Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Mi hermanastra me convirtió en cornudo I: La niebla del amor

Me llamo Carlos. Tengo veinte años y estoy completamente enamorado de la persona que, para el mundo, es mi hermana.

Selene y yo no compartimos sangre, pero eso no importa. Hace diez años nuestros padres se casaron y, desde entonces, hemos vivido bajo el mismo techo como hermanos. Dormimos en habitaciones contiguas, compartimos desayunos, peleamos por el baño y nos cubrimos las espaldas frente a nuestros padres. Por eso mantenemos lo nuestro en secreto. Según Selene, “nadie lo entendería”. Y yo, como siempre, acepto lo que ella dice.

Antes era diferente. En la prepa, Selene era la chica brillante y alegre que todos admiraban. Cabello castaño largo hasta media espalda, sonrisa fácil, notas perfectas y una presencia que llenaba cualquier salón. Formaba parte del consejo estudiantil, organizaba eventos y siempre estaba rodeada de gente que quería estar cerca de ella. Yo la observaba desde lejos, orgulloso y enamorado en silencio.

Pero la universidad lo cambió todo.

Selene se transformó. Ya casi no usa esos colores claros que antes le gustaban. Ahora viste de negro, tonos burdeos y púrpuras oscuros. Se pintó el cabello de un negro profundo con mechas vino tinto que brillan bajo la luz. Sus labios suelen ir pintados de negro mate o rojo sangre, y sus ojos, delineados de forma dramática, parecen siempre guardar un secreto. Sigue siendo hermosa… pero es una belleza más peligrosa, más adulta. Más oscura.

Yo estudié Antropología. Ella entró a Finanzas. Aunque nuestras facultades están en el mismo campus, nuestras vidas ya no se cruzan tanto. O al menos eso pensaba yo.

Últimamente noto cosas raras.

Llega tarde a casa con más frecuencia. A veces huele a cigarrillo mezclado con un perfume que no es el suyo. Otras veces tiene marcas suaves en el cuello que disimula con maquillaje o con bufandas, aunque estemos en primavera. Cuando le pregunto, solo sonríe de esa forma que me derrite y dice:

—Son cosas de la uni, Carlos. No te preocupes tanto.

Esa misma tarde la vi en el pasillo central del campus. Estaba rodeada de su grupo habitual: tres chicos y dos chicas, todos riendo. Selene hablaba con esa energía coqueta que la caracteriza, inclinándose ligeramente hacia uno de los chicos mientras le tocaba el brazo con naturalidad. Su cabello negro caía como una cascada sobre su espalda, contrastando con la piel pálida de su escote. Llevaba una blusa negra ajustada, falda plisada corta y botas militares.

Se rio fuerte por algo que le dijeron y, por un segundo, sus ojos se encontraron con los míos al otro lado del pasillo. Me dedicó una sonrisa distinta, más privada. Una sonrisa que decía “tú y yo sabemos la verdad”.

Sentí un nudo en el estómago. No era celos exactamente… era algo más confuso. Orgullo mezclado con una inquietud que no lograba identificar.

Esa noche, cuando entré a su habitación después de que nuestros papás se durmieran, Selene me estaba esperando. Estaba sentada en el borde de su cama, con solo una camiseta oversize negra que apenas le cubría los muslos. Apenas cerré la puerta, se levantó y me empujó contra ella, besándome con fuerza.

—Te extrañé hoy… —susurró contra mis labios, mordiéndome ligeramente el inferior.

Sus manos bajaron por mi pecho con urgencia. Olía a su shampoo de cereza negra y a algo más. Algo que no era mío.

Pero cuando me clavó las uñas en la nuca y me llevó hacia la cama, todos mis pensamientos se disolvieron. Porque en esos momentos Selene era completamente mía. O eso necesitaba creer.

Nuestra relación comenzó hace apenas cuatro meses.

Yo siempre la traté como a una hermana: la molestaba, jugaba con ella, la hacía reír y la cuidaba. Pero desde hace algún tiempo, verla interactuar con los demás me generaba una sensación extraña en el pecho. Selene siempre estaba rodeada de gente, pegada a ellos de forma demasiado cercana. Les tocaba los brazos, se inclinaba hasta casi rozar sus rostros al hablar, riendo con esa naturalidad coqueta que la caracterizaba. Al principio no sabía cómo describir esa molestia interna. Simplemente la atribuía a un instinto protector. “Solo quiero cuidarla”, me repetía.

Pronto quedó claro que Selene ya no necesitaba que la cuidaran.

