Capítulo 5

PARTE 1

Era domingo, las ocho de la mañana.

Valeria abrió los ojos lentamente, sintiéndose derrotada antes incluso de moverse. La luz grisácea que entraba por la ventana sucia del departamento le dolía en la cara. Se quedó un momento mirando el techo agrietado, con el cuerpo pesado, como si el peso de todo lo que había pasado la hubiera aplastado contra el colchón hundido.

Se levantó despacio. El fajo de billetes seguía sobre la mesa, intacto, como un recordatorio silencioso de lo que había hecho la noche anterior. No lo había tocado. Ni siquiera lo había contado. Solo verlo le provocaba náuseas.

Se metió al baño diminuto y abrió la ducha. El agua salió tibia, casi fría. Se lavó con movimientos mecánicos, frotándose la piel como si quisiera borrar las huellas de la humillación, pero solo consiguió que el recuerdo se clavara más profundo. Cuando salió, se secó con la toalla raída y se puso ropa limpia: unos shorts de algodón viejos y una camiseta holgada. Se miró en el espejo roto. Los mechones blancos en su cabello corto parecían más notorios hoy. Sus ojos cafés estaban hinchados, cansados.

Se sentó en el borde de la cama, con las manos sobre las rodillas, y trató de reflexionar. Tres meses. Solo tres meses. Podía soportarlo. Podía pagar el alquiler, evitar la calle, y después… después encontraría la forma de salir de esto. Pero la idea de volver a ver a Liam, de obedecerle, de dejar que usara su cuerpo… le provocaba un nudo en el estómago que no desaparecía.

Un golpe estruendoso en la puerta rompió el silencio.

¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!

— ¡Soto! ¡Abre la maldita puerta! ¡Sé que estás ahí!

Era el casero. Su voz ronca y agresiva retumbó en las paredes delgadas.

Valeria se levantó de golpe, el corazón latiéndole con fuerza. Miró el fajo de billetes sobre la mesa. Dudó. No quería tocarlo. No quería que ese dinero se sintiera real. Pero los golpes seguían, cada vez más fuertes.

Se acercó a la puerta y la abrió apenas una rendija.

El casero estaba ahí, sudado, con la cara roja de furia.

—¿Dónde está mi dinero? ¡Ya pasó la fecha! ¿Crees que esto es un hotel gratis?

Valeria tragó saliva. Sin decir una palabra, tomó el fajo de la mesa y se lo entregó con manos temblorosas.

El casero contó los billetes rápidamente, luego levantó la vista y la miró con una sonrisa asquerosa.

—Vaya… tanto dinero de golpe. ¿De dónde lo sacaste tan rápido, eh? ¿Te prostituiste anoche? ¿Te abriste de piernas para algún viejo rico? Porque con esa carita de santa y ese cuerpo de puta barata, seguro que sí. No me extraña. Al final todas terminan igual.

Valeria sintió que le ardían las mejillas. Las lágrimas le picaron en los ojos, pero las contuvo. No dijo nada. Solo se quedó ahí, mirando al suelo, mientras el casero guardaba el dinero en su bolsillo.

—Más te vale que la próxima vez no me hagas venir a gritar —gruñó antes de darse la vuelta y bajar las escaleras.

Valeria cerró la puerta con manos temblorosas y se apoyó contra ella, respirando agitada. Se sentía sucia. Barata. Exactamente como él la había llamado.

Justo entonces, su teléfono vibró sobre la mesa.

Un mensaje nuevo.

Liam.

“Domingo. Tengo tiempo libre. Voy para tu departamento en una hora. Prepárate.”

Valeria se quedó mirando la pantalla. Su corazón se hundió. La mirada se le volvió sombría, vacía. El peso de lo que había firmado cayó sobre ella como una losa.

Ya no había vuelta atrás.

Y lo peor era que, en el fondo, una parte de ella ya estaba empezando a esperar esa visita.

PARTE 2

Una hora después, el golpe en la puerta me hizo saltar.

Mi corazón se aceleró tanto que lo sentí en la garganta. Me levanté del borde de la cama con las piernas temblando. Todavía llevaba los shorts de algodón viejos y la camiseta holgada. No me había maquillado. No me había peinado. Solo quería que esto terminara rápido.

Abrí la puerta.

Liam estaba ahí, alto, imponente, con el cabello blanco plateado un poco revuelto por el viento. Olía a perfume caro y a recién duchado. Sus ojos verdes oscuros me recorrieron de arriba abajo sin prisa, deteniéndose en mis piernas desnudas y en la forma en que la camiseta se pegaba a mis tetas.

—Soto —dijo con voz baja, casi un ronroneo—. ¿Lista para la segunda petición?

