Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Es castaña, tendrá unos 45 años, gesto adusto, carácter bastante agrio y suele usar ropas ajustadísimas, Buen par de pechos (unos 110 cm diría), ancha de caderas y 1,70 de altura. Cabellos castaños con mechas rubias (nuevo look) y casi no utiliza maquillaje, quizá un ligero toque en los labios como para resaltarlos. Tiene voz ronca y atronadora dentro del extenso galpón donde se encuentra la verdulería. Maneja una de las cajas de cobro y tiene a los empleados en continuo accionar. Más de un empleado, ya la habría mandado de paseo,pues se excede con los gritos exigiendo que cada uno cumpla con sus funciones. Se llevó delicadeza a examen y por varios años.
Lolo es uno de los tantos clientes del local y Anabela no le resulta indiferente: se la imagina desnuda, tendida en la cama de un motel, con el cabello húmedo, la piel brillando después de una ducha reciente y ese perfume dulce y embriagante que suele utilizar.
Más de una vez le ha hecho chistes, tratando de robarle una sonrisa, pero la respuesta es siempre la misma: rostro de pocos amigos y respuestas poco agradables.
Lolo hoy ha vuelto de su trabajo tarde, cerca de las 20:30y al llegar a casa encuentra que casi no hay alimentos en la heladera. Los comercios cercanos están cerrando y se va quedando sin opciones para la cena.
Recuerda que la verdulería ha ampliado sus ofertas: ahora hay algunas bandejas con fiambres feteados, algo de pan y claro, verduras. Va rápidamente al comercio y apenas si llega a ingresar antes del cierre de las puertas.
Los empleados están guardando cosas en las conservadoras, Anabela grita como desaforada, pidiendo rapidez y así irse a su casa cuanto antes.
Lolo solo atina a tomar un par de packs con fiambre, una bolsa de pan, algunos tomates y algo de lechuga. Enfrenta la caja, y se dispone a pagar.
Anabela está frente a él: un jersey gris ajustado que resalta los pechos de manera bestial, un jean elastizado que le marca las caderas potentes y sandalias que no pueden esconder sus pies hinchados de tantas horas de pie.
Lolo: me salvaron la cena, menos mal que cierran algo más tarde
Anabela: si no fuera por estos vagos, ya estaría cerrado.
Lolo: no es para tanto, ya te vas a casa, fuera ropas y a descansar
Anabela: no es tan así, pero ojalá lo fuera
Lolo: gracias por todo, hasta mañana
Anabela: chau.
Lolo salió enojado, con qué pocas ganas atendía la mujer, daban ganas de mandarla al diablo. Llegó a casa, armó un par de sándwiches, destapó una cerveza y se sentó a cenar. Media hora más tarde, se ubicó frente a la TV del living y con el cenicero en mano se dispuso a mirar un par de partidos de futbol. Llevó la mano al bolsillo de la campera en busca de sus cigarrillos, pero para su sorpresa la cajetilla estaba vacía. “Puta madre, me olvidé de pasar por el kiosco” dijo mientras se ponía de pie. Miró la hora en el reloj del living y vio que aún estaba a tiempo de llegar al shopping de la estación de servicio a buscarlos.
Salió de la casa, cerró la puerta con llave y se subió al auto, lo puso en marcha y se encaminó al shop. Giró en la esquina y vio a una mujer que esperaba en la parada del micro, “Pobre mina, no sabe que hay paro de ómnibus desde las 21, no va a llegar nunca el bondi” pensó mientras la observaba.
El jersey gris, el jean celeste ajustado y las sandalias… Era Anabela, quien se había quedado sin transporte. Aminoró la marcha, bajó la ventanilla y encendiendo las luces internas del auto (para que lo viera), se arrimó al borde de la vereda. “Hola, ¿sabés que hay paro de transportes? No va a llegar nunca el micro. Soy Lolo” dijo mientras se detenía junto a ella.
Tras reconocerlo y sentirse más tranquila, Anabela despachó un rosario de insultos al aire destinados a la empresa de micros. Él abrió la puerta y se ofreció a acercarla a un lugar más iluminado o bien a su casa.
Anabela agradeció y se subió al auto. “En casa te deben estar esperando con ansiedad, llamá y avisa la demora” le dijo. “Nadie me espera, soy divorciada hace años. ¿Para dónde vas?” le preguntó ella.
Lolo: a buscar puchos a la estación de servicios. Unas diez cuadras.
Anabela: genial, También compro unos puchos y me pido un Uber desde allí.
El corto recorrido ayudó a saber que ambos estaban en igualdad de condiciones, solos. Bajaron y cada quien compró sus cosas. Él se ofreció a acompañarla hasta que llegara el móvil. Ella aceptó.
