dominacion

Prisionero de las amazonas galácticas

Desde Feb, 2026
0,00 (0 votos)

Capítulo 1

Capítulos de la serie:
  • Prisionero de las amazonas galácticas

Prisionero de las amazonas galácticas

Autor: Curtis Logan

3/2/2026

Corredor Comercial Júpiter-Sigma

Flotando en el vacío silencioso del corredor comercial Júpiter-Sigma, la USC Kuso Maru, un carguero de la Clase Maru, de diseño japonés-brasileño del siglo XXIII que priorizaba la vida útil sobre cualquier noción de belleza. Sus 1.2 kilómetros de eslora tenían la silueta de un martillo neumático olvidado en el vacío. Construida para durar más de cien años, Era funcional como una bestia de carga.

Su estructura era simple y brutal, un eje central de aleación titanio-vanadio, cubierto de parches de soldadura como cicatrices de guerra, servía de espina dorsal a la que se anclaban doce módulos de carga externos de forma irregular, cada uno rotulado con las siglas USC.

El United Stellar Consortium, el USC de las siglas, era una megacorporación depredadora cuyo único credo era el margen de beneficio trimestral. Para el Consorcio, la Kuso Maru era solo un número de activo. Su tripulación, «activos biológicos depreciables» —un término contractual que significaba «más barato reemplazar que repatriar»—, era otro costo operativo más.

Estaba armada con doce cañones de plasma e interceptores láser, así como media docena de tubos lanza torpedos con cabeza nucleares. Lo suficiente para enfrentar piratas o contrabandistas, pero no para superar cruceros o destructores de batalla.

Su única concesión a lo extraordinario era el Impulsor de Curvatura «Vórtice-9» que abultaba su popa. Ocupaba el cuarenta por ciento de su masa. No era un motor elegante, sino una cámara de contención abombada rodeada de anillos estriados que siempre brillaban con un tenue resplandor azulado de radiación residual. Cuando se activaba, no producía llamaradas. Violaba el espacio-tiempo. Contraía el vacío frente a la proa y lo expandía detrás de la popa, atrapando la nave en una burbuja de estasis donde las leyes de la física se suspendían. El manual lo llamaba tecnología Alcubierre. Los ingenieros, en la intimidad de la sala de máquinas, lo apodaban «el Aprietauniversos». Su zumbido de fondo, de 27 Hertz, se filtraba por todo el casco, era conocido por causar migrañas crónicas, náuseas y pesadillas colectivas a la tripulación, cuando se usaba por periodo largos.

El puente de mando, apodado «la Cabeza del Martillo», era una protuberancia blindada que vibraba con un zumbido de baja frecuencia que se filtraba por las suelas de las botas del capitan Hal Gordon. El aire olía a café requemado, aceite de hidráulico y la tenue pero persistente humedad de un sistema de reciclaje al borde del fallo. Hal, sentado en la silla de mando con la pierna cruzada, tenía la barbilla apoyada en el puño. A sus cuarenta y cinco terrestres estándar, conservaba el carisma de los viejos capitanes de flota, pero con el peso de la grasa administrativa y la desilusión en los bordes de sus ojos. Su uniforme azul marino, con los galones de Capitán de Primera Clase brillando opacamente, le apretaba en los hombros y le ceñía un vientre que había pasado de tableta abdominal a suave prominencia. Era la complexión de quien mandaba más con la voz que con el ejemplo físico.

—Informe de situación, Miller —ordenó Hal. Su voz era un barítono calmado, pulido por décadas de dar órdenes en ambientes presurizados.

El oficial de navegación, un hombre joven y delgado con el cabello rapado y tatuajes geométricos asomando por el cuello del mono, se volvió desde su consola.

—Capitán—dijo, con el semblante preocupado— estamos rozando el límite de la Corriente de Birkeland. Los sensores marcan una anomalía de plasma de alta energía, clase theta. Está bloqueando la ruta hiperlumínica directa al Puerto Sigma. Si seguimos el protocolo y rodeamos por el cinturón de asteroides H-7, añadiremos seis días, diecisiete horas a nuestro ETA.

—Capitán—advirtió Ni-ko, el oficial científico,un hombre de unos cincuenta años, calvicie incipiente y gafas con montura de aleación ligera—La carga principal… los cultivos de trigo proto-sintético en la bodega 4… no aguantarán. La tasa de descomposición ya está en un 2% por encima de lo proyectado.

Hal suspiró, un sonido que se perdió en el zumbido de los ventiladores. Se puso en pie, y el tejido del uniforme crujió levemente sobre su pecho.

—Entonces el protocolo nos condena igual que la tormenta.

Hal no se inmutó exteriormente, pero un músculo en su mandíbula se tensó. La carga, 625 toneladas de trigo proto-sintético PS-NUTR-7 con destino a la colonia agrícola de Puerto Sigma era valiosa. perderla activaría cláusulas de penalización, descuentos en los bonos de riesgo vitalicio y, lo peor, un informe de “decisión incorrecta evaluando datos disponibles”. Para el Consorcio, aquello era una sentencia de muerte profesional.

—Calcule una trayectoria alternativa, Miller.— dijo Gordon—Una que no nos haga perder la carga.

Miller tragó saliva.

—Sólo hay una, Capitán. Un salto sublumínico corto, rozando la periferia gravitatoria de la Tercera Luna de Xylon. Es… técnicamente estable.

—la tercera Luna de Xylon—dijo el capitán pensativo — Antigona.

Hal noto como la tripulación del puente se tensaban como una cuerda de acero ante la mención de ese nombre.

Chen, la oficial de comunicaciones, delgada casi en extremo, como un muchacho adolescente, se estremeció visiblemente.

Mara, la oficial de sistemas y artilleria la miro con curiosidad, Pero se mantuvo me silencia, era tres veces más gruesa que Chen, sólida, de grandes pechos, vientre y nalgas.

Reyes, el ingeniero jefe, sonreía incrédulo desde su baja estatura y su mirada feroz, jugueteaba con su multitool magnético junto a su muslo izquierdo.

Jax, segunda piloto, cuyo cuerpo de anchas caderas daba la impresión de haber sido construido para resistir altas gravedades fue quien tuvo el valor de hablar sin que el capitán les pidiera hacerlo.

—Mi primo era ingeniero en el Cronopio. Se acercaron a Antigona. Hace diez años. Solo él y otros tres sobrevivieron, flotando en una cápsula. Al resto de la tripulación… se los llevaron.

—¿Quién se los llevó ? —Murmuro Chen.

