Capítulo 2

Era una noche de martes cualquiera, de esas entre semana en las que el bus intermunicipal sale casi vacío. Iba hacia Tunja desde el Terminal del Norte en Bogotá, alrededor de las 9 pm. El bus era uno de esos viejos de dos pisos, con asientos reclinables pero olor a gasolina y a gente cansada. Poca gente: un par de señoras adelante, un tipo durmiendo con audífonos, y yo en la parte de atrás, fila del medio, sola en mi asiento doble. Me senté al lado de la ventana, con jeans ajustados, sudadera holgada sin brasier y zapatillas. Llevaba una manta fina por si refrescaba.

El viejito se subió en la última parada antes de salir de la ciudad. Un señor de unos setenta, pelo blanco escaso, chaqueta gastada, maletín pequeño y esa cara de quien viaja mucho por trabajo o familia. Se sentó a mi lado porque el bus estaba casi vacío y el asiento de al lado mío era el único doble libre. Me saludó con un “buenas noches, señorita” cortés, voz ronca pero amable. Yo le respondí sonriendo, y empezamos a charlar para romper el hielo.

Hablamos de lo de siempre: el tráfico de Bogotá, lo caro que está el pasaje, el frío que pega en Boyacá. Él era de Tunja, iba a ver a su hija y a los nietos. Yo le conté que iba por trabajo (mentira piadosa). La charla subió de tono poco a poco: comentarios sobre lo sola que se siente una en la carretera de noche, lo aburrido que es el viaje, lo que uno extraña de la juventud. Noté que me miraba de reojo cuando me inclinaba a sacar algo de la mochila, que se le aceleraba la respiración cuando me acomodaba la sudadera y se me marcaban las tetas. Se le notaba la erección debajo del pantalón viejo de dril, un bulto que intentaba disimular cruzando las piernas.

A mitad del camino, cuando el bus ya iba por la autopista y las luces de Bogotá se perdían atrás, le puse la mano en el muslo despacio.

—¿Le molesta? —le pregunté bajito.

Negó con la cabeza, tragando saliva. Miré alrededor: las señoras dormían, el tipo de audífonos roncaba, el chofer concentrado en la carretera y la luz del bus tenue. Nadie nos veía bien desde atrás.

Le bajé el cierre despacio, saqué la verga con cuidado. Era gruesa para su edad, venosa, con la cabeza morada y ya goteando un poco de precum. Olía a hombre mayor: jabón barato, sudor del día y ese aroma cálido de piel curtida. Me incliné como si estuviera buscando algo en mi mochila, pero en realidad me la metí en la boca.

Chupé despacio al principio, lengua plana lamiendo la cabeza en círculos, saboreando el precum salado. Bajé hasta la base, metiéndomela hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi lengua. Él gemía bajito, intentando no hacer ruido, agarrándome el pelo con mano temblorosa. Aceleré el ritmo: succioné fuerte, lamí las bolas arrugadas y peludas, volví a la verga y la mamé profundo, haciendo ruiditos húmedos que se perdían en el ronroneo del motor.

No duró mucho. Se tensó, me agarró la cabeza con más fuerza y se vino en chorros calientes, espesos, directo a mi garganta. Tragué todo, sin soltar, sintiendo cada latido mientras vaciaba. Cuando terminó, saqué la verga despacio, la limpié con la lengua: lamí la cabeza, el tronco, las bolas, hasta dejarla brillante y limpia. Le subí el cierre con cuidado, le acomodé la chaqueta y me senté derecha como si nada.

Nos miramos un segundo. Él respiraba agitado, cara roja, ojos vidriosos.

—Gracias, mija… —susurró, voz temblorosa.

Yo solo le sonreí, me limpié la boca con el dorso de la mano y me acomodé la sudadera.

—Buen viaje, abuelo.

El resto del trayecto fue en silencio. Él se durmió casi de inmediato, cabeza contra la ventana. Yo me quedé mirando la carretera oscura, con el sabor salado todavía en la boca, la concha mojada y una sonrisa satisfecha. Nadie se enteró. Nadie preguntó. Solo un viejito en un bus nocturno que se fue a Tunja con un secreto que no va a contar nunca.

Y yo… yo solo quería sentir esa verga vieja latiendo en mi garganta. Y lo logré. Rico.

Con 40 profesionales reales

Me follo al pizzero en la calle Jovencita y viejo en una ferretería