El viaje al campo del tío Ramón.
-“Mira Manuel, yo tengo que trabajar y mucho, no puedo andar cuidándote mientras estás de vacaciones, así que le voy a pedir al tío que ya está jubilado, que me haga el favor, y te cuide en su quinta mientras yo trabajo estos meses en el campo”
Dijo mi papá sin inmutarse.
Mi relación con él nunca fue agradable. Nunca me miró con amor ni fue cariñoso. Y esta era una forma sutil de sacarme de su vida durante al menos un par de meses, o de desentenderse de mí en estos difíciles tiempos tras la muerte de mi madre.
Siempre fui el niño pequeño de mi mamá. Ella siempre me cuidaba, y debo confesar que era excesivamente sobreprotectora. Se excedió con sus cuidados y su implicación en mi vida hasta tal punto que, a ojos de mi padre, soy “un idiota de diecisiete años que no sabe hacer nada bien”.
El viejo tiene razón, y no voy a contradecirlo, excepto en lo que respecta a la escuela y los estudios, después de eso no sé nada en absoluto sobre las actividades de ningún hombre o joven de mi edad.
Solo tengo un par de amigos y varias compañeras de clase, y otra cosa que a mi papá no le gusta es mi apariencia.
Mido casi un metro sesenta, soy un poco gordito, tengo el pelo rubio, ojos claros y una piel de porcelana blanquísima, casi translúcida. No tengo vello en ninguna parte del cuerpo (ni siquiera ahí abajo). Mis piernas y caderas son más de mujer que de hombre.
Podría decirse que tengo un aspecto un tanto andrógino, y eso lo exaspera. Siempre quiso un hijo machote y bruto, y no lo tuvo.
La cosa es que voy a pasar unos meses de fastidio absoluto en la casa de campo del hermano mayor de mi papá, que está jubilado y no tiene hijos.
Va a ser una época de absoluto aburrimiento.
Después de tres horas de viaje, llegamos a la casa de campo del tío Ramón. El tío sale cansino a nuestro encuentro, el paso lento, el cuerpo alto, delgado y un poco desgarbado, con signos de una vida casi cumplida, pero con una sonrisa amable, de tipo bondadoso, y eso nunca cambió en su vida.
Primero saludó a mi padre y luego me dio un fuerte abrazo cariñoso. Si bien no era un hombre muy efusivo, sin duda era cariñoso y siempre lo había sido conmigo.
Mi papá le dijo:
«Ramón, te he traído al joven para que lo cuides. Asegúrate de que no haga líos y se porte bien. Si todo va bien, volveré por él cuando termine la cosecha… o quizás no, no lo sé…»
Ramón asintió con aprobación y, mirándome, me guiñó un ojo con complicidad.
Papá se despidió y se fue.
Pasaron un par de días, y sin duda fue tan aburrido como pensaba. No tenía nada que hacer que fuera ni remotamente divertido. Lavaba los platos, recogía la ropa sucia, barría y hacía todas las tareas que mi tía debió de hacer años atrás, cuando vivía, en esa casa con un solo hombre.
Una noche, después de cenar y ver la tele con mi tío un rato, cada uno se fue a dormir a su habitación.
En el silencio sepulcral de la noche, oí que el tío me llama. Me levanté en ropa interior y corrí a su habitación, quizá algo andaba mal, o tal vez tenía algún problema.
Entré en su pieza y lo vi sentado en su gran sillón.
Me vio y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
Dijo
-«Manolito, querido, quiero pedirte que me ayudes».
-«Sí, tío, ¡lo que necesites!», respondí.
-«Sabes, hijito, cuánto te quiero. Necesito que me ayudes con algo que no puedo hacer, por favor», añadió.
-«Sí, lo que necesites, dímelo», volví a responder.
-«Sé que lo harás, hijito», añadió.
Luego se bajó la bata que le cubría las piernas, dejando al descubierto su enorme miembro recostado de lado sobre una de sus delgadas piernas. Suspiré profundamente al verlo, un escalofrío me recorrió la espalda desde las piernas, y él se dio cuenta. Continuó
-“Mira, mi pequeño Manolo, tu tío ya es mayor y necesita tu ayuda. ¿Estás dispuesto a encargarte de esto para su satisfacción? Sé que puedes, y tu tío te lo agradecerá toda la vida”.
