El vuelo desde la Ciudad de México había durado veintidós horas con escalas en Los Ángeles y Hong Kong. Marco bajó del avión en el aeropuerto Suvarnabhumi con las piernas entumecidas y los ojos irritados por la falta de sueño. A sus treinta años, acababa de firmar los papeles de divorcio tres semanas atrás. Su ex esposa se había quedado con el departamento en Polanco, el perro, y la mitad de sus ahorros. A él le quedaban la liquidación de la empresa de software donde había trabajado ocho años, un auto que ya había vendido, y una rabia contenida que amenazaba con consumirlo.

Tomó un taxi al hotel que había reservado en Sukhumvit, un establecimiento de tres estrellas que prometía «habitaciones limpias y servicio amable» por cuarenta dólares la noche. El conductor, un tailandés de mediana edad con un collar de jade alrededor del cuello, lo miró por el espejo retrovisor.

«Vacation?» preguntó en inglés entrecortado.

«Sí. Vacaciones.»

«First time Thailand?»

«Primera vez.»

El conductor sonrió, mostrando dientes manchados de tabaco. «You will like. Many beautiful things here. Many beautiful ladies.»

Marco no respondió. Miró por la ventana el paisaje urbano que desfilaba: edificios de concreto cubiertos de cables eléctricos entrelazados, puestos de comida ambulantes humeantes, templos dorados que brillaban bajo el sol de la tarde, y en todas partes, personas. Miles de personas moviéndose en motos, tuk-tuks, autos, camiones, bicicletas, a pie. El caos organizado de una metrópolis asiática que nunca dormía.

El hotel era modesto pero aceptable. Habitación con cama queen, aire acondicionado que funcionaba, baño privado con agua caliente, y una ventana que daba a un edificio vecino tan cercano que podía ver a una familia tailandesa cenando en su cocina. Se duchó con agua tibia, dejando que el jetlag se deslizara por el desagüe junto con el sudor del viaje. Se afeitó la barba de tres días que había acumulado. Se puso jeans oscuros, una camiseta negra, y zapatillas cómodas.

Eran las seis de la tarde. Demasiado temprano para lo que tenía en mente.

Bajó a la calle y caminó sin rumbo, absorbiendo los olores de la ciudad: ajo frito, incienso, aguas residuales, flores de jazmín, gasolina quemada. Compró pad thai en un puesto callejero por treinta baht —menos de un dólar— y lo comió de pie mientras observaba el flujo interminable de turistas, mochileros, empresarios, prostitutas, vendedores ambulantes, monjes con túnicas azafrán.

El sol se puso alrededor de las seis y media, tiñendo el cielo de naranja y púrpura antes de que la ciudad se sumergiera en la oscuridad. Las luces de neón comenzaron a parpadear, una por una, como ojos abriéndose en la noche.

Marco sabía adónde iba. Durante los vuelos había investigado: Patpong, Soi Cowboy, Nana Plaza. Los tres distritos de luz roja principales de Bangkok. Cada uno con su propia personalidad, sus propios bares, sus propias reglas no escritas. Decidió empezar por Patpong, el más antiguo y el más conocido.

Tomó un taxi a las ocho y media. El conductor no necesitó dirección; bastó con decir «Patpong» para que entendiera. El viaje duró veinte minutos por calles congestionadas, y cuando finalmente bajó frente a una calle estrecha flanqueada por edificios de dos y tres pisos, Marco sintió que el corazón le latía en la garganta.

Patpong era exactamente como lo había imaginado y completamente diferente al mismo tiempo. La calle principal estaba cerrada al tráfico vehicular, transformándose en un mercado nocturno repleto de puestos que vendían camisetas falsificadas, relojes de imitación, bolsos de diseñador que no eran de diseñador, y todo tipo de souvenirs turísticos. Pero eso era solo la superficie.

Sobre él, en los balcones de los edificios, mujeres en lencería llamaban a los transeúntes. «Hola guapo, ven aquí, te espero.» Música a todo volumen salía de los bares: pop tailandés, reguetón latino, rock americano, todo mezclado en una cacofonía que somehow funcionaba. Luces de neón en rosa, azul, rojo, verde, iluminaban cuerpos escasamente vestidos que se movían al ritmo de la música.

Marco caminó lentamente, las manos en los bolsillos, intentando parecer casual mientras su mente absorbía el espectáculo. Había mujeres de todos los tipos: altas, bajas, delgadas, curvilíneas, jóvenes, maduras, algunas claramente tailandesas, otras de otros países del sudeste asiático —vietnamitas, laosianas, camboyanas— y algunas que claramente no eran mujeres en absoluto, sino kathoey, las famosas «ladyboys» de Tailandia, con senos generosos, caderas estrechas, y un secreto entre las piernas que muchos turistas descubrían demasiado tarde.

Pero lo que más lo impactó fue la juventud aparente de muchas de ellas. Caras redondeadas, cuerpos pequeños y delgados, piel suave sin arrugas ni marcas. Sabía, porque había investigado, que las asiáticas envejecían más lentamente que las occidentales, y que la edad de consentimiento en Tailandia era quince años, pero la edad legal para trabajar en la industria del sexo era dieciocho. Todas las que veía eran mayores de edad. Tenían que serlo. Los bares arriesgaban demasiado para permitir menores.

Una morena de cabello hasta los hombros lo interceptó frente a un bar llamado «King’s Castle». Usaba un bikini dorado que brillaba bajo las luces de neón, y sus tacones altos la elevaban a casi metro sesenta. Su cuerpo era delgado pero con curvas en los lugares correctos.

«Hola papi,» dijo en español con acento marcado. «¿Eres latino?»

Marco se detuvo, sorprendido. «¿Hablas español?»

