PRIMERA PARTE: El Engaño

Todo comenzó una noche de viernes, cuando mi novia, Emily, y yo estábamos en la cama, sudorosos todavía del polvo recién terminado. Ella estaba recostada sobre mi pecho, dibujando círculos con su dedo alrededor de mi pezón, cuando de repente soltó una risa traviesa.

—¿Sabes qué me da morbo? —preguntó, levantando la vista hacia mí con esos ojos color miel que siempre me vuelven loco.

—Dime.

—Brandon.

El nombre me pilló desprevenido. Brandon era el mejor amigo de Emily desde la universidad. Alto, moreno, con ese aire de quien sabe que es atractivo y no necesita demostrarlo. Siempre me había caído bien, aunque algo en su mirada —esa confianza silenciosa, la forma en que la abrazaba un segundo más de lo necesario— me hacía sospechar que no todo era inocente.

—¿Qué pasa con Brandon? —pregunté, sintiendo cómo mi polla, aún sensible, daba un pequeño salto contra su muslo.

—Que… —Emily mordió su labio inferior, gesto que conocía bien: estaba excitada y nerviosa al mismo tiempo—. Que a veces me imagino cómo sería… que él me viera. Que me deseara. Que pensara en mí mientras se toca.

La miré fijamente. No había celos en mi pecho. Al contrario: sentía que la sangre corría más rápido, que mi respiración se volvía más pesada.

—¿Y si lo hiciéramos realidad? —susurré.

—¿Qué quieres decir?

—Que le escribas. Que le hagas creer que tú sola quieres algo con él. Fotos. Videos. Mensajes sucios. Que se masturbe pensando en ti, sin saber que yo estoy aquí, viéndolo todo, poniéndote más cachonda.

Emily se quedó quieta. Luego, lentamente, una sonrisa maliciosa iluminó su rostro.

—Eres un pervertido, Anthony.

—Y tú estás empapada solo de pensarlo —dije, deslizando mi mano entre sus piernas para confirmarlo. Estaba inundada, más húmeda que cuando acabábamos de follar.

Así comenzó todo.

Esa misma noche, Emily tomó su celular y abrió el chat de WhatsApp con Brandon. Yo estaba recostado a su lado, mi mano entre sus muslos, acariciando su clítoris distraídamente mientras ella escribía.

Emily: Oye, estoy aburrida en casa sola…

Pasaron treinta segundos. Un minuto. Luego los dos ticks azules.

Brandon: Solita? Qué raro, pensé que Anthony siempre estaba encima tuyo jaja

Emily: Está de viaje por trabajo. Toda la semana.

Mentira. Yo estaba justo ahí, besando su cuello, pellizcando sus pezones hasta que se endurecieron como guindillas.

Brandon: Y a mí qué me cuentas? Jaja

Emily le envió un audio – Que me siento sola. Y cachonda.

Mi dedo entró en ella justo cuando envió ese mensaje. Emily dejó escapar un gemido que no pudo contener.

Brandon: ¿Eso fue un gemido?

Emily: Tal vez. Estoy acostada en mi cama. Con poca ropa.

Brandon: Emi

Emily: ¿Qué? Dime que no has pensado en mí alguna vez. Dime que no te has tocado imaginándome.

No hubo respuesta por un largo rato. Yo seguí metiendo y sacando mis dedos de ella, sintiendo cómo su humedad aumentaba, cómo su cuerpo se tensaba cada vez que el celular vibraba.

Brandon: Esto es peligroso.

Emily: ¿Peligroso o excitante?

Otra pausa. Luego:

Brandon: Las dos cosas.

Emily: Entonces manda. Muéstrame que tanto me deseas.

Lo que sucedió durante las siguientes dos horas fue uno de los espectáculos más eróticos que he presenciado. Brandon comenzó tímido —una foto de su torso desnudo, sus abdominales bien definidos, ese V que desaparecía bajo el elástico de sus calzoncillos. Pero Emily lo instigaba, cada vez más atrevida, mientras yo la penetraba con los dedos, luego con un consolador, luego con mi lengua, obligándola a mantener la compostura mientras chateaba.

Emily: Quiero ver más. Quiero ver lo que tienes ahí abajo.

Brandon: Emi, esto se está saliendo de control.

Emily: ¿O es que no te gusta? ¿Que no te pongo duro?

Brandon: Me pones durísimo. Ese es el problema.

Emily: Entonces muéstrame. O te muestro yo primero.