No respondí. Solo me hice a un lado para dejarlo pasar. El clic de la puerta al cerrarse sonó como una sentencia.

Liam entró y miró alrededor con esa expresión tranquila que me ponía los nervios de punta. Se sentó en el sofá hundido como si fuera un trono, estirando las piernas.

—Quítate los shorts y las bragas —ordenó sin preámbulos—. Siéntate en la cama, abre bien las piernas y tócate con los dedos. Quiero verte. Quiero que te abras para mí.

Sentí que el estómago se me cerraba. La vergüenza me quemó las mejillas. Pero también… ese calor traicionero empezó a extenderse entre mis piernas otra vez. Me odiaba. Me odiaba tanto.

—Liam… —intenté protestar, la voz temblorosa—. Acabamos de empezar. No puedes…

—Firmaste —me cortó él, directo, sin piedad—. Una petición al día. Esta es la segunda. Quítate la ropa de abajo. Ahora.

Mis manos temblaron cuando bajé los shorts y las bragas. El aire frío rozó mi coño desnudo. Ya estaba mojada. Lo sentía. La tela de las bragas se había pegado un poco y al quitármelas un hilo fino y transparente se estiró antes de romperse. El olor de mi excitación empezó a flotar en el aire pequeño del departamento: dulce, almizclado, ligeramente ácido. Me daba asco. Me daba vergüenza. Pero mi cuerpo no me obedecía.

Me senté en el borde de la cama, abrí las piernas lentamente. Mis muslos temblaban. Con dos dedos separé mis labios mayores. El interior rosado y brillante quedó expuesto. Un nuevo chorrito de humedad se escapó y corrió por mi ano.

— tócate —ordenó Liam, reclinándose en el sofá—. Despacio. Quiero ver cómo te mojas para mí.

Obedecí. Mis dedos rozaron mi clítoris hinchado. Un sonido húmedo y suave llenó el silencio cuando empecé a moverlos en círculos lentos. El placer me golpeó como una ola. Mi respiración se volvió irregular. La mente empezó a nublarse. Ya no pensaba en el contrato, en el dinero, en la humillación… solo sentía el calor, la humedad, el roce de mis propios dedos.

Liam sonrió.

—Más lento. Quiero que te sientas. Quiero que sepas que ese coño ya no te pertenece. Es mío.

Mis dedos obedecieron. El sonido húmedo se hizo más evidente: un suave “schlick… schlick…” cada vez que rozaba mi entrada. Mi coño palpitaba. Otro hilo de humedad se escapó y cayó sobre la sábana. El olor se hizo más fuerte, dulce y espeso. Me mordí el labio con fuerza. Las lágrimas me picaban en los ojos.

No podía pensar con claridad. Todo se estaba volviendo borroso. Solo quedaba el placer, la vergüenza y esa voz de Liam que me envolvía.

—Buena chica —murmuró él, la voz ronca—. Mira cómo te mojas. Mira cómo te brillan los labios. Ese coño está chorreando solo porque te estoy mirando. Eres una puta natural, Valeria. Una puta que se moja cuando la tratan como lo que es.

Mi mente se nublaba más y más. Los dedos se movían solos. El placer subía. Ya no pensaba en nada. Solo sentía. Solo obedecía.

Liam se levantó lentamente y fue al baño. Escuché cómo abría el cajón. Cuando regresó, traía mi cepillo de cabello: el de mango grueso, redondeado y liso.

Me lo entregó.

—Ponte en cuatro —ordenó—. Usa esto. Quiero verte follarte con tu propio cepillo mientras yo miro.

Mi mente ya estaba demasiado nublada para resistir.

Obedecí.

PARTE 3

Liam me entregó el cepillo. El mango era grueso, redondeado, liso y un poco frío. Lo miré un segundo como si fuera un objeto extraño, ajeno. Mi mente ya estaba nublada, el placer subiendo en oleadas que no podía controlar.

—Ponte en cuatro —ordenó con voz ronca pero calmada—. Apoya la cara en la cama, levanta el culo y abre bien las piernas. Quiero verte todo.

Obedecí. Me giré, me puse de rodillas sobre el colchón hundido y bajé la cara contra la sábana. Levanté las caderas, separé las rodillas y empujé el culo hacia atrás. Mi coño quedó completamente expuesto, hinchado, brillante de humedad. El olor de mi propia excitación era fuerte ahora, dulce y almizclado, ligeramente ácido, llenando el aire pequeño del departamento.

Liam se sentó en el borde de la cama, justo detrás de mí, con una vista perfecta.

—Ahora mete el mango del cepillo —dijo—. Despacio. Quiero ver cómo entra.