«Un poquito.» Ella sonrió, revelando dientes blancos y perfectos. «Trabajo con muchos latinos. Mexicanos, colombianos, argentinos. Me gusta los latidos. Son… cómo se dice… apasionados.»

«Apasionados,» repitió Marco, sintiendo una sonrisa formándose en sus labios por primera vez en semanas.

«¿Cómo te llamas, papi?»

«Marco.»

«Marco. Bonito nombre. Yo soy Joy.» Ella extendió su mano, y él la tomó. Su piel era suave y tibia. «¿Es tu primera vez en Bangkok?»

«Sí.»

«Ah, entonces eres virgen.» Ella rió con una risa que sonó genuina. «Virgen de Bangkok. Tengo que enseñarte muchas cosas.»

«¿Qué tipo de cosas?»

Joy se acercó más, reduciendo la distancia entre ellos a centímetros. Su aliento olía a menta y su perfume era algo dulce, como flores tropicales. «Cosas que no puedes imaginar. Cosas que te harán venir otra vez.» Su mano se deslizó hasta su pecho, sintiendo su corazón acelerado. «Tu corazón late muy rápido. ¿Estás nervioso?»

«Un poco.»

«No tengas miedo.» Ella tomó su mano y la colocó sobre su cadera, sobre la tela dorada de su bikini. «Soy suave. Soy amable. Te cuidaré.»

Marco dejó que sus dedos exploraran la curva de su cadera. Era firme pero suave, sin un gramo de grasa extra. «¿Qué tienes en mente?»

«Ven al bar.» Ella señaló la entrada de King’s Castle, donde otras mujeres en bikinis similares atendían a clientes en mesas pequeñas. «Toma algo. Relájate. Si te gusta, te muestro más. Si no te gusta, te vas. Sin compromiso.»

Marco dudó por un momento. Una parte de él quería seguir caminando, explorar más opciones, comparar. Pero otra parte, la parte que había estado dormida durante cinco años de matrimonio sin pasión, la parte que necesitaba desesperadamente contacto humano, contacto femenino, quería aceptar.

«Está bien,» dijo finalmente. «Vamos.»

Joy sonrió triunfante y lo guio hacia la entrada del bar, su mano tomando la suya con una familiaridad que parecía genuina.

El interior del bar era más pequeño de lo que parecía desde afuera, pero estaba densamente poblado. Una barra larga ocupaba toda la pared izquierda, atendida por tres mujeres en bikinis plateados que servían bebidas con movimientos rápidos y eficientes. Mesas redondas llenaban el centro del espacio, la mayoría ocupadas por hombres de diversas nacionalidades: europeos con camisas de lino, americanos con gorras de béisbol, asiáticos con trajes de negocios, latinos con camisetas ajustadas. Y en cada mesa, al menos una mujer sentada junto a ellos, riendo, tocándolos, susurrándoles al oído.

Un escenario elevado al fondo del local mostraba a cuatro mujeres bailando alrededor de una barra, completamente desnudas excepto por tacones altos. Se movían con una gracia fluida que sugería años de práctica, sus cuerpos brillando bajo las luces focalizadas que las iluminaban.

Joy lo guió hacia una mesa semi-privada en una esquina, lejos de la entrada principal pero con vista al escenario. Una mesera apareció inmediatamente.

«¿Qué quieres beber, papi?»

«Whisky. Con hielo.»

Joy tradujo la orden y la mesera asintió, desapareciendo entre la multitud.

«¿Siempre pides whisky?» preguntó Joy, acomodándose en el asiento junto a él, tan cerca que sus muslos se tocaban.

«Es lo que bebo.»

«Los mexicanos beben tequila, ¿no?»

«El tequila es para celebrar. El whisky es para olvidar.»

Joy lo miró con algo que parecía ser comprensión genuina. «¿Qué quieres olvidar, papi?»

La mesera regresó con su whisky y una cerveza para Joy. Marco tomó un trago largo antes de responder.

«Mi esposa. Ex esposa, quiero decir. Nos divorciamos hace tres semanas.»

«Ah.» Joy asintió lentamente. «Ella te rompió el corazón.»

«Fue un matrimonio muerto durante años. Ella nunca… no éramos compatibles. En la cama, quiero decir.» Marco sorprendió al hablar tan abiertamente, pero algo en la atmósfera del bar, o tal vez en los ojos de Joy, lo hacía sentir seguro. «Ella no quería hacer nada. Misionero, luces apagadas, una vez por semana si tenía suerte. Y yo… yo quería más.»

«¿Más qué?»

«Más de todo. Más pasión. Más variedad. Más… no sé. Solo más.»

Joy asintió, su mano deslizándose por su muslo en una caricia tranquilizadora. «Entiendo. Muchos hombres que vienen aquí son así. Casados pero solos. Divorciados y perdidos. Buscan algo que no tienen en casa.»

«¿Y tú? ¿Qué buscas?»

Joy sonrió, pero esta vez su sonrisa no llegó a sus ojos. «Yo busco sobrevivir. Esta es mi vida. Es trabajo. Pero…» ella hizo una pausa, «…cuando encuentro un cliente que me trata bien, que me respeta, que me hace sentir como persona y no como cosa… eso hace la diferencia.»

Marco la miró. Su cara era bonita, con pómulos altos y ojos almendrados que brillaban bajo la luz tenue. Su cuerpo era perfecto en su delgadez, con senos pequeños pero proporcionados, un estómago plano, y piernas largas para su estatura. Pero más que eso, había algo en su expresión que sugería una inteligencia y una profundidad que no esperaba.

«Voy a tratarte bien,» dijo él. «Te lo prometo.»

Joy lo estudió por un largo momento. «¿Por qué?»