Miré a ese animal allí tendido, y juro que parecía respirar, moviéndose rítmicamente.
Lo miré al tío a los ojos y, armándome de valor, tomé su pene en mi mano. Fue increíble sentir de inmediato su calor, su firmeza y la energía que vibraba dentro de ese ser a pesar de su edad. Y comencé a masturbarlo con fuerza.
El tío comenzó con suaves gemidos, pero a medida que la dureza de su miembro aumentaba, lo apreté con más fuerza, siempre siguiendo un movimiento lento y rítmico. Mi mano rodeó todo lo que pude de esa columna de carne, cuyas venas oscuras ya se abultaban notablemente bajo la piel.
Prolongué el movimiento, abarcando desde los testículos hasta buena parte del glande, y el tío comenzó a perder sus cabales.
Entró en una arritmia de movimientos y sacudidas, que convirtió su cuerpo en una marioneta epiléptica tumbada en el sofá, sus gemidos eran ahora jadeos y gritos mudos que se interrumpían con su falta de aire.
Vi su rostro y sus ojos suplicaban clemencia, el brillo de sus pupilas me imploraba que detuviera el tormento del pobre anciano. Y allí, con mi mejor sonrisa, tiernamente perversa, le sujeté la nuca con la otra mano e, inclinándome, le susurré
-“Tranquilo, tío, ya viene, ´le petite mort´ está muy cerca…”.
El tío continuó con sus sacudones, y apretando más fuerte su pene, aceleré el fin de su tortura.
Lo oí gritar, convulsionar, y retorcerse, arqueando la espalda en espasmos, y comenzó a eyacular en una erupción interminable su semen.
En un segundo, mi mano se cubrió con un blanco velo de esperma tibia que resbalaba por mis dedos, humedeciendo su vientre y sus testículos.
Había semen por todas partes, y aunque ya agonizaba, la abertura de su glande aún expulsaba parte de su ser. Cuando terminó, me levanté y fui al baño a lavarme. De camino, sin que me viera, me pasé la lengua por la mano para saborear su semen, y me gustó, ligeramente ácido, pero con una fuerte presencia y unos coágulos grumosos más espesos que eran, sumamente densos.
Me lavé y lo limpié con la toalla que tenía a su lado, secándole el abdomen, las piernas y los testículos, todo meticulosamente.
Ya estaba recobrando la consciencia. Lo miré y me hizo un gesto para que me acercara. Me besó en la mejilla y me dio las gracias con una sonrisa. Le besé la frente, le sonreí tiernamente y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, el ambiente era más agradable.
Mi tío se mostraba más cariñoso conmigo y me había preparado el desayuno.
Cuando llegué, me recibió con un fuerte abrazo, sonrió y me dijo que desayunara tranquilamente, y que después iríamos un rato al río, y a comprar algunas cosas en el pueblo.
Fuimos, paseamos y nos divertimos mucho. Fue agradable y un buen descanso de la rutina del día anterior.
Entramos en una tienda de ropa y me sugirió que eligiera algo que me gustara, ya que me lo regalaría.
Miré a mi alrededor y elegí unos leggings de licra de color claro, una camiseta corta sin mangas y, a propósito, aparté una tanga de mujer con volados blancos.
Cuando mi tío vio la ropa, enseguida se dio cuenta de que era para usarle con él, para vestirme y que me observara en la intimidad de su habitación.
Sonrió y, mirándome, asintió con la cabeza.
Pagó y nos fuimos. El día continuó agradablemente, paseando y charlando, riéndonos de innumerables anécdotas de cuando los tres eran niños, las travesuras que hacían juntos y lo bien que se lo pasaban los tres hermanos en su infancia.
Volvimos a cenar, vimos una película juntos y nos fuimos a nuestras habitaciones.
Me puse la ropa que me había regalado, la preciosa tanga que se me hundía en las nalgas, la camiseta y los leggings que a través de los cuales se notaba la tanga, me puse las chancletas y me dirigí a la habitación del tío.
Me acerqué a la puerta en silencio y lo oí decir en voz muy baja
-«Te estaba esperando, mi pequeño».
Pasé junto a él, estaba desnudo con su miembro semi erecto apoyado en su pierna.
