Cada noche tomaba el metro camino a casa, y siempre estaba vacío salvo por la presencia de una jovencita preciosa de largos cabellos dorados. Siempre callada, leyendo un libro y vestida como si fuese una princesita. Aquel día llevaba un vestido que le hacía parecer una colegiala, aunque, como no sabía ni su nombre ni su edad, tal vez lo fuese. Vale, entonces mi fijación por ella tendría que acabar porque, desde que la vi por primera vez, me quedé prendado de su belleza angelical.

Estaba casado pero mi vida matrimonial era una mierda. Los primeros años fueron maravillosos pero, con el tiempo, todo se fue enfriando hasta tal punto que ya teníamos 40 años y no existía presencia alguna de niños. Además del sexo. Alguna vez cae pero, de primeras, a mi mano la tengo bien contenta con mis penetraciones cuando la pongo en modo agarre. Me pongo algo de lubricante y, hala, a masturbarse se ha dicho.

Por eso, cuando vi aquel ángel con aquel porte elegante, el cabello largo y los labios en forma de corazón, hice de aquella figura la razón de mis eyaculaciones. Y cada vez más a menudo. Me imagino sus pechos desnudos, sus labios sobre los míos, mi polla en su vagina. La deseaba. Pero, como no era ningún acosador ni nada por el estilo, aquel deseo se quedaba en mi fuero interno; ni siquiera Roberta, mi esposa, lo sabía.

Nunca había nadie a aquellas horas. Siempre tenía ganas de saber hacía dónde iría ella, pero nunca me acercaba a preguntar. ¿Cómo lo haría? ¿Y para qué? Nunca había sido infiel a ninguna de mis chicas, ¿por qué empezar ahora? ¿Por qué mi relación hace aguas? Y cuántas no y, aún así, siguen adelante. Solo era una mala racha, lo único que ya duraba muchos años. Y, sí, había que decirlo claro, ni Roberta ni yo luchábamos para salir del agujero. Hasta nos dicen que qué hacíamos siguiendo juntos, nuestros allegados. Algo que yo también me preguntaba muy a menudo, si he de ser sincero. ¿Por qué estábamos juntos a día de hoy Roberta y yo?

Como de costumbre, el ángel se encontraba allí, sentada bajo las luces, con la vista fija en un libro. El vestido que le hacía parecer una colegiala le quedaba muy bien, hasta me hizo pensar en lo guarro que soy por masturbarme pensando en ella. Aquel día hice algo inesperado: en lugar de sentarme en un asiento alejado, me senté en uno justo al otro lado del de ella. El ángel se sentaba siempre en un asiento central, y yo lo hice en el que da a la ventana, pero al otro lado. Si ella tenía más cerca la ventana de la derecha, en mi caso era la de la izquierda. Y, muy de vez en cuando, le echaba el ojo. ¡Dios, que belleza! Vale, Pablo, para, que tal vez sea una cría y tú llegando a soltar lefa de tu polla pensando en ella, ¿en qué cabeza cabe, melón? Así que dejé de observarla y centré mi visión en mi rostro reflejado en el cristal, que se veía todo negro a causa de estar dentro de un túnel.

Aún así, no sé cómo lo hacía, pero, desde ahí, también observaba el perfil precioso del ángel.

—Hola —me susurró una voz de mujer joven pasados unos minutos. Cuándo volví el rostro, allí estaba el ángel dedicándome una bella sonrisa.

—Hola —saludé inseguro.

—¿Está libre? —me preguntó dubitativa— Es que ya me he terminado la novela y me aburro un poco sola. ¿Puedo sentarme aquí y charlar con usted?

¡Anda!

—S…, sí, claro —repuse azorado—. Claro, siéntate.

Y ella se sentó acariciando una de mis piernas. Esbozó una sonrisa y su rostro se tornó pícaro.

—Me he dado cuenta de que siempre vamos los dos solos. Nunca entra nadie en el trayecto en el que estamos juntos. Qué raro.

—Sí…, bastante —Dios, que nervioso estaba.

—¿Cómo se llama? —preguntó ella.

—Pablo.

—Encantada, Pablo. Yo soy Rebeca, pero todos me llaman Becky.

Así que se llamaba Rebeca. Que nombre más bonito. Sí Roberta y yo hubiésemos tenido una hija, a mí me hubiese gustado que se llamara Rebeca. Además se lo hice saber y, el ángel, sonrió dulcemente pero sin perder ese deje pícaro de su rostro. Aún con eso, seguía siendo muy angelical.

—¿Qué leías? — le pregunté.

—Un libro de Sarah J. Maas. No está nada mal, pero no es de mi tipo. Tal vez le dé una oportunidad a la segunda parte, a lo mejor mejora. Pero…, no, no es para mí.

—Si te sirve de consuelo, yo ni sé de qué me estás hablando.

Y reímos.

Y nos miramos.

Ella se mordió el labio y me hizo estremecer. Era preciosa y se me estaba poniendo dura. Qué le voy a hacer, soy así de simple. Una cara bonita me habla un poco, me sonríe y me dedica una mordida de sus labios y, hala, empieza la fiesta en mi entrepierna.

El problema vino cuando ella lo notó. Me azoré, pero Becky no sé molestó conmigo. Por el contrario, miró alrededor, vio que seguíamos tan solos como de costumbre y se arrodilló delante de mí.

—¿Qué haces? —me asusté.