«Porque es lo correcto. Y porque… no sé. Me caes bien.»

Ella sonrió, esta vez con calidez genuina. «Tú también me caes bien, papi. Por eso voy a hacer algo especial por ti.»

«¿Qué?»

Joy se acercó más, sus labios casi tocando su oído. «Voy a presentarte a mis amigas. Y juntas, vamos a mostrarte lo que te perdiste todos estos años.»

Joy hizo una señal a la mesera, quien asintió y desapareció hacia la parte trasera del bar. Minutos después, tres mujeres emergieron de una cortina de cuentas y se acercaron a su mesa.

«Marco, ellas son Dao, Mali y Lek. Chicas, este es Marco. Es mexicano. Divorciado. Y lleva ocho meses sin mujer.»

Marco sintió calor en las mejillas al escuchar su situación resumida tan francamente, pero las mujeres no parecieron juzgarlo. Al contrario, sonrieron con algo que parecía ser anticipación.

Dao era la más alta del grupo, quizás metro sesenta y cinco, con cabello negro largo hasta la cintura y senos generosos que claramente eran implantes. Su vestido negro de lycra apenas contenía sus curvas, y sus tacones extremadamente altos la hacían parecer casi imponente. Sus ojos tenían un delineado grueso que le daba una apariencia de felino, y sus labios estaban pintados de un rojo intenso.

Mali era lo opuesto: diminuta, quizás metro cincuenta, con cara de muñeca y ojos enormes que la hacían parecer más joven de lo que probablemente era. Usaba un conjunto de lencería rosa brillante con medias a juego, y su cabello estaba recogido en dos coletas que le daban un aire de colegiala. Su cuerpo era delgado y casi sin curvas, con senos que apenas llenaban su sostén.

Lek era la más atlética del grupo, con hombros anchos y piernas torneadas que sugerían horas en el gimnasio. Su cabello estaba cortado en un bob moderno que enmarcaba su cara angular, y usaba un bikini azul eléctrico que contrastaba con su piel bronceada. Tenía una cicatriz pequeña en la barbilla, lo que le daba un aire de dureza que las otras no tenían.

«Ocho meses,» repitió Dao con una voz grave y sensual, pasando sus uñas largas y pintadas por el antebrazo de Marco. «Eso es mucho tiempo para un hombre joven y guapo.»

«Debes tener los huevos muy llenos,» agregó Mali con una inocencia fingida que no engañaba a nadie, su mano deslizándose por su espalda.

Lek no dijo nada. Simplemente se acercó y tomó su mano, colocándola sobre su muslo firme y caliente.

«Estás tenso,» observó Joy, sus dedos encontrando un nudo en su hombro y comenzando a masajearlo. «Muy tenso. Necesitas relajarte.»

«Es que… todo esto es nuevo para mí.»

«¿Nunca has estado con prostitutas?» preguntó Dao directamente.

Marco dudó antes de responder. «En México, un par de veces. Durante el matrimonio. Pero fue… rápido. En un hotel barato. Nada como esto.»

«Esto es Tailandia,» dijo Dao, acercándose más. «Aquí hacemos las cosas diferente. Aquí el placer es un arte. Una religión.»

«Una religión,» repitió Marco.

«Sí.» Dao sonrió. «Y tú eres nuestro nuevo converso.»

Las cuatro mujeres se acercaron más, rodeándolo. Sus manos comenzaron a moverse: Joy en sus hombros, Dao en su pecho, Mali en su espalda, Lek en sus muslos. Sus perfumes se mezclaban en una nube embriagadora.

«Primero,» susurró Joy al oído, «vamos a hacerte sentir cómodo. Luego, vamos a hacerte sentir cosas que nunca has sentido.»

Joy se puso de pie y extendió su mano hacia Marco.

«Ven.»

Él tomó su mano y la siguió. Las otras tres mujeres los siguieron mientras Joy lo guiaba hacia la parte trasera del bar, pasando por la cortina de cuentas. Detrás había un pasillo estrecho con varias puertas, cada una con un número pintado.

Joy abrió la puerta número siete y lo llevó adentro.

La habitación era más grande de lo que esperaba, quizás seis metros por seis. Una cama king size dominaba el centro, cubierta con sábanas rojas de seda. Las paredes estaban cubiertas de espejos, incluyendo el techo, creando un efecto infinito de reflejos. Luces rojas y púrpuras iluminaban el espacio con una suavidad cálida. Un sistema de sonido integrado en las paredes reproducía música electrónica suave a un volumen bajo. En una esquina había una pequeña barra con botellas de licor, y en otra, un baño con una ducha grande visible a través de una pared de vidrio esmerilado.

«Bienvenido a nuestra habitación especial,» dijo Joy, cerrando la puerta detrás de ellos.

«Es… impresionante.»

«Los dueños del bar invierten en comodidad.» Dao se acercó a la barra y comenzó a preparar bebidas. «Los clientes felices vuelven. Los clientes que vuelven traen dinero.»

Mali se acercó a Marco y comenzó a desabrocharle los botones de su camiseta. «Relájate, papi. Te vamos a cuidar.»

«Es que nunca he… con cuatro mujeres…»

«¿Nunca?» Lek pareció genuinamente sorprendida. «¿En México no tienen fiestas así?»

«Algunos. Pero yo… mi esposa era… conservadora.»

«Pobre papi.» Mali terminó de desabrochar su camiseta y la deslizó de sus hombros, dejando su torso expuesto. «Tanto tiempo desaprovechado.»

Las manos de las cuatro mujeres comenzaron a explorar su cuerpo: tocando sus hombros, su pecho, su espalda, su estómago. Sus dedos eran suaves pero firmes, profesionales pero no mecánicos. Había algo de calidez en sus toques que Marco no esperaba.