Lo miré con cariño y me acerqué a la ventana de enfrente. Descorrí lentamente las cortinas, abrí la ventana para que entrara el aire fresco de la noche y volví a correr las cortinas. Todo esto mientras meneaba suavemente el culo y arqueaba ligeramente la espalda, parado de puntillas.
Le ofrecía el mejor espectáculo para que pudiera observarme con todo detalle, como forma de corresponder a su cariño.
Miré por encima del hombro y vi que miraba absorto lo que tenía delante, su miembro estaba casi al máximo de su capacidad.
Sin dudarlo ni un segundo, deslicé los dedos en el borde de mis calzas y, de espaldas al viejo, me agaché, quitándomelas lentamente, bajándolas hasta los tobillos. Le ofrecí la mejor vista posible de la tanga desapareciendo en mi culo. Lo sentí suspirar profundamente… Sonreí.
Me di la vuelta y me senté a su lado. Sin apartar la vista de él, tomé su pene en mi mano y comencé a masajearlo. Tomé sus testículos y los apreté, jugué con las yemas de mis dedos sobre su glande húmedo y poderoso, recorrí con mis uñas toda la longitud de esa magnífica pieza, y él…
él gimió y tembló, suspirando.
Comencé a masturbarlo, iniciando la tortura que lo había mantenido en vilo la noche anterior, solo que esta noche se sentía más potente, más completa.
Se estremecía con temblores y convulsiones, su delgado cuerpo moviéndose erráticamente por el sofá.
Cuando vislumbré que el clímax estaba a punto de desatarse, me detuve, y sin apartar la mirada de la suya, completamente desconcertada, abracé su miembro con mi boca, envolviéndolo húmedamente, recibiéndolo, culminando una espera de años.
Oí, entre un suspiro y un jadeo profundo, un
-«¡No! …por favor».
Sabía que era lo correcto.
Lo chupé con avidez, pero con suavidad, explorando cada curva de su hermosa verga con la lengua y los labios, y me encontré haciendo algo que nunca antes había hecho, pero con absoluta experiencia, como si siempre lo hubiese realizado.
Tenía el control total de la situación e iba a aprovecharla al máximo, me sentía empoderado.
Continué hasta que su glande se infló en mi boca. Curvó la espalda, poniéndose rígido, y mi mano sintió la primera contracción de sus músculos pélvicos… Sonreí y recibí la primera oleada de semen caliente dentro de mí boca.
Gritó, desangrando su blancura profusamente.
Llegó la segunda oleada, llenando mi garganta, extendiéndose entre mis dientes y escapando algo por la comisura de mis labios. Tragué lo que pude mientras una tercera oleada llenaba mi boca de nuevo. La densidad y espesura de su semen y su acidez eran difíciles de describir. Me estaba volviendo loco, succionándole la vida de este viejo que eyaculaba como un caballo.
Unos segundos después, todo se calmó. Seguí chupándole su miembro, ahora algo desinflado, mientras el hombre yacía inerte en el sofá.
Jugué con él, explorando cada centímetro de su longitud, desde los testículos hasta el glande, durante un buen rato, era la primera vez en mi vida que mamaba a un hombre y lo estaba disfrutando a pleno.
Me levanté, con los labios empapados de un cóctel de semen y saliva, me limpié con la mano y apoyé la cara en su vientre, permaneciendo allí un rato.
Me puso la mano sobre la cara y, acariciándome suavemente, susurró
-«Mi Manolito… mi niña… preciosa…»
Minutos después lo besé y me fui a dormir.
Las jornadas siguientes continuaron con la buena onda que el tío me regalaba desde nuestra “conexión nocturna”, él siempre me preparaba el desayuno, me llevaba de paseo y me regalaba cosas, casi siempre ropa que yo elegía para la ocasión como retribución a su cariño.
Había descubierto una faceta en mí que desconocía por completo y que seguramente tendría algo que ver con lo que mi papá odiaba de mí.
Estaba convirtiéndome en una mujercita trans, o algo parecido, y confieso que me gustaba, me hacía sentir plena, gustosa.
Una mañana el tío me avisa que va a venir a quedarse el hermano menor de los tres, Abel.
