Capítulo 2

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Después de aquella primera noche, todo cambió.

Lo que empezó como un momento de locura se convirtió en una adicción constante. Durante las siguientes semanas follamos como animales cada vez que teníamos oportunidad. En las madrugadas, cuando nuestros padres ya estaban profundamente dormidos, Selene se colaba sigilosamente en mi habitación. Otras veces, por las mañanas, apenas se iban a trabajar, la tiraba sobre la mesa de la cocina o la follaba contra la pared del pasillo.

Su coño era adictivo. Siempre estaba apretado, caliente y empapado para mí. Cada vez que entraba en ella sentía que me volvía loco. Todos esos años deseándola en silencio ahora explotaban sin control. La follaba con fuerza brutal, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Selene gemía mi nombre, me arañaba la espalda y me pedía más, siempre más duro.

—Rómpeme, Carlos… —me suplicaba entre jadeos—. No seas suave conmigo.

Pero no solo era sexo. Selene se estaba volviendo más peligrosa, más imprudente.

Una noche, mientras cenábamos los cuatro juntos, sentí su pie descalzo subiendo por mi pierna debajo de la mesa. Nuestra madre estaba sentada justo al lado, hablando de su día de trabajo. Selene, con cara de inocente, mantenía una conversación normal mientras su pie pequeño y suave frotaba mi verga por encima del pantalón. Me puse duro al instante. Ella sonrió con malicia cuando sintió cómo palpitaba.

Poco después, metió el pie dentro de mi pantalón y empezó a masturbarme lentamente con la planta del pie, apretando mi verga contra mi abdomen. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gemir. Mi madre estaba a menos de un metro, completamente ajena a que su “hija” me estaba haciendo una paja con el pie debajo de la mesa.

Esa misma noche, apenas nuestros padres se durmieron, la arrastré a mi habitación.

No hubo preámbulos. La puse contra la cama, le subí la falda y le bajé las bragas. Escupí sobre su pequeño culo y empecé a penetrarla por atrás. Selene mordió la almohada para no gritar mientras yo le metía la verga completa en el culo.

—Joder… estás tan apretada —gruñí, agarrándola fuerte de las caderas.

La follé salvajemente, viendo cómo su culo pequeño tragaba toda mi verga una y otra vez. Selene temblaba, gemía y empujaba hacia atrás pidiendo más. Cuando ya no aguanté más, la llené completamente. Me corrí dentro de su culo con chorros espesos y calientes, hasta que el semen empezó a escurrir por sus muslos.

Ella quedó tirada en la cama, temblando, con el culo rojo y lleno de mi semen.

Pero a pesar de todo ese placer, algo empezaba a molestarme.

Selene llegaba cada vez más tarde a casa. A veces olía a alcohol y a ese mismo perfume extraño que no era suyo. Tenía chupetones que intentaba ocultar con maquillaje y su teléfono vibraba constantemente con mensajes que leía sonriendo de forma sospechosa.

Cuando le preguntaba, solo se reía, me besaba y me metía la mano dentro del pantalón para distraerme.

—Eres muy paranoico, hermanito… —susurraba mientras me masturbaba—. Solo soy sociable.

Yo quería creerle.

Quería convencerme de que todo estaba bien.

Una noche, después de correrme violentamente dentro de su culo, nos quedamos tirados en mi cama, exhaustos. Selene estaba destrozada, boca abajo, con el culo rojo y abierto, todavía palpitando y con mi semen escurriendo lentamente entre sus nalgas. Su respiración era pesada, casi dormida.

Entonces escuché su celular vibrar sobre la mesita de noche. Una vez. Dos veces. La curiosidad me carcomió por dentro. Miré a Selene, que seguía con los ojos cerrados, y no pude resistirme. Tomé su teléfono y abrí el mensaje de Instagram.

Lo que leí me golpeó como una patada en el estómago:

“Mi amor ❤️ ¿A qué hora paso por ti mañana? Ya quiero volver a verte.”

El mensaje era de un tal “Alex_ uni”. No era la primera vez que le escribía.

—¿Qué es esta mamada? —gruñí, levantando la voz.

Selene abrió los ojos con dificultad, aún débil y con el cuerpo temblando. Al ver el teléfono en mi mano, su expresión cambió por completo.

—No es nada… —murmuró con tono irritado y cansado—. Dame mi celular.

—¿No es nada? ¿Te llama “mi amor” y te va a pasar a recoger? ¡No me chingues, Selene!

Me levanté de la cama, furioso, con el corazón hundido y un vacío horrible en el estómago. Salí de la habitación dando un portazo. Segundos después, Selene apareció en el pasillo, envuelta solo en mi camiseta, con el cabello revuelto y las piernas aún inestables.

—Carlos… amor, escúchame —dijo acercándose con voz más suave—. No es lo que piensas. Es solo un amigo de la universidad. Tenemos que hacer un trabajo juntos mañana, por eso me escribió. Te lo juro.

—No te creo —respondí con la mandíbula tensa—. Nadie le habla así a una “amiga”.

Selene se acercó más, puso sus manos sobre mi pecho y me miró con esos ojos grandes y manipuladores que ya empezaban a conocer muy bien.

—Bebé… ¿de verdad crees que te engañaría? Después de lo que acabamos de hacer… después de que me llenaste el culo como me gusta. —Bajó la voz y se pegó más a mí—. Eres el único que me tiene así. El único que me rompe y me hace gemir. No seas paranoico.

Me besó el cuello, luego los labios, mientras su mano bajaba lentamente por mi abdomen. A pesar de la rabia, mi cuerpo reaccionó. Quise seguir enojado, pero su voz, su olor y su cercanía me estaban desarmando.

—Prométeme que no es nada —exigí, aunque ya sabía que estaba perdiendo.

—Te lo prometo —susurró contra mis labios—. Solo eres tú, Carlos.

Asentí con la cabeza, aunque en mi interior una voz no dejaba de gritar. No le creía del todo. Esa sonrisa satisfecha que traía algunas noches, los chupetones mal disimulados, el olor a otro perfume… todo empezaba a encajar.

Pero preferí callar.

Preferí tragarme las dudas y seguir creyendo que Selene era solo mía.

Mi hermanastra me convirtió en cornudo

Mi hermanastra me convirtió en cornudo I: La niebla del amor