Una vez mas nos volvemos a encontrar mis queridos lectores, continúo experimentando estilos narrativos y verificando la gramática y ortografía con ayuda de la IA, en este caso en particular, he intentado que la trama sea un poco mas perversa de lo acostumbrado, espero les guste.
Como siempre, estoy atenta a sus comentarios, sugerencias y por supuesto, fantasías que será un placer transformarlas en relatos.
Ana Raquel
Mi sobrina María
Parte I
La llegada de Mario
Mario llegó a la casa de sus tíos con diecinueve años, una maleta barata y la certeza de que la universidad sería su boleto hacia la independencia. Se equivocaba.
Marcela la hermana mayor de su madre, lo recibió en la puerta con un vestido negro muy ceñido que marcaba cada curva generosa de su cuerpo maduro, medias negras con costura trasera y tacones de aguja que resonaban como pequeños martillos sobre el piso de mármol. Sus labios estaban pintados de un rojo sangre brillante y sus ojos lo recorrieron de arriba abajo como si ya estuvieran midiendo cuánto material había para moldear.
— Pasá, sobrino —dijo con esa voz grave y melosa que nunca pedía permiso—. Acá vas a estar muy bien… siempre y cuando aprendas rápido quién manda.
Esa misma noche, sentados en el sillón de cuero negro, con Rodolfo observándolo en silencio desde el otro extremo, Marcela le expuso las condiciones con la naturalidad de quien dicta una sentencia:
— A cambio de techo, comida y no pagar un centavo de alquiler, vas a cumplir cuatro reglas innegociables:
1. Mantener la casa impecable.
2. Tu cuarto como quirófano.
3. Comportarte como persona decente delante de visitas.
4. Y obedecerme a mí en absolutamente todo. Sin peros. Sin caras. Sin retrasos.
Hizo una pausa, cruzó las piernas dejando que el nylon crujiera audiblemente y añadió con una sonrisa lenta:
— Y quinta regla, que no te dije por teléfono porque quería verte la cara: A partir de mañana empieza tu educación de verdad.
Al día siguiente Mario descubrió lo que significaba esa frase.
El cuarto que le asignaron era amplio, luminoso… y perturbadoramente femenino. Un armario empotrado de cuatro puertas espejadas ocupaba toda una pared. Al abrirlo sintió que le faltaba el aire: a la izquierda colgaban tres camisas, dos pantalones y un par de zapatillas viejas. El resto —el ochenta por ciento del espacio— era un catálogo de sumisión travestida: corsets de satén y cuero, braguitas de encaje, tangas diminutas, ligueros, medias de costura, sostenes con copas grandes, faldas plisadas indecentemente cortas, vestidos de colegiala, de mucama, de novia pervertida, tacones de 10 a 14 cm, pelucas de todos los tonos y largos, prótesis mamarias de silicona de diferentes tamaños, plugs anales con pedrería, collares de perrito con argolla…
Marcela apareció detrás de él en el reflejo del espejo, sosteniendo una afeitadora eléctrica y un frasco de crema depilatoria.
—Primera lección —dijo mientras le ponía ambas cosas en las manos—. De ahora en adelante tu piel va a estar tan suave y depilada como la de cualquier putita cara. Axilas, pecho, piernas, brazos, entrepierna, culo, todo. Incluido el culo, Mario. Quiero verte brillar cuando te agaches. Tenés hasta las 20 hs. Si queda un solo pelo, te depilo yo misma… con cera caliente y sin anestesia.
Esa tarde Mario se encerró en el baño y obedeció. Cuando terminó, su cuerpo entero ardía y temblaba. Se sentía ridículamente expuesto, lampiño como un adolescente prepúber.
Pero lo peor vino dos días después.
Marcela lo hizo desnudarse frente al espejo del armario. Le colocó el dispositivo de castidad ella misma: un modelo de policarbonato transparente, jaula diminuta, anillo ajustado a la base de los testículos y un pequeño candado numerado. Mientras lo cerraba, sus uñas largas rojas rozaban deliberadamente la piel sensible.
—Esto —susurró junto a su oreja— es para que no te toques nunca más sin permiso. Ese cuerpito depilado y esa cosita pequeña ya no son tuyas para jugar. Son mías. Y las voy a usar cuando, como y con quien yo decida.
El clic del candado resonó como un disparo en la cabeza de Mario.
A partir de ese momento el ritual diario fue incrementándose poco a poco, convirtiéndose en una ceremonia de aniquilación lenta de su identidad masculina.
Una semana se agregó la ropa interior femenina.
A la semana siguiente, las medias de nylon.