Hal los dejaba hablar, sabía que eso disminuiría la tensión del ambiente.

—En los informes de exploración fallida del siglo pasado, la región colindante aparece designada como Exis-IV —dijo Niko ajustándose las gafas— pero algunas leyendas de cantina… —tragó saliva— las llaman Amazonas.

—¿Amazonas? —preguntó Chen, con curiosidad.

—Una sociedad matriarcal extrema, humanoides clase C1 —continuó Niko, bajando la voz—. Los rumores en círculos de xenoantropología establecen que capturan naves tripuladas por otras especies humanoides.someten tanto a hombres como a mujeres a… pruebas.

Reyes, soltó una risa corta y sin humor.

—he escuchado esas historias—dijo— se dice que su adn es compatible con casi todas las especies humanoides del cuadrante.

—¿Pruebas de qué? —insistió Chen.

—De resistencia sexual. —dijo Mara, Su voz era grave, rasposa—

buscan sementales, pero no para darse placer, si no como semilla. Mi antiguo capitán en la flota mercante me contó, borracho y con los ojos como platos, lo que le había dicho un superviviente, que fue vendido a otras Amazonas, por tener un defecto genético. dijo Que los ataban a maquinas que los excitaban hasta el límite, que estimulaban sus miembros,Y que si eyaculaban antes de tiempo… —hizo una pausa, buscando las palabras— los eliminaban. Con un reloj de arena de por medio.

—¡Eso es una locura! —exclamó Chen, su voz temblaba.

—Quizás no —musitó Niko—. En su lógica, podría ser una prueba de voluntad. O algo relacionado con su biología. Los rumores dicen que son todas mujeres. Quizás necesitan material genético. Pero solo del que sobreviva al tormento.

Reyes soltó una risa corta, sin humor, mientras su multitool magnético giraba entre sus dedos.

—Material genético —repitió, meneando la cabeza—. Bonita forma de decir semen. Mi primo, el del Cronopio, contaba cosas más… concretas. Decía que cuando rescataron la cápsula, uno de los supervivientes no paraba de repetir lo mismo: «el reloj, el reloj, había que aguantar hasta el último granito». No sabía ni su nombre, pero recordaba eso.

—¿Y qué pasaba si no aguantaban? —preguntó Chen, su voz apenas un hilo.

Reyes se encogió de hombros, pero sus ojos se habían endurecido.

—Ese compañero no lo contó. Pero el primo de Jax sí, ¿verdad? —miró a la piloto.

Jax, que hasta entonces había permanecido en silencio con las manos sobre los controles, giró lentamente el asiento. Su rostro ancho, de rasgos sólidos, estaba pálido bajo la luz amarillenta.

—Mi primo no hablaba mucho de eso —dijo lentamente—. Pero una noche, borracho, soltó algo. Dijo que los hombres no eran los únicos que… sufrían pruebas. Dijo que a las mujeres las separaban. Que las metían en unos tanques.

—¿Tanques? —Chen se estremeció de nuevo, abrazándose los brazos delgados.

—De gestación,Hornos de carne, Chen—intervino Mara, sin apartar la vista de su consola. Su voz grave sonaba plana, como si recitara un parte de daños—. He oído historias similares en la flota. no solo buscan sementales.Buscan incubadoras.Las Amazonas tienen sus propias castas, pero sus cuerpos son demasiado valiosos para gastarlos en el proceso de gestación acelerada. Las mujeres capturadas… las modifican. Te bombean hormonas, te dilatan los huesos y te injertan sus embriones modificados. Eres una incubadora viviente hasta que el fruto les sirve.Las convierten en fábricas.

—¿Fábricas de qué? —preguntó Chen, aunque en su tono se notaba que ya lo sabía.

—De crías —respondió Mara, y por primera vez levantó la vista hacia la joven—. Las implantan con embriones, a veces varios a la vez. Los cultivan dentro de ellas como si fueran… bueno, como los cultivos de la bodega 4. Y cuando las crías nacen, se las quedan. Para criar más Amazonas.

Un silencio pesado cayó sobre el puente. El zumbido del motor pareció intensificarse, filtrándose en los huesos.

—Eso es… —Chen no terminó la frase.

—¿Barbárico? —apuntó Reyes—. ¿Monstruoso? Sí. Pero también es lógico. Si son todas mujeres, necesitan dos cosas: esperma y úteros. Los hombres se lo dan con sus… pruebas. Las mujeres, con sus cuerpos.

—Y los que no sirven —dijo Niko en voz baja, ajustándose las gafas con un movimiento casi mecánico—, los eliminan. Como en cualquier programa de cría selectiva. Los débiles, los impacientes, los que no superan el reloj… desechados. Los resistentes, usados como sementales hasta que su cuerpo no puede más. Y las mujeres que no producen suficientes crías o que se resisten… también.

—¿También las matan? —Chen había empezado a temblar ligeramente.

—Peor —dijo Mara, y hubo algo en su tono que heló el aire—. Las reacondicionan. Las vacían por dentro, dicen. Les borran la memoria, les implantan obediencia. Las convierten en Criadoras. En guardianas. En madres sustitutas que crían a las crías de otras como si fueran suyas, sin saber siquiera que alguna vez tuvieron un nombre.

Reyes silbó suavemente entre dientes.

—Vaya. Así que si te capturan, o te conviertes en toro de semental, o en incubadora, o en zombie al servicio de ellas. Qué menú tan variado.Incluso se dice que tienen una prueba para las hembras «competitivas» —Reyes, dejo de jugar con su herramienta magnética—. Las que intentan luchar. Dicen que las Amazonas disfrutan rompiendo esa voluntad, humillándolas frente a los hombres antes de procesarlas. Una forma de demostrar que, en su luna, la jerarquía de la carne es la única que importa.

—No es gracioso —dijo Jax, y su voz tenía un filo que no había mostrado antes—. Mi primo… él vio a una de esas. Una mujer de su propia tripulación, que había sido capturada y luego… devuelta. No sabía quién era. No reconocía a nadie. Solo obedecía a sus captores. Caminaba, comía, dormía… pero no había nadie dentro. Como un traje con carne.

Chen se llevó una mano a la boca.

—¿Y no pudieron… rescatarla? ¿Ayudarla?

—No hay nada que rescatar —dijo Mara—. Cuando te vacían, no queda nada. Solo un cuerpo que funciona. Útero, pechos, ovarios. Todo en perfecto estado de producción. Pero la persona… se la llevaron, como dijo Jax. Y no vuelve.