Joy se arrodilló frente a él y comenzó a desabrochar su cinturón. «Vamos a empezar despacio,» dijo, mirándolo a los ojos. «Y luego vamos a acelerar. ¿Estás listo?»

Marco asintió, incapaz de hablar.

Joy sonrió y bajó su cierre. Sus pantalones cayeron al suelo, seguidos por sus boxers. Su polla, semi-erecta, quedó expuesta ante las cuatro mujeres.

«Ah,» dijo Dao con aprobación, entregándole una copa de whisky. «Los latidos sí son grandes.»

Marco tomó la copa y bebió un trago largo, sintiendo el calor del licor expandiéndose por su garganta y su estómago. Su cabeza comenzó a nublarse ligeramente, relajando sus nervios.

«Acuéstate,» ordenó Joy, señalando la cama.

Marco obedeció, acostándose sobre las sábanas de seda. Las sábanas eran frescas y suaves contra su piel. Miró hacia arriba y vio su propio reflejo multiplicado infinitamente en los espejos del techo, rodeado por cuatro mujeres asiáticas hermosas.

«Primera ronda,» anunció Joy, «es para conocernos. Para que te relajes.»

Las mujeres se desvistieron con movimientos fluidos y practicados. Joy simplemente desató los lazos de su bikini dorado, dejándolo caer al suelo. Su cuerpo era aún más perfecto de lo que había imaginado: senos pequeños pero firmes con pezones oscuros y erectos, un estómago plano con una línea tenue de definición muscular, caderas estrechas que se ensanchaban ligeramente, y un coño completamente depilado con labios carnosos que sobresalían ligeramente.

Dao se deslizó fuera de su vestido negro, revelando un cuerpo curveso con senos generosos que efectivamente eran implantes —la piel estirada sobre ellos brillaba bajo las luces—, caderas anchas, y un coño con un pequeño tatuaje de una flor de loto justo encima.

Mali se quitó su lencería rosa pieza por pieza, revelando un cuerpo delgado y casi infantil, con senos que apenas eran bultos en su pecho y pezones rosados muy pequeños. Su coño era tan pequeño y compacto que parecía casi de muñeca.

Lek simplemente desató su bikini azul, mostrando un cuerpo atlético con senos medianos y firmes, abdominales definidos, y un coño con una pequeña tira de cabello perfectamente recortada.

Las cuatro mujeres subieron a la cama y lo rodearon.

Joy se posicionó junto a su cabeza, acariciando su cabello. Dao se instaló a su izquierda, su mano comenzando a explorar su pecho. Mali se colocó a su derecha, sus dedos trazando círculos en su estómago. Y Lek se arrodilló entre sus piernas, su mano envolviendo su polla que ahora estaba completamente erecta.

«Qué grande,» murmuró Lek, moviendo su mano lentamente. «Y qué duro.»

Marco exhaló, sus ojos cerrándose involuntariamente. Hacía ocho meses que ninguna mujer lo tocaba, y la sensación de cuatro pares de manos en su cuerpo era casi abrumadora.

«Te gusta?» preguntó Joy, inclinándose para besar su cuello.

«Sí.»

«Bueno.» Ella continuó besando su cuello, su mandíbula, su oreja, mientras sus manos acariciaban su pecho.

Dao bajó su cabeza y comenzó a lamer su pecho, su lengua trazando círculos alrededor de su pezón izquierdo antes de mordisquearlo suavemente. La sensación envió una descarga eléctrica directamente a su polla.

Mali, no queriendo quedarse atrás, hizo lo mismo con su pezón derecho, su boca pequeña y su lengua ágil trabajando en sincronía con Dao.

Y Lek, entre sus piernas, bajó su cabeza y lamió la punta de su polla, recogiendo la gota de líquido preseminal que había aparecido.

Marco gimió, un sonido profundo que vino de algún lugar primitivo dentro de él.

«Sabes bien,» murmuró Lek, antes de tomar la cabeza de su polla en su boca y succionar suavemente.

«Espera,» jadeó Marco. «Me voy a venir muy rápido si sigues así.»

Lek levantó la vista, su boca todavía envolviendo su punta. Sonrió con los ojos y se detuvo, liberándolo con un sonido húmedo.

«No todavía, papi.» Joy se movió, subiendo a horcajadas sobre su cara. «Primero, dame lo que tú sabes hacer.»

Su coño estaba directamente sobre su boca, los labios separados mostrando su interior rosado y húmedo. Marco podía oler su aroma, una mezcla de limpio y almizcle, y ver las gotas de humedad acumulándose en su entrada.

«Come,» ordenó ella, bajando las caderas hasta que su coño tocó sus labios.

Marco comenzó a lamer, su lengua explorando los pliegues de su coño. Sabía dulce, con un toque de algo que no podía identificar, quizás coco. Su lengua encontró su clítoris y comenzó a estimularlo con movimientos circulares.

«Ahí,» gimió Joy, sus manos apretando su cabello. «Justo ahí.»

Mientras Marco trabajaba el coño de Joy, las otras tres mujeres continuaron su ataque coordinado. Dao y Mali se turnaban mamando sus pezones, mientras Lek tomó su polla profundamente en su boca, bajando hasta que su nariz tocó su vientre.

Marco nunca había experimentado tanto estímulo simultáneo. En su matrimonio, el sexo era rápido y funcional: unos minutos de besos, misionero, y a dormir. Las pocas prostitutas que había visitado en México hacían lo mínimo indispensable: una mamada rápida, sexo en misionero o perrito, y se acabó. Esto era otra dimensión completamente distinta.

Joy comenzó a mover sus caderas sobre su cara, frotándose contra su lengua. «Más duro,» gimió. «Usa tus dedos.»