Luego, los zapatos de tacón, primero bajo, y luego su altura aumentó progresivamente hasta alcanzar los 12 centímetros.
Todas las semanas, al llegar, encontraba las instrucciones escritas por su tía, indicándole la ropa y los accesorios que debía utilizar, así, luego de seis meses su identidad masculina fue lentamente destruída.
Cada tarde, al volver de la facultad:
– Se quitaba la ropa de varón y la guardaba en el cajón inferior del armario, como si escondiera pruebas de un delito.
– Se colocaba un corset de ballenas de acero que le robaba varios centímetros de cintura y le obligaba a respirar en jadeos cortos y femeninos.
– Se ponía medias de nylon blancas o negras, sujetas con seis u ocho ligas que tironeaban cada vez que caminaba.
– Elegía braguitas de encaje tan pequeñas que apenas contenían la jaula de castidad; el plástico quedaba perfectamente visible bajo la tela transparente.
– Se insertaba un plug anal mediano (al principio) que Marcela le exigía llevar “para mantenerte abierta y recordarte cuál es tu lugar”.
– Se colocaba las prótesis mamarias C o D, según el humor de la tarde, y un sostén push-up que las hacía parecer obscenas.
– Se vestía con faldas cortísimas —plisadas de colegiala, de cuero, de tablillas— que dejaban ver el elástico de las medias y, a veces, el borde del plug si se inclinaba apenas.
– Se calzaba tacones de aguja de 12 cm que lo obligaban a caminar con pasitos cortos y balanceo de cadera involuntario.
Luego venía el tocador.
– Base de maquillaje para borrar cualquier rastro de masculinidad.
– Corrector bajo los ojos.
– Sombras rosadas o violetas, delineador negro corrido, pestañas postizas largas.
– Labios delineados y rellenos de brillo o matte rosa puta.
– Uñas postizas largas, siempre pintadas del mismo color que los labios.
– Aros de aro grandes que colgaban y rozaban el cuello.
– Collar de perrito discreto (con argolla oculta bajo el escote) que Marcela ajustaba “para que no te olvides a quién le perteneces”.
Finalmente la peluca: rubia platino lacia o con ondas, siempre larga, siempre dividida en dos trenzas de colegiala pervertida o en una coleta alta que invitaba a ser tomada como rienda.
Cuando terminaba y se ponía frente a los espejos de cuerpo entero, Mario ya no existía.
Había una chica de mirada sumisa y cuerpo hipersexualizado. Una sobrina imaginaria que respondía al nombre de María. Una putita obediente que se mojaba solo con escuchar la voz de Marcela llamándola desde abajo.
— Bajá, María —decía la tía con ese tono que era mitad miel, mitad látigo—. Vení a mostrarle a tu tía lo bien que aprendiste a caminar con tacones… y a gatear, si te portás mal.
Y María bajaba. Taconeando. Con las trenzas balanceándose. Con el plug moviéndose dentro. Con la jaula apretando. Con el corazón latiéndole en la garganta.
Mario se había convertido en un recuerdo borroso.
María, en cambio, crecía cada día más adentro… y cada día más hambrienta.
Parte II – El castigo
Mario llegó a la casa de sus tíos, hacía cuatro años, desde que comenzó la universidad que vivía con ellos, su tía, hermana de su madre, le había ofrecido en su momento alojamiento, tanto para reducir los gastos de estudio como también por conveniencia ya que su vivienda estaba relativamente cercana del lugar de estudios.
A cambio del alojamiento y comida que sus familiares le brindaban, el se había comprometido a ayudar en las tareas de la casa, mantener su cuarto siempre ordenado, comportarte correctamente y especialmente, obedecer a su tía en todo momento.
Durante estos cuatro años, había sido educado según los gustos particulares de Marcela y Rodolfo, tal los nombres de sus tíos, subió a su amplio cuarto, de aproximadamente cuatro metros por tres y medio, una de cuyas paredes estaba cubierta en su totalidad por un armario con espejos de cuerpo entero en cada una de sus puertas corredizas.
La pared frente al ropero contaba con un amplio ventanal y un pequeño balcón, en el centro de la habitación una cama de plaza y media, frente a ella, un televisor de pantalla plana fijado a la pared, debajo, un pequeño escritorio con una computadora y a su lado un tocador repleto de cosméticos y artículos de maquillaje.
Se quitó la ropa y contempló su cuerpo completamente depilado (una de las primeras normas que debía cumplir en la casa era la de mantener su cuerpo completamente depilado) y el dispositivo de castidad que le impedía cualquier tipo de erección (otra de las normas que le habían sido impuestas, para «evitar ese hábito tan desagradable de tocarse» le había dicho su tía al colocárselo).