Él es el más chico y tiene unos diez años menos que papá, según el tío Ramón, Abel es medio atorrante, un hombre con una larga vida de joda que jamás se casó ni tuvo novias oficiales pero que, según su vocabulario expresivo, “se cogió a medio mundo” jaja.
En definitiva, Abel es una especie de gigolo provinciano.
La cuestión es que Abel llega, y nos saluda cariñosamente, es un ser muy efusivo.
De mi casi ni se acordaba porque hacía años no nos veíamos, creo que la última vez, yo tendría unos seis o siete años.
Me mira y me dice
-“Cómo has cambiado Manolito, que bien se te ve, estás bárbaro!”
Agradecí el cumplido al tiempo que el tío Ramón avisa que ya está listo el almuerzo y que vayamos a comer.
Almorzamos en un ambiente alegre, hasta el tío Ramón estaba más contento y hacia chistes y con Abel recordaban contándome anécdotas incontables de cuando eran chicos. Hicimos sobremesa y continuamos en una muy grata charla, hasta que yo decidí irme a dormir un rato la siesta, a decir verdad, fue la excusa para que ellos dos se quedaran solos charlando cosas que seguro a mí no me competen.
La tarde transcurrió como de costumbre. Se acercaba la hora de cenar, y ambos ayudamos a Ramón a cocinar y poner la mesa.
Tenía la sensación de que Abel, entre los preparativos, me observaba fijamente, o al menos con cierta curiosidad, como si me estuviera estudiando. Sospeché que Ramón le habría contado algo sobre nosotros, o no sé.
La cuestión es que cenamos sin problemas, y como nos entretuvimos, se nos hizo tarde. Les di las buenas noches a cada uno con un sonoro beso y me fui a la cama.
Dudé un momento si esperar un poco antes de ir a ver a Ramón, porque no sabía si Abel sabía algo. Pero tomé la decisión, con valor, y me cambié.
Esta vez me puse una remerita de lycra, bien cortita, que me regalo Ramón con una bombacha roja finita que se me metía bien dentro del culo y unos pantys de red color negras, altas, como para sacármelas delante de él. Y para rematar y sorprenderlo, me pinté las uñas de los pies de un rojo vibrante, en la cabeza una hermosa boina francesa blanca.
Me miré al espejo y me encantó la imagen, estaba fascinada con mi apariencia, ¡era toda una dama, bien puta, pero una dama al fin!
En ese momento, sentí que Ramón me llamaba en voz baja.
Fui lentamente a su habitación, que estaba tenuemente iluminada. Crucé el umbral y entré. Sin mirarlo, me acerqué a la ventana y repetí el ritual de las cortinas, abrí las ventanas, los volví a correr y, muy despacio, de espaldas a él me bajé las medias de red, enseñándole la tanga que llevaba escondida en el culo.
Para rematar, una vez que me los quité, todavía agachada, recorrí con ambas manos mis piernas hasta el culo y, agarrándome las nalgas, las separé para que pudiera ver el espectáculo de mi tanga cruzando mi ano.
Me levanté y me di la vuelta, y se me heló la sangre.
Para mi sorpresa, ambos hermanos estaban sentados en el sofá, Ramón desnudo con su verga casi erecta y Abel, aún en calzones.
Suspiré con una mueca y me quedé duro.
Ramón me dijo muy despacio
-«Le conté a Abel lo que pasó, y está tan asombrado como yo por la situación. Quiero compartirlo contigo, si no te importa».
Me mordí el labio, asentí y me acerqué a ellos.
Se apartaron, dejándome un poco de espacio entre ellos, y me senté.
Abel, mirándome fijamente con una sonrisa, dijo
-«¡Qué cambio! Te ves espléndido, Manolito, ¿o debería decir Manuelita?».
Riendo, asentí, dándole las gracias con cierta timidez. No sé por qué, pero la naturalidad que había mostrado con el tío Ramón ahora me hacía sentir algo avergonzada con el tío Abel. Era como si su presencia me intimidara un poco, quizá por sus antecedentes sexuales, no lo sé. La cuestión era que sentía cierta vergüenza en su presencia, y esa misma presencia perturbaba mis sentidos en todas las formas.
Oí a Ramón decir
-«Estoy listo, mi pequeño».
