Capítulo 4
- Prisionero de las amazonas galácticas
- El último granito de arena
- La cosecha de la carne
- El trono de la gran matriarca
Capítulo 4. El trono de la gran matriarca
Autor: Curtis Logan
Las Criadoras flanqueaban a Hal, pero no lo tocaban. Caminaba solo.
Cada paso era una aguja de dolor que le recordaba la quemadura en su próstata, el sello de la Matriarca grabado a fuego en el lugar más íntimo de su cuerpo. La inyección reconstituyente lo mantenía en pie, lúcido, pero no eliminaba el ardor.
El anfiteatro se abrió ante él como una herida monumental.
Paredes de carne y hueso se elevaban hacia una penumbra donde brillaban luces orgánicas de colores: ámbar, verde pútrido, violeta sanguíneo, azul eléctrico. En los balcones tallados en la roca viva, cientos de amazonas observaban. Sus cuerpos diversos —musculosas, gruesas, fibrosas, espectrales— se recortaban contra la luz, y sus ojos, todos ellos, seguían cada paso de Hal con la misma intensidad con que los depredadores siguen a la presa.
El aire era espeso, una sopa de multiples olores, el almizcle de cientos de cuerpos femeninos sin lavar, el aroma metálico de la sangre seca que impregnaba las paredes, el dulzón de las flores carnívoras que crecían en los nichos, y por debajo de todo, un olor a sexo reciente, a fluidos derramados, a carne usada.
En el centro, sobre una plataforma de cráneos apilados, estaba el trono. Una masa de carne viviente, respaldada por columnas vertebrales entrelazadas, adornada con pelvis humanas como florones. De sus brazos brotaban tentáculos delgados que se movían lentamente.
Y en el trono, la Matriarca.
Su cuerpo masivo ocupaba el asiento como un paisaje. Hal no pudo evitar mirarla, los pechos colgantes, surcados de estrías profundas; el abdomen abultado, marcados por lineas plateadas de las estrias, el vello púbico espeso y negro extendiéndose por sus muslos y piernas, una maraña densa que desaparecía entre sus pliegues, las axilas, oscuras y húmedas, mostraban mechones crespos que brillaban con sudor; el olor a hembra alfa que llegaba hasta él incluso desde la distancia, una mezcla de sudor rancio y almizcle que se pegaba a la garganta, denso y abrumador.
Pero Hal desvió la mirada.
Cuando Hal estuvo a diez pasos del trono, las Criadoras se detuvieron. Él también. La Matriarca no se movió, pero sus ojos grises lo recorrieron de arriba abajo con una lentitud que hacía sentir cada centímetro de su piel expuesta.
—Acércate —ordenó. una voz profunda, cavernosa.
Hal dio un paso. Luego otro. Cuando estuvo a tres metros, sus piernas flaquearon, pero no cayó. Se mantuvo en pie por puro orgullo residual.
La Matriarca sonrió. Mostró su dientes afilados que brillaron bajo la luz ámbar. Su aliento, caliente y fétido, llegó hasta él, olía a carne cruda y a hierbas amargas.
—Las Criadoras dicen que tu rendimiento es… excepcional —dijo, su voz grave y poderosa—. Que tu cuerpo produce con una furia que rara vez vemos en los de tu especie.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, sus pechos colgantes oscilaron con el movimiento. El olor a sudor fermentado se intensificó.
—Pero yo no quiero datos, Cero. Quiero ver si tu espíritu es tan fértil como tu simiente. Todavia no eres un Semental, no hasta que yo no te monte.
Hal no respondió. No podía.
La Matriarca rió, un sonido profundo que retumbó en el anfiteatro.
Se giró hacia un rincón apartado del trono donde tres mujeres estaban arrodilladas.
—Mira, Sujeto Siete . ¿Las reconoces?
Al principio Hal tuvo que hacer un esfuerzo, luego reconoció primero a Mara.
Estaba desnuda. La habían depilado por completo,su vello púbico, sus axilas, las piernas, incluso sus cejas, dejando su piel extrañamente lisa, como un objeto recién fabricado. Un collar de metal ceñía su cuello. Su cuerpo seguía siendo grande y sólido, como Hal recordaba en su habitación de la Kūsō Maru. Los ojos de ella se encontraron con los de Hal por un instante, ella también lo había reconocido. A su lado, también arrodilladas, estaban Chen y Jax.
Hal intentó desviar la mirada, pero no pudo. sintió la punzada de su pene tensandose en una erección. nunca había visto a sus tripulantes así.