Abrío una de las puertas del armario y contempló su contenido, de las cuatro puertas solo una tenía un escaso número de prendas masculinas, el resto estaba saturado de vestidos de todo tipo y color, lencería, zapatos, pelucas, etc.
Comenzó entonces el ritual diario de transformarse, eligió un corset tipo victoriano de color crema que redujo considerablemente su cintura, unas medias de nylon blancas que sujetó al corset con ocho tirantes, una falda escocesa muy corta que apenas cubría la empuñadura de las medias, prótesis mamarias de tamaño mediano para rellenar el sostén, una blusa blanca de mangas largas y finalmente zapatos tipo guillermina, por supuesto, con un tacón de 12 centímetros.
Así, con un aspecto andrógino, se sentó frente al tocador y comenzó a maquillarse, colores pastel para los ojos, rosa para los labios, aplicó uñas postizas que pintó del mismo color que sus labios, luego los accesorios, anillos, pulseras y aros de colgar en sus orejas perforadas.
El toque final fue una peluca rubia lacia, larga un poco mas allá de sus hombros que amarró en dos trenzas a los costados de su cabeza, dándole el aspecto de una colegiala un tanto perversa y quizá, demasiado sexualizada.
Mario había desaparecido y ahora su lugar lo ocupaba María, la sobrina ninfómana de Marcela.
Que haría ahora? Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la habitación de sus tíos y del armario donde sabía que su tía guardaba los juguetes sexuales, eligió dos consoladores de aspecto realista, fue hasta su cama y mientras besaba uno simulando que era un pene, introdujo lentamente en su ano el segundo.
Estaba así, absorta en sus juegos que no oyó a su tía entrar en la casa, hasta que fue tarde, de pronto la vió parada en el dintel de la puerta, una mujer de aproximadamente 50 años, opulenta y de formas generosas, su figura imponente y autoritaria, maquillaje intenso, donde resaltaba el rojo de sus labios, medias negras de nylon que terminaban en unos zapatos de taco aguja de doce centímetros, un vestido negro, muy ajustado al cuerpo, con una falda tubo que resaltaba sus caderas y un escote cuadrado el cual apenas podía contener su busto doble D.
– Que es esto? Preguntó.
– Perdón tía, no pude contenerme.
– Pero si serás puta !!!, sabés que tenés prohibido jugar cuando estás sola.
– Lo siento mucho, por favor perdóneme tía.
– Que perdonarte ni ocho cuartos !!!, dijo mientras entraba en la habitación y se sentaba en la silla frente al tocador.
– No volverá a pasar.
– Claro que no volverá a pasar, es momento de darte una lección, ya sabés lo que tenés que hacer.
María sin decir palabra, se acercó a su tutora y se recostó sobre sus piernas. La tía entonces levantó su falda, dejando sus nalgas al descubierto y el consolador todavía enterrado dentro de ella.
– Pensaste que no me daría cuenta?
– No señora, es que creí que llegaría mas tarde.
– Quiere decir que cuando no estoy te crees con derecho de hacer lo que quieras.
– Le pido me disculpe.
Por única respuesta la tía comenzó a aplicarle nalgadas mientras repetía: – Que sea la última vez, que tienes que decir?
– Gracias por educarme Señora.
Sin mediar otra palabra, continuó aplicando nalgadas, cada vez mas fuertes, mientras que con la otra mano, introducía y retiraba el pene artificual de su cola.
No se sabe si fue la excitación que secretamente le generaba las nalgadas, el vaivén del consolador dentro suyo, o el roce de su cuerpo contra el nylon que enfundaba las piernas de su tutora, o una combinación de todos estos factores, mas de pronto, comenzó a eyacular profusamente a través del dispositivo de castidad, cayendo todo su semen sobre las piernas y los zapatos de la Señora.
– Pero que puta que sos. Acabás sin permiso mientras te estoy castigando. No pienso cambiarme así que ahora vas a limpiar tu desastre con tu lengua, empezá por mis zapatos.
María se inclinó en el piso, y tomando uno de los pies de su tutora, comenzó a lamer su semen hasta dejarlos completamente limpios, acto seguido, su lengua recorrió las piernas hasta dejarlas limpias.
– No creas que esto se termina aquí, veo que todavía te falta mucho por aprender. Se levantó y tomando a su sobrina de una oreja comenzó a arrastrarla por el pasillo.
– Hay tía, duele !!!.
