Me llamo Ana, tengo 23 años y un cuerpo atlético que he trabajado duro durante años. Corro todas las mañanas, hago crossfit y mi figura es esbelta pero fuerte: piernas tonificadas, abdomen marcado, pechos firmes de tamaño mediano que se mantienen altos sin necesidad de sostén, y un culo redondo y apretado que siempre llama la atención cuando uso leggins. Mi piel es morena clara, mi cabello negro largo y ondulado cae por mi espalda, y mis ojos verdes transmiten una inocencia que contrasta con la curiosidad salvaje que siempre he sentido por dentro.
Todo empezó una noche de verano en la casa de mi mejor amiga, Laura. Ella tenía que viajar por trabajo de urgencia y me pidió que cuidara de Max, su pastor alemán de tres años. Max era enorme, musculoso, con un pelaje negro y marrón brillante, ojos inteligentes y una energía inagotable. Yo lo conocía desde cachorro, jugaba con él, lo sacaba a pasear, pero nunca había pensado en él de otra forma… hasta esa noche.
Laura se fue por la tarde. Me quedé sola en su casa grande y vacía, con piscina en el jardín trasero. Hacía mucho calor, así que me puse un short deportivo ajustado que marcaba mi culo y una camiseta crop top sin sostén. Mis pezones se notaban ligeramente contra la tela fina. Max me seguía por todas partes, moviendo la cola, rozándose contra mis piernas. Sentía su calor, su fuerza.
Decidí darme un baño en la piscina para refrescarme. Me quité la ropa y me metí desnuda. El agua fría hizo que mis pezones se endurecieran al instante. Nadé un rato y, al salir, Max estaba allí, mirándome con esa intensidad animal. Me sequé con la toalla lentamente, pasando la tela por mis pechos, por mi vientre plano, por mis muslos. Sentía una extraña excitación. ¿Por qué me miraba así? ¿O era mi imaginación?
Entré a la casa. Max me siguió. Me senté en el sofá de la sala, todavía desnuda, con las piernas ligeramente abiertas. Empecé a tocarme distraídamente, pensando en un chico con el que había salido la semana anterior. Mis dedos rozaron mi clítoris, que ya estaba hinchado. Max se acercó, olfateando el aire. Su hocico grande se acercó a mi entrepierna y sentí su aliento caliente contra mis labios vaginales.
—Max… ¿qué haces? —susurré, pero no lo aparté.
Su lengua, larga, áspera y caliente, rozó mi muslo interno. Un escalofrío me recorrió. Volvió a lamer, esta vez más cerca de mi coño. La textura rugosa de su lengua pasó directamente sobre mi clítoris y gemí sin poder evitarlo. Era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido. Más fuerte, más instintiva.
No sé qué me pasó. En lugar de alejarlo, abrí más las piernas. Max, como si entendiera, hundió su hocico entre mis muslos y empezó a lamerme con avidez. Su lengua entraba entre mis labios, recogía mis jugos y volvía a subir hasta mi clítoris. Lamía con fuerza, rápido, sin pausa. Mis caderas se movían solas contra su hocico. Agarré su cabeza peluda con ambas manos y empujé mi pelvis hacia él.
—Dios… Max… qué bueno…
Mi cuerpo atlético se tensaba. Mis abdominales se marcaban mientras me arqueaba. El placer era intenso, animal. Sentía cómo me mojaba cada vez más, mis jugos corrían por mis muslos y Max los lamía todo. Llegué al orgasmo en minutos, gritando, temblando, con las piernas abiertas de par en par mientras su lengua seguía trabajando mi coño sensible.
Pero no fue suficiente. Quería más. Me sentía sucia, excitada de una forma prohibida que me encendía aún más. Me puse a cuatro patas en el sofá, ofreciéndole mi culo. Max olió mi ano y mi coño desde atrás. Su lengua atacó ambos lugares sin distinción. Lamía mi agujero trasero con la misma hambre, haciendo círculos ásperos que me hacían gemir como una perra en celo.
Sentí su peso cuando se subió sobre mí. Sus patas delanteras se apoyaron en mi espalda. Su pelaje rozaba mi piel sudorosa. Podía sentir su pene saliendo de su funda, caliente, rojo, puntiagudo. Era grande, más de lo que esperaba. Rozaba contra mis nalgas.
—Max… ¿quieres follarme? —jadeé, loca de deseo.
Moví mi culo hacia atrás, buscando su verga. Sentí la punta resbaladiza presionar contra mi entrada. Empujé hacia atrás y la cabeza entró. Era gruesa, caliente. Max instintivamente empujó. Su instinto tomó el control. Empezó a follarme con embestidas rápidas, salvajes. Su polla entraba y salía a toda velocidad, lubricada por mis jugos.
Grité de placer y dolor mezclado. Era enorme dentro de mí. Sentía cómo me estiraba, cómo golpeaba profundo en mi coño. Sus bolas peludas golpeaban contra mi clítoris con cada embestida. Mis tetas colgaban y se movían con fuerza. Max jadeaba encima de mí, su aliento caliente en mi nuca, sus uñas clavándose ligeramente en mi cintura atlética.
Follamos así durante minutos eternos. Yo empujaba hacia atrás, encontrando su ritmo. El sonido húmedo de su polla entrando en mi coño mojado llenaba la sala. Sentía que iba a correrme de nuevo.
—Más fuerte, Max… ¡fóllame más fuerte!
Como si me entendiera, aceleró. Su nudo empezó a hincharse. Sentí cómo crecía dentro de mí, presionando mis paredes internas. El nudo era enorme, me bloqueaba. Max empujó con fuerza y quedó atrapado dentro. Estaba anudada a él. El placer era abrumador. Me corrí violentamente, mi coño contrayéndose alrededor de su nudo, ordeñándolo. Max aulló y sentí cómo eyaculaba dentro de mí, chorros calientes y abundantes llenando mi útero.