Chen, la más joven, la de cuerpo delgado como un muchacho, temblaba visiblemente. Su piel pálida estaba marcada por rozaduras recientes. También la habían depilado, y su fragilidad era aún más patente sin el vello que cubría su pubis. Olía a miedo ,ese aroma agrio y metálico que Hal conocía bien, mezclado con algo más, algo químico, las drogas que sin duda le habían inyectado.
Jax, la piloto de caderas anchas, conservaba algo más de su fortaleza física. Su cuerpo, depilado, mostraba la musculatura definida de quien ha nacido en plantas de gravedades extremas. Un collar similar ceñía su cuello.
ambas lo miraron con vergüenza, tratando de cubrirse su desnudez.
Detrás de ellas, una amazona del clan de Caza,delgada, fibrosa, con cicatrices rituales cubriéndole los brazos,sostenía una correa atada a los collares. Las manejaba como perros. De su piel emanaba un olor a cuero curtido y a sangre reciente.
Hal apretó la mandíbula.
— ahora son los juguetes de mi general de caza. la mejor es la gruesa. dócil. la de caderas grandes ha sido difícil de domar. y la flaca es solo un entretenimiento menor.
Hal sintió que el estómago se le contraía.
—No —susurró.
—Sí —respondió la Matriarca, disfrutando— y ahora haremos una pequeña prueba.
Hizo una seña a la general de Caza.
La general de Caza, una amazona de piel curtida y cicatrices que le cruzaban el torso, se adelantó. Detrás de ella, otras amazonas del clan arrastraban a tres hombres desnudos.
Hal los reconoció: Miller, Niko, Reyes.
Miller, el joven navegante, caminaba con la cabeza gacha, su cuerpo delgado marcado por magulladuras recientes. Los tatuajes geométricos de su cuello parecían manchas en su piel pálida. Su pene, flácido, colgaba entre sus muslos.
Niko, el científico cincuentón, tenía el vientre blando y los brazos delgados. Sin sus gafas, su rostro parecía perdido, desorientado. Su cuerpo mostraba la flacidez de la edad, y su pene, retraído por el miedo, era apenas un pequeño bulto.
Reyes, el ingeniero de mirada feroz, aún conservaba algo de su cinismo en la expresión, pero sus ojos delataban el terror. Su cuerpo era más robusto, con tatuajes de circuitos cubriéndole los brazos. Su pene, a diferencia de los otros, ya comenzaba a responder a las drogas que sin duda le habían inyectado.
Las amazonas los empujaron hacia donde estaban las mujeres arrodilladas.
— Que la prueba comience—anunció la Matriarca.
La general de Caza se acercó a Mara y la levantó por el collar, obligándola a ponerse de rodillas. Luego señaló a Miller.
—Tú. Ven aquí.
Miller dudó. Una amazona lo golpeó en la nuca y cayó de rodillas junto a Mara.
—Mírala —ordenó la general—. Es tuya. Úsala.
Hal sintió la furia crecer junto con su erección.
la matriarca sonrió al ver esa reacción.
Miller levantó la vista hacia Mara. Sus ojos se encontraron. En los de él había horror, súplica.
—Haz lo que digan—dijo ella con voz queda y lágrimas en los ojos.
—No puedo —susurró Miller—. Mara, yo no quiero…
Pero su cuerpo ya estaba respondiendo. Las drogas hacían su trabajo. Sintió un calor creciente en la pelvis, una presión que no podía controlar.
La general sonrió y se arrodilló detrás de él, pegando sus senos a su espalda. el muchacho sintió los pezones de la amazona en su espalda. Sus manos, largas y callosas, rodearon su torso y encontraron su pene flácido, Miller gimió y se retorció.
—Ya veremos.
Comenzó a acariciarlo con movimientos lentos y expertos. Otra amazona se colocó frente a Miller y le ofreció sus pechos pequeños y fibrosos, frotando sus pezones contra sus labios.
—Chupa —ordenó.
Miller obedeció, más por instinto que por voluntad. Su lengua encontró la piel áspera, y mientras chupaba, sintió cómo la mano de la general trabajaba su miembro.
Las drogas aceleraron su efecto: el calor se intensificó, la presión creció.
Su pene comenzó a endurecerse.
—No… —gimió Miller entre los pechos de la amazona—. No quiero… Mara, perdóname…
Pero su cuerpo no escuchaba. Su erección creció, firme, innegable.
—Mira —dijo la general, señalando a las otras.
Niko y Reyes estaban siendo sometidos al mismo tratamiento.