Hal había escuchado en silencio, la mandíbula apretada, el músculo saltando rítmicamente en su mejilla. Cada palabra era un clavo más en el ataúd de su negación.

—Todo eso son historias —dijo finalmente, pero su voz no tenía la firmeza de antes—. Leyendas de borrachos y supervivientes traumados. El universo está lleno de rumores absurdos.

—Capitán —dijo Niko suavemente—, los supervivientes del Cronopio fueron interrogados por inteligencia del Consorcio. Los informes están sellados, pero yo… tuve acceso a uno, hace años, por un trabajo de consultoría. Los detalles coinciden. No solo con lo que dice Jax. Con lo que dice Mara también.

Hal lo miró fijamente.

—¿Y no lo mencionó antes?

—Pensé que eran… exageraciones. Hasta ahora. Hasta que Miller mencionó Antígona.

Otro silencio. El más pesado de todos.

—Señor —dijo Miller, con la voz tensa—. La trayectoria está calculada. Si vamos a hacer el salto, tenemos que decidirlo ahora. La ventana de navegación se cierra en quince minutos.

Hal sintió un frío en la base de la espina dorsal. La descripción era demasiado específica, demasiado vívida.

—Son habladurías, señor Niko —declaró, golpeando con suavidad el brazo de su silla—. Historias que se exageran en cada cantina. Miller, traza esa trayectoria. Jax, prepárate para tomar controles manuales para el paso cercano. Mantendremos la distancia máxima. Es una maniobra de navegación, no una expedición.

La tripulación asintió, volviendo a sus consolas. Pero la tensión permaneció. El salto sublumínico se ejecutó con un quejido estructural que pareció recorrer cada remache de la Kūsō Maru. Serían doce horas de tránsito en el vórtice subespacial. doce horas en las que estarían bajo la zona de influencia de Antígona.

—Miller, tienes el puente —dijo Hal, levantándose de la silla de mando. Se ajustó la chaqueta del uniforme, sintiendo el sudor frío enfriarse en su nuca—. Si una sola mota de polvo cósmico se mueve de forma inusual, me quiero enterar. No esperes a que el sensor grite.

Miller asintió, el movimiento de su nuez en la garganta de arriba a abajo, fue muy visible cuando trago seco..

—Sí, señor.

Se volvió hacia la oficial de artillería.

—Mara, en dos horas estándar quiero un reporte actualizado de las reservas de plasma y el estado de los tubos de torpedos. Ven a mi camarote a entregarlo en mano.

Mara levantó la vista de su consola. el rostro ancho, de rasgos sólidos, permaneció inescrutable.

—Dos horas, Capitán —repitió, con su voz grave y plana.

El capitán salió del puente, dejando atrás la luz ambarina de las consolas sin mirar atrás.

El pasillo principal de la Kuso Maru era un tubo de metal que se estrechaba hacia la distancia como el esófago de una bestia de hierro. El diseño japonés-brasileño no malgastaba ni un gramo de masa en estética. Los corredores eran estrechos, asfixiantes, flanqueados por manojos de tuberías expuestas que siseaban vapor reciclado y cables de fibra óptica que colgaban como lianas muertas. La iluminación dependía de LEDs de bajo consumo que parpadeaban con una frecuencia errática, proyectando sombras largas y nerviosas sobre las paredes de aleación titanio-vanadio. En los rincones, el óxido, ese cáncer naranja que el Consorcio consideraba «un desgaste estético aceptable», devoraba los marcos de las compuertas. Cada paso del capitán resonaba en el metal, acompañado por el crujido de la nave ajustándose a la gravedad sublumínica. «Activos biológicos depreciables», recordó Hal mientras esquivaba una gotera de condensación química que caía del techo. El USC no invertía en reparaciones que no afectaran la navegación. Si la tripulación respiraba aire filtrado por pulmones de metal oxidados, al Consorcio le daba igual, siempre que el PS-NUTR-7 llegará a Puerto Sigma.

llegó a su camarote, una celda de tres por tres metros que olía a encierro y a los restos de su colonia barata. El espacio era un ejercicio de minimalismo forzado, la cama de marco de aluminio y el escritorio de polímero eran plegables, incrustados en la pared para maximizar el poco aire disponible. incluso el lavamanos y el retrete estaban empotrados en la pared.

Sobre la repisa metálica, un pequeño proyector de hologramas parpadeaba. Hal lo activó con un toque cansado. La imagen tridimensional de una mujer de sonrisa serena y dos niños que sostenían una pelota de gravedad cero apareció en el centro de la habitación. Era el recuerdo de una vida que se sentía como si le hubiera ocurrido a otro hombre.

Se desnudó con movimientos lentos, revelando un cuerpo que, aunque todavía mantenía la anchura de hombros de su juventud, mostraba los estragos de la inactividad y la dieta sintética. Entró en la cabina de ducha, un tubo de plástico reforzado donde el agua reciclada ,extraída de su propia ración personal para no alertar a los contadores del Consorcio, cayó en un chorro tibio y escaso. El líquido tenía un regusto metálico, pero sirvió para lavar el rastro de la tensión del puente. Hal sabia que ese líquido pasaría por un proceso químico para ser reutilizado.

Se secó con una toalla áspera y se recostó en la litera plegable, apenas cubierto por una sábana de fibras sintéticas. Activó su tableta de datos y comenzó el repaso rutinario, Ingeniería: El reactor 3 mostraba una fluctuación de micro-julios. Nada crítico.

Organopónica: El moho estaba atacando las raíces del trigo proto-sintético en la bodega 4. Niko tenía razón, el margen se agotaba. Salud: Tres técnicos con náuseas agudas por el zumbido de 27 Hertz. Nada que una dosis de supresores gástricos no arreglara. Justo cuando el cansancio empezaba a nublar su vista, un Blip fuerte sonó en la compuerta de su camarote.

—Pase —dijo Hal, incorporándose a medias.

La puerta se deslizó con un silbido hidráulico. Mara entró. Todavía vestía su mono de trabajo gris, desabrochado hasta la mitad del pecho por el calor de la nave, dejando ver la piel brillante por el sudor. Llevaba una tableta de datos en la mano, pero su mirada no estaba en los informes.

Mara cerró la compuerta tras de sí. El silbido hidráulico del sello la distrajo un segundo. Ella notó enseguida como aquel espacio diminuto olía a Hal, a su sudor seco y a café recalentado. por alguna razón, el olor al sudor de él le parecía excitante y agradable.

—¿Tienes el informe? —dijo Hal, todavía recostado, la sábana cubriéndolo de la cintura para abajo.

