Ana López tenía treinta y cinco años y una vida que se sentía como una página en blanco que nadie leía. Trabajaba desde hacía diez años en El Diario Popular, un periódico sensacionalista de tirada barata donde las noticias eran siempre las mismas: escándalos de famosos, chismes de barrio y titulares que prometían más de lo que entregaban. Su escritorio estaba lleno de tazas de café frío y notas a medio escribir. Su cuerpo, sin embargo, seguía siendo un arma silenciosa: rostro fino de pómulos altos, labios carnosos que invitaban a pecar, tetas grandes y pesadas que tensaban cualquier blusa, caderas anchas, una barriguita suave y redonda y un culo firme que se movía con cada paso. No era modelo, pero tampoco pasaba desapercibida. Aun así, su vida sexual era un desierto. El último polvo decente había sido hacía cuatro meses con un compañero de redacción que terminó en menos de siete minutos y la dejó más frustrada que satisfecha. Se masturbaba por las noches pensando en escenas que nunca se atrevía a vivir. Se sentía invisible, aburrida, seca por dentro.

Por eso, cuando su editor le asignó la entrevista con Marco Steel, el actor porno más famoso y deseado del momento, Ana sintió un cosquilleo extraño en el estómago. Marco era una leyenda: dos metros de músculo tatuado, mirada oscura y una reputación que hacía que cualquier mujer se mojara solo con oír su nombre. “La verga más grande y gruesa del negocio”, decían los foros. Ana preparó sus preguntas habituales, las mismas de siempre, pero en el fondo sabía que quería algo más.

Llegó al hotel de lujo a las cuatro de la tarde. El ascensor subió en silencio hasta la suite presidencial. Cuando llamó a la puerta, Marco abrió en persona. Camiseta negra ajustada, jeans oscuros, el pelo revuelto y esa sonrisa que parecía decir “ya sé lo que quieres”. La suite olía a colonia cara y a hombre. Ana tragó saliva.

La entrevista empezó como todas: sentados uno frente al otro en el amplio sofá de cuero. Ana con su grabadora encendida, cuaderno en mano, falda lápiz que le marcaba las caderas y blusa blanca que apenas contenía sus tetas. Las preguntas fueron saliendo mecánicas: cómo empezó en la industria, qué se siente follar frente a cámaras, cuál es su escena favorita. Marco respondía con profesionalidad, pero a los quince minutos ya se notaba el aburrimiento en su cara.

—Ana —la interrumpió con esa voz grave y profunda que parecía vibrar entre las piernas de ella—, estas preguntas las he contestado mil veces. ¿No tienes nada más… interesante que preguntarme?

Ella sintió que se sonrojaba hasta las orejas. Bajó la mirada un segundo, nerviosa, pero la curiosidad que llevaba meses guardada dentro explotó.

—El periódico no me permite escribir nada atrevido —confesó con voz baja y educada—. Pero yo… tengo una curiosidad muy personal.

Marco se inclinó hacia adelante, interesado.

—Suéltala.

Ana respiró hondo y preguntó, casi susurrando:

—¿Es verdad que la tienes tan grande como dicen? ¿Me harías el favor de mostrármela?

Marco la miró fijamente unos segundos. Luego sonrió lento, peligroso. Sin decir una palabra se abrió la cremallera del pantalón y sacó su miembro. Incluso semierecto era una obra maestra: largo, grueso, venoso, con un peso que se notaba. La cabeza morada brillaba ligeramente.

Ana se quedó sin aliento. Dios mío… es enorme. Soy una periodista de mierda de un periódico barato y estoy mirando la polla más famosa del porno.

Se acercó un poco más en el sofá, todavía sentada, y con voz temblorosa pidió:

—¿Puedo tocarla? Solo… quiero sentirla un momento, por favor.

—Adelante —respondió él, observándola con deseo creciente.

Ana extendió las manos. Sus dedos intentaron rodear esa circunferencia brutal y fue imposible. No cerraban. La apretó con fuerza, sintiendo su calor ardiente y su peso denso. Deslizó la palma lentamente, rozando el frenillo sensible con el pulgar. Luego llegó al glande hinchado, suave y caliente como terciopelo quemado, y lo frotó en círculos. Por último colocó su antebrazo al lado para comparar: era casi idéntico en grosor y claramente más largo.

Marco soltó un gruñido bajo y profundo.

—Joder, Ana… tus manos me están poniendo durísimo.

Ella levantó la mirada, todavía cohibida, las mejillas ardiendo. Entonces Marco, con voz ronca y cargada de urgencia, le pidió:

—Ana… ¿me harías el favor de chupármela? Por favor.

El corazón de Ana latió con tanta fuerza que pensó que se le saldría del pecho. No puede ser. Este hombre se folla a las actrices más hermosas del mundo y me está pidiendo a mí que se la chupe. Tragó saliva, dudó solo un segundo y obedeció.

Se arrodilló entre sus piernas. Abrió la boca y metió la cabeza gruesa. Al principio chupó con timidez, lamiendo con cuidado, saboreando el gusto salado y masculino de su piel. La saliva empezó a correr por su barbilla mientras lo tomaba más profundo. Marco gimió y le acarició el pelo.

—Así… qué boca tan caliente y húmeda tienes. Lo haces muy bien. Las actrices piensan en la cámara, en los ángulos, en cómo se ve en la pantalla… todo se vuelve mecánico y falso. Tú lo estás haciendo con ganas de verdad. Me estás saboreando. Y yo estoy disfrutando cada segundo de tu lengua.

