Capítulo 6
CAPÍTULO 6: “SU NIDO DE AMOR”
o cómo Eduardo me hizo suya bajo las estrellas
Su lengua recorría mi cuello, lento, húmedo, dejando un rastro de fuego por donde pasaba. Me besaba de una manera tan única, con una habilidad de macho ansioso por poseer a su hembra.
Me quitó el bra de un solo movimiento, y mis tetas quedaron expuestas al aire frío de la noche… pero no por mucho tiempo.
Casi de manera inmediata, tomó cada una con cada mano, las juntó y se llevó las dos a la boca. Chupaba, mordía, lamía. Sabía exactamente dónde besar, dónde morder, dónde hacer que me retorciera de placer. Me llenaba las tetas con su saliva, las dejaba brillando bajo la luz de la luna.
Yo sabía exactamente para qué me estaba preparando. Era mi turno de consentirlo.
Le quité la playera de un solo jalón. La tiré al suelo. Su cuerpo moreno brillaba con el sudor, sus pectorales duros, sus brazos enormes. El momento había llegado. Me dirigí a su bragueta, la desabroché con ansias, y ahí estaba…
Esa deliciosa verga para mí solita.
Le di la mejor mamada de su vida. Sin prisa y sin pausa. Un ritmo que sabía perfectamente que le encantaba. Metía toda su verga en mi boca, la sacaba, lamía la cabeza, la volvía a tragar entera. Él gemía, me agarraba el pelo, me decía cosas que me hacían temblar.
Después le consentí esa verga con mis tetas. Las junté, las humedecí con mi saliva, y le aplastaba su verga de manera deliciosa para arriba y para abajo. Las puntas de mis pezones rozaban la cabeza de su verga y él se retorcía.
— Se te está poniendo muy gorda —le dije con la voz ronca, viéndola brillar entre mis tetas—. La tienes muy grande y rica…
Eso lo hizo transformarse.
Sus ojos se oscurecieron. Me levantó de donde estaba con una fuerza que me dejó sin aire y me volvió a subir al asiento de la moto. Pero esta vez… fue directo a mi coño húmedo.
Ya con la falda arriba, apenas me hizo la tanga de lado… y comencé a sentir el calor de su lengua. La humedad de su saliva, las ansias locas de hacerme suya. Me lamía entera, me metía la lengua, me chupaba el clítoris con esa habilidad que me hacía gritar al cielo.
Se levantó, me besó apasionadamente… y el momento llegó.
Me hizo suya.
Me penetró. Yo sentía cómo palpitaba dentro de mí, cómo me llenaba entera. Sin detenerse. Los dos sudando, gimiendo, aferrándonos el uno al otro como si el mundo se acabara.
— Me encantas, mamita rica —me decía al oído, con la voz entrecortada—. Moría por hacerte mía… eres la mejor mami.
Era mi turno de darle placer. Hice un movimiento para que me cargara en sus brazos sin salirse de mí, y comencé a mostrarle lo que sabía hacer. Movía mis caderas, apretaba su verga dentro de mí, subía y bajaba mientras él me sostenía en el aire.
— Así, mi amor —gemía él—. Muévete rico, putita… muévete rico… matame la verga, mami.
Y yo gimiendo, pidiéndole más, más duro, más profundo.
Wow.
El mejor sexo que he tenido jamás. Mis piernas temblando, y él comiéndome las tetas mientras me penetraba tan delicioso, tan hondo, tan perfecto.
Cada vez sentía más cerca el clímax. Me apretó con fuerza, no dejó de moverse ni un segundo… y me hizo correrme en su verga. Lo empapé entero, me corrí gritando su nombre, y eso le encantó tanto que explotó dentro de mí.
Gemía como un verdadero macho, con la voz rota, enterrándose hasta el fondo, vaciándose entero en mi coño mientras yo sentía cada latido de su verga dentro de mí.
Wow. Me encantó.
Nos besamos despacito, con los labios hinchados, la piel pegajosa, el cuerpo todavía temblando. Nos miramos y reímos como adolescentes, sabiendo lo que acababa de ocurrir.
Y en ese momento, bajo las estrellas, con el campo oliendo a tierra mojada y su leche escurriendo por mis muslos, supe que este macho era mío.
Aunque tuviera novia. Aunque fuera un desgraciado. Era mío.