Mara asintió, pero no extendió la tableta. Se quedó junto a la puerta, apoyada contra el metal frío, observándolo con una mezcla de cansancio y algo más profundo. Su mono gris, desabrochado hasta el esternón, dejaba ver el inicio de sus pechos, con la piel brillante por el calor de la nave. El vello de sus axilas, sin depilar desde hacía semanas, asomaba oscuro y denso.

Hal la observó largamente. Vio su cuerpo fuerte y lleno. el vientre abultado y blando. los senos plenos, que caían pesadamente sobre el esternón, ya en franca derrota contra la gravedad. las piernas gordas, los pies algo pequeños enfundados en las botas de plasticuero reglamentarias. la cara redonda, de ojos almendrados, y el cabello corto y negro se le pegaba a las sienes por la humedad de la nave.

—El reactor tres tiene una fluctuación —dijo ella, tenia la voz ronca—. Niko dice que puede esperar hasta Puerto Sigma, pero si empeora…

—¿Empeorará?

—Siempre empeora.

Hal sonrió, con una mueca cansada.

—Ven aquí.—Dijo.

No era una orden, pero tampoco fue una pregunta. Mara dudó un segundo, solo un segundo, y luego cruzó los tres metros que los separaban. Se sentó en el borde de la litera, el colchón se hundió bajo su peso, sus muslos presionaron contra la cadera de Hal. Se miraron.

ambos pensaban lo mismo. Diez meses. Diez meses de pasillos estrechos, de raciones sintéticas, de alarmas falsas y silencios incómodos. Diez meses desde la última vez que tocaron a alguien que no fuera por protocolo o necesidad médica.

—¿Los niños? —preguntó Mara.

—Crecidos. O eso dice el último holograma. Mi hija ya no lleva coletas.

—Mi hijo cumplió ocho hace tres meses. Me enteré por un mensaje con retraso de seis semanas.

Silencio. El zumbido de la nave llenó el espacio.

—No podemos cambiar eso —dijo Hal—. Pero podemos…

Mara no respondió con palabras. Inclinó el rostro y lo besó.

El primer contacto fue suave, casi tímido, como si ambos necesitaran confirmar que aquello era real, que tanto el uno como el otro quería lo que se ofrecía. Luego, el beso se profundizó, se volvió hambriento. Labios, lenguas, dientes. El sabor de Mara era café y algo más salado. el de Hal era similar.

Hal llevó una mano a la nuca de ella, sus dedos se enredaron en el cabello sudado de la mujer. Con la otra mano, comenzó a desabrochar el resto del mono, tirando de la cremallera hasta la cintura. La tela se abrió, revelando el torso desnudo, los senos pesados, caídos por la gravedad y los años, los pezones oscuros y erectos por alguna corriente de aire frío del camarote.

Mara se separó lo justo para quitarse el mono por completo, dejándolo caer al suelo metálico con un golpe sordo. Estaba completamente desnuda, y lo exhibió ante el, sin orgullo, solo ofreciendo lo que tenía, estrías en el vientre por el embarazo, una cicatriz de una apendicitis mal cosida, las axilas densamente velludas, el pubis cubierto de un vello negro y espeso que bajaba por los muslos, las guardias y las condiciones de la nave no permitían una higiene más allá de los baños rapidos. Olía a sudor acumulado, a sexo femenino no lavado. Olía a una semana de guardia continua sin más tiempo que para dormir.

Hal se incorporó, apartando la sábana. Su erección estaba ya completa, el miembro tenso contra su vientre, la punta brillante con una gota de líquido preseminal. Mara lo miró, y luego bajó la vista al colchón.

—Hace mucho —susurró.

—Demasiado.

Ella se tumbó de espaldas en la litera, las piernas abiertas, ofreciéndose. Su sexo, entre los pliegues carnosos del vello púbico, ya estaba húmedo, brillante bajo la luz tenue del camarote. El olor era más intenso ahora, almizclado.

—Ven —dijo ella, con los ojos brillantes.

Hal se colocó sobre ella, su peso apoyado en los codos para no aplastarla. La punta de su miembro rozó la entrada, sintiendo el calor húmedo, la promesa de lo que venía.

—¿Así? —preguntó, su voz ronca.

—Sí. Así.

Empujó.

La penetración fue lenta al principio, pero la resistencia de los músculos internos de ella iba cediendo gradualmente. Mara arqueó la espalda, mientras un gemido escapaba de sus labios, con sus manos agarrándose a los hombros de Hal. Él siguió empujando hasta hundirse por completo, sintiendo cómo ella lo envolvía, cómo su calor y su humedad lo acogían.

—Joder —susurró Mara—. Joder, qué bien.

Hal comenzó a moverse. el ritmo fue lento al principio, profundo, cada embestida era volver a una sensación olvidada. El sonido de sus cuerpos chocando, el golpe húmedo de la piel contra la piel, llenaba el pequeño camarote. El olor a sudor de ambos se intensificó, mezclándose con el aroma más denso del sexo de ella.

—Más —pidió Mara, y su voz se quebró mientras sus uñas se clavaban en la espalda de él—. Más fuerte.

Hal aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más rápidas. El colchón chirriaba bajo ellos, la litera golpeaba contra la pared metálica. Mara gemía abiertamente ahora, sin vergüenza ni pudor, con sus piernas velludas enganchadas a la cintura de Hal, los talones presionando sus nalgas para empujarlo más adentro.

—Así —jadeó ella—. Así, joder.

El sudor les cubría los cuerpos, hacia sus pieles resbaladizas, calientes. Hal podía sentir el orgasmo acumulándose en la base de su espina, una presión creciente e incontrolable.

—Me corro —anunció con un gruñido, luchando contra su propio cuerpo—. Me voy a correr…

—Dentro —respondió Mara, con un ronquido—. Métemela toda. Quiero tu leche adentro.

Hal embistió una última vez, profundo, y se derrumbó sobre ella mientras su cuerpo se vaciaba en espasmos violentos. Sintió cómo la leche brotaba de él, caliente, a borbotones, llenando el interior de ella mientras un ronquido profundo surgía de su garganta.Un chorro, otro, otro más, cada contracción vaciándose más profundamente. Mara gimió con él, las paredes internas de su vagina se contrajeron, succionando, exprimiendo hasta la última gota, prolongando la sensación mientras su coño se llenaba de semen.

Cuando los espasmos cesaron, quedaron inmóviles, enredados, jadeando. El sudor se enfriaba sobre sus pieles. El olor a sexo ,a fluidos mezclados, a almizcle, llenaba el camarote como una presencia más.

