Elena Vargas tenía dieciocho años recién cumplidos cuando pisó por primera vez el campus de la Universidad Complutense de Madrid. Era una joven de belleza serena y natural: cabello negro como la medianoche que le caía en ondas suaves hasta la mitad de la espalda, ojos verdes que brillaban con una curiosidad casi infantil, piel pálida y tersa como porcelana, y un cuerpo esbelto pero con curvas generosas que el uniforme universitario —vaqueros ajustados y blusas sencillas— no lograba ocultar del todo. Venía de un pueblo pequeño de Andalucía, donde la vida transcurría lenta entre olivares y siestas eternas. Su madre, viuda desde hacía años, la había criado con mano firme y sueños grandes: «Estudia, Elena, y conquista e
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