– Lo hubieras pensado antes de jugar sola, podrías haber intentado aunque sea no ensuciar mi ropa, ahora ya es tarde.
La guío hasta la cocina y abrió la puerta del sótano.
– No el sótano no !!!, por favor.
– El sótano si, ya verás lo que es bueno.
Bajaron las escaleras y al encender la luz se podía ver una mazmorra completamente equipada, una cruz de San Andrés en un rincón, un potro en el centro del mismo, una de las paredes contaba con una multitud de elementos de castigo desde plugs, arneses, mordazas, floggers, esposas, correas de distintos tipos, etc.
En un costado de la habitación sobre una de las paredes libres había una silla, de su centro emergía un consolador de látex de considerables dimensiones, al menos treinta centímetros por cinco de diámetro, hacia el se dirigieron ambas.
– La silla no por favor.
– La silla si, es por tu bien, ahora aprenderás la lección.
La hizo posicionarse sobre el consolador ya lubricado y ejerciendo presión sobre sus hombros, la obligó a empalarse a si misma hasta que estuvo por completo dentro suyo. A continuación fue hasta la pared, tomó un par de esposas, hizo que su sobrina pusiera las manos en la espalda, por detrás del respaldo de la silla y las colocó.
Acto seguido, tomó dos pares mas de esposas, las que aplicó en sus tobillos asegurándo cada una de sus piernas a las patas traseras de la silla en una posición bastante incómoda.
Finalmente, colocó un par de auriculares, activó un reproductor de mp3, tomó una mordaza y mientras la amarraba en su nuca le dijo: – Así evitaremos tener que oir tus lamentos, quiero tener una tarde tranquila, cuando venga tu tío veremos que hacemos contigo.
Dicho esto, se retiró, apagó la luz y cerró la puerta dejándola completamente a oscuras.
María quedó en la mas completa oscuridad mientras oía el mantra que repetía el mp3:
– Soy una puta.
– Mi propósito es servir.
– Mis tíos me guían.
– Mi educación es para mi bien.
– Los castigos son para educarme.
Sin ningún sentido del tiempo, oyendo una y otra vez el mantra con la saliva escurriendo de su boca amordazada y cayendo sobre su blusa, María recordó el camino que había recorrido desde su llegada a la casa hasta este momento.
Parte III
La llegada de Rodolfo
La puerta del sótano se abrió con un chirrido metálico que cortó la oscuridad como un cuchillo. María, aún empalada hasta el fondo en el consolador de 30 cm que salía del asiento, tenía las muñecas y tobillos esposados, la mordaza de bola hinchada en la boca y los auriculares vomitando el mantra una y otra vez: *Soy una puta… Mi propósito es servir… Los castigos son para educarme…*
No oyó los pasos pesados bajando la escalera. Solo sintió el cambio en el aire: un olor a cigarrillo, a aftershave barato y a hombre adulto que invadió la mazmorra antes que la voz.
— Marcela… ¿qué carajo tenés acá abajo?
La voz de Rodolfo era grave, ronca, sin prisa. María sintió cómo el cuerpo de su tía se movía detrás de ella.
— Se portó mal, mi amor. Se masturbó sola como una perra en celo. La dejé cuatro horas en la silla-culo para que reflexione. Mirá cómo chorrea… hasta la tapicería está empapada.
Rodolfo se acercó. María sintió primero el calor de su aliento en la nuca, luego el roce áspero de su mano callosa bajando por la espalda sudada, hasta llegar al punto donde el látex monstruoso desaparecía dentro de ella. Dos dedos gruesos presionaron el borde del ano dilatado, forzando el anillo muscular a abrirse un poco más alrededor del consolador.
— Joder… está abierta como un túnel. ¿Cuánto tiempo lleva así?
— Desde las cuatro. Ya debe tener el culo como gelatina.
Rodolfo soltó una risa baja y oscura.
— Sacala. Quiero probarla yo mismo.
Marcela quitó las esposas de tobillos y muñecas con rapidez. El consolador salió con un *schlurp* húmedo y obsceno, dejando un vacío que hizo que María gimiera contra la mordaza. Un hilo grueso de lubricante mezclado con sus propios jugos le chorreó por los muslos depilados hasta los tacones.
Rodolfo la agarró del pelo —las dos trenzas rubias— y la levantó como si pesara nada. La empujó contra el potro de castigo, boca abajo, la falda escocesa levantada hasta la cintura. María sintió el frío del cuero contra sus prótesis mamarias y el olor fuerte de su propio culo abierto llenándole la nariz.
— Mirá qué lindo está —murmuró Rodolfo mientras se bajaba el cierre del pantalón—. Depilado, enjaulado, pintado como una puta de quince. Perfecto.