Hal rodó a un lado, dejándole espacio. Su miembro, aún sensible, se retiró con un sonido húmedo, dejando escapar un hilo de semen que cayó sobre el colchón. Mara llevó una mano entre sus piernas, tocándose, sintiendo el calor de lo que había quedado dentro.

—Estoy goteando —murmuró, casi para sí misma.

—Bueno —respondió Hal, sin aliento.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando sus propias respiraciones y el zumbido eterno de la nave.

Mara fue la primera en hablar.

—Mi marido… se llama Carlos. Es profesor. Enseña historia en un instituto de la colonia Ganimedes. —Se rió, sin alegría—. Nunca imaginé que acabaría follando con mi capitán mientras él daba clases a críos sobre las guerras de expansión.

Hal no respondió inmediatamente. Miraba el techo, las manchas de humedad que formaban mapas de continentes imaginarios.

—Mi mujer se llama Yliana. Es ingeniera agrícola. Diseña sistemas hidropónicos para las colonias de baja gravedad. Mis hijos… mi hija tiene ocho, se llama Sofía. Mi hijo, Pablo, tiene seis. El último holograma que recibí, Sofía había perdido un diente. —Se llevó una mano al pecho, un gesto inconsciente—. No sé si le habrá salido ya el nuevo.

Silencio de nuevo.

—¿Te sientes culpable? —preguntó Mara.

—Sí.

—Yo también.

—Es la primera vez que hablamos de… ellos

—No importa. quiero seguir haciéndolo contigo hal… ¿tu lo quieres?

—Sí.

Mara se incorporó, apoyándose en un codo. Lo miró. El sudor había secado en su rostro, dejando una película brillante. Su vello púbico, empapado, goteaba lentamente sobre el colchón.

—Estoy goteando tu leche —dijo—. Va a manchar la sábana.

—Que manche.

Ella sonrió, una sonrisa triste.

—Dentro de unas horas volveré a mi puesto. Tú al tuyo. Y mañana… Mañana será otro día de reactor averiado y moho en la organopónica.

— y lo haremos de nuevo.Y pasado llegaremos a Antígona y haremos una escala —completó Hal.

—y lo haremos de nuevo.

—Si. y luego Jax recalibrara la ruta hacia Puerto Sigma.

—¿Y luego?

—Luego… —Hal la miró—. Luego no lo sé. Otra ruta. Otro cargamento. Otra espera de diez meses.

Mara se inclinó y lo besó, suave esta vez, casi tierno.

—Al menos tenemos esto —susurró contra sus labios—. Por ahora.

Hal le acarició el cabello, enredando los dedos en los mechones sudados.

—Por ahora.

PERIFERIA DE ANTÍGONA

El puente de la Kuso Maru estaba en silencio, solo roto por el zumbido monótono de los sistemas y el ocasional chasquido de una consola. el vacío acústico que hacía que a todos en el carguero les zumbaran los oídos.

Hal llevaba una hora en su silla, con el café sintético frío y olvidado en el posavasos magnético. Su uniforme estaba pegajoso y la mente la tenía dividida entre aquella tarea y el recuerdo del calor de Mara. El puente vibraba con una intensidad diferente.

—Emergiendo del salto sublumínico en treinta segundos —anunció Miller, con la voz tensa—. Todos los sistemas y subsistemas sin novedad.

Mara, a su derecha, repasaba los niveles de plasma sin levantar la vista. Desde la noche anterior, había evitado mirarlo directamente. No por vergüenza, sino porque sabía que si lo miraba, sonreiría, y sonreír expondría su intimidad. aunque a nadie le importaba quien cogia con quien, por que aquella nave era netamente civil, pero al Capitan le interesaba dar un aire de etica y profesionalismo mientras estuvieran de guardia.

—Veinte segundos.

Jax tenía las manos sobre los controles manuales, por si acaso. Reyes, apoyado contra la pared trasera, jugueteaba con su multitool. Niko se ajustaba las gafas, mirando fijamente los sensores de largo alcance. Chen, en comunicaciones, llevaba los auriculares puestos, escuchando el silencio.

—Diez. Cinco. Tres. Dos. Uno.

La nave emergió.

No hubo una sacudida. Solo una transición, fue como si el espacio mismo parpadeara. Las estrellas, antes borrosas por la distorsión de Keplar, se definieron en puntos nítidos. Y allí, justo donde debía estar, Antígona brillaba con una luz mortecina, una perla negra envuelta en jirones de gas púrpura, la tercera luna de Xylon, escoltada por sus dos hermanas menores que giraban lentamente en la distancia.

—Ya estamos —dijo Miller, exhalando—. Antígona en posición. Sistema Xylon nominal.

Un murmullo de alivio recorrió el puente.

Pero duró poco.

—Señor —la voz de Niko se quebró—. Los sensores de largo alcance… hay algo más.

—¿Algo más?

—Una red. Una estructura de plasma. Nos está… envolviendo.

Hal se levantó de un salto, mirando fijamente la pantalla principal. Las imágenes mostraban filamentos brillantes, como hebras de una telaraña cósmica, que se extendían desde algún punto más allá de Antígona y se cerraban lentamente alrededor de la Kuso Maru. Eran delgados, casi etéreos, pero los sensores marcaban una densidad energética imposible.

—¿Qué es eso? —preguntó Chen, con los ojos muy abiertos.

—No lo sé —admitió Niko—. Pero está vivo. Tiene firma biológica. Y nos está atrapando.

—¡Maniobra evasiva! —ordenó Hal—. Jax, sácanos de aquí.

Jax movió los controles. La nave respondió con un gemido, pero los motores apenas la desplazaron unos metros. Los filamentos de plasma se reconfiguraron, adaptándose, cerrándose más.

—No puedo —dijo Jax, la voz tensa—. Es como si nos sujetaran. La red se mueve con nosotros.

—Comunicaciones —Hal giró hacia Chen—. Frecuencia de socorro. Ahora.

Chen movió los diales. Nada. Solo estática. Y debajo de la estática, un rumor. Un latido.

—¿Oyen eso? —preguntó Jax, en voz baja.

Todos escucharon. El latido era lento, profundo, como el corazón de un animal dormido. Y venía de todas partes.