Envió una foto de sus tetas, esas tetas perfectas que yo amaba, con los pezones erectos y brillantes de saliva mía. Luego otra, de su mano entre las piernas, los dedos húmedos, su cara de deseo.

La respuesta de Brandon no tardó. Una foto. Luego otra. Y cuando vi lo que mostraban, sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

Era enorme.

No exageradamente largo, quizás diecinueve o veinte centímetros, pero lo que realmente impresionaba era el grosor. Era grueso, venoso, con una cabeza bulbosa y brillante que ya goteaba un fluido translúcido y abundante. La piel era de un tono más oscuro que el resto de su cuerpo, y estaba tan erecto que parecía apuntar hacia arriba, tocando casi su ombligo.

Brandon: ¿Y ahora? ¿Todavía quieres jugar?

Emily no respondió de inmediato. Estaba mirando la foto, con la boca abierta, respirando con dificultad. Sentí cómo su vagina se contraía alrededor de mis dedos, cómo un nuevo torrente de humedad inundaba mi mano.

—Dios mío —susurró—. Anthony, es…

—Lo sé —dije, y mi voz salió ronca. Estaba excitado también. Terriblemente excitado—. Continúa. Haz que se masturbe para ti.

Emily: Dios, Brandon… eres grande.

Brandon: ¿Te gusta?

Emily: Me encanta. Es más grande que el de Anthony. Quiero verte usarlo. Quiero verte venirte.

Lo que siguió fue un intercambio de videos que duró hasta altas horas de la madrugada. Brandon envió un clip de treinta segundos donde se masturbaba lentamente, su mano grande apenas cerrándose alrededor de su propio grosor, el líquido preseminal brillando en su cabeza, haciendo que todo resbalara con una lubricación que yo nunca había logrado con mi propio pene. Era hipnótico ver cómo su mano se deslizaba de arriba abajo, cómo sus músculos se tensaban, cómo su rostro —esa mandíbula fuerte, esos labios entreabiertos— se contorsionaba de placer.

Emily respondió con videos propios. Frotándose los pechos. Introduciéndose los dedos. Gimiendo su nombre. Y en cada video, yo estaba detrás de cámara, o debajo de ella, o dentro de ella, haciendo que su actuación fuera real, auténtica, salvaje.

Cuando Brandon finalmente envió el video de su orgasmo —una explosión blanca y espesa que pareció no terminar nunca, cubriendo su mano, su vientre, goteando hasta sus muslos— Emily se vino conmigo al mismo tiempo, gritando tan fuerte que estoy seguro de que los vecinos escucharon.

Esa noche, mientras ella dormía en mis brazos, exhausta, revisé una y otra vez los videos de Brandon. Había algo en su polla que me fascinaba y me intimidaba al mismo tiempo. Era más grande que la mía. No por mucho —yo tenía unos diecisiete centímetros decentes— pero el grosor de Brandon, esa cabeza enorme, esa lubricación constante… era diferente. Era superior.

Y eso, extrañamente, me excitaba.

SEGUNDA PARTE: La Invitación

Durante las siguientes semanas, el juego continuó. Brandon y Emily tenían conversaciones diarias, cada vez más explícitas. Él le enviaba fotos de su polla erecta en lugares inesperados —en el baño del trabajo, en su auto, en el gimnasio— y ella le respondía con videos donde se tocaba en la ducha, en la cama, en la cocina. Siempre conmigo presente, siempre con mi mano o mi boca o mi pene dentro o sobre ella mientras ella actuaba para él.

Una tarde de sábado, mientras Emily estaba a cuatro patas en el sofá y yo la penetraba desde atrás, ella tuvo una idea.

—Anthony —jadeó, mirando hacia atrás con el celular en una mano—. ¿Y si lo invitamos?

—¿A qué te refieres?

—A que venga. Aquí. Al departamento. Que piense que estoy sola, que vamos a follar finalmente… y que se encuentre contigo.

Me detuve en medio de una embestida. La idea me golpeó como un relámpago: Brandon, en nuestra casa, creyendo que iba a tener a Emily para él solo, y descubriendo que todo había sido una trampa, un juego, una fantasía compartida.

—¿Estás segura? —pregunté, aunque mi polla, enterrada profundamente en ella, palpitaba con entusiasmo.

—Nunca he estado más segura de nada —dijo, y envió el mensaje de voz antes de que pudiera reconsiderar.

Emily: Brandon… quiero que vengas. Este viernes. Anthony sigue de viaje. Quiero que estés aquí. Quiero sentirte.

La respuesta fue inmediata.

Brandon: ¿Estás segura?