Marco obedeció, insertando dos dedos en su coño mientras continuaba lamiendo su clítoris. Sus paredes internas estaban calientes y resbalosas, contrayéndose alrededor de sus dedos.

«Sí, así,» jadeó Joy, moviéndose más rápido. «No pares.»

Lek, entre tanto, estaba mamando su polla con una técnica impresionante. Podía sentir su garganta relajándose para tomarlo profundamente, su lengua trabajando la parte inferior del eje, sus manos acariciando sus huevos simultáneamente.

Dao y Mali se habían movido, subiendo para unirse a Joy. Dao se posicionó junto a la cabeza de Joy y comenzó a besarla apasionadamente mientras Mali se acercó para chupar los pezones de Joy.

Las cuatro mujeres estaban conectadas ahora, con Marco en el centro, proporcionando el estímulo que las alimentaba.

El orgasmo de Joy llegó primero. Gritó, un sonido agudo que penetró la música electrónica de fondo, y su coño se contrajo violentamente alrededor de los dedos de Marco. Sus jugos fluyeron más abundantes, cubriendo su barbilla y sus mejillas.

«Ah, mierda,» jadeó ella, colapsando hacia adelante sobre sus manos. «Buen chico. Muy buen chico.»

Marco sintió una oleada de orgullo. Hacía años que no hacía venir a una mujer, y lo había logrado con su boca y sus dedos mientras otras tres mujeres lo estimulaban.

«Bueno, papi,» dijo Joy, bajando de su cara y acostándose a su lado para recuperar el aliento. «Ahora te toca a ti.»

Lek liberó su polla de su boca con un sonido húmedo. «Lo he estado calentando,» dijo, mirando a las otras. «Está listo.»

«¿Quién va primero?» preguntó Dao, su mano ya acariciando su propia entrada.

«Yo,» dijo Joy, todavía recuperando el aliento. «Es mi cliente.»

«Lo conociste hace una hora,» protestó Mali. «Eso no cuenta.»

«Las reglas son las reglas.» Joy se incorporó y se posicionó sobre Marco, sus piernas a cada lado de sus caderas. Tomó su polla con una mano y la alineó con su entrada todavía húmeda de su orgasmo anterior.

«¿Estás listo, papi?» preguntó, mirándolo a los ojos.

Marco asintió, sus manos instintivamente tomando sus caderas.

Joy bajó lentamente, su coño abriéndose para acomodar su polla. Era apretado, más apretado de lo que esperaba, y caliente, y húmedo. Bajó centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro, sus huesos pélvicos encontrándose.

«Mmm,» gimió ella, moviéndose para acomodarse. «Me llenas bien, papi.»

Comenzó a moverse, levantándose y bajándose con un ritmo lento y deliberado. Sus senos pequeños rebotaban ligeramente con cada movimiento, sus pezones oscuros apuntando hacia él.

Marco la miró, maravillándose de la sensación. Hacía ocho meses que no estaba dentro de una mujer, y la experiencia era casi dolorosamente intensa. Cada movimiento, cada contracción de sus músculos internos, enviaba oleadas de placer por todo su cuerpo.

«Apriétalo,» le ordenó ella. «Agárrame las tetas.»

Marco obedeció, sus manos encontrando sus senos y apretándolos. Eran firmes y suaves, sus pezones duros como piedras bajo sus palmas.

Dao se acercó a su lado y comenzó a besar a Joy mientras ella cabalgaba, sus manos acariciando el cuerpo de la otra mujer. Mali se posicionó detrás de Joy y comenzó a besar su espalda, sus manos alcanzando para acariciar su cabello.

Y Lek, todavía entre las piernas de Marco, comenzó a lamer su coño donde se unía a su polla, su lengua trabajando ambos simultáneamente.

Marco sintió el orgasmo acercándose como un tren sin frenos.

«Me voy a venir,» advirtió.

«No todavía.» Joy se detuvo, apretando la base de su polla con sus músculos internos. «Resiste, papi. Aguanta.»

Marco apretó los dientes, luchando contra el impulso de dejarse ir. Joy esperó hasta que sintió que la urgencia había disminuido antes de comenzar a moverse otra vez.

«Así,» gimió ella. «Dura más. Disfruta más.»

El ritmo se intensificó. Joy comenzó a moverse más rápido, rebotando sobre su polla con fuerza. Los sonidos de sus cuerpos chocando llenaban la habitación, mezclándose con los gemidos de las cuatro mujeres y la música electrónica de fondo.

Marco sentía la presión construyéndose otra vez, pero esta vez Joy no se detuvo. Cabalgó con más fuerza, sus caderas golpeando las de él, su coño apretándolo rítmicamente.

«Vente conmigo,» jadeó ella. «Vente dentro de mí.»

Eso fue todo lo que necesitó escuchar. Marco gimió y se arqueó, su polla pulsando mientras expulsaba chorros de semen dentro de ella. Joy gimió también, alcanzando su segundo orgasmo de la noche mientras sentía su calor llenándola.

Se quedaron así por un momento, entrelazados, recuperando el aliento. Marco podía sentir su semen y los jugos de Joy escurriendo alrededor de su polla todavía semierecta.

«Buen chico,» murmuró Joy, inclinándose para besarlo. «Muy buen chico.»

Joy se levantó cuidadosamente, permitiendo que su polla saliera de ella con un sonido húmedo. Su semen comenzó a escurrir de su coño, bajando por su muslo.

«Dao, trae toallas,» ordenó.

Dao obedeció, yendo al baño y regresando con varias toallas húmedas y secas. Limpiaron a Marco y a Joy con movimientos suaves y eficientes.

«Descansa un poco, papi,» dijo Joy, acostándose a su lado. «Tienes toda la noche.»

