Esa tarde, mi teléfono sonó justo cuando estaba a punto de meterme a la ducha. Era Ingrid.

—¿Steph? Necesito que me enseñes a cocinar. En serio. Estoy harta de pedir delivery y Marcos ya se queja.

Suspiré. Mi prima, siempre tan desastre. Veintisiete años, casi un metro setenta y cinco de pura torpeza, y nunca había aprendido ni a freír un huevo. Pero la quería, así que acepté.

—Está bien, ven a mi departamento. Te enseño lo básico.

Llegó media hora después, con su cuerpo delgado metido en faldita blanca y un top celeste. A pesar de ser más alta que yo, siempre parecía una niña perdida cuando entraba a mi cocina.

—¿Por qué todo es tan complicado? —se quejó mientras pelaba una cebolla con los ojos llorosos.

Me reí. Pasamos las siguientes dos horas entre cortes, salteados y risas. Le enseñé a hacer un arroz con pollo decente, una salsa básica, y cómo no quemar el ajo. Para cuando terminamos de limpiar, la cocina estaba impecable y ella tenía una sonrisa de orgullo.

—¿Ves? No es tan difícil.

—Tú lo haces parecer fácil —dijo, secándose las manos—. Marcos llega en diez minutos.

Justo cuando guardaba el último trapo, escuché la puerta. Marcos entró con su sonrisa fácil, el pelo revuelto, y el aroma del trabajo aún en su camisa.

—Huele increíble —dijo, besando a Ingrid en la mejilla.

Nos sentamos en la sala un rato, aún era demasiado temprano como para almorzar, anduvimos viendo la tele, hablando de tonterías. Pero noté cómo Ingrid se pegaba más a él. Cómo su mano comenzó a recorrerle el muslo. Cómo su respiración cambió.

—Steph —dijo Ingrid, mirándome con esos ojos que conocía bien—, ¿por qué no llamas a tu chico?

Sabía exactamente lo que quería decir. Sentí un calor subirme por el cuello.

Saqué mi teléfono y marqué. Él contestó al segundo intento.

—¿Pasa algo?

—Ven a mi departamento. Ya.

Colgué. Para cuando llegó, veinte minutos después, Ingrid ya estaba de rodillas frente a Marcos en el sillón, su cabeza moviéndose rítmicamente sobre su regazo.

Mi pareja entró, vio la escena, y levantó una ceja.

—¿En qué me metiste? —susurró, pero ya estaba sonriendo.

—Sígueme el ritmo —respondí, llevándolo al otro sillón, justo al lado.

Ingrid me miró de reojo, con una sonrisa traviesa, y luego se concentró en su tarea. La mano de Marcos en su nuca, guiándola. Los sonidos húmedos llenando la sala.

Me arrodillé frente a mi hombre, desabrochando su cinturón. Para cuando lo tuve en mi boca, Ingrid ya estaba subiéndose sobre Marcos, montándolo con sus caderas estrechas.

Copié su movimiento. Me senté sobre él, sintiéndolo llenarme, ajustando el ritmo al de ella. Sus gemidos marcaban el compás, y yo los seguía, mis pechos rebotando mientras cabalgaba.

—Más rápido —jadeó Ingrid, y obedecí.

Sus nalgas chocaban con sus muslos, las mías contra los suyos. Dos cuerpos moviéndose en sincronía, como un espejo perverso.

—Me voy a correr —gimió ella, y sentí cómo su cuerpo se tensaba.

Mi propio orgasmo estalló al mismo tiempo, un eco del suyo. Me derrumbé sobre el pecho de mi hombre, temblando, mientras Ingrid yacía sobre Marcos completamente agotada.

—¿Otra vez? —preguntó ella después de unos minutos, incorporándose.

Asentí, todavía recuperando el aliento.

Esta vez nos pusimos en cuatro. Ingrid apoyó sus rodillas y codos, y yo hice lo mismo a su lado. Marcos se colocó detrás de ella, mi pareja detrás de mí.

—A la cuenta de tres —dijo Ingrid.

Uno. Dos. Tres.

Ambos nos penetraron al mismo tiempo. El ritmo empezó lento, pero pronto se aceleró. Ingrid gimió fuerte, arqueando su espalda delgada, y yo seguí su movimiento, mis caderas balanceándose al mismo compás.

Sus nalgas chocaban contra él, las mías contra el mío. Podía verla de reojo, su rostro contraído, su boca abierta, su cabello sudado. Era como mirarme en un espejo distorsionado.

—Córrete conmigo —suplicó.

Lo hicimos. Esta vez el orgasmo fue más profundo, más largo, un espasmo que parecía no terminar nunca. Caí de lado, jadeando, mientras Ingrid se estiraba a mi lado, su mano buscando la mía.

—Gracias por la clase de cocina —susurró, riéndose.

Me reí también, los dedos entrelazados, los cuerpos aún temblorosos.

—Para eso están las primas.