Me giré e, inclinándome hacia él, tomé su miembro en mi mano y comencé a chuparlo suavemente mientras lo masturbaba. Ramón empezó a gemir y a hacer sus típicos movimientos erráticos.
Sentí las manos de Abel acariciar mis caderas y muslos, y fue como si el tiempo se detuviera, un fuerte hormigueo en la piel, una corriente eléctrica que me tomó desprevenido.
Sus manos seguían un camino imaginario por mi pantorrilla hasta mis pies. Gemí de placer mientras mamaba al otro tío.
El roce de sus manos me provocaba escalofríos, simple y llanamente. Llegó a mis pies y tomó mis dedos, separándolos y jugando con ellos, entrelazándolos con los suyos. Parecía como si descargara una corriente de bajo voltaje sobre mi piel, alterando mis terminaciones nerviosas y provocando una oleada de múltiples hormonas que se volcaban como un río, en mi sangre.
Por primera vez en mi vida me sentí mujer y sentí el deseo de ser poseída. Era una sensación extraña, nunca había experimentado nada igual.
Ramón jadeó casi automáticamente al ritmo de mi succión, pero mis sentidos estaban centrados en las manos de este hombre que me estaba volviendo loco… o mejor dicho, «loca».
Continuó rodeando mis caderas y piernas con sus manos, provocándome gemidos tras gemidos. Subió las manos por mis costados hasta la parte superior de mis nalgas, y allí, agarrándolas, las separó con delicadeza para observar de cerca el hilo de la diminuta tanga que cruzaba mi esfínter anal.
Dejó escapar una expresión de admiración, y lo oí decir en voz muy baja
-«Esto es maravilloso, simplemente hermoso me encanta…».
Noté que el cordón de mi tanga se deslizaba hacia un lado, y sentí la humedad de su lengua buscando el centro de mi anillo rosado. Me estremecí y creo que mordí a Ramón a quien seguí chupándolo, mientras el ariete de la lengua afilada buscaba penetrar los pliegues de mi ano. No pude aguantar más. Empujó una vez más y asomó unos milímetros dentro.
Grité en silencio con la boca llena de verga.
Tras la embestida, su lengua se separó y recorrió todo el camino entre mi coxis y mis pequeños testículos, a los que rodeó con sus labios, humedeciéndolos.
Mi pequeño pene crecía dentro de mi tanga, mi excitación era comparable a la de Ramón, que estaba a punto de eyacular su enormidad en mi boca en cualquier momento.
Me estaba volviendo loca, quería ser suya a toda costa.
Se acercó y me susurró al oído
-«Termina con Ramón tranquila, te espero en mi habitación».
Se fue y pude concentrarme en mis cosas.
El tío eyaculó su inmensa carga en mi boca, me la tragué toda, lo limpié rápidamente y lo besé tiernamente despidiéndome.
Tenía muchas ganas de ver a Abel.
Entré en su habitación y lo vi sentado en el borde de la cama. Me acerqué lentamente, me hizo una seña y me detuve frente a él, quien, tomándome de las caderas me atrajo hacia sí.
Temblaba como una hoja, mi corazón saltaba a mil por horas, tenía los nervios de punta, pero no solo de nervios sino por varias cosas entre ellas por la anticipación a lo que vendría y por una excitación animal que se anidaba en mí y crecía al galope. Toma mi pequeña camiseta entre sus dedos y, tirando de ella hacia arriba, la quita, dejando mis pequeños pechos al descubierto.
Sonríe, como buen predador sabiendo que tarde o temprano esta presa será suya.
Sus manos bajan, rozando mis costillas, y cierro los ojos en completa rendición, perdiendo el control de mis acciones. Sus hábiles manos encuentran el cordón de mi tanga y lo deslizan hacia el suelo. Tira con fuerza, y el cordón, que estaba anidado entre mis nalgas, las abre de repente saliendo, provocándome un gemido de placer y algo de temor.
Ve mi pequeña erección completamente expuesta y sonríe.
Suelta la tanga, que cae a mis pies, y mirándome a los ojos, se queda quieto por unos instantes.
Nunca en mi vida me había sentido tan vulnerable y expuesta, ni siquiera cuando mi padre me regañaba antes de golpearme por algún error cometido.