Esas palabras fueron gasolina. Ana empezó a chupar con más hambre, gimiendo alrededor del miembro, dejando que la saliva chorreara abundantemente. El sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación. Lamía los huevos pesados, los succionaba suavemente y volvía a subir para tragar lo que podía de esa verga enorme. Estoy chupando la polla más grande del porno… y me encanta. Soy una zorra y ni siquiera me importa.

Marco la detuvo suavemente después de varios minutos. La levantó y la besó por primera vez. Un beso profundo, lento, con lengua. Sus labios eran firmes y calientes. La besó en el cuello, bajando hasta el escote. Le desabotonó la blusa y liberó sus tetas grandes. Las besó, las lamió, chupó los pezones duros mientras Ana gemía bajito.

Luego la sentó en el sofá, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Ana temblaba.

—Quiero probarte —susurró Marco—. Quiero comerte el coño hasta que tiembles.

La trató suave al principio. Besos suaves en los muslos, lamidas lentas y delicadas sobre los labios hinchados. Su lengua rozaba el clítoris con una lentitud tortuosa. Ana sentía el calor húmedo de su boca, el aliento caliente, el olor de su propio coño mezclado con el sudor de Marco.

Pero ella ya no quería suavidad.

—No… —jadeó, agarrándole el pelo—. No lo hagas despacio. No seas suave. Cómemelo fuerte. Por favor.

Marco sonrió contra su coño y obedeció. Su lengua se volvió feroz. La lamió con fuerza, succionando el clítoris, metiendo dos dedos gruesos dentro mientras la devoraba. El sonido húmedo y chapoteante era obsceno. Ana gritó, arqueando la espalda.

—¡Sí! ¡Así! ¡No pares!

Se corrió por primera vez en su boca, temblando, chorreando sobre la lengua de Marco. Él siguió lamiendo hasta que ella se calmó, luego la besó en la boca otra vez, compartiendo el sabor de su propio coño.

—Ana… ¿me permites penetrarte? —preguntó él con voz ronca.

Ella lo miró con los ojos vidriosos de placer.

—No… quiero subirme encima de ti.

Marco se sentó en el sofá. Ana se desnudó completamente, revelando su cuerpo rellenito y sudado. Se subió a horcajadas, tomó esa polla gruesa y la frotó contra su entrada empapada. Muy despacio empezó a bajar.

—Ahhh… —gimió cuando la cabeza gruesa la abrió—. Está tan gruesa… me está estirando tanto…

Centímetro a centímetro se hundió hasta que estuvo completamente sentada. Se sentía llena como nunca. Marco la besó profundamente mientras ella empezaba a moverse. Al principio lento, saboreando cada roce. Sus tetas pesadas rebotaban contra el pecho de él. Poco a poco aceleró. Sus gemidos se volvieron más altos.

Marco le agarró las caderas y empujó desde abajo.

—Así, mi periodista puta… móntame esa polla. Mira cómo te estoy abriendo. Tan desesperada que ni siquiera pudiste esperar a la entrevista.

Ana aceleró más. El sonido chap-chap-chap de su coño mojado contra la verga de Marco llenaba la suite. El olor a sudor y sexo era intenso. Marco la besaba en la boca, en el cuello, le mordía suavemente los pezones.

—Quiero más… —suplicó ella.

Marco la levantó sin esfuerzo y la puso en cuatro patas sobre el sofá. Se colocó detrás y la penetró de un empujón profundo. Ana gritó.

—¡Sí! ¡Así!

La folló con fuerza, agarrándola del pelo. Le dio una nalgada ligera y le susurró al oído:

—Mírate… la periodista seria convertida en zorra. Te encanta que te parta este coño rico, ¿verdad?

—Más duro… por favor… —rogó Ana.

Él la folló salvajemente. El sudor corría por sus cuerpos. Ana empujaba hacia atrás, encontrándose con cada embestida. Marco la besaba en la espalda, en el cuello, mientras la penetraba sin piedad.

Luego la giró boca arriba, le levantó las piernas hasta los hombros y la penetró de nuevo en misionero. La besaba en la boca mientras la follaba profundo. El sudor de su pecho caía sobre las tetas de Ana.

—¡Fóllame como a una puta! ¡No pares! —gritaba ella ya completamente desatada.

Se corrió por segunda vez, apretando la polla de Marco con su coño. Él siguió follándola hasta que ella tuvo un tercer orgasmo, temblando y gritando su nombre. Finalmente, Marco se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gruñido animal, inundándola con chorros calientes y espesos.

Quedaron jadeando, sudados y pegados. Marco aún estaba dentro de ella, palpitando. Le acarició el pelo húmedo con ternura y la besó suavemente en los labios.

—Eres una puta deliciosa, Ana —susurró—. Mucho mejor que cualquiera de esas actrices. Deberías plantearte ser actriz porno… contigo follaría en cámara sin pensarlo dos veces.

Ana soltó una risa ronca, todavía con la polla semierecta dentro de su coño palpitante. Sentía el semen caliente goteando lentamente. El olor a sexo llenaba la habitación.

—Esta entrevista nunca va a publicarse… —murmuró, pasando los dedos por el pecho sudoroso de Marco—. Pero creo que acabo de descubrir una nueva profesión.

Marco sonrió con picardía, le dio una nalgada suave y la besó una vez más, largo y profundo.

—Entonces prepárate, porque la segunda entrevista va a ser mucho más dura… y va a durar toda la noche.