Mis manos temblaron cuando llevé el cepillo hacia atrás. El mango redondeado rozó mis labios hinchados. Estaba tan mojada que se deslizó fácilmente. Empujé un poco y el mango empezó a entrar. Sentí cómo mis paredes internas se abrían, cómo la superficie lisa del plástico se deslizaba dentro de mí, estirándome. Un sonido húmedo y obsceno llenó el silencio: un suave “schlick…” cuando el mango entró varios centímetros.

—Más adentro —ordenó Liam—. Muévelo despacio. Quiero oír cómo te follas con él.

Gemí bajito, un sonido avergonzado que no pude contener. Empecé a mover el cepillo, sacándolo y metiéndolo lentamente. Cada vez que entraba, sentía cómo me llenaba, cómo rozaba mis paredes sensibles. El sonido era constante: “schlick… schlick… schlick…”, húmedo, pegajoso, vergonzoso. Mi coño chorreaba alrededor del mango, un hilo fino de humedad corría por mi muslo y caía sobre la sábana.

—¿Cómo se siente tu coño? —preguntó Liam, la voz baja y controlada—. Dímelo. Quiero oírte hablar mientras te follas con tu propio cepillo.

Me mordí el labio con fuerza. Las lágrimas me picaban en los ojos. Pero obedecí.

—Está… está caliente —susurré, la voz quebrada—. Está mojado… muy mojado. Se siente lleno… el mango me estira… me roza por dentro… me hace… me hace palpitar.

Liam soltó una risa baja.

—Buena chica. Sigue moviéndolo. Más profundo. Quiero que sientas que te estoy entrenando. Este es solo el comienzo de tu sumisión, Valeria. Voy a enseñarte a obedecer. Voy a enseñarte a necesitar que te usen. Voy a convertir ese coño orgulloso en algo que solo se moja cuando yo lo ordene.

Sus palabras me golpearon profundo. Mi mente se nublaba más y más. El placer subía en oleadas. Moví el cepillo más rápido sin darme cuenta. El sonido se volvió más fuerte, más húmedo: “schlick-schlick-schlick-schlick”. Mi coño chorreaba alrededor del mango, un chorrito caliente escapándose cada vez que lo sacaba. Mis gemidos ya no eran controlados: salían bajos, entrecortados, vergonzosos.

—Ah… ah… por favor… —gemí sin querer, la voz rota.

Liam se inclinó un poco más cerca, sin tocarme.

—Estás cerca, ¿verdad? Siento cómo te aprietas alrededor del cepillo. Pero aún no. Aún no te has ganado el derecho a correrte. Esto es entrenamiento. Tienes que aprender a esperar. Tienes que aprender que tu placer ya no te pertenece.

Detuvo mi mano con la suya, sujetándola con firmeza. Sacó el cepillo lentamente. El mango salió con un sonido húmedo y obsceno, cubierto de mis fluidos. Un chorro fino de humedad se escapó de mi coño abierto y cayó sobre la sábana.

Me quedé ahí, en cuatro, temblando, el coño palpitando al vacío, las lágrimas corriendo por mis mejillas. El orgasmo que casi había alcanzado se alejó cruelmente, dejándome frustrada, desesperada y rota.

Una furia repentina me cruzó el rostro. Mis cejas se fruncieron, los labios se apretaron y por un segundo mis ojos brillaron con rabia pura. ¿Cómo se atrevía a negármelo? ¿Cómo se atrevía a jugar con mi cuerpo de esa forma?

Pero en cuanto me di cuenta de mi propia reacción, el horror me golpeó. Me sentí avergonzada, asqueada de mí misma. ¿Cómo podía enfurecerme porque no me dejaba correrme? ¿En qué me estaba convirtiendo? Las lágrimas cayeron con más fuerza. Me odiaba. Me odiaba con todo mi ser.

Liam se levantó, dejó el cepillo sobre la mesa y me miró desde arriba.

—Buen trabajo por hoy. Pero recuerda: esto es solo el principio de tu entrenamiento.

Se dio la vuelta y se fue sin decir nada más.

Me quedé sola, todavía en cuatro, con el coño chorreando y el cuerpo temblando de necesidad insatisfecha.

Y en ese momento supe que los tres meses iban a ser mucho más largos de lo que había imaginado.

PARTE 4

Me quedé exactamente donde estaba.

Todavía en cuatro, con la cara hundida en la sábana, el culo levantado y el coño abierto, palpitando, chorreando. Las lágrimas caían sin control, mojando la tela debajo de mi mejilla. No podía moverme. No quería moverme. Sentía que si me levantaba, todo lo que acababa de pasar se volvería demasiado real.