Emily: Más que segura. Te necesito dentro de mí.

Brandon: Dime la hora.

El viernes llegó con una lentitud tortuosa. Emily se preparó durante horas: se depiló completamente, se puso un conjunto de lencería negra de encaje que dejaba ver más de lo que cubría, un vestido corto rojo que marcaba cada curva de su cuerpo. Yo me quedé en el dormitorio, escuchando cómo se movía por el departamento, el sonido de sus tacones en el piso de madera, el tintineo de las copas de vino que preparaba.

A las ocho en punto, el timbre sonó.

Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos. Miré por la rendija de la puerta del dormitorio, con una vista parcial del living.

Emily abrió la puerta. Y allí estaba Brandon.

Era más imponente en persona de lo que parecía en fotos. Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba sus brazos musculosos, jeans oscuros, y una expresión de hambre contenida que hizo que mi estómago se contrajera. En su mano, una botella de vino.

—Hola —dijo Emily, con una voz que pretendía ser timida pero que yo reconocía como pura provocación.

—Hola —respondió Brandon, y su mirada la devoró de arriba abajo—. Estás… increíble.

Entró al departamento. Cerró la puerta. Y antes de que Emily pudiera decir otra palabra, la tomó por la cintura y la besó.

Fue un beso violento, posesivo. Brandon la empujó contra la pared, una mano en su cuello —no apretando, pero controlando— y la otra en su cadera, levantando ligeramente su vestido. Emily gimió contra su boca, sus manos agarrando su camisa, y por un momento olvidé que yo estaba allí, olvidé el plan, olvidé todo excepto la escena erótica que se desarrollaba ante mis ojos.

Fue Emily quien lo detuvo.

—Espera —jadeó, apartándose lo justo para respirar—. Hay algo que necesito decirte.

—¿Qué? —Brandon no dejaba de besar su cuello, su mandíbula, su clavícula.

—Anthony no está de viaje.

Brandon se congeló. Lentamente, levantó la vista.

—¿Qué?

—Anthony está aquí. Ha estado aquí todo el tiempo.

Yo elegí ese momento para salir. Abrí la puerta del dormitorio y caminé hacia el living, con las manos en los bolsillos, intentando parecer más calmado de lo que estaba.

Brandon me miró. Luego a Emily. Luego de nuevo a mí. Su rostro pasó por una docena de emociones: confusión, traición, vergüenza, ira. Pero debajo de todo eso, vi algo más. Curiosidad. Excitación.

—¿Esto fue una broma? —preguntó, con voz peligrosamente baja.

—No una broma —dije, levantando las manos—. Un juego. Nuestro juego. Emily y yo… esto nos excita. Y queríamos llevártelo. A ti. Porque sabemos que tú también quieres esto.

—¿Qué carajo…?

—Brandon —intervino Emily, poniendo una mano en su pecho—. Todo lo que te dije era real. Te deseo. Te he deseado desde siempre. Pero Anthony también es parte de esto. De nosotros. De lo que quiero probar.

Brandon la miró fijamente. Luego me miró a mí. La tensión en el aire era espesa, casi tangible.

—Ustedes están locos —dijo finalmente.

—Probablemente —respondí—. Pero ¿no quieres saber a dónde nos lleva la locura?

Hubo un largo silencio. Luego, lentamente, una sonrisa torcida apareció en el rostro de Brandon. No era una sonrisa amistosa. Era depredadora.

—¿Tienen más vino? —preguntó.

TERCERA PARTE: El Juego

Media hora después, estábamos los tres en el sofá. El vino fluía, la tensión se disipaba en risas forzadas y comentarios cargados de doble sentido. Brandon se había sentado en el medio, con Emily a su derecha y yo a su izquierda. Cada vez que se movía, su muslo rozaba el mío, y sentía el calor de su cuerpo a través de la tela.

—Entonces —dijo Brandon, girando su copa de vino—. ¿Cómo funciona esto? ¿Tienen reglas? ¿Límites?

Emily y yo nos miramos.

—No hay reglas —dije—. Solo… curiosidad. Y deseo.

—¿Y si las cosas se ponen incómodas?

—Entonces paramos —respondió Emily, poniendo una mano sobre la de Brandon—. Pero Brandon… no quiero que paren.

Brandon terminó su vino de un trago. Luego me miró directamente a los ojos.

—Propongo un juego —dijo—. Verdad o castigo. Pero con mis reglas. Si eliges verdad, tienes que responder con total honestidad, sin importar qué. Si eliges castigo… haces exactamente lo que yo digo. Sin preguntas. Sin excusas.