Quedamos atados varios minutos. Su semen salía a borbotones alrededor del nudo, corriendo por mis muslos. Yo temblaba, exhausta, satisfecha como nunca.
Cuando el nudo bajó, Max salió. Un río de su semen blanco y espeso salió de mi coño abierto. Me sentí usada, marcada. Pero quería más.
Esa noche fue solo el comienzo.
Me levanté, todavía desnuda, y fui a la cocina a beber agua. Max me seguía, su polla aún semierecta goteando. Me agaché para acariciar su cabeza y él lamió mis pechos. Su lengua áspera pasó sobre mis pezones sensibles, endureciéndolos. Me excitó de nuevo.
Lo llevé al dormitorio de Laura. Me acosté en la cama grande y abrí las piernas. Max saltó y volvió a lamerme. Esta vez me comió el coño con más intensidad, como si ya supiera exactamente qué hacer. Lamía profundo, introduciendo su lengua dentro de mí, recogiendo su propio semen mezclado con mis fluidos.
Después de correrme otra vez en su hocico, me puse de lado y levanté una pierna. Max se posicionó y me penetró de nuevo. Esta vez fue más lento al principio, pero pronto volvió a su ritmo frenético. Sentía cada centímetro de su verga roja entrando y saliendo. Mis gemidos llenaban la habitación.
Follamos en diferentes posiciones esa noche. Me puso a cuatro patas en el suelo, contra la pared, incluso intenté montarlo yo encima, pero su tamaño y fuerza hacían que fuera él quien dominara. En un momento, mientras estaba de rodillas chupándole la polla (sí, me atreví), su nudo se hinchó en mi boca. Tuve que abrir mucho la mandíbula para acomodarlo. Tragué lo que pude de su semen espeso y salado.
Horas después, exhausta, me dormí con Max acurrucado a mi lado, su olor animal impregnando mi piel.
Los días siguientes fueron una locura. Laura estaría fuera una semana completa. Cada mañana sacaba a Max a pasear, pero apenas volvíamos, empezábamos de nuevo. En la piscina, me folló mientras yo me sostenía del borde. El agua hacía que todo fuera más resbaladizo. Su polla entraba con facilidad y salía con fuerza, creando olas pequeñas.
Por las tardes, en el jardín, lo masturbaba con las manos y luego dejaba que me montara sobre el césped. Su pelaje se llenaba de mi sudor y jugos. Me encantaba sentirme su perra. Me arrodillaba y le ofrecía mi culo. Max aprendió rápido a follarme anal también. Al principio dolía, pero con su lengua lubricando todo y su paciencia animal, terminé rogando que me diera por el culo.
Recuerdo una tarde especialmente intensa. Estaba en el sofá, con las piernas sobre los hombros de Max (aunque él estaba de pie sobre mí). Su polla entraba tan profundo que sentía que tocaba mi cervix. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Mi cuerpo atlético estaba cubierto de sudor, semen seco en mis tetas, en mi cara, en mi pelo.
Hablaba con él como si fuera mi amante:
—Max, eres mejor que cualquier hombre… me follas como una bestia… lléname otra vez…
Y él respondía con más embestidas, más lamidas, más nudos que me dejaban atrapada durante largos minutos, sintiendo cómo su semen caliente me inundaba.
Una noche, decidí grabarme. Puse el teléfono en un trípode y grabé mientras Max me follaba en la cama de Laura. La cámara capturó todo: mi cara de placer, mis gemidos, cómo mi cuerpo atlético se sacudía con cada embestida, cómo mi coño tragaba su enorme verga roja, cómo el nudo me hinchaba el vientre ligeramente. Ver el video después me excitó tanto que me masturbé viéndolo mientras Max lamía mis pies.
Los detalles de cada encuentro eran infinitos. La forma en que su pelaje rozaba mis pezones cuando se subía encima. El calor de su aliento. El olor almizclado de su excitación. La forma en que sus bolas pesadas golpeaban mi clítoris. Cómo su nudo pulsaba dentro de mí, enviando oleadas de placer. Cómo después de corrernos, me limpiaba con su lengua, lamiendo todo su semen de mi coño y culo.
En una ocasión, lo até suavemente para controlarlo y me senté sobre su cara, frotando mi coño contra su hocico mientras él lamía sin parar. Luego lo desaté y me dejó exhausta.
Al final de la semana, cuando Laura estaba por volver, me sentía completamente adicta a Max. Mi cuerpo tenía marcas leves de sus uñas, mi coño estaba sensible pero siempre húmedo al pensar en él. Lo abracé fuerte antes de irme.
—Volveré pronto, Max… eres mío ahora también.
Laura nunca sospechó nada. Pero yo sí cambié. Cada vez que visitaba su casa, encontraba momentos para escaparme con Max. En el garaje, en el baño, incluso una vez en su propia habitación mientras Laura dormía en la de al lado.
Mi vida sexual se volvió secreta y salvaje. Fantaseaba con Max mientras estaba con otros chicos, comparándolos y siempre encontrándolos inferiores. Su fuerza, su instinto, su polla grande y el nudo que me llenaba completamente… nada se comparaba.
A veces, cuando estaba sola en mi departamento, me tocaba recordando cada detalle: la primera lamida, la primera penetración, las horas atada a su nudo, el sabor de su semen, la forma en que me hacía sentir como una hembra en celo, sin inhibiciones.
Este es solo el comienzo de mi historia con Max. Hay muchas más noches, muchos más encuentros. Si quieres que continúe con más detalles, más posiciones, más aventuras (quizá incluso involucrando a Laura sin que ella sepa), dime. Porque con Max, el placer no tiene límites.