Era una noche de viernes bien entrada la madrugada en mi casa. Yo, Kadel, de 31 años, estaba casado, pero mi esposa ya se había ido a dormir hacía rato al cuarto de arriba. Jefferson, mi mejor amigo también de 31 años, se había quedado a tomar unas cervezas conmigo en la sala. Habíamos empezado desde temprano y ya íbamos por la segunda botella de whisky. Los dos estábamos cómodos, en boxers y camisetas, tirados en el sofá grande con la luz baja y la tele poniendo música suave.

—Oye, Jefferson —le dije con la voz ya pastosa por el alcohol y una sonrisa traviesa—, ¿por qué no me enseñas fotos de tu esposa? Siempre me hablas de lo rica que está y nunca me das ni una prueba. Quiero ver a esa chava que tienes en casa, cabrón.

Jefferson se rio, se pasó la mano por la cara y sacó su celular. —Jajaja, estás loco, Kadel… pero va, solo porque estamos bien pedos los dos. Mira, pero no te vayas a poner caliente, eh.

Abrió la galería y empezó a pasar las fotos. La primera era ella en un espejo, recién salida de la ducha. Cabello oscuro mojado cayéndole en ondas sobre los hombros, cara de morena preciosa con labios carnosos y ojos que te clavaban. Traía una blusa beige corta que apenas le tapaba las tetas firmes y redondas, y abajo solo un tanga azul clarito que se le metía entre las nalgas enormes. Ese culo era una maravilla: grande, redondo, carnoso, de esos que tiemblan cuando camina. Tenía una mano en la panza y la otra sosteniendo el teléfono. Piernas gruesas, muslos que se rozaban, piel suave y bronceada. Se veía pura hembra.

—Mírala, Kadel —dijo Jefferson, pasando a la siguiente—. Esta es de hace unos meses.

La segunda foto la mostraba completamente desnuda, sentada en el borde de un lavabo. Pelo largo oscuro suelto, cara de puta cachonda mirando directo a la cámara. Tetas medianas pero perfectas, pezones oscuros y duros. Vientre plano con una curva natural, y abajo un coño bien peludo, negro y espeso, con los labios hinchados y jugosos asomando entre el vello oscuro. Las piernas abiertas, una mano agarrada a la de Jefferson (se veía la pulsera de cuentas en su muñeca). Se veía fresca, mojada y lista para que la cogieran duro.

—Y esta última, la más reciente —siguió él, pasando a la tercera.

Ahí estaba de rodillas en una cama, de espaldas pero girando la cara con una sonrisa traviesa. Solo traía un conjunto negro de encaje: bra que le apretaba las tetas y un culotte que apenas cubría nada. El culo al aire, redondo, firme y en pompa, con esa curvatura perfecta que invita a enterrarle la cara o la verga. La espalda arqueada, cintura estrecha, cabello cayéndole en ondas largas. Pura diosa del sexo.

—Está bien pinche buena tu vieja, Jefferson —le dije, ya sintiendo cómo se me empezaba a poner dura la verga dentro del boxer—. En serio, es una diosa. Ese culo tan grande y redondo… ese coño peludo y jugoso… me tiene loco, cabrón.

Jefferson se rio, pero se le notaba la cara roja y la respiración más pesada. —Todos me dicen lo mismo, Kadel. La desean un chingo. En la calle, en el gym… hasta mis primos me han tirado indirectas. A veces pienso que cualquiera podría cogérsela si se lo propone… y no sé, me calienta.

Lo miré fijamente, con esa sonrisa borracha y sincera. —Pues sí, Jefferson. Eso te funciona como fetiche, ¿verdad? Te gusta que otros la miren, que la deseen, que se la imaginen abierta y mojada. Admítelo, te pone verga saber que tu esposa es una puta tan deseada.

Jefferson se mordió el labio y asintió, ya sin ninguna vergüenza. —Jajaja, sí, Kadel… me calienta. Mucho.