El poder en su voz era nuevo. En todas las semanas de mensajes, Emily había sido ella quien controlaba el ritmo. Pero ahora, en persona, Brandon tomaba el mando naturalmente, como si siempre hubiera estado destinado a hacerlo.

—Acepto —dijo Emily inmediatamente.

—Yo también —añadí.

Brandon sonrió. Esa sonrisa depredadora de nuevo.

—Emily. Tú primero. Verdad o castigo.

—Verdad —dijo ella, con voz temblorosa de excitación.

—¿Cuándo fue la última vez que te masturbaste pensando en mí?

Emily se sonrojó. Pero respondió:

—Anoche. Mientras Anthony me la chupaba. Me vine gritando tu nombre.

La confesión me golpeó en el pecho, pero no de dolor. De pura excitación. Brandon asintió, satisfecho.

—Anthony. Tu turno. Verdad o castigo.

—Castigo —dije, sin pensarlo.

Brandon me estudió por un momento. Luego:

—Quítate la camisa. Y quédate así.

Obedecí. Me quité la camisa y la dejé caer al suelo. El aire del departamento era cálido, pero sentía que me erizaba la piel estar semidesnudo frente a él.

—Emily. Verdad o castigo.

—Castigo —susurró ella.

—Quítate el vestido. Lentamente.

Emily se puso de pie. Con movimientos deliberados, comenzó a bajar la cremallera lateral de su vestido rojo. El sonido era ensordecedor en el silencio del apartamento. Cuando el vestido cayó al suelo, quedó en su conjunto de lencería negra: sujetador de encaje que apenas contenía sus pechos, bragas de tanga que dejaban al descubierto sus nalgas.

—Hermosa —murmuró Brandon, y la palabra sonó como una orden—. Quédate de pie. Gírate.

Emily obedeció. Giró lentamente, mostrándose desde todos los ángulos. Cuando su espalda estaba hacia nosotros, Brandon extendió una mano y le dio una nalgada fuerte, haciendo que gritara sorprendida.

—Eso es por mentirme —dijo—. Por hacerme creer que estabas sola. Por hacerme fantasear, sufrír, desearte como un idiota… mientras tu novio estaba aquí, follandote, viéndolo todo.

Otra nalgada. Emily jadeó, sus rodillas temblando.

—¿Te gusta? —preguntó Brandon.

—Sí —gimió ella.

—¿Quieres más?

—Sí. Por favor.

Brandon se puso de pie. Se acercó a ella por detrás, sus manos envolviendo su cintura, su barbilla apoyada en su hombro. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos en mí.

—Anthony. Verdad o castigo.

—Castigo —respondí, la voz ronca.

—Ven aquí. Arrodíllate frente a ella.

No me moví de inmediato. La orden era tan inesperada, tan dominante, que mi mente tardó en procesarla. Brandon levantó una ceja.

—¿O prefieres terminar el juego?

Me puse de pie. Caminé hasta donde estaban. Y me arrodillé frente a Emily, a la altura de su vientre, mirando hacia arriba hacia sus ojos vidriosos de deseo.

—Quita sus bragas —ordenó Brandon—. Con los dientes.

Fue torpe, humillante, excitante. Usé mis dientes para agarrar el encaje de un lado y tirar hacia abajo. La tela se resistió, se estiró, finalmente cedió. Emily levantó un pie y luego el otro, y las bragas quedaron en mi boca. Brandon me indicó con un gesto que las dejara caer.

—Ahora —dijo, una mano bajando para acariciar el monte de Venus de Emily, sus dedos separando sus pliegues—. Mírala. Mira lo mojada que está. ¿Eso es por ti, Anthony? ¿O es por mí?

—Por los dos —susurré.

Brandon rio. Era una risa baja, gutural.

—Incorrecto. Esto —dijo, introduciendo dos dedos en ella, haciendo que Emily se arqueara hacia atrás contra él— esto es por mí. Porque ahora que estoy aquí, ahora que sabe que la voy a tener, que la voy a llenar como nunca la han llenado… está empapada solo de pensarlo.

Sus dedos se movían dentro de ella con una habilidad que me hizo sentir torpe. Emily gemía sin control, sus manos agarrando los hombros de Brandon para no caer.

—Anthony —dijo Brandon, su voz cortando como un cuchillo—. Quiero que veas algo. Algo que necesitas entender.