Marco miró el reloj en la pared. Eran las once de la noche. Había estado en el bar por menos de dos horas, y ya se había venido una vez. Su polla estaba sensible y adolorida, pero extrañamente, todavía tenía ganas de más.

«¿Cuánto tiempo…?» empezó a preguntar.

«Lo que quieras,» respondió Dao, acostándose a su otro lado. «Todo tiene precio. Pero para un cliente tan lindo, hacemos descuento.»

«Cuánto?»

Joy murmuró un número que hizo que Marco parpadeara. Era caro, más de lo que había planeado gastar en una sola noche. Pero considerando que incluía cuatro mujeres por horas ilimitadas… hizo los cálculos mentales. Su liquidación había sido generosa. Podía permitírselo.

«Está bien,» dijo.

Las mujeres sonrieron. «Buen cliente,» aprobó Mali, acurrucándose contra su pecho.

Durante la siguiente hora, descansaron y recuperaron energías. Las mujeres le sirvieron whisky, le dieron masajes en los hombros y la espalda, le alimentaron con trozos de fruta tropical que Dao trajo de una nevera en la esquina. Hablaron de sus vidas, de sus orígenes, de sus sueños.

Joy era del noreste de Tailandia, de una familia de agricultores pobres. Había venido a Bangkok a los dieciocho buscando trabajo y había terminado en la industria del sexo. Ahora, a los veinticuatro, ahorraba dinero para abrir su propio negocio de spa algún día.

Dao era de Bangkok, de una familia de clase media que se había arruinado cuando su padre enfermó. Había comenzado a trabajar en bares a los diecinueve para pagar las deudas médicas. A sus veintiséis, ya no tenía deudas, pero no tenía otra profesión.

Mali era la menor del grupo, a sus veintidós años, y venía de una aldea pequeña cerca de la frontera con Laos. Su familia no sabía qué hacía en Bangkok; creían que trabajaba en un hotel. Enviaba dinero cada mes.

Lek era la más misteriosa. A sus veintiocho años, había trabajado en varios países: Japón, Singapur, Hong Kong. Hablaba cuatro idiomas y planeaba eventual mudarse a Europa. No explicó por qué había terminado en la industria del sexo, y nadie preguntó.

Marco compartió su propia historia: el matrimonio a los veinticuatro con una mujer que había amado pero con quien nunca fue sexualmente compatible, los años de frustración, las discusiones sobre dinero y sobre la falta de hijos, el descubrimiento de que ella lo había engañado con un compañero de trabajo, el divorcio amargo, la liquidación, el viaje a Tailandia como un intento de reconectarse consigo mismo.

Las mujeres escucharon sin juzgar, ofreciendo consuelo y comprensión. Para cuando terminó su historia, se sentía más relajado de lo que había estado en meses.

«Ahora,» dijo Joy, sentándose y estirándose, «¿estás listo para la segunda ronda?»

Marco miró hacia abajo. Su polla estaba respondiendo, endureciéndose otra vez.

«Parece que sí.»

«Esta vez,» anunció Dao, «vamos a probar cosas diferentes.»

«¿Qué tipo de cosas?» preguntó Marco, una mezcla de anticipación y nerviosismo en su voz.

«Cosas que tu esposa nunca te dejó hacer,» respondió Dao con una sonrisa. «Cosas que quizás no sabías que existían.»

Se puso de pie y fue hacia un armario en la esquina de la habitación. Lo abrió, revelando una colección impresionante de juguetes sexuales, lencería, lubricantes, y otros implementos que Marco no reconoció.

«Elige,» dijo Dao, haciendo un gesto hacia el armario.

Marco se acercó, examinando el contenido. Había vibradores de todos los tamaños y formas, consoladores, bolas anales, plugs, esposas, vendas, fustas, cuerdas de seda, y muchos otros artículos.

«No sé… nunca he usado nada de esto.»

«Entonces elegimos nosotras,» decidió Joy, uniéndolo frente al armario. Tomó un frasco de gel lubricante y un plug anal pequeño de metal brillante. «¿Alguna vez te han estimulado la próstata?»

«¿Qué?»

«Tu próstata. El punto G de los hombres.» Joy acarició su ano con un dedo. «Aquí adentro. Si nunca lo has probado, te espera una sorpresa.»

Marco se tensó. «No sé si…»

«Confía en mí,» dijo Joy suavemente. «Si no te gusta, paramos. Pero si te gusta, te prometo que será el mejor orgasmo de tu vida.»

Marco consideró la propuesta. En su matrimonio, el sexo anal había sido completamente tabú. Su esposa ni siquiera quería hablar del tema. Pero aquí, con estas mujeres que parecían saber exactamente lo que hacían…

«Está bien,» aceptó finalmente. «Pero despacio.»

«Despacio,» confirmó Joy. «Siempre.»

Lo acostaron boca arriba con almohadas bajo sus caderas, elevando su pelvis. Joy se posicionó entre sus piernas, el frasco de lubricante en una mano y el plug en la otra.

«Relájate,» instruyó, aplicando una generosa cantidad de lubricante en su dedo. «Respira profundo.»

Su dedo comenzó a masajear su ano, distribuyendo el lubricante y relajando gradualmente el músculo. La sensación era extraña pero no desagradable. Cuando sintió que estaba listo, Joy insertó su dedo lentamente, hasta la primera falange.

«¿Bien?» preguntó.

«Bien,» respondió Marco, sorprendido de que no hubiera dolor.

Joy continuó moviendo su dedo, añadiendo más lubricante, insertándolo más profundamente. Cuando estuvo completamente dentro, comenzó a curvarlo hacia adelante, buscando su próstata.