Niko yacía boca arriba, con una amazona montada sobre su rostro, su sexo presionado contra su boca. El olor era abrumador, a hembra, a humedad, a sexo sin lavar. Otra amazona le lamía el pene, que respondía lentamente a la estimulación, creciendo a pesar de la expresión de asco en su rostro. Su cuerpo flácido temblaba con cada lamida.
—Por favor… —intentó decir Niko, pero su voz se ahogó contra el sexo de la amazona—. Soy un viejo… no puedo…
Pero podía. Su pene, ahora erecto, demostraba lo contrario.
Reyes, más resistente, miraba fijamente a la amazona que lo estaba usando. Una de ellas lo cabalgaba mientras otra le succionaba los testículos. Su pene, completamente erecto, entraba y salía del sexo de la amazona con un ritmo que él no controlaba. Su mirada feroz se había transformado en una máscara de odio y placer mezclados.
—Hija de puta —gruñó—. Esto no es… no es…
Pero sus caderas seguían moviéndose.
—¿Ves, Siete ? —dijo la Matriarca, acercándose a Hal—. Todos responden. Todos. El cuerpo nunca miente.
Hal observaba, horrorizado. Veía cómo Miller, ahora con una erección completa, era guiado hacia Mara, a la que habían obligado a acostarse en con la espalda contra el suelo. abierta de piernas ofrecía su vagina depilada a Miller.
Miller intentaba no verla, pero sus ojos la recorrían sin parar, en su vientre blando, en las estrías de sus senos, grandes, caídos hacia los costados de su torso. el olor de su vagina llegó hasta el, salobre.
Su cuerpo se tensó cuando sintió el pene de Miller rozando su entrada. Sus músculos se contrajeron, intentando cerrarse, pero las drogas habían hecho su trabajo allí también. Su vagina estaba húmeda, lubricada, preparada.
—No… —susurró Mara, intentando mover sus caderas para que el miembro no la penetrara.
La general de caza sujetó a Mara por las caderas.
—Adentro —ordenó.
Miller, con lágrimas rodando por sus mejillas, penetró a Mara. Ella gimió,un sonido involuntario, al mismo tiempo que el y su cuerpo, traicionero, respondió al invasor. Sus caderas se movieron ligeramente, un reflejo pélvico que no podía controlar.
Hal sintió un nudo en la garganta. sentía cada embestida de Miller en la boca del estómago.
La Matriarcado sonrió.
—Lo siento —sollozó Miller mientras se movía dentro de Mara—. Lo siento, Mara, lo siento…
Mara cerró los ojos. Pero su cuerpo siguió respondiendo. La humedad aumentó. Sus músculos internos se contrajeron alrededor del pene de Miller, atrapándolo.
—Respondes bien, juguete—dijo la general, riendo.
A su lado, Niko era forzado a penetrar a Chen.
La joven, pequeña y frágil, gemía mientras el pene del hombre mayor entraba en ella. Sus ojos vidriosos miraban al techo, pero su cuerpo,ese cuerpo delgado que parecía incapaz de deseo, se movía también, con sus caderas empujando hacia atrás para encontrarse con él.
—Perdón —gimió Niko, su voz rota—. Chen, yo no… no quiero…
Pero sus manos agarraron las caderas de Chen con más fuerza. Sus embestidas se volvieron más profundas.
Chen lloraba en silencio, pero su vagina se apretaba alrededor de él.
Reyes, el cínico, había dejado de luchar. Montaba a Jax con una furia que parecía dirigida hacia sí mismo. Jax, la piloto de caderas anchas, recibía sus embestidas sin rechazo, su cuerpo,ese cuerpo entrenado para soportar gravedades extremas, respondía con una intensidad que la avergonzaba. Sus caderas se movían en círculos, buscando el ángulo perfecto. Su vagina se contraía rítmicamente alrededor del pene de Reyes.
Las amazonas reían, aplaudían, se excitaban. Algunas se masturbaban frente al espectáculo. Otras se unían, lamiendo, mordiendo, frotándose contra los cuerpos forzados.
El olor a sexo, a sudor, a fluidos, llenaba el anfiteatro. Era un olor denso, primitivo, que se pegaba a la piel y a los pulmones. Hal podía saborearlo en el aire, el agrio de los sexos femeninos, el salado del sudor, el dulzón del semen que comenzaba a mezclarse con todo.
No podía apartar la mirada. Sus párpados, aún fijados por la resina, se lo impedían.