Con su mano libre, Brandon se desabotonó los jeans. Lentamente, bajó la cremallera. Y cuando sacó su polla, sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

En persona era aún más impresionante que en fotos. Estaba semierecto ya, grueso y pesado, descansando contra su muslo como un arma. La piel era oscura, satinada, con venas gruesas que palpitaban visiblemente. Y la cabeza… Dios, la cabeza era enorme, bulbosa, brillante con una capa de líquido preseminal que ya goteaba en un hilo translúcido hacia el suelo.

—Míralo bien —ordenó Brandon, agarrando su base y acercándolo a la cara de Emily—. Míralo, Anthony. Mira lo que ella va a sentir. Mira lo que tú nunca le has dado.

Emily giró la cabeza, sus ojos fijos en la polla de Brandon. Su lengua salió instintivamente, laméndose los labios.

—¿Lo quieres? —preguntó Brandon.

—Sí —jadeó ella.

—¿Cuánto?

—Mucho. Dios, Brandon, te he deseado tanto…

—Más que a Anthony?

La pregunta me atravesó. Emily dudó solo un segundo. Pero fue suficiente.

—Ahora… ahora solo te deseo a ti —confesó, y las palabras cayeron como martillos sobre mi pecho.

Brandon sonrió. Agarró su polla por la base y la frotó contra los labios de Emily, dejando un rastro brillante de líquido en su piel.

—Ábrete —ordenó.

Emily abrió la boca. Y Brandon comenzó a introducirse.

Fue lento, deliberado, tortuoso. La cabeza desapareció primero, estirando los labios de ella hasta que parecieron a punto de rasgarse. Luego unos centímetros más. Emily gorgojeaba, sus ojos llorosos, sus manos agarrando sus muslos para estabilizarse. Brandon no mostró piedad. Siguiendo empujando, centímetro a centímetro, hasta que más de la mitad de su longitud desapareció en la boca de mi novia.

—Mira eso, Anthony —dijo, su voz tensa de placer—. Mira cómo se la traga toda. ¿Alguna vez la has visto así? ¿Tan desesperada? Tan llena?

Negué con la cabeza. No podía hablar. Mi propia polla estaba dura como una roca en mis pantalones, presionando dolorosamente contra la tela.

Brandon comenzó a moverse. Embestidas lentas, profundas, cada una haciendo que Emily gorgojeara más fuerte. El sonido era obsceno, húmedo, el sonido de la rendición total. Y el líquido… Dios, el líquido que goteaba de Brandon era abundante, más de lo que yo jamás había producido. Brillaba en los labios de Emily, goteaba por su barbilla, creaba hilos viscosos que conectaban su boca con su pene cada vez que se retiraba.

—Toca tu polla —ordenó Brandon de repente, dirigiéndose a mí—. Quiero que te masturbes mientras me la chupa. Quiero que veas la diferencia.

Obedecí. Saqué mi pene, más pequeño, más delgado, con una cabeza modesta comparada con la de él, y comencé a masturbarme con movimientos frenéticos.

—¿Ves? —dijo Brandon, señalando con la mirada entre su polla y la mía—. ¿Ves por qué ella me prefiere? Mira cómo la lleno. Mira cómo gime por mí.

Emily no podía responder. Estaba ocupada, su boca siendo usada con una intensidad que nunca le había dado. Pero sus ojos, esos ojos color miel que tanto amaba, me miraron por un instante. Y en ellos vi una disculpa. Y algo más. Una verdad que no podía negar: estaba disfrutando esto más de lo que jamás había disfrutado conmigo.

Brandon la soltó de repente. Su polla salió de la boca de Emily con un sonido húmedo, y ella cayó de rodillas, jadeando, saliva y líquido preseminal mezclados en su barbilla y pechos.

—Levántate —ordenó Brandon—. Quiero follarte. Ahora.

CUARTA PARTE: La Posesión

Emily se levantó con dificultad, sus piernas temblando. Brandon la tomó por la cintura y la llevó hasta el sofá, donde la empujó hacia adelante, obligándola a agarrarse del respaldo. Su cuerpo formaba una L perfecta: torso paralelo al suelo, nalgas en alto, piernas separadas.

—Anthony —dijo Brandon, sin mirarme—. Ven aquí. Quiero que veas esto de cerca.

Me acerqué. Me arrodillé junto al sofá, a la altura de sus caderas, con una vista perfecta de su vagina expuesta, brillante, hinchada de deseo. Y detrás de ella, Brandon, acariciando su polla enorme, alineándola.

—Mira cómo entra —ordenó—. No apartes los ojos.

