿Ves, Roberto?», gritó Javier entre jadeos, sin dejar de coger a Camila. «¿Ves cómo tu hija toma mi verga? Es más apretada que tu mujer. Pero le encanta. Mira cómo sus tetas saltan. Mira cómo se le sale la lengua de lo caliente que está.»
«¡Sí, Javier! ¡Cógeme! ¡Rompe mi panocha!» gritaba Camila, ahora completamente entregada al placer, el dolor transformándose en éxtasis. «¡Papá, mira! ¡Mira cómo me está cogiendo! ¡Grábalo todo!»
Sus palabras me electrificaron. Me acerqué más, poniendo el lente a centímetros de donde su verga entraba y salía de ella, capturando los detalles de la piel estirada, los fluidos mezclándose, el brillo del sudor. Javier aceleró, sus golpes se volvieron más fuertes, más descontrolados. Érica soltó las piernas de Camila y se subió al sofá, colocándose sobre el rostro de nuestra hija.
«Chúpame, hija», ordenó Érica, bajando su panocha a la boca de Camila. «Chúpame mientras él te coge.»
Camila, obedientemente, sacó la lengua y comenzó a lamer la panocha de su madre, que estaba empapada. Érica gimió, balanceándose sobre el rostro de Camila, mientras Javier seguía martillándola por debajo. Era un trío perverso, un enredo de cuerpos y fluidos.
«Voy a venirme», anunció Javier, su respiración entrecortada. «¿Dónde quieres que te eche la leche, putita?»
«¡Adentro! ¡Lléname! ¡Por favor!» suplicó Camila, su voz ahogada por el sexo de Érica.
Javier gruñó y se hundió hasta el fondo, su cuerpo rígido. Lo vi temblar, sus caderas convulsionando mientras vaciaba su semen en lo más profundo de Camila. Él gritó, un sonido animal. Camila gritó también, su propio orgasmo desencadenándose, su cuerpo sacudido por espasmos violentos.
Érica, al sentir los gemidos, también llegó al clímax, frotándose contra la cara de Camila, gritando obscenidades.
Por un momento, solo hubo sonidos de jadeos y gemidos. Luego, Javier se retiró, su verga saliendo con un sonido húmedo. Semen blanco y espeso comenzó a gotear inmediatamente de la panocha de Camila, manchando el sofá.
Javier se desplomó en un sillón, exhausto. Érica se bajó del rostro de Camila y se sentó al borde del sofá, acariciando el cabello de nuestra hija. Camila yacía inmóvil, sus ojos cerrados, su cuerpo cubierto de sudor, semen y los fluidos de su madre.
Yo bajé la cámara, temblando. Había sido increíblemente intenso.
Javier recuperó el aliento y señaló hacia mí. «Roberto. Ven aquí.»
Caminé hacia él, todavía con la cámara en la mano.
«Pon esa mierda a un lado», dijo. «Ahora te toca a ti.»
«¿A mí?» pregunté, confundido.
«Sí. Tu hija está llena de mi semen. Caliente, pegajoso. Y ahora vas a limpiarla. Con la boca. Lame todo el semen que salga de su panocha. Luego, cógetela. Revuélcate en mi leche. Reclámala, pero sabiendo que por dentro lleva mi marca.»
Miré a Érica. Ella asintió, sus ojos brillantes. «Hazlo, Roberto. Es parte del juego. Es tu turno.»
Miré a Camila. Ella abrió los ojos, mirándome fijamente. «Por favor, papá. Límpiame. Después… úsame.»
Un fuego me recorrió las venas. Me arrodillé entre las piernas de Camila, que todavía estaban abiertas. El olor a sexo y semen era abrumador. Vi el semen blanco de Javier goteando de su entrada, mezclándose con sus propios jugos. Incliné la cabeza y extendí la lengua.
El sabor era salado, amargo, único. Sabía a Javier, a Camila, a transgresión. Lamí su entrada, recogiendo el semen, tragándolo. Ella gimió, sus manos en mi cabeza, empujándome más contra ella. «Sí, papá, así… límpiame bien… sácame toda la leche de ese hombre…»
Lamí hasta que ya no salió más, hasta que solo quedó el sabor de ella. Luego, me desabroché los pantalones. Mi verga estaba dura como una roca. Sin ceremonias, la posicioné en su entrada, todavía relajada y húmeda por la penetración anterior, y me hundí.
Era diferente. Más suelta, caliente, llena de los remanentes del acto anterior. Pero era mi hija, y la estaba penetrando después de que otro hombre lo hubiera hecho. La cogí con furia, mis caderas golpeando contra las suyas, mis manos agarrando sus tetas.
«¡Sí, papá, cógeme! ¡Siente cómo me dejó! ¡Ahora soy tuya otra vez!» gritaba Camila, enloquecida.
Érica se acercó y comenzó a chupar mis huevos mientras yo cogía a Camila. Javier observaba desde el sillón, una sonrisa satisfecha en su rostro, jugueteando con su verga ya semi flácida.