Marco sintió una presión extraña, y luego… algo. Una sensación que nunca había experimentado, una mezcla de necesidad y placer que irradiaba desde su interior.

«Ahí,» dijo Joy, sonriendo. «Lo encontré.»

Comenzó a masajear rítmicamente, y Marco sintió su polla endureciéndose rápidamente. Las otras mujeres, entre tanto, se habían unido: Dao se acercó y comenzó a besar su pecho, Mali se posicionó sobre su cara para que la lamiera, y Lek tomó su polla en su boca.

El estímulo combinado era casi abrumador. La lengua de Mali en su boca, el dedo de Joy en su ano masajeando su próstata, la boca de Lek en su polla, las manos de Dao en su pecho. Se sentía usado y adorada al mismo tiempo.

«Voy a meter el plug ahora,» advirtió Joy. «Respira.»

El plug era pequeño y frío, y entró más fácilmente de lo que esperaba. Una vez dentro, Joy lo manipuló, moviéndolo para estimular su próstata desde diferentes ángulos.

«¿Cómo se siente?» preguntó.

«Raro,» admitió Marco. «Pero bueno.»

«Espera a que te vengas con esto adentro.» Joy sonrió. «Verás.»

La sesión que siguió fue una exploración de nuevas sensaciones. Marco se vino tres veces más durante las siguientes dos horas: una vez en la boca de Lek mientras Joy trabajaba su próstata con el plug, una vez dentro de Dao que lo montó mientras Mali se sentaba sobre su cara, y una vez entre los senos de Mali mientras Dao y Lek se turnaban mamando sus huevos.

Después de cada orgasmo, las mujeres le daban tiempo para recuperarse, sirviéndole whisky y agua, masajeándolo, alimentándolo. Y cuando estaba listo otra vez, comenzaban de nuevo con nuevas variaciones.

A las dos de la mañana, Marco había perdido la cuenta de cuántas veces se había venido y con quién. Su polla estaba adolorida y sensible, pero extrañamente, todavía respondía al estímulo.

«Creí que los hombres tenían un límite,» dijo, medio bromeando.

«Los hombres tienen límites,» respondió Joy, acostada a su lado, acariciando su pecho. «Pero la mente es poderosa. Y tú tienes mucho que compensar.»

A las tres de la mañana, Joy anunció algo especial.

«Has sido un cliente muy bueno, papi. Te mereces el tratamiento completo.»

«¿Qué es el tratamiento completo?»

«Masaje nuru. Es japonés originalmente, pero nosotras lo aprendimos.» Dao se levantó y fue hacia un armario diferente, sacando una botella grande de gel transparente. «Vas a amarlo.»

«¿Qué es?»

«Lo verás.»

Lo guiaron hacia una colchoneta de plástico en el suelo, cubierta con una sábana impermeable. Le pidieron que se acostara boca abajo, y él obedeció, demasiado agotado para preguntar más.

El gel era cálido y espeso, aplicado generosamente sobre su espalda por cuatro pares de manos. Las mujeres se cubrieron también, sus cuerpos brillando bajo las luces rojas y púrpuras.

«Ahora relájate,» instruyó Joy, «y disfruta.»

Lo que siguió fue el masaje más extraño y erótico que Marco había experimentado. Joy se acostó sobre su espalda, su cuerpo deslizándose contra el suyo con el gel nuru. Sus senos se movían por su espalda, su coño dejaba un rastro húmedo sobre sus nalgas, sus piernas se entrelazaban con las suyas.

Era un masaje corporal completo, pero infinitamente más íntimo. Cada movimiento enviaba ondas de placer por su cuerpo. Y cuando las otras tres mujeres se unieron, sus cuerpos deslizándose sobre él desde todos los ángulos, Marco sintió que podía derretirse en la colchoneta.

«Voltéate,» ordenó Joy después de varios minutos.

Marco obedeció, girándose con dificultad sobre la superficie resbaladiza. Ahora estaba boca arriba, y las cuatro mujeres comenzaron a deslizarse sobre su frente, su pecho, su estómago, sus piernas.

Joy se posicionó sobre su polla, su coño resbaladizo con el gel frotándose contra él. No lo penetró, simplemente se movió sobre él, estimulando ambos sin entrar.

Dao se acercó y deslizó sus senos implantados sobre su cara, invitándolo a lamer y morder sus pezones. Mali y Lek trabajaban sus piernas y sus pies, sus bocas encontrando puntos sensibles que Marco no sabía que existían.

El placer era tan intenso que casi dolía. Se sentía utilizado, adorado, consumido. Y cuando finalmente se vino, fue un orgasmo diferente a los anteriores: más profundo, más completo, expulsando semen en chorros que las mujeres recibieron con risas y aplausos.

«Wow,» fue todo lo que pudo decir.

«Te dije que lo amarías,» respondió Joy con una sonrisa.

A las cuatro de la mañana, después de ducharse y limpiar el gel nuru, Joy sugirió algo diferente.

«¿Alguna vez has sido atado?»

Marco negó con la cabeza.

«¿Alguna vez has dejado que alguien más tome el control completamente?»

Negó otra vez.

«¿Te gustaría probarlo?»

Lo pensó. En su vida cotidiana, siempre había sido el que tomaba las decisiones: en su trabajo, en su matrimonio, en todo. La idea de entregarse completamente, aunque solo fuera por unas horas, era aterradora pero también extrañamente atractiva.

«Está bien,» aceptó.

Dao trajo una silla especial de un rincón de la habitación. Tenía arneses y correas acolchadas en los reposabrazos y las piernas.

«Siéntate,» instruyó Joy.

Marco obedeció, y las mujeres aseguraron sus muñecas y tobillos con las correas. Cuando terminaron, estaba inmovilizado, incapaz de moverse más que unos pocos centímetros.