Ella solo se llevó un dedo a su boca pidiendo silencio. Yo, como un tonto, le hice caso. <<Por Dios, Pablo, que tal vez sea una cría menor de edad>>, pensé. Y como no soy un pedófilo de esos, me levanté para marcharme a otra parte del vagón, pero ella me volvió a sentar amarrando con fuerza, pero sin hacerme daño, mi entrepierna.

—Rebeca…

—Tranquilo, papi —intentó tranquilizarme, pero llamarme «papi» no ayuda mucho, sinceramente—. Que ya tengo diecinueve. Y sé lo que me hago.

Y comenzó a desabrocharme la bragueta. Mi corazón iba a más de cien por hora, parecía que tuviese una orquesta de tambores dentro del pecho. Por desgracia —o eso creía yo—, aquello me mantenía completamente inmóvil. Por mucho que quisiese empujarla y salir de allí corriendo, mi cuerpo no respondía como debería y vi como la muchacha sacaba por el agujero del pantalón mi pene bien erecto.

—Hala —susurró ella, asombrada.

Tragué saliva. No. No iba a pasar lo que creo que iba a pasar, verdad. Estaba de tal forma que me costaba respirar. Becky se dió cuenta y, manoseando mi pene, se irguió hacia mí y me besó. Un beso leve, un simple roce que me supo a cereza. Joder, mi fruta favorita. Ella siguió más y me desabrochó el pantalón por completo, dejando a la vista el calzoncillo y la polla. Sin pensárselo dos veces, Becky le dio un lametón a la punta. Yo no sabía donde meterme, mirando a todos lados. Pero no había nadie y cerciorarme de algo que ya sabía de antemano no era de mucha ayuda. Entonces, la muchacha guardó mi erección en la ropa interior y la volvió a sacar por el agujero que había en los calzoncillos. <<Anda, ahora sabía para qué ponían esos orificios ahí>>, me pasó por la cabeza.

La tenía bien amarrada en su mano. Comenzó a menearla por todo el falo. Yo miraba a un lado y a otro, no sé para qué. La miré. Ella me miraba. Era preciosa. No entendía por qué estaba pasando aquello, pero los ojos azules de Becky me tranquilizaron. Pensé en por qué no la paraba. Podía hacerlo, podía darle un empujón, decirle que me parecía una auténtica guarra y marchar corriendo hacia otro vagón. Pero no lo hice. Por el contrario, no cesaba de mirar a aquel ángel a los ojos y, dicho ángel, entendió mi fuero interno llevando sus labios hasta mi polla y besar la punta. Y no besos normales, no, besos con lengua abriendo bien la boca, como si estuviese besando la boca de otra persona. Y era gloria bendita. Notar la lengua sedosa y suave de la joven sobre mi glande era lo que necesitaba.

Al final, soltando la polla de sus manos —pero no de su boca—, comenzó a acariciar mi torso sobre la ropa. Lenta, muy lentamente, la chica fue introduciendo mi pene en toda su cavidad bucal, la cual era maravillosa. Húmeda, aterciopelada, suave. Incluso el tacto de los dientes —no era tan resabiada como decía— sobre mi carne, era pureza. No pude más que echar la cabeza hacia atrás abriendo la boca en una <<o>> perfecta, gracias al placer que la muchacha me proporcionaba. La tenía toda, hasta la base, bien entrada en su garganta, con la que ejercía presión y me hacía soltar gemidos ahogados. Dios mío, no quería parar. Becky. Por Dios, Becky. Perfecta en su lujuria.

Acabó expulsando todo el falo de golpe tras varias arcadas, pero ella sonreía satisfecha de su trabajo. Yo le sonreí. No solo eso, se me escapó una risita entre divertida y pícara que llenó de gozo los oídos de Becky. Y regresó a chuparme la polla de nuevo. Aquella vez fue más deprisa pero sin llegar a metérsela toda. Yo no le quitaba ojo de encima, como ella hacía lo mismo conmigo. Chupaba y chupaba como si no hubiese un mañana. Le encantaba pasarme la lengua por el glande ejerciendo cierta presión que me volvía loco. La cogí por la nuca y la obligue a que se la volviera a meter toda entera, necesitaba su garganta de nuevo, así que meneé mis caderas a buen ritmo logrando más arcadas de la joven. Mientras, sus babas caían al suelo desde mi polla, la cual estaba toda embadurnada de su saliva, también. Que cachondo estaba. No quería parar. Y, por si fuera poco , Becky tampoco quería cesar de chupar.

—Vamos, nena, haz que me corra y trágatelo todo —solté.

Ella, buena sumisa, obedeció y volvió a su proceder.

Gemía ante las arcadas de ella. Sus ojos se anegaban de lágrimas, pero era maravilloso verla así. Me cautivaba. Me erizaba el vello de todo mi cuerpo. Estaba extasiado. La necesitaba, necesitaba aquel acto con aquel ángel que me tenía cautivo. La obligué a que siguiera y ella obedecía sin chistar. Era su papi, como bien me había dicho. De sus labios regalimaba tanto su saliva como mi líquido preseminal. Ella disfrutaba, yo disfrutaba. Hasta que llegó el momento y, cogiéndola de la nuca de nuevo, la obligué a que la sostuviera toda entera en su boca y eché unos buenos chorros de semen por su garganta abajo.

Minutos después, ya con la polla bien guardada en mis pantalones, la senté en mi regazo y, acariciando su espalda sobre el vestido, no cesé de besarla y de recordar el gran momento que me había regalado. Hasta que escuché la voz en off que anunciaba mi parada y me despedí del ángel con la promesa de una próxima vez.