Sus manos tomaron mis caderas con fuerza y sus labios se apoyaron en mi abdomen, besándome.
Gemí con fuerza cuando recorrió mi piel, yendo hasta mis pechos. Jadeé intensamente en medio de estremecimientos. Los agarró entre sus manos, y como quien muerde un durazno maduro, los chupó. Su lengua recorría los pezones ardientes, succionándolos con una devoción casi religiosa, como si un mandamiento bíblico ordenara tal devoción.
Se incorporó y, sujetándome el cuello, metió un par de dedos en mi boca, que aún temblaba sin parar.
Los retiró, goteando saliva, y mientras su boca bajaba por mi cuello hasta mis labios, sus dedos húmedos encontraban mi ano humedeciéndolo lentamente.
Entre jadeos y respiraciones entrecortadas, le rodeé el cuello con los brazos, respondiendo al beso más hermoso que jamás había recibido hasta ese momento. Nuestras lenguas trazaban una danza rítmica, plenamente coordinada.
Me aprieta las nalgas con ganas y separándose un poco me mira a los ojos y acota
-“A partir de ahora para mi serás Manuela, mí Manuela…”
Devuelvo la mirada con una ternura infinita que me embarga casi hasta las lágrimas, y le contesto
-“si… me gusta, me resulta cariñoso”
Riendo me besó, y me abrazó bien fuerte.
Sus manos recorrieron mi espalda y mi cola mientras yo acariciaba su cuerpo con ímpetu. Buscando su entrepierna para acariciarla me encontré con un bulto de buena prominencia, pensé para mí, “si es grande como Ramón me va a dar bastante trabajo” …
Se tiró sobre la cama de espaldas y con su mirada fue suficiente para entender que tenía que bajarle los calzones y hacerme cargo. Cosa que hice minuciosamente, se me presentó delante una hermosa y bien venosa verga de buenas dimensiones, suspiré profundamente al verla.
Me puse entre sus piernas y tomando su miembro con una mano me dediqué con paciencia puntillosa a recorrer su longitud y sus testículos con mi boca, mamé con ganas todo refregando su brilloso glande por mi cara, quería tener su poderoso e intenso aroma en todo mi cuerpo, los gemidos de Abel inundaban la atmósfera convirtiéndola en un escenario obscenamente sexual.
Pude percibir que su miembro comenzó a inflarse en mi boca y él, apoyando su mano en mi frente me pide que pare, intuí bien, estaba cerca su clímax.
Tomándome con sus manos me tira sobre la cama boca abajo, y comienza a besarme la espalda y a morderme los hombros, busca mi cuello y mis orejas metiendo su lengua dentro. Yo estaba en otro planeta, mis sentidos a punto de explotar por el nivel de excitación, cada acto de sus manos y su boca, lo sentía amplificado mil veces gracias a mi calentura.
Baja con su boca recorriendo mi columna hasta las nalgas, las separa y tomándome por debajo los muslos levanta mi cadera un poco dejando absolutamente expuesta la rosada hendidura de mi culo y su deseada entrada.
Abel se arrodilló detrás de mí y abriendo con ganas mis nalgas, acercó su boca al venoso circulo de mi esfínter.
Pude sentir su respiración y al segundo la humedad de su lengua circunvalando mi apretado anillo, que al acto comenzó a palpitar. Segundos después ya su punta, cual estilete de carne, punzó la entrada insistentemente, aflojando parte de la tensión que mis nervios le propinaban, ingresando apenas, pero dejando un hilo de saliva que corría hacia mis testículos, mientras yo gemía sin parar.
Con su masaje lingual mojó bien la zona y con sus dedos inició el ritual de la preparación de mi ano para sus generosas dimensiones.
Tuve cierto temor, no voy a negarlo, era grande como Ramón, pero confiaba en su experiencia y en mis inmensas ganas de tenerlo adentro.
Sus dedos, lenta e inexorablemente, fueron entrando en mi culo en un ritual de posesión que generaba ardores y estremecimientos continuos en lo más profundo de mi ser.
Busca en su mesa de luz y trae un gel de lidocaína que ya tenía preparado, unta minuciosamente mi ano con él, el frio contacto del gel me hizo dar un respingo, pero me aflojé nuevamente porque el masaje me distendía gratamente.