«Ahora eres nuestro prisionero,» anunció Joy con una sonrisa. «Y vamos a hacerte cosas muy malas.»

Lo que siguió fue una sesión de dominación que lo llevó a nuevas alturas de excitación. Las mujeres tomaron turnos montándolo mientras él permanecía atado, incapaz de tocarlas o controlar el ritmo. Le vendaron los ojos, intensificando cada sensación. Le hablaron sucio al oído en tailandés e inglés, sus voces susurrando promesas y amenazas que no podía distinguir.

Lo besaron, lo lamieron, lo mordieron suavemente. Le pasaron hielo por el cuerpo, followed by velas calientes que goteaban cera sobre su pecho. Le administraron vibradores en lugares que nunca había imaginado. Y todo el tiempo, él permaneció atado, incapaz de hacer nada más que recibir.

La experiencia fue liberadora de una manera que no esperaba. Al entregar el control, se liberó de la responsabilidad de tomar decisiones. Todo lo que tenía que hacer era sentir. Y sentir fue todo lo que hizo, durante horas que parecieron eternas.

A las seis de la mañana, finalmente lo liberaron. Marco se sentía agotado más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado, pero extrañamente satisfecho. Su polla estaba adolorida, su cuerpo cubierto de marcas de mordiscos y arañazos, sus músculos agotados.

Las cuatro mujeres estaban acostadas a su alrededor en la cama, también agotadas pero sonriendo.

«¿Cómo te sientes, papi?» preguntó Joy, acariciando su pecho.

«Como si hubiera muerto y ido al cielo.»

Las mujeres rieron.

«Los mexicanos son tan dramáticos,» dijo Dao con una sonrisa.

«Pero lindos,» agregó Mali, besando su hombro.

«Muy lindos,» confirmó Lek.

Se quedaron en silencio por un rato, escuchando la música electrónica que todavía sonaba suavemente. Marco miró el reloj. Eran las seis y media.

«Tengo que irme pronto,» dijo, aunque no quería.

«Quédate un poco más,» sugirió Joy. «El desayuno viene incluido.»

«¿Desayuno?»

«Sí. Podemos pedir comida. Tú descansas más.»

Se quedaron otra hora, acurrucados juntos en la cama. A las siete y media, sonó un timbre y una voz anunció que la comida había llegado. Dao se vistió con una bata y fue a recibir las bandejas.

Regresó con arroz frito, pad thai, dumplings al vapor, y café caliente. Comieron juntos en la cama, pasando los platos entre ellos, riendo de las manchas de comida y los condimentos derramados.

Marco sintió una calidez que no tenía nada que ver con el sexo. Estas mujeres, que eran prostitutas, que hacían esto por dinero, lo habían tratado con una amabilidad y una atención que no había experimentado ni siquiera con su esposa. Había algo profundamente extraño y profundamente hermoso en eso.

A las ocho de la mañana, Marco finalmente se preparó para irse. Su cuerpo protestaba cada movimiento, sus músculos agotados y adoloridos. Pero también sentía una satisfacción profunda, como si hubiera completado algo importante.

Las mujeres lo ayudaron a vestirse, besando cada parte de su cuerpo a medida que la cubría.

«¿Volverás?» preguntó Joy, tomándole la mano mientras lo acompañaba hacia la puerta.

Marco la miró. Su maquillaje estaba deshecho, su cabello desordenado, su cuerpo mostrando señales de la noche de actividad. Pero sus ojos brillaban con algo genuino.

«Sí,» respondió, y lo decía en serio. «Volveré.»

Ella sonrió y le dio un beso suave en los labios.

«Te estaremos esperando, guapo mexicano.»

Las otras tres se acercaron para despedirse también, cada una dándole un beso y susurrándole algo al oído.

Dao: «La próxima vez, te voy a hacer gritar más fuerte.»

Mali: «Voy a pensar en nuevas cosas para hacer contigo.»

Lek: «Guarda energía para mí.»

Marco salió del King’s Castle y la luz del sol lo golpeó como un martillo. La calle que la noche anterior estaba repleta de prostitutas y turistas ahora estaba casi vacía, solo algunos trabajadores limpiando y preparando para otra noche de negocios. El mercado nocturno había desaparecido, reemplazado por camiones de entrega y vendedores de comida matutinos.

Caminó hacia la avenida principal para tomar un taxi, sus piernas todavía inseguras. Un conductor lo vio y se detuvo inmediatamente, reconociendo el andar de alguien que había pasado la noche en Patpong.

«Hotel?» preguntó.

«Sukhumvit. El Majestic.»

El conductor asintió y arrancó. Durante el viaje, Marco miró por la ventana, viendo Bangkok despertar. Monjes con túnicas azafrán recogiendo ofrendas, vendedores ambulantes preparando sus puestos, escolares en uniforme caminando hacia las escuelas. Una ciudad normal comenzando un día normal.

Pero él no se sentía normal. Se sentía transformado. Renacido.

De vuelta en su habitación de hotel, se desplomó en la cama sin siquiera quitarse la ropa. Su último pensamiento antes de quedarse dormido fue en Joy, en sus ojos, en su sonrisa, en la forma en que lo había mirado cuando le dijo que volvería.

Y sabía que volvería. No solo al King’s Castle, sino a Tailandia. A esta ciudad que le había mostrado un nuevo nivel de placer y conexión que no sabía que existía.

Su matrimonio había terminado. Su vida anterior había terminado. Pero mientras se quedaba dormido, con el sol de la mañana filtrándose por las cortinas y el aroma de las mujeres todavía en su piel, Marco sintió que algo nuevo estaba comenzando.

Algo que apenas empezaba a explorar.