—Quiero una visual, Niko— exclamó el capitán.

el oficial manipuló las pantallas de su consola táctil y en el frontal del puente apareció el espacio circundante. Eran tres pantallas de alta definición que mostraban el frente, los laterales, y la parte posterior de la nave. vieron entonces decenas de formas orgánicas, del tamaño de lanzaderas de transporte y con la textura de la obsidiana húmeda, que se desprendían de una sombra mayor, situada en un plano superior al de ellos. No eran naves metálicas, eran estructuras de quitina y tejido vivo que palpitaban con una luz ambarina interna.

—¡Escudos magneticos al máximo! ¡Mara, prepara los interceptores! —ordenó Hal, poniéndose en pie.

Antes de que Mara pudiera tocar la consola, un pulso imperceptible atravesó el casco de titanio-vanadio como si fuera papel. No hubo explosión, solo un gemido de baja frecuencia que resonó directamente en los centros nerviosos de la tripulación.

De repente, el aire en el puente se saturó de un aroma denso, dulce y animal, una mezcla de flores en descomposición y feromonas concentradas.

—¿Qué es… ese olor? —balbuceó Niko. De repente, sus ojos se pusieron en blanco y sus manos se aferraron a su propia entrepierna, con su cuerpo arqueándose violentamente.

Hal sintió cómo su columna vertebral se arqueaba sin su permiso. Una descarga eléctrica, caliente y violenta, recorrió su pelvis y se concentró en su entrepierna con una fuerza que le arrancó un gruñido de dolor. Su polla se endureció en segundos, no con la suavidad del deseo, sino con la rigidez de un calambre, un espasmo muscular incontrolable.

—¡Agh! —Hal cayó de rodillas.

Sintió como si mil agujas calientes recorrieran sus nervios, transformando la tensión del combate en una urgencia sexual insoportable y artificial. Su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Bajo su uniforme, su miembro se puso tan rígido que le dolió, una erección forzada que su voluntad no podía contrarrestar.

A su alrededor, el puente se convirtió en una escena de agonía infernal.

Miller se dobló sobre su consola, con un gemido agudo escapando de su garganta. Sus piernas se abrieron involuntariamente, mientras las caderas empujaban contra el asiento en un ritmo que no controlaba. Una mancha oscura comenzó a extenderse en la entrepierna de su mono,orina, o algo peor, mientras su boca se abría en un grito sin sonido.

Chen, la más joven, cayó de su silla al suelo. Su cuerpo delgado se convulsionaba, arqueado, con los brazos y las piernas agitándose en unos espasmos que no eran epilépticos sino orgásmicos, un orgasmo violento y no consentido que la hacía gemir con cada contracción. Su mono se empapó en segundos, una humedad cálida se extendio debajo de ella.

Niko intentó agarrarse a su consola, pero sus dedos no obedecieron. Su rostro, tras las gafas, era una máscara de terror mientras su propio cuerpo lo traicionaba. Una erección dolorosa abultaba su mono, y podía sentir cómo la próstata se contraía en espasmos que vaciaban su vejiga y sus conductos sin que pudiera hacer nada para detenerlo.

Reyes, que estaba de pie junto a la pared, cayó de rodillas. la multitool salió disparada, rebotando en el metal. Sus manos se cerraron sobre su entrepierna, apretando con una fuerza que parecía querer arrancarse la fuente del dolor. Un sonido ronco, entre gruñido y sollozo, escapaba de su garganta mientras su cuerpo se vaciaba en el mono, caliente y vergonzoso.

Jax intentó levantarse de su asiento. Lo consiguió a medias, pero sus piernas no respondieron. Cayó de rodillas junto a su consola, y su cuerpo de caderas anchas se arqueo en un espasmo que la dejó sin aliento. A través del mono, una mancha oscura se expandía, sus propios fluidos calientes empapando la tela, goteando sobre el metal. Sus ojos, desorbitados, encontraron los de Hal por un instante, y en ellos había terror puro.

Mara fue la única que no cayó. Permaneció en su asiento, pero su cuerpo estaba rígido, con las manos aferradas a los reposabrazos con los nudillos blancos. Su rostro ancho, de rasgos sólidos, estaba contraído en una mueca de agonía. Un gemido profundo, animal, escapaba de su garganta mientras su pelvis se contraía rítmicamente, empujando contra el asiento. El olor de su sexo, ese mismo que Hal había olido la noche anterior, llenó el espacio.

Hal la miró. Ella lo miró.

Y en ese instante, el segundo pulso los golpeó.

Fue más intenso. Más profundo. Una frecuencia que encontró los centros nerviosos más primitivos y los exprimió.

Hal sintió cómo su eyaculación, violenta e incontrolable, empapaba el interior de su mono. El semen caliente brotó de él en espasmos que no eran de placer, sino un puro reflejo mecánico, un vaciado forzado que le arrancó un grito ronco. Podía sentir cómo cada gota era exprimida de sus testículos, cómo los conductos se vaciaban, cómo la próstata se contraía una y otra vez hasta que no quedaba nada. A su alrededor, los sonidos eran una sinfonía de agonía, gemidos, sollozos, el golpe de cuerpos contra el metal, el chapoteo de fluidos empapando monos, goteando al suelo. El olor a orina, a semen, a miedo, a sudor llenaba el puente de manera penetrante.

Niko cayó de su silla, sus gafas saltaron por los aires. Quedó en el suelo, temblando, un hilillo de sangre escapó de su nariz mientras su cuerpo seguía convulsionándose.

Chen había dejado de moverse. Yacía boca abajo, su cuerpo delgado era sacudido por espasmos más suaves, y un charco oscuro se extendia bajo ella.

Miller se había deslizado de su asiento y yacía contra la consola, jadeando, el rostro estaba contraído en una mueca de vergüenza y dolor.

Reyes seguía de rodillas, pero ahora su cuerpo se inclinaba hacia adelante, con la frente tocando el metal, un hilillo de baba colgaba de sus labios.

Jax había conseguido sentarse, pero sus manos temblaban incontrolablemente y su mirada estaba perdida.

Mara seguía en su asiento, pero su cuerpo se había relajado ligeramente. Jadeaba, con los ojos cerrados, con las manos aún agarradas a los reposabrazos.

Hal intentó hablar. Intentó decir algo, dar una orden, hacer cualquier cosa que no fuera yacer en su silla, empapado, roto. Pero las palabras no salían.

Y entonces, el tercer pulso golpeó.

Esta vez fue diferente. Más suave. Casi una caricia. Un zumbido que recorrió sus cuerpos sin la violencia de los anteriores, pero que dejó una sensación de vacío, de agotamiento total.

Cuando cesó, ninguno podía moverse.

Hal, desde su silla, con el mono empapado y pegajoso, sintiendo el semen enfriarse contra su piel, miró a Mara. Ella lo miró también.