Me pide que me incorpore en cuatro patas y obedezco, él separa mis piernas posicionándose detrás mío, siento la cabeza de su gran miembro ubicarse rozando mi latiente orificio, yo temblaba de deseo, pero más de temor.
Y si su inmenso aparato me rompía?, si esto no era como lo había soñado y solo me dejaba dolor y frustración?, mi cabeza pensaba mil cosas en una fracción de segundo.
Opté dentro de mis cabales y para no sufrir, dejar de pensar y entregarme sin más a lo que venga, respiré profundo…
Ese suspiro se llevó una mezcla de olores que el denso aire de la habitación ya destilaba, a sexo, a deseo, y a una excitación más allá de lo imaginable.
Lo escucho susurrarme cerca del oído
-“tranquila, respira hondo y aflójate, es solo placer….”
Sentí la presión de su glande en mi ano, suave, persistente, duro e implacable, hice un esfuerzo aflojándome y automáticamente la cabeza del animal ingresó dentro mío en un “plop”.
El dolor agudo, corrió por mi espina generando un grito gutural en mi boca y el salto de mis lágrimas en un sollozo
-“me dueleeee!!” atiné a decir
Escucho el
-“shhhh tranquila, ya pasa” de su respuesta
Unos instantes más tarde el segundo leve empujón metió otra parte de su verga en mi culo que ya ingresaba sin tanta resistencia. Tenía la sensación que el anillo de mi esfínter se iba a romper en cualquier momento, era tan intensa la tensión en su perímetro que me inmovilizaba paralizándome.
Me pidió que empuje yo hacia atrás, y en un inconsciente arrebato, moví mi culo hacia atrás sin medir las consecuencias, su miembro entró casi hasta sus testículos en mis entrañas, quedé paralizada y sin aire. Mi boca abierta buscaba aire de manera denodada mientras las lágrimas ya corrían por mis mejillas, pasaron unos breves segundos que parecieron una vida hasta que la consciencia se apoderó de mi nuevamente, pude respirar y en un solo acto dejé escapar un quejido, y el llanto.
Se tiró sobre mi espalda abrazándome y mimándome, besaba mi cara y mi cuello, acariciaba mis pechos y mi abdomen, todo con la ternura más infinita que pude haber recibido nunca jamás, mientras me susurraba al oído
-“tranquila mi amor, ya está, ya pasó, ahora vamos a disfrutarnos mutuamente”
Mi llanto fue mermando y él, muy lentamente, comenzó a moverse dentro de mí.
La sensación era indescriptible, mis paredes internas abrazaban de manera perfecta su miembro como si hubieran sido construidos el uno para el otro, pude percibir hasta sus latidos que se transmitían a través de los terminales nerviosos a mi anillo anal, generándome una excitación hasta el momento, desconocida para mí.
El ardor y el dolor iban muy de a poco mutando en un placer profundo, casi diría primitivo, que permitía que pudiese aumentar la velocidad y el ritmo de su penetración, mientras mi ano apretaba su miembro en rítmicos espasmos constrictores.
Sus movimientos comenzaron a tomar cadencia de velocidad y profundidad, ya su verga salía y asomaba una porción bastante más generosa fuera de mi culo, sus huevos comenzaron a golpetear los míos sumando éxtasis al momento.
Comencé a excitarme de manera tal que volví a tener una erección. Abel, percatándose de ello, recostó nuevamente su cuerpo contra mi espalda y con su mano acariciaba mis testículos y mi pequeño pene mientras mi excitación corría a la par de la suya.
Sus embestidas ya llegaban muy profundamente y en un breve instante percibí como la dureza y consistencia iban ganando terreno en el grosor de su miembro, sus gemidos habían mutado a violentos bufidos en mi oído, era un sonido salvaje, animal, de jadeos roncos y fuertes.
Todo iba “in crescendo” a velocidad inusitada, sus caderas golpeaban cadenciosamente fuerte mi culo, su mano masturbándome a mil por hora mientras su verga entraba y salía de mí con una intensidad perversa, yo ya gritaba de forma continua y él a punto de venirse en un tsunami.
Y el tsunami finalmente llegó, pero a mi primero, el orgasmo me golpeó arrollándome con fuerza y envolviéndome en un mar de espasmos y contracciones, lloré sin límite mientras acababa sobre la almohada chorreando su mano.