Veía a Miller embistiendo a Mara, sus cuerpos chocando con un sonido húmedo. Veía a Niko, el viejo científico, moviéndose sobre Chen. Veía a Reyes, el ingeniero, poseyendo a Jax con una mezcla de rabia y deseo.
Y sintió cómo su propio cuerpo respondía.
El calor en su pelvis, que las drogas nunca habían apagado del todo, se intensificó. Su pene, magullado y dolorido, comenzó a llenarse de sangre. La erección creció, lenta pero inexorable, hasta que su miembro estuvo rígido, apuntando hacia adelante como una acusación.
Hal quiso gritar, quiso negarse, pero su cuerpo no le pertenecía.
La Matriarca lo notó. Sus ojos grises se desviaron hacia su entrepierna, y su sonrisa se ensanchó.
Se acercó lentamente, su cuerpo masivo moviéndose con una gracia pesada. Cuando estuvo frente a él, se arrodilló. Sus ojos quedaron a la altura de su pelvis. El vello de sus axilas, espeso y oscuro, quedó expuesto, y el olor a sudor fermentado se intensificó.
—Déjame olerte —dijo, e inhaló profundamente, su nariz rozando la piel de su vientre. El olor de Hal,sudor, miedo, y ese deseo químico que las drogas provocaban, llenó sus fosas nasales—. Hueles a deseo. A pesar de tu miedo. A pesar de tu furia.
Hal sintió su lengua, caliente y áspera, recorriendo la base de su pene. Fue un roce breve, apenas un segundo, pero suficiente para que su cuerpo se tensara. El olor de ella, ese almizcle denso y animal, lo envolvió por completo.
La Matriarca se levantó, satisfecha.
—Podrías correrte ahora mismo —dijo—. Con solo verlos, con solo sentir mi lengua. Pero antes de que lo hagas, escucha bien.
Se inclinó sobre su oído, su aliento caliente y fétido.
—Si te corres antes de que ellos terminen, si tu cuerpo te traiciona, cada una de esas mujeres morirá como tus hombres en el hangar. Una por una.
las mataremos lentamente, y tú las verás. ¿Entiendes?
Hal asintió, sin aliento.
—Bien. Ahora, resiste.
Hal apretó los dientes. Miró la escena frente a él, mientras una amazona acariciaba su pene, usando sus manos y su boca.
Miller se movía sobre Mara, con sus embestidas cada vez más rápidas. El joven navegante estaba cerca del orgasmo, su rostro contraído en una mueca de agonía.
—Mara… —gemía—. Mara, perdóname… no puedo… no puedo controlarlo…
Mara, bajo él, había dejado de resistirse. Su cuerpo se movía al ritmo de las embestidas, un reflejo que no podía detener. Su vagina se contraía alrededor de él, succionando, atrayendo. El olor de su propio deseo, mezclado con el de Miller, la avergonzaba más que cualquier violencia.
—Lo sé —susurró—. Lo sé… yo tampoco…
Las amazonas las animaban, reían, contaban los segundos.
Niko gemía mientras penetraba a Chen. La joven había comenzado a mover las caderas con más intensidad, su cuerpo buscando el orgasmo aunque su mente lo rechazara. Los músculos de su vagina se contraían rítmicamente, apretándose alrededor del pene del viejo.
—Chen… —gimió Niko—. Chen, yo soy como tu padre… esto está mal…
—Lo sé —lloró ella, pero sus caderas seguían moviéndose—. Lo sé… pero no puedo… no puedo parar…
Niko cerró los ojos y eyaculó con un sollozo, derramándose dentro de ella. Su cuerpo se convulsionó mientras el semen llenaba a Chen.
—¡Uno! —gritó una amazona—. ¡El viejo se ha corrido!
Niko cayó sobre Chen, jadeante, mientras las amazonas lo separaban de ella. Chen quedó tendida, con las piernas abiertas, el semen de Niko goteando de su interior. Pero su cuerpo seguía moviéndose, pequeñas convulsiones residuales que buscaban más.
Reyes, sobre Jax, seguía embistiendo con furia. La piloto, por primera vez, emitió un gemido largo. Sus caderas se movían en círculos, buscando el punto exacto. Su vagina se contraía violentamente alrededor de él.
—Jax… —gruñó Reyes—. Jax, ¿qué nos han hecho?
—No lo sé —respondió ella, su voz rota—. Pero no puedo… no puedo dejar de…
Reyes eyaculó con un rugido de rabia y placer, derramándose dentro de ella mientras sus cuerpos se convulsionaban juntos.
