La casa de la colonia en la Zona 18 de la Ciudad de Guatemala era vieja, de bloques de concreto, sin puertas en los cuartos interiores, solo cortinas gruesas que apenas detenían la vista. Era una noche calurosa de mayo, con ese calor pegajoso típico de la capital, olor a humedad, fritanga y el incienso que Hanna siempre encendía.
Kadel, de 31 años, algo bajito, con su pene semiblanco de 15 centímetros, se había quedado despierto esa noche. Hanna, su esposa morena, bajita, de piernas grandes y tetas morenas, dormía profundamente en el cuarto principal.
En el cuarto de las cuñadas, separado solo por una cortina gruesa color vino, Jenni y Mariela se estaban probando ropa interior nueva.
Jenni, la mayor de 35 años, divorciada, chubby, piel blanca, alta y de hueso ancho, con unas tetas grandes y pesadas. Mariela, la menor de 31 años, morena, cara linda, pelo rizado negro y voluminoso, algo bajita pero con un culito latino redondo, firme y parado.
Todo comenzó mientras se probaban la ropa:
—Mirá vos, Jenni, ese encaje negro te queda como la mierda —dijo Mariela riéndose—. Te hace ver más gorda.
Jenni se volteó molesta, sus tetas grandes rebotando:
—¿Y vos qué, puta? Con ese tanga rojo parecés una zorra de la calle. Ese culito tuyo ya está grande de tanto comer.
La discusión subió de tono. Se empujaron, se jalaron el pelo y se gritaron. El calor, el ron y sus cuerpos semidesnudos hicieron que la pelea se transformara en algo completamente distinto.
De pronto Jenni agarró a Mariela por la cintura y la besó con fuerza. Mariela gimió sorprendida pero le devolvió el beso, apretándole las tetas grandes y blancas a Jenni.
—Ay, Jenni… ¿qué estamos haciendo? —susurró Mariela.
—Es la primera vez que hago esto con una mujer… y me está encantando —respondió Jenni, bajándole el tanga.
Kadel, escondido detrás de la cortina del pasillo, observaba todo. Corrió ligeramente la tela y las vio besándose y tocándose. Su pene ya estaba completamente duro. Se lo sacó y empezó a pajearse lentamente.
De repente sintió a alguien detrás de él. Era Jeffre, el cuñado gay, quien había regresado del patio. Jeffre sonrió, se arrodilló y sin decir nada le metió la verga a Kadel en la boca, chupándola con ganas.
Mientras Jeffre le hacía una mamada profunda, Jenni y Mariela se habían puesto a tijerear en la cama, frotando sus coños mojados entre sí.
Mariela fue la primera en verlos:
—Jenni… mirá… Kadel y Jeffre están ahí… Jeffre le está chupando la verga a Kadel mientras nos ve.
Jenni volteó, sonrió con lujuria y siguió moviendo su coño contra el de Mariela:
—Ay, cabrones… ¿les gusta vernos? Miren cómo nos estamos comiendo el coño por primera vez… Mariela, seguí fregando tu concha contra la mía…
Jeffre sacó la verga de Kadel de su boca un segundo y dijo:
—Sigan, cuñadas… están bien ricas… miren cómo Kadel se pone más duro mientras las ve.
Mariela gemía fuerte, moviendo su culito parado contra Jenni:
—Kadel… ¿te gusta ver a tus cuñadas tijereando? ¿Te excita que Jeffre te esté mamando la verga mientras nosotras nos venimos?
Jenni apretó más fuerte a Mariela:
—Venite conmigo, puta… miren, cabrones… ¡me estoy corriendo en el coño de mi hermana!
Las dos cuñadas se vinieron juntas, temblando y gimiendo fuerte. Kadel no aguantó más, agarró la cabeza de Jeffre y se corrió dentro de su boca.
Cuando terminaron, Jenni y Mariela, todavía desnudas y sudadas, miraron hacia la cortina.
—Vengan para acá los dos… —dijo Jenni con voz ronca—. Esto apenas empieza… y nadie se va a enterar de lo que pasó esta noche en la colonia.
Mariela sonrió y añadió:
—Que Hanna siga durmiendo… esto queda entre nosotros cuatro.
Kadel y Jeffre entraron al cuarto. Las cortinas se cerraron.