La penetración fue… indescriptible. La cabeza de Brandon, enorme y bulbosa, presionó contra la entrada de Emily. Ella gritó, sus nudillos blancos de agarrar el sofá. Brandon empujó. Y empujó. Y empujó.

Centímetro a centímetro, desapareció dentro de ella. La estiraba como nunca la había visto estirarse. Su vagina, usualmente ajustada alrededor de mi pene, se abría para él, se adaptaba a su grosor, sus paredes internas brillando de una humedad que nunca había producido con tanta abundancia. Era como si su cuerpo lo reconociera como superior, como el dueño legítimo, y se preparara para recibirlo con todo lo que tenía.

—Dios… —gimió Emily—. Dios, Brandon, eres…

—¿Soy qué? —gruñó él, finalmente enterrado hasta la base, sus caderas contra sus nalgas—. Dilo.

—Eres enorme. Me llenas tanto. Me partes en dos…

—¿Más que Anthony?

—Mucho más —jadeó ella, y las palabras fueron como cuchillos y bálsamo al mismo tiempo—. Él nunca… nunca me ha dado esto. Nunca me ha hecho sentir tan llena. Tan… tomada.

Brandon comenzó a moverse. Lentamente al principio, embestidas profundas que hacían que Emily gritara con cada una. Luego más rápido, más fuerte, el sonido de sus cuerpos chocando llenando el apartamento. Y el líquido… el sonido húmedo, obsceno, de su polla entrando y saliendo de ella, era diferente a cualquier cosa que hubiéramos producido juntos. Brandon lubricaba tanto, su fluido preseminal mezclándose con la humedad de ella, creando una espuma blanca que brillaba alrededor de su base cada vez que se retiraba.

—Tócate —ordenó Brandon, dirigiéndose a mí—. Quiero que te masturbes viendo esto. Quiero que te vengas viendo cómo ella es mía.

Estaba masturbándome ya, sin que me lo pidiera. Mi mano se movía frenéticamente sobre mi pene, mucho más pequeño, mucho menos impresionante, mientras observaba la escena. Brandon embestía a Emily con una fuerza que yo nunca había tenido, sus músculos tensos, su rostro una máscara de concentración y dominio. Y Emily… Emily estaba transformada. Sus gritos eran más altos, más desesperados, su cuerpo se movía contra el de él buscando más contacto, más profundidad, más todo.

—Brandon, por favor… —gemía ella—. Más duro. Más profundo. Dámelo todo…

—¿Esto es lo que querías? —gruñó él, agarrando su cabello y tirando hacia atrás, forzándola a arquear la espalda—. ¿Esto es lo que imaginabas todas esas noches, cuando te tocabas pensando en mí?

—Sí. Sí. Dios, sí…

—¿Y ahora que lo tienes? ¿Qué eres?

—Soy tuya —jadeó ella, sin dudar—. Soy tu puta. Tu zorra. Lo que quieras…

La palabra me estremeció. No porque fuera nueva —habíamos usado ese lenguaje entre nosotros— sino porque en su boca, ahora, sonaba verdadera. No era un juego. Era una confesión.

Brandon la soltó de repente. Se retiró de ella, su polla saliendo con un sonido húmedo, brillante y cubierta de sus fluidos mezclados. Emily se derrumbó sobre el sofá, jadeando, temblando, su vagina abierta y palpitante, goteando una mezcla de líquidos que nunca había visto salir de ella con tanta abundancia.

—No te muevas —ordenó Brandon.

Caminó hacia mí. Se paró frente a mí, su polla erecta a la altura de mi rostro, goteando ese líquido translúcido y abundante que parecía no tener fin. La cabeza, enorme y brillante, estaba a centímetros de mis labios.

—Ábrete —ordenó.

Negué con la cabeza, más por instinto que por decisión consciente.

Brandon me agarró por el cabello. No fuerte, pero con firmeza suficiente para que entendiera quién mandaba.

—Ábrete —repitió—. O el juego termina. Y ella se queda con las ganas.

Miré a Emily. Estaba recostada en el sofá, mirándonos con ojos vidriosos, una mano entre sus piernas, acariciándose distraídamente. Cuando nuestras miradas se encontraron, ella asintió. Casi imperceptiblemente. Pero fue suficiente.

Abrí la boca.

Brandon entró despacio. El sabor fue inmediato: salado, almizclado, intenso. Su líquido preseminal era más abundante que el mío, más espeso, cubriendo mi lengua con una capa viscosa que me obligó a tragar varias veces. La cabeza era enorme, estirando mis labios hasta que dolieron, llenando mi boca por completo. Y cuando comenzó a moverse, embistiendo con pequeños movimientos de caderas, sentí que me ahogaba, que no podía respirar, que estaba siendo usado de la misma forma que había usado a Emily tantas veces.