Y ese orgasmo produjo que mi esfínter anal aprisionara firmemente a su animal, dándole la estocada que precisaba, el último apretón del final para que el corolario se completase en una eyaculación enormemente deseada.
Sentí los latidos y contracciones de su gruesa verga dentro de mis entrañas y tras eso, su blanca y espesa viscosidad se abrió paso, llenándome por dentro en interminables regueros, la tibieza inundando los recónditos espacios de mis entrañas.
Juntos caímos hacia adelante al aflojarse mis brazos y ahí quedamos abrazados finalizando nuestros temblores por unos minutos, en el post orgasmo, hasta reponernos.
En ese breve instante pude comprender muchas cosas de mi vida.
Pude sentirme plena al fin, contenta de mí misma, orgullosa de haber logrado algo que se vislumbraba durante años en mi personalidad pero que no encontraba el momento ni el espacio para aflorar.
Me sentía amada, querida, por primera vez desde que mamá murió. Estaba feliz e intuía que el día de mañana me iba a levantar radiante, algo que no me pasaba desde mi infancia. Pensaba y lloraba, pero de felicidad…
Abel reaccionó y me besó tiernamente en la cara mimándome. Mientras me acariciaba me observaba muy de cerca como si me estuviese estudiando, lo miro de reojo y le digo casi susurrando
-“qué pasa? Tan fea estoy? jaja”
Él con una ternura infinita me besa y contesta
-“sos el ser más hermoso que he tenido en mis manos, y eso me da algo de miedo…”
No quise preguntarle más por temor a una respuesta que no deseaba.
Y ahí mismo levantándose, retira su miembro de mí, el alivio fue indescriptible, mi ano latía en ardores y sentía el borde del anillo inflamado como una pelota.
Abel con suma paciencia untó mis ardidas partes con ese gel del principio, salté del ardor, pero era un anestésico que bastante me calmó para dejarme dormir sin problemas.
Me besó tiernamente de nuevo y luego de eso me fui al baño a lavarme y a dormir, estaba realmente muerta del cansancio.
El tema es que pasó el tiempo, yo cada vez más comprometida con mis quehaceres sexuales en la chacra, ya acostumbrándome y disfrutando al Tío Abel y con mis nocturnos encuentros con el Tío Ramón.
Se acercaba la fecha en la que mi padre vendría a buscarme, seguramente en contra de su voluntad, pero así era como ocurriría sin dudas.
Una tarde Ramón me llama para hablar conmigo, me siento en el sillón y él con una amplia sonrisa me dice,
– “Seguramente la semana próxima tu padre dará noticias de vida, yo quiero preguntarte algo y quiero que me seas sincera, vos querés volver con tú papá o preferirías quedarte a vivir con nosotros?”
Se me iluminó el rostro de la alegría y la emoción, jamás pensé que los tíos quisieran que me quedara a vivir con ellos y esto me había sorprendido sobremanera.
-“Siiii quierooooooo!!!” grité y me abalancé sobre Ramón abrazándolo con todas mis fuerzas, el Tío sonrió mientras me acariciaba con sumo cariño.
-“Eso sí, tendrás que terminar los estudios que te queden si?” acotó.
Mi alegría era enorme, era una idea maravillosa.
Esa misma noche lo escuché a Ramón hablarle por teléfono a mi papá y decirle que me iba a quedar a vivir con ellos, que iría al colegio y que él podría venir a verme las veces que quisiera, que así además le sacaba el peso de encima de tener que preocuparse por mí.
Y así comenzó la mejor etapa de mi vida, orgullosa de toda mi esencia y ya mujer por decisión propia.
Increíblemente pasé a ser la mujer de Abel que al parecer conmigo se le pasaron todas las ganas de tener andanzas por ahí y se dedica a cuidarme y amarme como me merezco.
Y un párrafo aparte para el tío Ramón que es el ser más bueno y maravilloso del mundo, un amor de persona que me cuida siempre y me tiene como su hija, y que ha prodigado quererme y protegerme para siempre como solo mi mamá había hecho hasta el momento.
Un final feliz si dudas, más no podía pedirle a la vida, hecha toda una mujer y con dos hombres que me aman, solo para mí…