La universidad la estaba cambiando rápidamente. Su forma de vestir se volvió cada vez más indecente, o al menos eso era lo que repetía su madre casi a diario. Empezó a usar escotes pronunciados que resaltaban su pecho pequeño y pálido —apenas llenaba las blusas, pero parecía gustarle provocativamente ese detalle—. Cadenas plateadas colgando entre sus senos, botas pesadas, faldas negras cortas y ajustadas que se pegaban a sus caderas estrechas. Su complexión delgada y frágil desentonaba un poco con esa ropa tan agresiva y sexual, pero ella se obstinaba en usarla con total confianza.

Su mirada también cambió. Aquellos ojos grandes y dulces que transmitían inocencia desaparecieron. Ahora eran afilados, intensos, siempre observadores, como los de una cazadora en constante alerta.

Incluso su actitud se endureció. Esa elegancia natural que antes la definía se transformó en algo más rudo y provocador. Se volvió contestona, directa y sin filtros. Ya no se inmutaba al hablar de sexo o de cualquier tema morboso; al contrario, los mencionaba con una naturalidad que me descolocaba por completo.

Esa nueva actitud suya me estaba matando poco a poco.

Todo explotó una noche, hace cuatro meses. Nuestros padres se habían ido a otra ciudad por trabajo y la casa estaba completamente vacía. Selene regresó pasada la medianoche. Escuché la puerta principal y salí de mi habitación. Estaba borracha. El maquillaje negro corrido bajo los ojos le daba un aspecto salvaje y destruido. Caminaba descalza, con las botas en la mano, el cabello revuelto y una expresión de puro agotamiento en el rostro… pero sonreía. Una sonrisa satisfecha, casi perversa.

Olía a alcohol, cigarrillo y a algo más. Un olor almizclado, denso, que no supe identificar en ese momento. Se veía rota, usada… y extrañamente orgullosa de ello.

Ya casi no hablábamos como antes. Aquellos días de bromas y risas entre hermanos parecían haber desaparecido. Aun así, la confronté.

—¿Dónde estabas? —pregunté, con un tono más duro del que pretendía.

—No molestes, pendejo —respondió sin siquiera mirarme, intentando pasar de largo.

No la dejé. La tomé del brazo con fuerza.

—Me preocupas, Selene. Mírate. Ya no eres la misma.

Ella se detuvo. Giró la cabeza y me miró con furia, pero su voz empezó a temblar ligeramente:

—¿A ti qué te importa?

—Claro que me importa —contesté—. Eres mi hermana. No puedo quedarme de brazos cruzados viéndote hundirte.

Por un segundo se quedó en silencio, observándome con esa mirada afilada de cazadora. Luego sonrió de lado, de una forma que nunca le había visto.

—Debe haber algo más… —dijo con voz baja y ronca—. Siempre me tratas tan bien a pesar de que no somos hermanos de sangre. Y lo he visto, ¿sabes? He visto cómo me miras… con deseo.

Mientras hablaba, llevó mis manos a su cintura y las subió lentamente por su cuerpo, obligándome a sentir sus curvas pequeñas pero firmes.

—N-no… no es eso —balbuceé.

—Sí lo es. No mientas.

Selene llevaba una blusa negra con un escote profundo. Sin apartar sus ojos de los míos, llevó las manos a su espalda, desabrochó la prenda y la dejó caer con total descaro. Sus pechos pequeños quedaron al aire. Sus pezones rosados, aún endurecidos, apuntaban hacia mí. La piel pálida contrastaba con el maquillaje corrido y el aspecto decadente que traía.

Me quedé completamente paralizado, sin poder articular palabra. El corazón me latía con fuerza en el pecho.

—Ves… no puedes evitar desearme —dijo ella con una risa baja y triunfante—. Eres un incestuoso.

Su mirada afilada se relajó, como si supiera que ya me tenía completamente en sus manos. Sin apartar los ojos de mí, metió la mano bajo su falda negra y se quitó las bragas con un movimiento fluido y descarado. Las arrugó en su puño y me las lanzó a la cara. El olor de su excitación me golpeó directamente. Se rio coquetamente, llevándose un dedo a los labios en un gesto juguetón.

—Ahh… basta, Selene. La puerta está abierta —murmuré, con la voz ronca.

—Pues ciérrala —respondió mientras terminaba de bajarse la falda y la dejaba caer al suelo.

Se dio la vuelta lentamente, inclinándose hacia adelante y arqueando la espalda. Su pequeño culo pálido y redondo quedó completamente expuesto, jugoso y provocador. No pude evitar quedarme clavado mirándolo. Por un segundo fantaseé con romperla sin piedad, con follármela como un animal.

