Desde que mi primo y yo descubrimos lo rico que se siente el sexo anal, lo llegamos a practicar varias veces por semana. Comenzamos como un juego, pero realmente nos gustó. En oportunidades él tenía ganas de metérmelo e iba para la casa. Hablábamos y posteriormente yo le daba mi culo para que lo penetrara. O cuando yo tenía ganas, entonces iba para su casa. Generalmente yo hacía la función de la chica en este tipo de relaciones. Él siempre me cogía y lo hacía de una manera muy sabrosa. Por eso él disfrutaba mucho cuando me penetraba y yo disfrutaba mucho sentirlo dentro, incluso sentir cuando acababa. Eso me llenaba muchísimo, me encantaba.
Claro, no todo el tiempo podíamos estar realizando y teniendo sexo entre nosotros, pero disfrutábamos mucho los momentos en los cuales teníamos la oportunidad de encontrarnos en una cama, uno sobre el otro. Cuando teníamos ganas y no estábamos con amigos cercanos o familiares, nos dábamos una pequeña escapada y echábamos un rapidín, como se dice. Simplemente preguntábamos sin ningún tipo de tapujo si el otro tenía ganas. Si la respuesta era afirmativa, pues teníamos sexo salvajemente rico. Si la respuesta era negativa, entonces podíamos realizar cualquier otro tipo de actividad: veíamos televisión, íbamos a jugar pelota, jugábamos videojuegos o simplemente nos poníamos a charlar cualquier cosa.
Cuando teníamos el momento, la oportunidad y las ganas, pues entonces teníamos nuestros encuentros sexuales. Así que no era raro que mi primo entrara a mi casa sin ningún tipo de problema, se pusiera a hablar conmigo y de repente, en una de esas, me soltara: «¿Tienes ganas?». A lo cual yo le respondía generalmente que sí y terminábamos desnudándonos. Yo le daba una mamada para poner muy duro su huevo y al final abría mi culo en pompa para que él lo disfrutara y lo penetrara todo lo que quisiera.
La cuestión es que un día se presenta en la casa, pero con un amigo, un amigo de la infancia que teníamos tiempo que no veíamos. Wow, pues nos pusimos a hablar, sacamos unas cervezas, nos pusimos a tomar cervecita, compartimos un rato poniéndonos al día y contándonos nuestras historias. En un momento de la conversación, mi primo me soltó: «¿Tienes ganas?». Y yo me quedé atónito, me quedé frío, me puse muy nervioso. Tanto así que simplemente tomé como que no entendí lo que él me quiso decir y le pregunté: «¿Ganas de qué? No te entiendo». Y me volvió a decir: «Primo, que si tienes ganas». Yo wow, veía la cara de mi amigo, veía la cara de mi primo y no hallaba qué hacer. Me imagino que mi cara estaba roja de la pena, de la vergüenza. Cómo se le ocurre preguntarme eso allí en ese momento.
Volvió otra vez a insistir. «¿Qué no te entiendo? Dime, ¿ganas de qué? O sea, ¿a qué te refieres?». Hasta que por fin me vuelve a decir: «Primo, ya yo le conté qué es lo que tú y yo hacemos cuando decimos que sí tenemos ganas, por eso te pregunto que si tienes ganas». En eso me quedé frío, helado. Y mi amigo me toma de la mano y me dice: «Tranquilo, que yo entiendo. Yo sé lo que ustedes hacen. Así que yo simplemente quería verlos, si se puede». Claro, no sé qué me recorrió por el cuerpo y en ese momento, después de escucharlo y sentir aquella calma y aquella paz, el nerviosismo se desapareció. Les dije que sí, que tenía muchas ganas.
Así que nos fuimos a la habitación y comenzamos a besarnos los tres. Yo me besaba con mi amigo, me besaba con mi primo, nos acariciábamos. Comencé a bajar y a sentarme en la cama de tal manera que quedé con la cara mirando a ambos huevos, que ya estaban saliendo por encima del pantalón mientras ellos dos estaban besándose. Terminé de bajarles el pantalón a cada uno y disfruté de ambos miembros. Les mamé ambos huevos. Las cabezas eran increíbles. Me metí los dos huevos en la boca, los saboreaba. Mi amigo se retorcía cada vez que yo le pasaba la lengua por encima de la cabeza de su huevo y se le ponía cada vez más duro.
Hasta que por fin me pararon de la cama y me comenzaron a besar. Mientras me besaban, me iban quitando la ropa. Quedamos los tres completamente desnudos. Así que yo me puse en cuatro para mamarle el huevo a mi primo y le di mi culo a mi amigo para que lo cogiera. Lo primero que hizo fue ponerse a mamarme el culo, me metió la lengua, me metió los dedos. Tenía el culo mojadito de tanto que me estaba dando. Eso me excitaba, me llenaba. Hasta que por fin pude sentir cómo su huevo abría paso y entraba durísimo dentro de mi culo. En ese preciso momento me hizo levantarme y gritar de placer, decir: «¡Ay, qué rico!». Y seguimos mamándole el huevo a mi primo mientras mi amigo me cogía por el culo. Esa sensación fue increíblemente rica.
Hasta que ellos decidieron turnarse. Entonces mi amigo me metió el huevo hasta la garganta mientras mi primo me estaba cogiendo por el culo. Así estuvimos un buen rato, uno dándome en la boca y el otro dándome en el culo. Y entre ellos, cuando podían, se acercaban y se daban besos. Eso me excitaba muchísimo. Sentirlo así, decidí después de quitarme los de encima por unos minutos, acostarme boca arriba, levantar las piernas para que mi primo me cogiera y el huevo de mi amigo quedara en mi cara. Comencé a mamarle las bolas, a chuparle las bolas, a mamarle el huevo hasta que por fin ya no pudo más y dentro de mi boca él metió su huevo hasta la garganta y lo terminó ahí. Me obligó a tragarme la leche que estaba botando. Mi primo se excitó tanto, tanto, que no le quedó otra más que acabar en mi culo. Y terminé con el culo y la boca llena de leche de mi primo y de mi amigo.
Esa parte nunca, nunca, pero nunca me lo llegué a esperar: tener sexo con un amigo y con mi primo al mismo tiempo. Fue lo más increíble que me haya pasado en la vida.