El olor de mi propia excitación seguía flotando en el aire: dulce, espeso, almizclado. Miré hacia abajo y vi la sábana. Estaba empapada. Una mancha grande y oscura se extendía justo debajo de mi coño, brillante por mis fluidos. El cepillo seguía sobre la mesa, cubierto de mi crema, brillando bajo la luz tenue. No sabía qué pensar. Solo sentía vergüenza, frustración y un vacío horrible entre las piernas.

Con un sollozo ahogado me levanté por fin. Las piernas me temblaban tanto que casi me caigo. Recogí la sábana mojada, mis bragas tiradas en el suelo y el short. Todo olía a mí. A sexo. A sumisión. Bajé al lavadero común del edificio con la ropa hecha bola en los brazos, intentando no cruzarme con nadie. Mientras frotaba la sábana bajo el agua fría, las lágrimas seguían cayendo. Quería borrar cada huella. Quería que desapareciera el olor, la mancha, el recuerdo de cómo me había follado con mi propio cepillo delante de él.

Justo cuando estaba escurriendo la tela, mi teléfono vibró en el bolsillo del short.

Era el grupo de chat con mis amigas.

Sofía: “¡Domingo de chicas! ¿Quién se apunta a comer algo rico y luego cine? 😍” Martina: “Yo voy! Valeriaaa, tú tienes que venir, hace siglos que no salimos todas juntas 🥺” Camila: “Si no vienes te arrastramos 😂”

El mensaje era tan alegre, tan normal, tan lleno de vida… que contrastaba brutalmente con cómo me sentía yo. Yo, que acababa de estar en cuatro, follándome con un cepillo mientras un hombre me negaba el orgasmo y me llamaba puta. Me quedé mirando la pantalla con los ojos hinchados, sin saber qué contestar. Al final solo escribí un “Luego les digo” y apagué el teléfono.

Regresé al departamento, colgué la sábana húmeda y me senté en el borde de la cama, desnuda otra vez, mirando el suelo.

La escena cambió bruscamente.

En otro lado de la ciudad, en su elegante departamento cerca del campus, Luna estaba sentada frente a su escritorio.

Pero no era la Luna dulce y sonriente que todos conocían.

Estaba completamente descontrolada.

Se había subido la falda hasta la cintura. Sus bragas blancas de encaje colgaban de su tobillo derecho, balanceándose con cada movimiento violento de su mano. Tenía las piernas abiertas de par en par, una sobre el brazo del sillón y la otra apoyada en el borde del escritorio. Su coño estaba empapado, hinchado, rojo de tanto frotarse. Los jugos le caían sin parar: hilos gruesos y transparentes que goteaban desde su entrada abierta directamente al suelo frío de madera, formando un charco brillante que se extendía debajo de la silla.

Sus dedos se movían con furia, dos dentro de su coño y el pulgar frotando el clítoris hinchado en círculos rápidos y brutales. Los sonidos llenaban la habitación: el “schlick-schlick-schlick” húmedo y obsceno de sus dedos entrando y saliendo, mezclado con sus gemidos roncos y descontrolados.

—Liam… ahhh… Liam… hermano… sí… —gritaba sin control, la voz rota, lasciva, nada que ver con la Luna amable de siempre.

Su cara era pura locura y placer. Tenía los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gesto obsceno, la lengua asomando un poco. Las mejillas rojas, el cabello blanco desordenado cayéndole sobre la frente sudorosa. Cada vez que sus dedos entraban profundo, su cara se contorsionaba en una expresión de éxtasis salvaje: cejas fruncidas, labios temblando, dientes apretados. Gemía como una loca, sin ninguna vergüenza.

—Más… más fuerte… mírame… mírame cómo me mojo por ti… —jadeaba, la voz entrecortada—. Soy tuya… soy tuya… ahhh… Liam… mi hermano… mi hermano…

Sus jugos seguían cayendo al suelo con sonidos suaves y constantes: plic… plic… plic… El charco debajo de ella ya era grande, brillante, reflejando la luz de la pantalla donde se reproducían las cámaras del departamento de Valeria.

Luna arqueó la espalda de repente, los dedos moviéndose a una velocidad frenética. Su cara se transformó en una máscara de placer puro y locura: ojos en blanco, boca abierta en un grito silencioso, lengua fuera. Un chorro fuerte de sus jugos salió disparado y salpicó el suelo.

—Liam… ¡Liam! —gritó su nombre con furia, con obsesión, con amor enfermo, mientras su cuerpo se convulsionaba en un orgasmo violento.

Se quedó temblando, jadeando, los jugos todavía goteando de su coño abierto. Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en sus labios.

Todo estaba saliendo exactamente como ella lo había planea

Contrato con mi enemigo

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