—Eso es —murmuró Brandon, una mano en mi cabeza, guiando mis movimientos—. Tómala toda. Acostúmbrate al sabor. Porque esto es lo que ella sabe ahora. Esto es lo que la vuelve loca.

Me retiró de repente. Me empujó hacia atrás, y caí sobre mis manos, jadeando, con la boca llena de su sabor, humillado y excitado más allá de cualquier límite racional.

—Ahora —dijo Brandon, volviéndose hacia Emily—. Ven aquí. Quiero que me montes. Quiero verte moverte sobre mí.

Emily obedeció con una rapidez que me dolió. Se levantó del sofá, sus piernas aún temblorosas, y caminó hacia donde Brandon se había sentado en el sillón. Él la tomó por la cintura y la hizo girar, de espaldas a él, y la bajó sobre su polla.

El grito que ella soltó cuando la penetró resonó en el apartamento. Fue un grito de dolor y placer mezclados, de ser llenada más allá de lo que creía posible. Brandon la tomó por las caderas y comenzó a levantarla y bajarla, usando su cuerpo como un juguete, controlando cada movimiento.

—Anthony —dijo Brandon, su voz entrecortada por el esfuerzo—. Ven aquí. Arrodíllate frente a ella.

Obedecí. Me arrodillé entre las piernas abiertas de Emily, mirando hacia arriba hacia su rostro contorsionado de placer, hacia sus pechos rebotando con cada embestida de Brandon.

—Míralo —ordenó Brandon—. Mira a tu novia. Mira cómo se mueve para mí. Mira cómo gime.

Emily abrió los ojos. Me miró. Y en medio del caos, del placer, de la posesión total de Brandon, susurró:

—Lo siento, Anthony. Lo siento tanto… pero se siente tan bien. Él es tan grande. Me toca lugares que tú nunca… nunca…

No terminó la frase. Brandon la embistió más fuerte, haciendo que gritara de nuevo.

—Dilo —ordenó Brandon—. Dile la verdad. Dile por qué me prefieres.

—Porque tu pene es más grande —jadeó Emily, las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero no de tristeza, de intensidad—. Porque me llenas completamente. Porque lubricas más, te sientes más suave, más… más hombre. Dios, Brandon, me vengo… me vengo…

Su orgasmo fue violento. Su cuerpo se arqueó hacia atrás contra Brandon, sus músculos se contrajeron visiblemente, sus gritos se convirtieron en un lamento continuo que no parecía tener fin. Y Brandon, en lugar de detenerse, siguió embistiéndola, a través de su orgasmo, prolongándolo, forzándola a venirse una y otra vez hasta que sus gritos se volvieron incoherentes, hasta que su cuerpo pareció perder toda tensión, colgando flácido entre sus brazos.

Brandon la levantó de su regazo. La dejó caer sobre el sofá, donde quedó recostada, jadeando, inconsciente casi, su cuerpo brillante de sudor y fluidos.

Luego Brandon se volvió hacia mí.

—Tu turno —dijo, señalando su polla, aún erecta, aún brillante, aún goteando—. Límpiala. Con la lengua. Quiero que pruebes lo que sabe ella ahora.

Quinta Parte: La Sumisión Total

No sé cuánto tiempo pasó. Horas, quizás. El tiempo se había disuelto en una neblina de sexo, humillación y excitación que no me permitía pensar con claridad.

Después de limpiar a Brandon con mi lengua —tarea que realicé con una mezcla de vergüenza y deseo que ya no podía separar—, él había reclamado a Emily de nuevo. Esta vez en nuestra cama, el lugar que había sido solo nuestro durante años. La había tomado de espaldas, de frente, a cuatro patas, en cada posición demostrando su superioridad física, su resistencia, su capacidad para hacerla venir una y otra vez mientras yo observaba desde el rincón, masturbándome cuando me lo permitía, deteniéndome cuando él ordenaba.

Ahora estábamos los tres en la cama. Emily estaba recostada entre nosotros, su cuerpo cubierto de marcas de succión, de nalgadas, de dedos. Brandon la acariciaba distraídamente, una mano en su pecho, la otra en su cadera. Yo estaba en el borde de la cama, casi cayéndome, con mi pene flácido por primera vez en horas, exhausto.