No duré mucho. La excitación era demasiado. Con un gruñido, me corrí dentro de ella, añadiendo mi propio semen al de Javier. Me desplomé sobre ella, jadeando.
Silencio, solo respiraciones pesadas. Luego, Javier se levantó. «Bien. Muy bien. La chica tiene potencial. Pero esto es solo el calentamiento.» Caminó hacia la bolsa de lona que había traído y la abrió. Sacó unas esposas de cuero, un vibrador grande, una botella de lubricante y… unos guantes de látex negro.
«¿Qué es eso?» preguntó Camila, incorporándose sobre los codos.
«Herramientas», dijo Javier, sonriendo. «Porque la próxima lección es sobre cómo abrir una panocha… realmente.»
Miró a Érica. «Tú ya sabes de lo que hablo.»
Érica asintió, un brillo de excitación en sus ojos. «El fisting.»
«Exacto», dijo Javier. «Pero primero, quiero ver a madre e hija juntas. De verdad juntas. Roberto, carga la cámara. Esto va a ser épico.»
Camila miró a su madre, luego a mí, luego a Javier. «¿Qué vamos a hacer?»
Javier se acercó y le tomó la barbilla. «Vamos a ponerte a ti y a tu mamá en una posición donde puedan… servirse mutuamente. Y luego, voy a empezar a abrir a una de ustedes mientras la otra mira y aprende. ¿Te gusta la idea?»
Camila tragó saliva, sus ojos muy abiertos. Asintió lentamente. «Sí. Me gusta.»
Érica se levantó y tomó de la mano a Camila. «Ven, hijita. Vamos a la alfombra. Es más suave.»
Mientras ellas se acomodaban, Javier me miró. «Roberto, esto es lo que querías, ¿no? Ver a tu familia convertirse en un puterío de lujo. Pues agradece. Porque hoy solo es la introducción. Cuando termine con ellas, no van a poder caminar derecho por una semana.»
Se acercó a la bolsa y sacó algo más: una cámara de video pequeña, pero de alta definición. «Toma. Sujeta esto también. Quiero un ángulo desde arriba.»
Le tomé la cámara, mis manos sudorosas. Érica y Camila estaban en la alfombra, acariciándose, besándose lentamente, como si estuvieran explorando. Javier se puso los guantes de látex negro y abrió la botella de lubricante, derramando un charco generoso en sus manos enguantadas.
«Érica», dijo. «Tú primero. Ponte a cuatro patas. Camila, tú acuéstate debajo de ella, con la cabeza entre sus piernas. Quiero que chupes a tu mamá mientras yo le abro la panocha.»
Érica obedeció, colocándose a cuatro patas. Camila se deslizó debajo de ella, su rostro justo bajo la panocha de Érica, que goteaba excitación. Sin esperar órdenes, Camila comenzó a lamer.
Javier se arrodilló detrás de Érica. Con manos expertas, abrió sus nalgas y aplicó lubricante en su ano y su panocha. «Relájate, puta. Ya sabes lo que viene.»
Érica gimió, empujando su culo hacia atrás contra las manos de Javier. «Sí, házmelo. Ábreme de nuevo.»
Javier comenzó con dos dedos, metiéndolos en su panocha fácilmente. Luego tres. Érica gritó, pero de placer. «¡Más! ¡Dámelo todo!»
Camila, desde abajo, observaba con ojos fascinados mientras seguía chupando. Yo grababa desde dos ángulos, el sudor cayéndome por la frente.
Javier trabajó lentamente, añadiendo un dedo tras otro, estirándola, abriéndola. El sonido húmedo del lubricante y la carne era obsceno. Después de varios minutos, tenía cuatro dedos dentro de ella, su mano casi formando un puño.
«¿Lista?» preguntó Javier.
«¡Sí! ¡Méteme toda la mano! ¡Por favor!» suplicó Érica.
Javier empujó. Su mano, enguantada y lubricada, comenzó a deslizarse dentro de la panocha de Érica. Ella gritó, un grito desgarrador de éxtasis y dolor, su cuerpo convulsionando. Camila dejó de chupar, mirando hipnotizada cómo el puño de Javier desaparecía dentro de su madre, cómo los labios vaginales se estiraban alrededor de su muñeca.
«¡Mierda! ¡Sí! ¡Sentí todo!» gritaba Érica. «¡Muévelo! ¡Por favor!»
Javier comenzó a mover el puño dentro de ella, bombeando lentamente. Érica perdía el control, sus gritos se volvían inarticulados, babeaba sobre la alfombra. Finalmente, Javier retiró el puño con un sonido de succión húmedo. La panocha de Érica quedó abierta, palpitando, un hoyo oscuro y profundo que goteaba lubricante.
Javier se dirigió a Camila. «Tu turno, princesa. Sal de ahí.»
Camila se deslizó de debajo de Érica, su rostro empapado de los jugos de su madre. Miraba a Javier con una mezcla de miedo y excitación desbordante.