Intentó más de 10 veces pero no había caso, la demanda superaba a los autos disponibles. Otro rosario de insultos por parte de ella, mientras trataba de conseguir transporte.
Lolo: ¿tomamos un café? Así hacemos tiempo hasta que consigas auto.
Anabela: gracias, pero mañana entro tempranísimo. Te pago el viaje ¿me llevarías?
Lolo miró la hora en el estéreo del auto y aceptó la propuesta, mañana tenía teletrabajo. Ella le dio la dirección, se subieron al auto y partieron, era algo lejos pero Lolo ya había aceptado y no podía retractarse. En el recorrido, ella se volvió más humana, habló tranquilamente con él y contó parte de su vida. Llegaron al domicilio y Anabela agradeció el transporte, metió la mano en la cartera dispuesta a pagarle, pero Lolo se lo impidió, trabando la mano que entraba en el pequeño bolso. Hubo una descarga eléctrica entre ambos con esa situación. La mano de Lolo seguía sobre la mano de ella y Anabela miró su mano y luego la cara de él. “Bajá, yo invito el café” le dijo mientras se separaban.
El portal del edificio estaba apenas iluminado, ella colocó la llave en la puerta y pasando primero, abrió y le dio espacio para ingresar. Él ingresó y la siguió, no hubo necesidad de ascensor, vivía en planta baja, recorrieron el pasillo en penumbras hasta que ella se detuvo y abrió la puerta del departamento 4.
Entraron, ella encendió una lámpara de mesa, dejó su bolso sobre la misma mesa y le señaló el sillón del living. “Voy por el café, ¿Cómo lo tomás’” Consultó mientras se encaminaba a la cocina. “Solo con dos de azúcar” respondió Lolo.
Mientras Anabela preparaba la bebida, Lolo observaba el lugar: un armario con algunos libros, un par de retratos de ella acompañada por una adolescente, una notebook abierta y esos dos sillones (uno individual y otro de dos cuerpos). Estaba bastante ordenado para ser de una mujer que tenía horarios laborales extensos.
Sintió los pasos de ella y despejó un espacio en la mesa, para facilitar que depositara la bandeja. Ella se inclinó la ubicó en el lugar. Tomó su bolso y lo encajó en el sillón individual, era obvio que compartirían el de mayor espacio. Le alcanzó la taza humeante y se sirvió la propia. “Disculpa, pero voy a poner los pies sobre la mesa, quiero descansarlos un poco” comentó Anabela con un tono de voz más amigable. Se despojó de las sandalias y subió las piernas. Para apoyarlas en el lugar.
Anabela: te agradezco que te hayas detenido y me hayas acercado hasta casa, de lo contrario estaría allí esperando aún.
Lolo: te reconocí y me detuve, en otro momento quizá ni hubiera mirado hacia la vereda. No suelo salir de casa una vez que vuelvo del trabajo. Fue casualidad pura y necesidad de tener cigarrillos para la noche.
Anabela: bien por esa casualidad y gracias al vicio del cigarro.
Por primera vez, el tono de voz era amistoso y la ronquera se entendía por el consumo de cigarrillos. Ella metió la mano en un bolsillo y extrajo el atado, lo abrió y le ofreció uno a Lolo, él lo tomó entre sus dedos y buscó en la camisa el encendedor, con el que le brindó lumbre. La primera calada de Anabela fue profunda, llenando sus pulmones de humo, que hincharon su pecho y resaltaron su busto prominente., cuando dejó salir el humo por la boca, se desinfló y dejó a Lolo en evidencia: no había podido quitar la vista de los senos de la mujer. Ella se sonrió y provocó que él se sonrojara al segundo.
Anabela: estoy muy acostumbrada a que los hombres me las miren más que a mis ojos. Ya no me molesta, más bien me halaga.
Lolo: perdón, pero no quise quedar tan en evidencia.
Ahora si la miró a los ojos y pretendió grabar en su mente cada curva, era bastante bella, la piel algo morena, los labios medios y las cejas mantenían el color original del cabello, haciendo que los ojos café resaltaran.
Ella acercó un cenicero y depositó su cigarrillo, extendió sus manos y oprimió un poco sus pies.
Anabela: ufff, que inflamados están hoy.
Lolo tomó un almohadón del sillón y lo colocó debajo, elevándolos un poco. El hacer deportes le había enseñado algunos tips para descasar las piernas. Le hizo unos pequeños masajes desde los dedos al talón y de modo lateral, que ella acompaño con gemidos de gratitud.
Anabela: además de chofer de emergencia, masajista. Qué bien se siente.
Lolo sonrió, volvió a su lugar en el sillón, terminó el cigarrillo y el café y se dispuso a retirarse. “bueno, voy a dejarte descansar, mañana tenes trabajo temprano y no quiero ser motivo de algún reto, si no llegás a horario” dijo mientras se ponía de pie nuevamente.
Anabela trató de imitarlo, pero sus piernas se habían relajado en exceso y flaquearon, haciendo que volviese a caer sobre el sillón. Lolo se agachó quedando a escasos centímetros de ella. “¿Estás bien?” preguntó, “si, solo se me aflojaron las piernas” le respondió.
El perfume de Anabela venció al aroma del tabaco y embriagó a Lolo que sin mediar palabra, se acercó a la cara de ella y le depositó un beso suave y corto en los labios, se separaron apenas, se miraron y ella lo atrajo con los brazos y nació el segundo beso, más cálido y profundo.
Lolo dudó unos segundos mientras el beso se extendía, y venciendo su temor al rechazo, se hizo dueño de los pechos de ella, acariciándolos por sobre el jersey, logró que los pezones se hicieran notorios, duros y erguidos. Ella jugaba con el cabello de él mientras se dejaba hacer, tranquila y disfrutando del momento. Sintió como una de las manos se colaba por debajo de la tela y reptaba sobre su piel en busca de uno de sus pechos, que encontró pronto se adueñó del pezón para torturarlo con caricias.
La ausencia de brassier colaboró y la excitación comenzó a hacerse notoria.
Él quiso levantar el jersey y liberar las montañas de carne de la mujer, para atraparlas con sus labios, pero ella se negó.
Anabela: no es el mejor lugar…
Lolo: llévame a tu cama…
Anabela: allí tampoco…
Lolo: no me dejes así
Anabela: vamos a tu casa
Lolo estuvo a punto de forzarla, pero sabía que si lo hacía la perdería y no quería que ello sucediese. La dejó levantarse, tomar algo de ropas que rápidamente metió en su bolso y salieron rumbo al auto. En el camino, él la estimulaba para que no perdiera temperatura ni excitación. Abrió la puerta y empujándola por el trasero la hizo ubicarse en el lugar del acompañante. Durante todo el camino, fue metiéndole mano por cuanto lugar podía y ella respondía para no perder efervescencia.
Llegaron en pocos minutos, torpemente el abrió la puerta de su casa y la hizo ingresar. La guió a su habitación, bastante desordenada, revoleo todo lo que había sobre la cama y sin dejar de besarse, se tumbaron en ella.
El tironeo de ropas era intenso, ambos se tenían ganas. Cayeron al suelo el jersey y los jeans de ella, remera y pantalón de él. Ya semidesnudos, continuaron con los besos y caricias. Las manos de ambos luchaban con fiereza, tratando de liberarse de toda prenda que los cubría.
N había conversación, estaban desesperados por consumar esa locura que se había iniciado en el departamento de ella. Él se tendió en la cama y ella lo montó, dejaba caer sus pechos sobre los labios ansiosos de Lolo. Anabela estaba ardiendo, necesitaba ser penetrada en breve y se lo hizo saber, corriendo su tanga hacia un lado y bajando apenas el bóxer, liberando la verga caliente y dura. No era la más grande que había tenido, pero suficiente para calmar sus deseos.
Él la ensartó siguiendo su urgencia, y ella comenzó a cabalgarlo con vehemencia. Diez minutos de furia y urgencia, que concluyeron con él llenando su cueva y ella destilando flujos hasta desfallecer. Anabela se dejó caer sobre el cuerpo de él y lo beso de manera apasionada. «No pienso irme de aquí esta noche, voy a dejarte seco y sacarme las ganas de coger” le dijo mientras lanzaba un suspiro profundo,
Lolo no podía creer que esa mujer que tanto había deseado, estaba en su cama, penetrada y avisándole que no sería la única vez. Quería saciarse de sexo esa misma noche.
Cuando ella notó que el vigor de su amante eventual cedía, se quitó de encima y se tendió a su lado. Cruzó una pierna sobre el cuerpo de él y se dispuso a descansar un rato.
Lolo: no te imaginás las veces que te soñé aquí, en esta cama…
Anabela: disfrutalo, porque no será sencillo que volvamos a estar juntos.
La abrazó y la besó una vez más, no le importaba lo que había oído, al menos esa noche sería de él.
Pasado un rato, ella se puso de pie: “¿Dónde tenés el baño?” preguntó, “allí a la derecha” le respondió extendiendo su mano y señalando el camino.
Anabela fue hacia donde él le indicó, meneando el culo que tantas veces observó cubierto por jeans ajustados y había motivado pajas en la soledad de la habitación.
Anabela, mientras se sentaba en la taza del baño, pensó en lo que había hecho. No se arrepentía, más bien estaba satisfecha por haber seguido sus instintos y no pensaba abandonar esa situación. Se limpió un poco, se observó en el espejo del tocador y volvió a sentirse valorada como mujer. Lamentó no haberse depilado adecuadamente, pero supuso que eso no sería impedimento para tener una buena noche de sexo. Apagó la luz y volvió a la habitación, Lolo la esperaba tendido en el lecho.
Anabela: para que la noche no se corte, andá a lavarte, quiero sentirte en todo mi cuerpo.
A regañadientes, lolo se puso de pie y repitió la rutina de su amante ocasional. Desnudo, volvió a la cama y se ubicó junto a ella.
Anabela: no preguntes, no prometas, solamente disfrutá, ¿ok?
Él asintió en silencio y selló aquellas frases con un beso profundo. Dejó que ella llevara la iniciativa.
Cubrió la lámpara de la mesa de noche con una tela que había cerca y dejó la habitación en penumbras. Acto seguido, comenzó a recorrerlo con besos desde el rostro y bajó lentamente por el pecho, para situarse entre sus piernas, tomando la verga y comenzó a besarla y darle ligeras lamidas. Hizo que recuperara el tamaño y cambió la posición, ubicándose a horcajadas sobre él aproximando su concha a la boca de Lolo. Él no necesitó indicaciones y se dedicó a comerle la concha mientras ella hacía lo propio con su verga. Un 69 intenso, profundo que cuando estaba a punto de concluir, ella se ocupaba de frenarlo, darle un pequeño descanso para retomarlo. Cuando ya no soportó más, oprimió fuertemente los huevos de él y abrió bien la boca para recibir los chorros intensos que la llenaron por completo. A su vez, descargó flujos espesos, viscosos que empaparon el rostro de él.
Rendidos, se separaron y volvieron a acomodarse en el lecho. Sin mediar palabras, ella atrapó la boca de él y le hizo probar su sabor. Era su primera vez, le produjo algo de repulsión, pero terminó por aceptarlo.
Un buen polvo, un 69 intenso, fueron razones más que suficientes para dormirse, abrazados, satisfechos.
Un sonido extraño despertó a Lolo, era la alarma del teléfono de Anabela, que la llamaba a despertarse, para ir a su trabajo. La cercanía hacía que no fuera tan urgente el prepararse para partir, por lo que Lolo aprovechó para acariciarla y excitarla una vez más: quería cumplir una fantasía, tenerla en posición perrito y cogerla como siempre había soñado.
Cuando él se ubicó sobre ella, ésta entendió el mensaje. Lentamente levantó sus caderas y le puso el culo en pompa, abrió un poco las pierna y le ofreció el espectáculo con el que más de una vez había derramado leche sobre las sábanas. No dudó un instante, se ubicó tras ella y después de lamerle la raja por algunos minutos, enfiló la verga a la raja que lo invitaba a cumplir sus sueños.
Anabela no era tonta, y sabía que él había deseado eso desde un principio, por lo que no dudó en ayudarlo a cumplir con su fantasía. Acompañó cada embestida con un gemido, como si la estuvieran partiendo en dos. Él envalentonado, aceleró el proceso y al cabo de escasos minutos le llenó nuevamente la concha de semen. Para no quedar a medias, ella masajeó su raja y aprisionando el clítoris, también llegó al orgasmo.
Ambos satisfechos, fueron al baño y se ducharon, dejando que el agua arrastrara los restos de la batalla en la bañera. “te agradezco por haberme hecho gozar y quitarme las ganas de sexo” le dijo ella. “Gracias a vos por cumplir mis fantasías, cuando gustes, solo tendrás que golpear la puerta y habrá un lugar en mi cama esperándote” le dijo él mientras ambos se vestían.
Anabela rio, y tomando la tanga que había usado durante la noche, se la extendió regalándosela como recuerdo de aquella noche. Él la tomó, aspiró la fragancia que salía de la tela y la arrojó sobre la cama.
Antes de partir, Anabela le regaló un último beso, muy intenso. Cuando él se disponía a acariciarla para tratar de tentarla, ella le quitó las manos de su cuerpo. “Si lo hacés otra vez, no me iré al trabajo, que sea así, una hermosa noche y un buen recuerdo” le dijo.
Él le abrió la puerta, ella miró a los lados y viendo que casi no había gente en la calle, calzó su bolso al hombro y salió de la casa.
Lolo pasó casi toda la mañana tendido en la cama, recordando cada momento y con la tanga en sus manos. Pasado el mediodía, estaba preparando algo de almorzar cuando sonó el timbre de la casa.
Se aproximó a la puerta y observó por la mirilla. Era Anabela. Abrió la puerta y ella ingresó rápidamente.
“Quieria saber si tenés algo para almorzar, estoy hambrienta y necesito descansar” le dijo mientras se colgaba a su cuello y le daba un beso muy caliente. Él no dijo nada, solo la tomó de la mano y la llevó a su habitación. Algo más que intenso estaba por empezar y ambos lo sabían.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]