—Hay algo más que quiero —dijo Brandon de repente, rompiendo el silencio.

—¿Qué? —preguntó Emily, su voz ronca de tanto gritar.

—Quiero que me pertenezcas. No solo esta noche. Quiero que entiendas quién manda ahora.

Emily se quedó quieta. Yo también.

—Anthony —continuó Brandon, sin mirarme—. Tú empezaste este juego. Tú me atraíste aquí. Tú querías ver cómo tu novia se la montaba con otro. Y ahora que lo has visto, necesitas entender las consecuencias.

—¿Qué consecuencias? —pregunté, con voz débil.

—Que ella es mía ahora. Cuando yo quiera. Como yo quiera. Y tú… tú eres un espectador. Un ayudante. Alguien que limpia el desorden cuando termino.

Miré a Emily. Ella no decía nada. Solo miraba a Brandon con esos ojos que yo reconocía: era la misma mirada que me había dado a mí, alguna vez, cuando éramos solo nosotros dos. Ahora pertenecía a él.

—Emily —dije—. ¿Esto es lo que quieres?

Ella tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz fue suave, casi inaudible.

—Es lo que necesito, Anthony. Lo siento. Pero… necesito esto. Necesito que él me controle. Que me use. Que me haga sentir así.

—¿Y nosotros? —pregunté—. ¿Qué somos nosotros ahora?

Brandon respondió por ella.

—Ustedes son lo que yo diga que sean —dijo, con una calma absoluta—. Pueden seguir juntos. Pueden seguir viviendo aquí, durmiendo en esta cama. Pero cuando yo llame, ella viene. Cuando yo quiera, ella se abre. Y tú… tú aceptas. O te vas.

El silencio que siguió fue el más largo de mi vida.

—Hay una condición más —añadió Brandon, sentándose en la cama, su polla —aún impresionantemente erecta después de todo— descansando contra su muslo—. Quiero que me llames «señor» cuando estemos los tres. Quiero que ella me pida permiso para besarte, para tocarte, para cualquier cosa que no sea conmigo. Y quiero… —sonrió, y fue la sonrisa más depredadora que había visto— quiero que me vean juntos cuando yo lo decida. En este departamento. En mi casa. Donde sea. Quiero que sepas, Anthony, cada vez que estés en el trabajo, cada vez que estés durmiendo, que ella podría estar conmigo. Y quiero que eso te excite. Porque sé que lo hace.

No podía negarlo. Mi pene, a pesar del agotamiento, comenzaba a endurecerse de nuevo.

—¿Y si digo que no? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—Entonces el juego termina —dijo Brandon encogiéndose de hombros—. Y ella decide con quién se queda. Pero conozco la respuesta, Anthony. La vi en tus ojos toda la noche. Quieres esto tanto como ella. Quizás más.

Miré a Emily. Ella me miró a mí. Y en su mirada vi todo: amor, culpa, deseo, liberación. Había encontrado algo en Brandon que yo no podía darle. Y en lugar de destruirnos, nos había transformado en algo que ninguno de los dos esperaba.

—De acuerdo —dije finalmente, y la palabra me supo a rendición y a alivio al mismo tiempo.

Brandon asintió, satisfecho.

—Bien. Entonces empecemos con algo simple. Emily, ven aquí. Quiero que me despiertes mañana con la boca. Y Anthony… tú duerme en el sofá esta noche. Esta cama es mía ahora. Y ella, cuando esté en ella, también.

Emily no discutió. Se acurrucó contra Brandon, su cuerpo encajando perfectamente contra el de él, su cabeza en su pecho. Él la abrazó con una naturalidad que me dolió, una mano en su cadera, la otra en su cabello.

Me levanté de la cama. Recogí mi ropa del suelo, tropezando en la penumbra. En la puerta del dormitorio, me detuve y miré hacia atrás.

Brandon me estaba mirando. Con una mano, hizo un gesto de despedida. Con la otra, deslizó sus dedos entre las piernas de Emily, que gimió suavemente en sueños.

—Buenas noches, Anthony —dijo—. Y bienvenido a nuestro juego.

Cerré la puerta detrás de mí.

En el sofá, en la oscuridad del living que aún olía a sexo y vino, me recosté y miré al techo. Mi pene estaba duro otra vez, dolorosamente duro, y no había nadie para aliviarme. No sin permiso.

Y por primera vez, me di cuenta de que eso era exactamente lo que quería.

Luego les cuento lo que ocurrió después, cuando le traje a un desconocido a casa, al ver que le gustaba coger con otros hombres.