El primer empujón fue brutal. Sin preámbulos, sin más lubricante que el que ya chorreaba de ella. La polla de Rodolfo —gruesa, venosa, con olor a sudor de todo el día— entró de un solo golpe hasta el fondo. María gritó contra la mordaza, el sonido ahogado y gutural. Sintió cada centímetro estirándola, el glande rozando paredes que ya estaban sensibles y ardientes. El olor a sexo crudo le llenó la cabeza: sudor masculino, semen viejo, cuero y el perfume caro de Marcela que se mezclaba con todo.
— Follala fuerte —ordenó Marcela, sentándose en el borde del potro y encendiendo un cigarrillo—. Quiero oír cómo le revienta el culo.
Rodolfo empezó a bombear. Cada embestida sonaba como un golpe húmedo y carnoso: *plap-plap-plap-plap*. El potro crujía. Las prótesis mamarias de María se aplastaban contra el cuero. Sentía los huevos pesados de su tío golpeándole el clítoris enjaulado, el anillo de castidad clavándose en la piel sensible. El dolor era ardiente, profundo, pero debajo de él crecía un calor líquido que le hacía contraer el ano alrededor de la polla invasora.
Marcela se acercó, le quitó la mordaza de un tirón y le metió dos dedos con olor a cigarrillo en la boca.
— Chupá, putita. Prepará esa garganta para tu tío.
Mientras Rodolfo follaba el culo sin piedad, Marcela se puso de pie, se subió el vestido y se sentó directamente sobre la cara de María. El olor era abrumador: coño maduro, húmedo, con el sabor salado y metálico de la excitación de toda la tarde. María lamió desesperada, lengua adentro, nariz aplastada contra el clítoris hinchado, mientras Rodolfo aceleraba.
— Cambiemos —dijo Rodolfo de pronto, sacando la polla con un sonido húmedo. El ano de María quedó abierto, palpitando, un agujero rojo y brillante que no se cerraba.
La voltearon. Ahora estaba de espaldas sobre el potro, piernas abiertas y atadas a los lados.
– Ayudame con el vestido, le dijo Marcela a su esposo. Este se acercó abriendo el cierre de la espalda y dejando caer el vestido. Revelando un cuerpo voluptuoso e impresionante, sus pechos parecían querer salir de las tazas del corset negro con ballenas metálicas que le daba una cintura diminuta, fue hasta la pared donde estaban los distintos juguetes y se colocó un arnés varios consoladores negros, un par interiores de por lo menos 20 centímetros que iría directo a su ano y su vagina y uno exterior 25 cm que rápidamente se hundió en el culo de María de un solo golpe, mientras Rodolfo se paraba sobre el potro y le metía la polla directamente en la garganta hasta el fondo.
Doble penetración total.
María sintió que se partía. El consolador de Marcela entraba y salía con furia, golpeando la próstata; la polla de Rodolfo le follaba la boca sin piedad, los huevos golpeándole la barbilla, el olor a sudor y pre-semen inundándole la nariz. Lágrimas negras de rímel le corrían por las mejillas. Arcadas constantes. Saliva y mucosidad chorreando por su barbilla hasta las prótesis mamarias.
— Mirá cómo traga —gruñó Rodolfo—. La puta se corre sin tocarse.
Y era verdad. El orgasmo de María llegó sin permiso: un chorro largo y continuo de semen blanco salió disparado de la jaula de castidad, salpicando el vientre de Marcela y el potro. El cuerpo le temblaba entero, el ano se contraía violentamente alrededor del consolador, la garganta se cerraba alrededor de la polla.
Rodolfo no se detuvo. Empujó más profundo, hasta que las bolas le taparon la nariz, y eyaculó directamente en el esófago. María sintió el calor espeso, el sabor amargo y salado inundándole la garganta, obligada a tragar o ahogarse. Al mismo tiempo Marcela empujó hasta el fondo y se corrió con el arnés, gritando y clavándole las uñas en los muslos.
Se retiraron al mismo tiempo.
María quedó tirada sobre el potro, jadeando, tosiendo semen, con el culo abierto y palpitante que no se cerraba, chorreando una mezcla blanca y viscosa que le bajaba por las nalgas hasta el piso. El olor era denso: semen, sudor, coño, lubricante, cuero caliente. Tenía la cara destrozada de maquillaje corrido, los labios hinchados, el pelo pegado a la frente por sudor y saliva.
— Bienvenida a la familia de verdad, sobrina, le dijo Marcela.
Y la noche apenas empezaba.