No dijeron nada. No había nada que decir.

No había escapatoria.

El abordaje había comenzado.

Hal, con los pulmones ardiendo y la entrepierna empapada en un frío pegajoso, vio cómo el mamparo de estribor se disolvía. Un ácido ámbar devoró el titanio-vanadio, creando un agujero de bordes palpitantes. El puente de la Kūso Maru, cuto aire era ya una sopa espesa de olor a semen, sudor, orina, fluidos vaginales y miedo se lleno ahora también del olor acre que diluía la puerta.

Hal intentó mover un dedo, pero su organismo no respondió.

El metal gimió, se retorció, y de la oscuridad del pasillo emergió una forma que no parecía ser humana del todo. Medía más de dos metros, era ancha de hombros, con una armadura que parecía tallada en quitina negra y carne endurecida. Bajo la coraza, las partes que estaban expuestas, la piel estaba marcada por estrías brillantes que reflejaban la luz del puente y se plegaba en rollos de grasa que se mecían con cada paso. Sus pechos, enormes y caídos, mostraban venas azules bajo la piel pálida con los pezones gruesos como dedos, oscuros y arrugados. El vello de sus axilas era un matorral espeso y oscuro del que emanaba un olor a sudor fermentado y a hierbas desconocidas. No se afeitaba las piernas, por el contrario el vello rizado y negro crecía denso sobre los poderosos músculos que flexionaba bajo su piel. El vientre era blando, abultado, surcado por estrías profundas. Su rostro, ancho y brutal, mostraba una mandíbula cuadrada y ojos negros sin pupilas que barrieron el puente con la frialdad de quien cuenta cabezas de ganado.

Detrás de ella, entraron más formas. Una docena al menos. Todas semidesnudas, todas con esa mezcla de carne blanda y armadura orgánica. Una de ellas era puro hueso y tendón, con costillas visibles marcando su costado y clavículas que formaban huecos profundos bajo la piel. Sus pechos eran pequeños, puntiagudos, los pezones erectos y oscuros como ciruelas pasas. Mientras esperaba, se rascaba el vello púbico con descaro, mostrando mechones crespos y negros que se enredaban en sus dedos. Su olor era más ácido, más penetrante.

Otra era maciza, con muslos como troncos y un vientre que colgaba en un pliegue blando sobre el vello espeso de su pubis. Sus pechos, grandes y pesados, caían hasta la cintura, la piel marcada por estrías plateadas que brillaban como telarañas. El vello de sus axilas era tan denso que parecía pelaje.

una más, flaca, pero con una tensión en los músculos que prometía violencia, los pezones grandes y del color del chocolate, la piel caliente, casi febril, que rozó el brazo de Hal al pasar sin querer.

Otra, de rasgos casi masculinos, mandíbula prominente, hombros desmesuradamente anchos, poco pecho, pero con un vello corporal espeso que le cubría el torso como una segunda piel.

Todas olían a almizcle, a sudor de ellas.

La primera amazona, la que había abierto la compuerta, avanzó hacia Hal. Sus pies descalzos, anchos y callosos, pisaron el charco de orina de Chen sin inmutarse. Se detuvo frente a él, lo miró desde su altura, y gruñó algo en su lengua gutural.

Hal intentó levantarse pero no pudo. Sus brazos temblaban, sus piernas no respondían. La amazona se inclinó hacia él, lo agarró por el cabello y lo levantó como si no pesara nada. Sus ojos negros lo escrutaron, y luego soltó una risa ronca. Su aliento era una mezcla de carne fermentada y hierbas.

—Éste —dijo en un estándar galáctico roto, aprendido quizás de otras capturas—. Pero huele a miedo. Es Bueno. El miedo da sabor a la semilla.

Lo soltó. Hal cayó de rodillas, jadeando.

Detrás de ella, las otras amazonas se desplegaron por el puente. La de los pechos hasta la cintura, aquella de vello axilar denso como pelaje, agarró a Miller por el mono y lo arrastró como a un saco. Miller gritó, un sonido agudo y quebrado, mientras sus piernas inútiles raspaban el metal.

—¡No! ¡Por favor!

La amazona le dio un bofetón que lo hizo callar de inmediato. Su cabeza rebotó contra el suelo y un hilo de sangre brotó de su labio partido.

Otra amazona, la de la cicatriz,una línea rosa y gruesa que le partía la mejilla izquierda,se acercó a Chen. La joven yacía boca abajo, empapada, temblando. La guerrera la pateó para ponerla boca arriba y evaluó su cuerpo delgado con una mueca de desdén. Sus pezones, grandes y del color del chocolate, rozaron el brazo de Chen mientras se inclinaba, pero la joven no reaccionó. La piel de la amazona estaba caliente. Dijo algo en su lengua, y otra amazona se acercó con un aparato orgánico, parecido a un pad médico, con el que escaneó a Chen de pies a cabeza. La máquina emitió un pitido.

—Ésta no sirve para vientre —gruñó la guerrera de la cicatriz—. Muy flaca. Huesos pequeños. Pero buena para cargar. Músculos largos.

Agarraron a Chen por los brazos y la arrastraron hacia la compuerta. La joven no opuso resistencia. Sus ojos vidriosos miraban al vacío.

Reyes fue levantado por dos amazonas. Una de ellas, la maciza de muslos como troncos y vientre colgante, le sostuvo la cara con una mano y le obligó a mirarla. El vello de su pubis, espeso y negro, estaba al nivel de los ojos de Reyes. Olía a orina seca y a sexo.

—Éste es pequeño —dijo—. Pero fuerte. Manos de máquinas. Bueno para reparar.

Lo empujaron hacia el grupo de Miller y Chen.

Niko seguía en el suelo, temblando, las gafas perdidas. Una amazona se agachó junto a él,la de huesos marcados, la que se había rascado el vello púbico, le palpó los testículos con una frialdad clínica, y el anciano gimió. Sus dedos, largos y huesudos, estaban fríos.

—Viejo —sentenció—. Semen de baja calidad. Pero la próstata es grande. Útil para drenaje.

Lo levantaron. Niko lloraba en silencio.

Jax fue la siguiente. Su cuerpo de caderas anchas, construido para altas gravedades, atrajo la atención de la amazona de rasgos casi masculinos, la de hombros desmesuradamente anchos y poco pecho. La guerrera le levantó el mono, dejando al descubierto su vello púbico espeso y sus muslos poderosos. Su propia piel, cubierta de un vello ralo pero presente, rozó la de Jax.

