Capítulo 6
PARTE 1 – Lunes 9:35 p.m.
Acababa de llegar al departamento de Valeria después de su turno en La Grieta. El olor a café quemado y grasa todavía se le pegaba a la ropa, pero a mí no me importaba.
Lo que me importaba era la forma en que ella cerró la puerta detrás de mí, con los labios apretados y esa mirada que todavía intentaba ser desafiante.
Estaba parada en medio de la sala, todavía con el uniforme del café: falda negra corta, blusa blanca un poco sudada en el escote. Sus mechones blancos contrastaban con el cabello oscuro y sus ojos cafés me miraban con un brillo de rabia contenida.
Me senté en el sofá hundido, abrí las piernas y la miré con calma.
—Ven aquí —dije suavemente.
Valeria no se movió de inmediato. Cruzó los brazos sobre el pecho y levantó la barbilla.
—¿Otra vez? Acabo de llegar del trabajo. ¿No puedes darme ni cinco minutos para respirar?
Sonreí. Me gustaba cuando todavía intentaba pelear.
—De rodillas —repetí, más firme esta vez—. Ahora.
Ella apretó la mandíbula, los ojos brillando con furia. Por un segundo pensé que iba a negarse. Pero al final soltó un suspiro tembloroso y se arrodilló despacio frente a mí, apoyando las rodillas en el piso frío. Su falda se subió un poco, dejando ver la piel suave de sus muslos.
El olor de su cuerpo después del turno llegó hasta mí: sudor ligero mezclado con ese aroma dulce y almizclado que ya reconocía como suyo.
Extendí mi mano derecha hacia su boca.
—Chúpame los dedos.
Valeria miró mis dedos con asco, pero abrió la boca de mala gana. Tomó mi dedo índice entre sus labios. Estaba caliente, húmeda. Su lengua se movió insegura al principio, rodeando el dedo con torpeza. Sentí la suavidad de sus labios cerrándose alrededor de mí, el calor húmedo de su saliva envolviéndome.
—Más lento —murmuré—. Quiero sentir cómo lo haces.
Ella obedeció, aunque sus ojos seguían clavados en los míos con desafío.
Empezó a chupar con más calma, deslizando la lengua por debajo del dedo, succionando suavemente. El sonido húmedo y suave llenaba el silencio: un ligero “slurp” cada vez que movía la boca. Su respiración se volvió más pesada, rozándome la piel.
Podía ver cómo sus mejillas se hundían un poco al succionar, cómo sus pestañas temblaban. Metí un segundo dedo. Ahora tenía dos de mis dedos en su boca.
Valeria los chupó con más fuerza, la saliva empezando a escapársele por la comisura de los labios y corriendo por su barbilla.
El olor de su excitación ya empezaba a mezclarse con el sudor de su turno; ese aroma dulce y caliente que me decía que, aunque su mente se resistiera, su cuerpo ya estaba respondiendo.
—Buena chica —dije en voz baja, mirándola desde arriba—. Esto es solo el calentamiento, Valeria. Dos semanas de entrenamiento.
Voy a enseñarte a obedecer sin pensar. Voy a enseñarte que tu boca, tu coño y tu culo ya no te pertenecen.
Ella gimió bajito alrededor de mis dedos, un sonido ahogado y lleno de rabia. Sus muslos se apretaron ligeramente. Podía imaginar cómo se estaba mojando debajo de esa falda corta.
Saqué los dedos de su boca lentamente, dejando un hilo de saliva colgando de sus labios. Valeria respiraba agitada, las mejillas rojas, los ojos todavía brillando con ese resto de desafío.
—Primera lección de la noche —murmuré, limpiándome los dedos en su mejilla—. Aprende a quedarte quieta mientras te uso.
Me recliné en el sofá, mirándola arrodillada frente a mí, con la baba brillando en su barbilla y esa expresión de vergüenza mezclada con rabia.
Dos semanas.
Solo estaba empezando.
PARTE 2 – Miércoles 7:20 p.m.
Llegué al departamento poco después de las siete y media. Valeria ya me esperaba sentada en el borde de la cama, todavía con la ropa del día: una camiseta holgada y esos shorts de algodón que empezaban a volverse mi favorito porque se le subían fácilmente por los muslos.
Cerré la puerta y me senté en la silla frente a ella, abriendo las piernas con calma.
—Quítate los shorts y las bragas —dije sin rodeos—. Siéntate en la cama, abre bien las piernas y tócate con los dedos. Quiero verte.
Valeria apretó los labios. Por un segundo vi ese brillo de desafío en sus ojos cafés, pero ya era más débil que el lunes. Se levantó, se bajó los shorts y las bragas de un tirón y se sentó de nuevo, abriendo las piernas con las manos temblorosas. Su coño quedó expuesto: labios hinchados, ya brillantes de humedad. El olor dulce y almizclado empezó a llenar el aire casi de inmediato.
—Empieza —ordené—. Despacio. Quiero que sientas cada roce.
Valeria tragó saliva y llevó dos dedos a su clítoris. Empezó a moverse en círculos lentos. Su respiración se volvió irregular casi al instante. Vi cómo sus párpados bajaban un poco, cómo sus labios se entreabrían. El sonido húmedo y suave empezó a escucharse: un ligero “schlick… schlick…” cada vez que sus dedos rozaban su entrada.
La observé con atención. Sus mejillas se fueron poniendo rojas. Sus ojos, al principio llenos de vergüenza, empezaron a nublarse de placer. Pero cuando su respiración se aceleró y sus caderas comenzaron a moverse por instinto, levanté la mano.
—Para.
Valeria se detuvo de golpe. Sus dedos se quedaron quietos sobre su clítoris hinchado. Vi cómo sus ojos se abrieron de golpe y una chispa de furia apareció en ellos: las cejas se fruncieron ligeramente, los labios se apretaron en una línea fina. Era una furia contenida, todavía tímida, pero ahí estaba.
—Descríbeme cómo se siente tu coño ahora —dije con calma.
Valeria respiró hondo, la voz temblorosa.
—Está… caliente… muy mojado… palpita… —susurró, casi con rabia.
—Bien. Continúa. Pero no te corras.
Volvió a moverse. Esta vez sus dedos eran más rápidos. El sonido húmedo se hizo más fuerte. Sus caderas empezaron a empujar contra su mano. Vi cómo sus ojos se entrecerraban, cómo su boca se abría en un gemido silencioso. La furia en su mirada se hizo un poco más intensa: las cejas más fruncidas, un brillo de frustración que empezaba a arder.
—Para —ordené otra vez.
Valeria soltó un jadeo ahogado. Sus dedos se detuvieron. Ahora la furia era más clara: sus ojos se entrecerraron con rabia, las mejillas se le pusieron aún más rojas, y vi cómo sus labios temblaban de impotencia.
—Otra vez. Descríbemelo.
—Está… ardiendo… —gruñó entre dientes—. Me duele de lo hinchado que está… por favor…
—Continúa.
La tercera vez sus dedos se movieron con desesperación. El “schlick-schlick-schlick” llenaba la habitación. Su coño estaba chorreando, un hilo brillante corría por su ano y caía sobre la sábana. Sus caderas se movían solas. Sus ojos ya no solo tenían furia… tenían lágrimas de frustración. Las cejas fruncidas con fuerza, la boca abierta en un gesto de rabia y placer mezclado, los dientes apretados.
Estaba cerca. Muy cerca.
—Para —dije con firmeza.
Valeria se detuvo. Esta vez la furia explotó.
Sus ojos se abrieron grandes, llenos de una rabia pura y desesperada. Las cejas se fruncieron tanto que casi se juntaron. Su boca se abrió en un grito ahogado y, sin poder contenerse, explotó:
—¡¿Por qué no me dejas correrme?! ¡Por favor, Liam! ¡Solo una vez! ¡No puedo más!
En cuanto las palabras salieron de su boca, vi el horror en su cara. Sus ojos se abrieron aún más, llenos de pánico. La rabia desapareció en un segundo y fue reemplazada por una vergüenza profunda y asqueada. Sus labios temblaron, las lágrimas rodaron por sus mejillas y bajó la mirada al suelo, respirando agitada.
Se dio cuenta de lo que acababa de decir. Se dio cuenta de que acababa de suplicarme como una puta desesperada.
Yo sonreí lentamente, disfrutando cada segundo de su derrumbe.
—Buena chica —murmuré—. Ya estás aprendiendo a pedir lo que quieres. Pero aún no. Aún no te has ganado el derecho a correrte.
Valeria se quedó ahí, sentada con las piernas abiertas, el coño chorreando y temblando, las lágrimas cayendo en silencio mientras se daba cuenta de lo bajo que había caído en unos cuantos días.
Y yo solo podía pensar en lo delicioso que iba a ser romperla por completo.
PARTE 3 – Viernes 6:15 p.m.
El café La Grieta estaba lleno de gente a esa hora. El ruido constante de vasos chocando, platos apilándose y conversaciones altas llegaba hasta el pequeño almacén del fondo como un murmullo lejano pero constante. Me gustaba ese contraste. Afuera todos seguían con su vida normal, y aquí dentro yo tenía a Valeria completamente a mi merced.
La había arrastrado al almacén apenas terminó su turno. La puerta estaba cerrada con llave, pero las paredes eran finas. Cualquier sonido fuerte se filtraría.
Valeria estaba de pie frente a mí, con la espalda contra una estantería llena de cajas de café. Su uniforme todavía olía a leche caliente y canela. La falda negra corta se le había subido un poco por los muslos.
—Quítate las bragas —le ordené en voz baja.
Ella dudó. Sus ojos todavía tenían ese resto de desafío que empezaba a gustarme tanto. Pero al final metió las manos bajo la falda, enganchó los dedos en los bordes de sus bragas y las bajó lentamente.
Eran unas bragas simples de algodón blanco, ya completamente empapadas. La tela estaba oscura en el centro, pegada a su coño, y cuando las sacó vi el hilo grueso y brillante de su humedad que se estiraba desde su entrada hasta la tela antes de romperse. El olor dulce y caliente de su excitación llenó el pequeño espacio de inmediato, mezclándose con el aroma a café molido del almacén. Me dio una oleada de poder tan fuerte que casi sonreí.
—Dámelas.
Valeria me las entregó con la mano temblorosa. Las tomé y las acerqué a mi nariz un segundo. Estaban calientes, empapadas, con ese olor intenso y personal que ya reconocía como mío. Las guardé en el bolsillo de mi pantalón.
—Ahora mastúrbate —dije, apoyándome contra la puerta—. Usa los dedos. Quiero verte mojar el suelo del almacén. Pero no te corras. Si te corres, te castigo.
Valeria tragó saliva. Se levantó la falda con una mano y llevó la otra entre sus piernas. Sus dedos rozaron su clítoris hinchado y un sonido húmedo y suave escapó inmediatamente: “schlick…”. Sus muslos temblaron. Abrió un poco más las piernas para mantener el equilibrio y empezó a moverse en círculos lentos.
Desde afuera llegaban los sonidos del café: vasos chocando en la barra, el tintineo de cucharas, risas de clientes, el ruido de la máquina de café expulsando vapor. Alguien gritó un pedido. Todo normal. Y aquí, a solo unos metros, Valeria se estaba masturbando para mí.
Sus dedos se movían más rápido. El sonido se volvió más evidente: “schlick… schlick… schlick…”. Un hilo de humedad le corrió por el interior del muslo y cayó al suelo de concreto con un pequeño “plic”. Su respiración se volvió entrecortada. Vi cómo sus cejas se fruncían, cómo mordía su labio inferior con fuerza para contener los gemidos que querían salir.
—Más rápido —le ordené en voz baja—. Quiero oír cómo te mojas.
Valeria obedeció. El sonido se hizo más fuerte, más obsceno. Sus caderas empezaron a empujar contra su mano. Sus ojos se cerraron con fuerza y un gemido ahogado se le escapó de la garganta, bajo y desesperado. Inmediatamente se tapó la boca con la mano libre, los ojos muy abiertos por el miedo a que alguien la escuchara.
Yo sentía un poder brutal recorriéndome el cuerpo. Verla así, luchando por no gemir, luchando por no correrse mientras el café seguía funcionando normalmente a solo unos metros, me ponía la verga dura como piedra. Ella era mía. Su cuerpo, su vergüenza, su placer… todo mío.
Sus dedos se movían frenéticos ahora. El “schlick-schlick-schlick” era constante. Otro chorrito de humedad cayó al suelo. Sus piernas temblaban tanto que casi no se sostenía. Sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración y furia contenida. Vi cómo su cara se contorsionaba: cejas fruncidas, labios temblando, dientes apretados mientras luchaba por contener los gemidos que querían escaparse.
Estaba cerca. Muy cerca.
—Para —ordené de repente.
Valeria se detuvo con un sollozo ahogado. Sus dedos se quedaron quietos sobre su clítoris hinchado. Su coño palpitaba visiblemente, chorreando sin control. Un hilo grueso de humedad le corrió por el muslo y cayó al suelo con un “plic… plic…”.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y una furia impotente que empezaba a quebrarse.
—Buena chica —murmuré, acercándome y levantándole la barbilla con dos dedos—. Ahora quédate sin bragas el resto del turno. Quiero que sientas cómo te mojas mientras atiendes a los clientes. Quiero que sepas que tu coño ya no te pertenece.
Valeria cerró los ojos, una lágrima rodó por su mejilla. No dijo nada. Solo asintió con la cabeza, derrotada.
Me guardé sus bragas empapadas en el bolsillo y salí del almacén primero, dejándola ahí, con la falda todavía levantada y el coño chorreando, sabiendo que tendría que atender el resto del turno sin nada debajo.
El poder que sentía era adictivo.
PARTE 4 – Lunes (día de las elecciones) 10:15 a.m.
El auditorio todavía vibraba con los aplausos cuando anunciaron mi nombre como ganador de las elecciones estudiantiles. “Liam de la Vega, nuevo presidente del consejo estudiantil”. La ovación fue fuerte, pero yo solo podía pensar en la chica que estaba a mi lado en la fila, con la cabeza baja y las mejillas rojas. Valeria. Mi enemiga pública. Mi nueva propiedad privada.
Apenas terminó el anuncio la agarré del brazo y la arrastré por los pasillos casi vacíos hacia el baño de hombres del segundo piso. La puerta del cubículo se cerró detrás de nosotros con un clic seco. El lugar olía a desinfectante y a humedad, pero a mí solo me importaba el temblor de su cuerpo contra el mío.
—De rodillas —ordené, bajándome el cierre del pantalón.
Valeria se arrodilló en el piso frío del baño sin protestar. Sus ojos cafés estaban llenos de vergüenza y algo más oscuro. Tomó mi verga dura con manos temblorosas y la metió en su boca caliente y húmeda. El sonido húmedo y obsceno llenó el cubículo de inmediato: “gluck… gluck… gluck…”. Su lengua se movía desesperada alrededor de mi glande, la saliva le corría por la barbilla y goteaba al suelo. Yo la agarré del cabello blanco y negro y empecé a follarle la boca con fuerza, golpeando el fondo de su garganta.
—Chúpame bien, puta —gruñí—. Hoy gané las elecciones y tú eres mi trofeo personal.
Valeria gimió alrededor de mi verga, el sonido vibrando en mi polla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se apartó. La saliva le chorreaba por el mentón y le mojaba la blusa. El sonido de sus arcadas se mezclaba con el eco lejano de voces en el pasillo.
Después de varios minutos la levanté, la giré y la empujé contra la pared del cubículo. Le subí la falda y le bajé las bragas de un tirón. Su coño estaba empapado, hinchado, brillando. Metí dos dedos de golpe y empecé a moverlos rápido, frotando su punto G mientras con el pulgar le presionaba el clítoris.
—Estás chorreando —le susurré al oído—. ¿Te excita que te use en el baño de la universidad el mismo día que gané?
Valeria jadeaba, las manos apoyadas en la pared, el culo empujando hacia atrás contra mi mano. Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados. Moví los dedos más rápido, curvándolos, sintiendo cómo sus paredes internas se apretaban alrededor de mí.
—Liam… por favor… —suplicó, la voz rota.
Esta vez no la detuve.
—Córrete —le ordené—. Córrete para mí, puta.
Valeria explotó. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de mis dedos, un chorro caliente de sus jugos salió disparado y salpicó el piso del cubículo. Sus gemidos fueron estruendosos, imposibles de ocultar: “¡Ahhh! ¡Liam! ¡Sí! ¡Joder!”. El sonido rebotó en las paredes de azulejos y se filtró por debajo de la puerta. Su cuerpo entero se sacudió, las piernas le temblaban tanto que casi se cae. Otro chorro salió de su coño, mojando mis dedos y el piso.
Justo en ese momento escuché pasos fuera del baño. La puerta del baño se abrió. Mateo. Su voz llegó clara:
—¿Qué carajos fue ese ruido?
Valeria se congeló, todavía temblando, con mi mano dentro de ella y sus jugos chorreando por sus muslos. Yo saqué los dedos lentamente, los limpié en su falda y me subí el cierre del pantalón. Ella se arregló la ropa con manos desesperadas, la cara roja, el cabello revuelto, los labios hinchados y brillantes de saliva.
Salí primero del cubículo, fingiendo normalidad. Mateo estaba lavándose las manos, pero levantó la vista cuando me vio. Sus ojos se entrecerraron con sospecha.
Un segundo después Valeria salió del cubículo detrás de mí. La blusa arrugada, la falda torcida, el cabello desordenado, las mejillas rojas y los ojos vidriosos. Mateo la vio y se quedó congelado. Su mirada pasó de mí a ella y de vuelta. La sospecha se volvió algo más oscuro, más peligroso.
Valeria bajó la cabeza y salió corriendo del baño sin decir una palabra.
Yo solo sonreí para mis adentros.
Mateo acababa de ver exactamente lo que necesitaba ver.
PARTE 5 – Martes 10:50 a.m.
Era martes por la mañana y el campus bullía de estudiantes entre clases. Yo caminaba por el pasillo principal con las manos en los bolsillos, todavía con el sabor de la victoria de ayer en la boca. Pero mis ojos solo buscaban una persona.
Y ahí estaba.
Valeria caminaba unos metros delante de mí, rumbo a la facultad de Derecho. Ya no era la misma chica que había visto hace dos semanas.
Su forma de caminar había cambiado. Antes pisaba con decisión, la espalda recta, la cabeza alta, como si el mundo le debiera algo. Ahora sus pasos eran más cortos, más cuidadosos. Los hombros ligeramente caídos, como si cargara un peso invisible. Caminaba con las piernas un poco más juntas, como si todavía sintiera el fantasma
de haberse quedado sin bragas todo un turno. Cada paso parecía costarle un esfuerzo extra.
Su actitud también era distinta. Antes me miraba con fuego en los ojos, con ese desafío que me ponía la verga dura. Ahora su mirada era sombría, baja, casi siempre fija en el suelo o en algún punto indefinido. Cuando alguien la saludaba, respondía con una sonrisa débil, forzada, que no le llegaba a los ojos. Parecía más pequeña. Más callada. Más mía.
Incluso su forma de vestir había cambiado. Antes usaba camisetas holgadas y shorts cómodos, como si intentara esconder su cuerpo. Hoy llevaba una blusa más ajustada de lo normal, una falda que le llegaba justo por encima de la rodilla. No era provocativa, pero era… diferente. Como si ya no tuviera energía para pelear contra lo inevitable. Como si una parte de ella ya hubiera aceptado que su cuerpo ya no le pertenecía del todo.
La observé mientras se detenía frente a la puerta del aula. Se pasó una mano por el cabello, tocando inconscientemente los mechones blancos. Sus dedos temblaron un poco. Se mordió el labio inferior, ese gesto que hacía cuando estaba nerviosa o excitada. O las dos cosas.
Sonreí para mis adentros.
Dos semanas.
Solo dos semanas y ya estaba empezando a quebrarse de la forma más deliciosa.
Mientras la veía entrar al salón, mi mente ya planeaba el siguiente paso. Quería hacerla adicta. No solo a mi verga, sino al olor de mi verga. Quería que cada vez que oliera mi piel, su coño se mojara automáticamente. Quería entrenarla para que, aunque estuviera en clase o en el trabajo, solo pensar en mi olor la pusiera húmeda y desesperada.
Quería penetrarla sin confines. Sin condón, sin límites, sin piedad. Quería llenarla hasta que sintiera que mi semen era parte de ella. Quería que aprendiera a rogar por que la usara, por que la llenara, por que la marcara.
Y quería hacerla caer cada vez más bajo. Quería que llegara el día en que ella misma se ofreciera, que se arrodillara sin que yo se lo pidiera, que abriera las piernas en lugares públicos solo porque yo se lo ordenara con la mirada. Quería verla llorar de vergüenza mientras se corría, y que después me agradeciera por haberla convertido en lo que era.
El contrato de tres meses todavía tenía mucho tiempo por delante.
Pero yo ya sabía cómo iba a terminar.
Valeria Soto no iba a salir de esto siendo la misma chica orgullosa que me desafiaba en las clases.
Iba a salir convertida en mi puta perfecta.
Y cuando llegara el momento de ofrecerle el segundo contrato… ella misma iba a suplicar por firmarlo.
Sonreí mientras entraba al aula y me sentaba en mi lugar habitual.
Dos semanas.
Solo el comienzo.