—¿Y bien? ¿No vas a venir? —preguntó con voz melosa.

Separó sus nalgas con ambas manos, mostrándome sus labios vaginales hinchados y brillantes por sus propios jugos. Estaba empapada.

—Maldita sea… siempre te he deseado. Lo admito —confesé con la voz entrecortada mientras cerraba la puerta detrás de mí con un golpe seco—. No me culpes por lo que te voy a hacer.

Me acerqué con pasos rápidos y le di una nalgada fuerte que resonó en la habitación. Selene soltó un gemido agudo y placentero.

—Ahh… qué rico —ronroneó—. Ven… no me encontrarás tan vulnerable de nuevo.

La tomé por la cintura, la levanté como si no pesara nada y me la eché al hombro como un saco. Subí las escaleras con ella riendo y golpeándome la espalda con los puños. La llevé directamente a mi habitación, la lancé sobre mi cama y empecé a desabrocharme el pantalón con urgencia, casi arrancándome la ropa.

Su cuerpo delgado y pálido sobre mis sábanas oscuras se veía increíblemente sexy. Mi verga ya estaba dura como piedra. Selene sonrió con malicia, abrió las piernas sin vergüenza y me invitó con la mirada, mostrándome su coño apretado y mojado.

Selene abrió más las piernas, ofreciéndose sin ninguna vergüenza. Su coño pequeño, rosado y completamente empapado brillaba bajo la luz tenue de mi habitación. No aguanté más. Me subí a la cama, agarré sus delgados muslos y los separé con fuerza mientras frotaba la cabeza gruesa de mi verga contra sus labios hinchados.

—Joder… estás empapada —gruñí.

Empujé de una sola estocada hasta el fondo. Su coño era increíblemente apretado y caliente, casi como si me succionara. Selene arqueó la espalda y soltó un gemido largo y ronco cuando la llené por completo. Empecé a follarla con fuerza, con embestidas profundas y rápidas. El sonido húmedo y obsceno de mi verga entrando y saliendo de ella llenaba la habitación.

—Más duro… —exigió entre gemidos—. No me trates como a tu hermanita.

La volteé bruscamente y la puse en cuatro. Agarré sus caderas estrechas y volví a penetrarla desde atrás, esta vez más salvaje. Su culo pequeño rebotaba contra mi pelvis con cada embestida. Me incliné sobre ella, mordí su hombro y metí una mano debajo para frotar su clítoris hinchado mientras la follaba sin piedad. Selene enterraba la cara en las sábanas para ahogar sus gritos, pero su coño se contraía alrededor de mi verga cada vez más fuerte.

Después la senté encima de mí. Selene apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgarme con movimientos rápidos y desesperados, bajando con fuerza hasta que mis huevos golpeaban su culo. Sus pezones pequeños y duros se movían al ritmo de sus caderas. La agarré del cabello negro y tiré hacia atrás, obligándola a arquearse mientras la penetraba desde abajo con embestidas brutales.

—Carlos… ¡me estás rompiendo! —gimió, con la voz entrecortada.

Sentí que no aguantaría mucho más. La tiré de nuevo sobre la cama, le levanté las piernas y las puse sobre mis hombros. En esta posición entraba aún más profundo. Follaba con todo mi peso, golpeando su punto más sensible una y otra vez. Su coño se puso aún más apretado, temblando alrededor de mi verga.

—No puedo más… —jadeé.

—Adentro… córrete adentro —ordenó ella, clavándome las uñas en la espalda.

Con un gruñido animal me corrí violentamente dentro de ella, llenándola con chorros calientes y espesos. Selene se corrió casi al mismo tiempo, convulsionando debajo de mí, su coño apretándome con fuerza mientras gemía mi nombre.

Caí sobre ella, exhausto y sudado. Nuestros cuerpos seguían unidos, mi verga aún palpitando dentro de su coño lleno de semen. Después de unos segundos de silencio, levanté la cabeza y la miré a los ojos.

—Selene… te amo —confesé en voz baja, casi temblando—. No como a una hermana. Te amo de verdad. Llevo años enamorado de ti.

Ella me miró en silencio por un momento, con el maquillaje aún más corrido y una sonrisa suave y peligrosa en los labios. Acarició mi mejilla con ternura inesperada.

—Yo también te amo, Carlos —susurró—. Siempre he estado enamorada de ti. Desde mucho antes de que te atrevieras a tocarme.

Me besó suavemente en los labios, casi con cariño, mientras mi semen comenzaba a escaparse de su coño y corría por sus muslos.

Y así, sin saberlo, esa noche marcó el principio de mi caída.