«Acuéstate boca arriba», ordenó Javier. «Y abre las piernas como una buena puta.»
Camila lo hizo, temblando. Javier se colocó entre sus piernas, aplicando lubricante en su panocha, que todavía estaba roja e hinchada de las dos penetraciones anteriores.
«Voy a empezar despacio», dijo Javier. «Pero al final del día, vas a tomar mi puño igual que tu mamá. ¿Entendido?»
Camila asintió, mordiéndose el labio. «Sí. Quiero… quiero sentir eso.»
Javier comenzó con un dedo, luego dos. Camila gimió, pero se relajó. Érica, todavía jadeando, se arrastró hasta la cabeza de Camila y tomó su mano. «Aguanta, hija. Vale la pena. Te va a hacer sentir como nunca.»
Yo seguía grabando, incapaz de apartar la vista. Javier trabajó en Camila por lo que pareció una eternidad, estirándola, preparándola, añadiendo dedo tras dedo. Camila lloraba, pero no de dolor puro, sino de una sobrecarga sensorial. «¡No puedo! ¡Es demasiado!»
«¡Sí puedes! ¡Relájate!» le ordenó Érica.
Finalmente, Javier tenía cuatro dedos dentro de Camila. Su panocha estaba increíblemente estirada, los labios brillantes de lubricante. «¿Lista para el puño, putita?»
«¡Sí! ¡Hazlo!» gritó Camila.
Javier empujó. Su puño enorme, comenzó a entrar. Camila gritó como un animal herido, su cuerpo arqueándose violentamente. Érica la sujetó por los hombros. «¡Respira, hija! ¡Déjalo entrar!»
Poco a poco, el puño de Javier desapareció dentro de Camila. Ella gritaba sin parar, sus ojos desorbitados, viendo el cielo. Javier lo empujó hasta el fondo, luego lo retuvo allí, permitiéndole sentir la plenitud extrema.
«¿Lo sientes?» preguntó Javier, su voz áspera. «¿Sientes cómo te lleno? Así es como se siente ser realmente abierta.»
Camila no podía hablar, solo asintió convulsivamente. Después de un momento, Javier comenzó a mover el puño, bombeando lentamente. Los gritos de Camila se transformaron en gemidos de un placer tan intenso que rayaba en la locura. Su cuerpo se sacudía con espasmos incontrolables, un orgasmo tras otro aparentemente.
Finalmente, Javier retiró el puño. La panocha de Camila quedó abierta, un hoyo palpitante que parecía no cerrarse nunca. Ella yacía inmóvil, solo jadeando, sus ojos vidriosos.
Javier se quitó los guantes y se levantó. Miró el desastre: las dos mujeres exhaustas, abiertas, cubiertas de lubricante y fluidos. Luego me miró a mí, todavía con las cámaras.
«Buen primer día», dijo. «Pero esto es solo el principio. La próxima vez, traigo refuerzos. Y vamos a hacer cosas que ni siquiera has imaginado.» Se acercó a la bolsa y sacó una toalla, limpiándose las manos. «Roberto, cuida de tus putas. Aliméntalas bien. Las vamos a necesitar fuertes.»
Y con eso, Javier se vistió, recogió sus cosas y se fue, dejándonos a los tres en el silencio cargado de la sala, rodeados por el olor a sexo, sudor y lubricante, y por el eco de los gritos que todavía resonaban en las paredes.
Érica se arrastró hacia Camila y la abrazó. «Estuvo increíble, hijita. Lo hiciste tan bien.»
Camila, todavía en shock, murmuró: «Mamá… nunca sentí algo así… fue como… morir y renacer.»
Yo apagué las cámaras y me dejé caer en el sillón, exhausto, pero más excitado que nunca. Había cruzado un nuevo umbral. Mi hija ya no era una novata. Había sido iniciada en el mundo del sexo extremo, del fisting, de la sumisión total. Y a ella le había encantado.
Miré a las dos mujeres en la alfombra, abrazadas, sus cuerpos marcados por la sesión. Érica me miró y sonrió débilmente. «¿Qué te pareció, Roberto?»
«Fue… espectacular», dije, sinceramente.
«Y lo mejor está por venir», susurró Érica. «Javier dijo ‘refuerzos’. Eso significa más hombres. Más vergas para nosotras. ¿Estás listo para eso, papá? ¿Listo para ver a tu hija siendo cogida por tres, cuatro, cinco hombres a la vez? ¿Listo para ver cómo le llenan todos sus hoyos hasta que no pueda más?»
Camila abrió los ojos y me miró, su mirada ya no era la de una niña, sino la de una mujer corrupta y hambrienta. «Di que sí, papá. Por favor. Quiero más. Quiero que me usen como a un juguete. Y quiero que tú lo veas todo.»
No pude responder con palabras. Solo asentí, sintiendo cómo una nueva obsesión, aún más oscura, nacía dentro de mí. Javier había sembrado la semilla. Y ahora, la cosecha prometía ser infernalmente deliciosa.
…………………. Continúa en capítulo 3 ……………………….