—Ésta sí —dijo, con aprobación, su voz ronca—. Caderas anchas. Huesos fuertes. Pero un útero pequeño, lo veo. No para gestar. Para otras cosas. Para… —buscó la palabra— servicio. Obediencia.

Jax se debatió. La amazona rió, mostrando dientes amarillos, y le dio un golpe con tal fuerza que la piloto cayó inconsciente.

—Buena. me gustará domarla.

Mara seguía en su asiento. No se había movido. Cuando una amazona se acercó,la primera, la de las estrías brillantes y los pechos venosos, ella la miró directamente a los ojos. Sin miedo.

La guerrera se detuvo. Inclinó la cabeza, como un animal que evalúa a otro. Sus pechos colgantes oscilaron con el movimiento. Luego, sacó un escáner y lo pasó sobre el cuerpo de Mara.

El aparato parpadeó. La amazona sonrió, mostrando los dientes amarillos y afilados. Su aliento a carne fermentada llegó hasta Mara.

—Ésta es la mejor —anunció—. Caderas anchas. Vientre elástico. Ovarios fuertes. Mira—señaló el monitor—. Ya ha parido. El cuerpo sabe. Ésta será un vientre de alto rendimiento. La Soberana estará contenta.

Dos amazonas sujetaron a Mara por los brazos. Ella no opuso resistencia. Solo miró a Hal, una última vez, mientras la arrastraban hacia la compuerta.

Hal intentó levantarse. Lo consiguió, tambaleándose, con las piernas aún temblorosas.

—¡Mara!—Un rugido ronco salió de su garganta.

Una mano enorme lo agarró por la nuca y lo obligó a arrodillarse de nuevo. Era la primera amazona, la de las estrías, la de los pechos venosos, la del olor a sudor fermentado. Sus dedos olían a hierbas y a carne.

—Silencio, semental —gruñó—. Ella va a su lugar. Tú irás al tuyo. Si vives.

Hal la miró con odio. La amazona sonreía, esperando. Y entonces Hal escupió.

El salivazo golpeó la mejilla de la guerrera, resbalando por la piel de la cara hasta perderse en el vello de su mandíbula. El silencio en el puente fue absoluto. Las otras amazonas se detuvieron, mirando.

La amazona se llevó una mano a la mejilla, tocó el esputo, y luego miró su dedo manchado. Durante un largo segundo, nadie se movió. Luego, sonrió. Pero no era una sonrisa de diversión.

—Éste —dijo, señalando a Hal—. Éste no va al procesamiento general. Éste viene conmigo. Va a la prueba.

Las otras amazonas murmuraron, asintiendo.

—Tiene odio—continuó—. El odio da resistencia. El reloj lo necesita. Los débiles mueren rápido. Los fuertes… —lo miró, sus ojos negros brillando— los fuertes entretienen.

Hal sintió cómo lo levantaban, cómo sus brazos eran inmovilizados por manos callosas y calientes. Mientras lo arrastraban hacia la compuerta, vio por última vez el puente, los charcos de orina, fluidos y semen, las consolas parpadeando, el cuerpo inconsciente de Chen, Miller llorando en silencio, el de Niko temblando como una hoja. Vio a Reyes, que lo miró un instante antes de desaparecer por otra compuerta. Vio a Jax, arrastrada como un fardo por la amazona de hombros anchos.

Y vio, por un instante, el rostro de la amazona que lo sujetaba. Vio las estrías brillantes bajo la luz, los pechos colgantes que se movían con cada paso, el vello espeso de sus axilas, el olor a sudor fermentado que lo envolvía.

Luego, la oscuridad del pasillo se lo tragó.



¿Qué te ha parecido el relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar el relato.

Ya que te ha gustado el relato...

¡Sígueme en redes sociales!


o
¡Deja un comentario!
dominacion

Prisionero de las Amazonas Galácticas

Desde Feb, 2026
0,00 (0 votos)

Capítulo 1

Prisionero de las Amazonas Galácticas

Autor: Curtis Logan

3/2/2026

Corredor Comercial Júpiter-Sigma

Flotando en el vacío silencioso del corredor comercial Júpiter-Sigma, la USC Kuso Maru, un carguero de la Clase Maru, de diseño japonés-brasileño del siglo XXIII que priorizaba la vida útil sobre cualquier noción de belleza. Sus 1.2 kilómetros de eslora tenían la silueta de un martillo neumático olvidado en el vacío. Construida para durar más de cien años, Era funcional como una bestia de carga.

Su estructura era simple y brutal, un eje central de aleación titanio-vanadio, cubierto de parches de soldadura como cicatrices de guerra, servía de espina dorsal a la que se anclaban doce módulos de carga externos de forma irregular, cada uno rotulado con las siglas USC.

El United Stellar Consortium, el USC de las siglas, era una megacorporación depredadora cuyo único credo era el margen de beneficio trimestral. Para el Consorcio, la Kuso Maru era solo un número de activo. Su tripulación, «activos biológicos depreciables» —un término contractual que significaba «más barato reemplazar que repatriar»—, era otro costo operativo más.

Estaba armada con doce cañones de plasma e interceptores láser, así como media docena de tubos lanza torpedos con cabeza nucleares. Lo suficiente para enfrentar piratas o contrabandistas, pero no para superar cruceros o destructores de batalla.

Su única concesión a lo extraordinario era el Impulsor de Curvatura «Vórtice-9» que abultaba su popa. Ocupaba el cuarenta por ciento de su masa. No era un motor elegante, sino una cámara de contención abombada rodeada de anillos estriados que siempre brillaban con un tenue resplandor azulado de radiación residual. Cuando se activaba, no producía llamaradas. Violaba el espacio-tiempo. Contraía el vacío frente a la proa y lo expandía detrás de la popa, atrapando la nave en una burbuja de estasis donde las leyes de la física se suspendían. El manual lo llamaba tecnología Alcubierre. Los ingenieros, en la intimidad de la sala de máquinas, lo apodaban «el Aprietauniversos». Su zumbido de fondo, de 27 Hertz, se filtraba por todo el casco, era conocido por causar migrañas crónicas, náuseas y pesadillas colectivas a la tripulación, cuando se usaba por periodo largos.

El puente de mando, apodado «la Cabeza del Martillo», era una protuberancia blindada que vibraba con un zumbido de baja frecuencia que se filtraba por las suelas de las botas del capitan Hal Gordon. El aire olía a café requemado, aceite de hidráulico y la tenue pero persistente humedad de un sistema de reciclaje al borde del fallo. