Capítulo 2

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La tormenta azotó la ciudad esa noche con una furia que parecía anunciarse desde el atardecer. José, recostado en el sofá de su casa, escuchaba el eco lejano de los truenos mientras revisaba su teléfono por enésima vez. Sus padres estaban a cientos de kilómetros, disfrutando de un viaje que los mantendría fuera por una semana más, y él, en medio de esa soledad inesperada, sentía cómo el aire se espesaba con cada relámpago que iluminaba el salón. La casa, normalmente cálida, ahora parecía enorme, vacía, como si las paredes retuvieran el peso de algo por suceder.

Elsonido de la lluvia golpeando los cristales se mezcló con el de la puerta al abrirse. Yaneth entró sin llamar, como solía hacer cuando sabía que estaba solo, sacudiéndose el agua de los hombros con un gesto elegante. Llevaba un vestido ceñido, de ese azul oscuro que resaltaba el tono miel de su piel, y que se pegaba a sus curvas con cada movimiento. José levantó la vista, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello al verla así, con el cabello ligeramente despeinado por el viento y los labios brillantes, como si los hubiera humedecido antes de cruzar la calle.

—¿No tenías miedo de mojarte? —preguntó él, intentando que su voz no delatara el nudo que se le formaba en la garganta.

Yaneth sonrió, dejando caer el bolso sobre la mesa de la entrada con un sonido sordo. Sus ojos, profundos y oscuros, lo recorrieron de arriba abajo antes de responder.

—Con esta tormenta, lo único que se moja es el alma —dijo, acercándose con esa cadencia felina que siempre lo hipnotizaba—. Además, sabía que aquí me esperarías.

José tragó saliva. No era la primera vez que ella insinuaba algo más allá de la complicidad vecinal, pero esa noche, en medio del fragor de la tormenta, cada palabra sonaba como un susurro cargado de promesas. Se levantó del sofá, sintiendo cómo el tejido de sus pantalones se ajustaba incómodamente a la erección que ya no podía ocultar. Yaneth lo notó, claro que lo notó. Sus pupilas se dilataron levemente, y por un segundo, él juró ver el destello de algo primitivo cruzando su mirada.

—¿Y qué es lo que esperas, tía? —preguntó, desafiándola, usando esa palabra que siempre la hacía contener el aliento. Tía. No eran parientes, pero así la llamaba desde niño, y ahora, en ese contexto, el término se volvía obsceno, un juego peligroso.

Yaneth no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó hasta quedar a apenas unos centímetros de él, lo suficientemente cerca como para que José pudiera oler su perfume—algo floral, con un toque a vainilla que siempre lo volvía loco—. El aire entre ellos se cargó de electricidad, más intensa que la de la tormenta afuera.

—Tú lo sabes —murmuró ella, y su voz era ronca, casi un gemido contenido—. Llevas semanas mirándome como si quisieras devorarme.

José no pudo evitarlo. Su mano se alzó, temblorosa, y rozó el brazo de ella, sintiendo cómo la piel de Yaneth se erizaba bajo sus dedos. Era suave, cálida, y el simple contacto lo hizo estremecer.

—No es justo —protestó, aunque su cuerpo ya estaba rindiéndose—. Tú siempre has sido… tú.

—Y siempre he querido ser más —confesó ella, y antes de que él pudiera reaccionar, sus labios se cerraron sobre los suyos.

El beso no fue tierno. Fue hambriento, urgente, como si ambos hubieran estado conteniendo ese deseo durante años. Yaneth abrió la boca para él, dejando que José explorara con su lengua, saboreando el vino que ella había bebido antes de llegar. Sus manos, que antes parecían tímidas, ahora se aferraban a la cintura de ella, apretando esos curvas que tantísimas veces había imaginado tocar. Yaneth gimió contra su boca, un sonido gutural que lo enloqueció, y sus dedos se enredaron en el cabello corto de él, tirando con justeza para profundizar el beso.

—¿Esto está mal, verdad? —jadeó José entre besos, sus labios rozando el lóbulo de la oreja de ella, mordisqueándolo con una audacia que no reconocía en sí mismo.

—Cállate —ordenó Yaneth, empujándolo suavemente hacia el sofá—. No pienses.

Lotumbó sobre los cojines, y antes de que él pudiera procesar lo que ocurría, ella ya estaba a horcajadas sobre su cadera, el vestido subido hasta los muslos, dejando al descubierto esa piel dorada que brillaba bajo la luz intermitente de los relámpagos. José jadeó al sentir el calor de su entrepierna rozando la suya, separada solo por la tela de sus pantalones y el encaje de sus bragas, que ya podía percibir húmedo.

—Dios, tía… —gemió, sus manos subiendo por los muslos de ella hasta llegar a sus caderas, apretando con fuerza—. Estás empapada.

Yaneth se rio, un sonido oscuro y lleno de lujuria, mientras se frotaba contra él con movimientos circulares, slow, tortuosos.

—Eso no es agua de la lluvia, mi amor —susurró, inclinándose para capturar sus labios de nuevo—. Es por ti. Siempre ha sido por ti.

José gruñó, incapaz de contenerse. Con un movimiento brusco, la volteó, colocándola bajo él sin romper el contacto de sus bocas. Sus manos exploraron el cuerpo de Yaneth con una urgencia animal, desabrochando los botones del vestido hasta dejar al descubierto sus senos, full, firmes a pesar de los años, con pezones oscuros y duros que pedían ser chupados. No esperó permiso. Se lanzó sobre uno, succionando con fuerza, mientras sus dedos pellizcaban el otro, arrancándole un gemido largo y quebrado.

—¡Ah, sí! ¡Así, José! —Yaneth arqueó la espalda, ofreciéndose, sus uñas hundiéndose en los hombros de él—. Chúpame los pezones como el pervertido que eres.

Las palabras lo excitaron aún más. Mientras lamía y mordía sus pechos, una de sus manos se deslizó hacia abajo, encontrando el elástico de sus bragas. No dudó. Las arrastró por sus piernas, dejándolas colgando de un tobillo, y luego, con dos dedos, separó los labios de su coño, ya brillante de excitación.

—Joder, qué rica hueles —murmuró, acercando su boca a ese sexo palpitante—. Como miel ypecado.

Yaneth jadeó cuando sintió su aliento caliente sobre su clítoris, y luego un grito ahogado escapó de sus labios cuando la lengua de José la lamió de abajo hacia arriba, lenta, saboreando cada pliegue.

—¡No pares! ¡Lámeme, sobrino! ¡Hazme tuya! —suplicó, sus caderas moviéndose al ritmo de sus caricias, empujando su coño contra la boca de él.

José obedeció, perdido en la sensación de tenerla así, abierta, goteando en su lengua. Chupó su clítoris con avidez, introduciendo un dedo dentro de ella, luego dos, sintiendo cómo las paredes de su vagina se cerraban alrededor de ellos, calientes y apretadas.

—¡Voy a correrme! —gritó Yaneth, sus muslos temblando a ambos lados de la cabeza de él—. ¡No pares, no pares!

Pero José no tenía intención de detenerse. Aceleró el movimiento de sus dedos, curvándolos para rozar ese punto interno que la hacía enloquecer, mientras su lengua seguía trabajando sin piedad sobre su botón sensible. Yaneth se corrió con un grito desgarrador, su cuerpo sacudiéndose en olas de placer, su coño empapando los dedos de él con su orgasmo.

José se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, los ojos oscuros de lujuria. Se desabrochó los pantalones con urgencia, liberando su polla, dura como el acero, palpitante, con la punta brillando de precum. Yaneth, aún jadeante, se incorporó sobre los codos, mirándolo con una mezcla de asombro y deseo voraz.

—Quiero sentirte adentro—dijo ella, su voz ronca—. Ahora.

José no necesitó más invitación. Se colocó entre sus piernas, guiando su miembro hacia la entrada resbaladiza de su tía. Cuando el glande rozó sus labios hinchados, ambos gemieron al unísono. Y entonces, con un empujón firme, se hundió en ella hasta el fondo.

—¡Dios mío! —Yaneth arqueó la espalda, sus uñas arañando el sofá—. ¡Eres tan grande!

José gruñó, sintiendo cómo su polla era apretada por ese coño maduro, caliente y húmedo, diseñado para el placer. Comenzó a moverse, primero con embestidas lentas, saboreando la sensación, pero pronto el ritmo se volvió frenético, sus caderas chocando contra las de ella con un sonido húmedo, obsceno.

—¡Así, así! ¡Fóllame, José! ¡Dame esa polla como si fuera tuya! —Yaneth lo animaba, sus palabras sucias avivando el fuego en él.

—¡Eres mía! —rugió José, agarrando sus caderas con fuerza, clavando sus dedos en la carne blanda mientras la penetraba con furia—. ¡Siempre has sido mía!

Elsofá crujía bajo ellos, el sonido de la lluvia y los truenos ahogando sus gemidos, pero nada podía opacar la sensación de sus cuerpos uniéndose en ese acto prohibido. Yaneth corrió sus uñas por su espalda, marcándolo, mientras sus muslos se cerraban alrededor de su cintura, atrapándolo, como si temiera que se detuviera.

—¡Me voy a correr otra vez! —gritó ella, sus paredes internas comenzando a contraerse alrededor de su polla—. ¡Lléname, sobrino! ¡Quiero sentir tu leche adentro!

Esas palabras fueron su perdición. José sintió cómo el orgasmo lo recorría como un relámpago, su semen brotando en chorros calientes dentro de ella, llenándola, marcándola. Yaneth gritó su nombre, corriéndose con él, sus cuerpos temblando en sincronía mientras la tormenta afuera alcanzaba su clímax.

Se desplomaron el uno sobre el otro, sudorosos, jadeantes, sus corazones latiendo al unísono. José enterraba su rostro en el cuello de ella, inhalando su aroma, mientras Yaneth acariciaba su cabello con ternura, como si intentara reconciliar la dulzura de años con la obscenidad de lo que acababan de hacer.

—Esto no puede volver a pasar —murmuró ella, aunque sus dedos seguían trazando círculos en su espalda, como si no pudieradetenerse.

José levantó la cabeza, mirándola a los ojos. Había culpa en su expresión, pero también algo más: posesión.

—Mentira —dijo, y la besó de nuevo, esta vez con una lentitud que prometía que la noche aún no terminaba—. Esto apenas comienza.

Mi tía Marta

Mi tía Marta