Me acomodé en el sofá, abrí las piernas y me bajé un poco el boxer para que mi verga gruesa y venosa saltara libre, ya medio dura y con la cabeza brillando de precum. —Entonces déjame pajearme viéndola, bro. Déjame sacarme la verga y hacerme una buena paja con estas fotos de tu esposa. Está bien dura por ella.

Jefferson se quedó callado un segundo, pero luego sonrió de lado, se bajó también el boxer y sacó su polla. La suya era más larga que gruesa, recta, con un buen tronco y la cabeza roja e hinchada. —Va, Kadel… yo también estoy caliente. Vamos a pajearnos juntos por ella. Tú y yo, como siempre, pero esta vez con mi vieja de protagonista.

Empezamos los dos al mismo tiempo. Yo tenía el celular en la mano, pasando las fotos despacio. —Mira ese culo en la foto del espejo… se ve tan rico para cogérselo por atrás, abrirle las nalgas y metérsela hasta el fondo —gemí, escupiendo en mi mano y empezando a subir y bajar lento por mi verga gruesa—. Y ese coño peludo en la foto desnuda… me imagino metiéndole la lengua ahí, abriéndole los labios gruesos y chupándole el clítoris mientras gime como puta.

Jefferson se pajeaba más rápido, los ojos clavados en la pantalla. —Joder, sí… mírala en la foto de encaje, ese culo en pompa… parece que te está invitando a que se lo partas. —Se rio bajito y me miró de reojo—. Y tú, Kadel… tienes una verga bien gruesa y pesada, se ve deliciosa en tu mano. Me gusta verte así, bien caliente y con la verga latiendo.

Yo le devolví la mirada, sin dejar de pajearme más fuerte, la mano resbalando con saliva y precum. —Y tú tienes una polla bien bonita, Jefferson. Larga, recta… se ve que le entra rico a cualquier culo o boca. Me encanta cómo te la estás jalando, con ganas. Eres un pinche macho, cabrón.

Los dos nos seguíamos halagando mientras las fotos de su esposa pasaban una y otra vez. —Estás bien duro por ella, ¿verdad? —le dije entre gemidos—. Mira cómo te late la verga, toda hinchada. —Tú también, Kadel… esa cabeza morada se te está poniendo enorme. Se ve rica, en serio.

El sonido húmedo de nuestras manos volando sobre nuestras vergas llenaba la sala. Yo gemía más fuerte. —Quiero correrme en su cara… en esas tetas firmes… en ese coño peludo y abierto… dispararle toda mi leche caliente. —Hazlo, Kadel… córrete pensando en mi esposa —jadeó Jefferson—. Yo también… me estoy imaginando que nos la cogemos los dos, uno por delante y otro por atrás.

Aceleramos el ritmo. Yo pasaba la foto desnuda una y otra vez, enfocándome en ese coño jugoso y peludo. Jefferson tenía los ojos entrecerrados, la mano volando sobre su polla larga y recta. —Eres un buen amigo, Jefferson… me dejas pajearme con tu vieja y todo —le dije entre gemidos. —Y tú tienes la verga más rica que he visto en mi vida, Kadel. Sigue así… me gusta verte perder el control, bien macho.

No aguantamos más. Yo fui el primero: solté un gruñido fuerte y empecé a disparar chorros gruesos y blancos de semen que me cayeron en el pecho y la panza. —¡Me vengo, Jefferson! ¡Me vengo duro por el culo y el coño de tu esposa!

Él vino casi al mismo tiempo, arqueando la espalda, su polla larga escupiendo leche caliente que le salpicó hasta el cuello y la camiseta. —Joder… yo también… ¡por mi puta esposa!

Nos quedamos ahí, jadeando, con las vergas todavía semi-duras en las manos, semen por todos lados y las fotos de ella todavía en la pantalla. Jefferson me miró con una sonrisa cansada y cómplice. —Eres un cabrón, Kadel, pero me encanta pajearme contigo. —Y a mí contigo, Jefferson. Tu verga se ve espectacular cuando te corres, bien macho.

Limpiamos el desastre entre risas borrachas, sabiendo que mi esposa dormía arriba y que esta noche acababa de abrir una puerta que los dos queríamos volver a cruzar pronto.