—¡Dos! —anunció otra amazona.
Solo Miller seguía. Sus caderas se movían frenéticas, su respiración era jadeante. Mara, bajo él, había comenzado a moverse también, sus caderas empujando hacia arriba para encontrarse con él.
—Mara… —gimió Miller—. Voy a… no puedo más…
—Yo también —susurró ella, y sus ojos se encontraron por un instante—. Yo también…
Miller gritó,un sonido desgarrado, y eyaculó. Su cuerpo se convulsionó mientras su semen llenaba a Mara. Ella gimió, un sonido largo y tembloroso, y su vagina se contrajo violentamente, exprimiendo cada gota. El orgasmo la sacudió por completo, sus caderas levantándose del suelo, su espalda arqueada, su boca abierta en un gemido que no era fingido.
Hal sintió algo nuevo atravesar su pecho, una punzada de rabia, caliente y venenosa. No era solo horror. No era solo asco. Era celos. Un absurdo, imposible, retorcido sentimiento de posesión al ver a Miller,el joven navegante, el muchacho que apenas era un hombre, vaciándose dentro de Mara, al ver el cuerpo de ella responder con un orgasmo genuino, al ver su vagina apretarse alrededor de otro pene, al ver su rostro contraído en un éxtasis que él no le había provocado.
—¡Tres! —corearon las amazonas.
Hal sintió el orgasmo acumulándose en su propia pelvis. La presión era insoportable. Su pene palpitaba, listo para disparar. Apretó los puños, clavó las uñas en las palmas, pensó en el dolor, en el miedo, en todo excepto en la sensación. Pero esa punzada de celos, esa rabia irracional, se mezcló con el deseo químico, alimentándolo, haciéndolo más difícil de controlar.
El olor a semen fresco inundaba el anfiteatro, mezclado con el sudor y los fluidos femeninos. Era un aroma denso, casi sólido, que se metía en los pulmones y excitaba los sentidos.
La Matriarca lo observaba, divertida.
—Resiste, Siete —susurró—. Resiste como resististe en el hangar.
Hal contuvo el aliento. Los músculos de su perineo se contraían en espasmos premonitorios. La uretra ardía.
Vio a Mara, tendida en el suelo, con el semen de Miller goteando de su entrepierna, su vagina aun contrayéndose, al mismo tiempo que su cara, ella lo miró con vergüenza y aparto la mirada. Vio a Chen, encogida, temblando, con las manos entre las piernas como si intentara retener lo que ya había salido. Vio a Jax, inmóvil, su mirada perdida, pero con pequeñas convulsiones sacudiendo aún sus muslos.
Y sintió cómo el orgasmo, lentamente, comenzó a replegarse. No desapareció, pero dejó de ser inminente. Había resistido.
La Matriarca aplaudió lentamente.
—Impresionante —dijo—. Realmente impresionante.
Se giró hacia los clanes y alzó los brazos.
—¡Hijas de Antígona! —rugió, su voz llenando el anfiteatro—. ¡Hoy la Cosecha tiene nombre!
Señaló a Hal.
—Este será el nuevo semental de la Gran Matriarca. Pero antes… debe ser domado. ¿Quién de mis generales reclama el turno para romper su orgullo?
Las amazonas rugieron, aplaudieron, golpearon el hueso con los pies. El olor de su excitación colectiva,sudor, feromonas, deseo, llenó el aire.
La general de Caza, aún húmeda por la excitación, se adelantó.
—Yo, Matriarca. Deja que mi clan lo disfrute esta noche. Mañana te lo devolveremos… más dócil.
La Matriarca asintió.
—Que así sea. Llévenselo.
Las Criadoras sujetaron a Hal por los brazos. Mientras lo arrastraban fuera del anfiteatro, Hal giró la cabeza para ver una última vez a Mara.
Seguía tendida en el suelo. Chen y Jax también. Las amazonas se acercaban a ellas, listas para comenzar de nuevo. Una de ellas ya estaba arrodillada entre las piernas de Chen, lamiendo el semen que goteaba de ella, mientras la chica se contorsionaba.
Los cuerpos de Miller, Niko y Reyes yacían en un rincón, agotados, vaciados.
Hal quiso gritar, pero su garganta solo produjo un gemido.
La última imagen que vio, antes de que la puerta de carne se cerrara, fue la de Mara, levantando la cabeza y mirándolo. En sus ojos, por un instante, creyó ver algo que quizás era un adiós. y una súplica de perdón por lo que habían obligado a hacer.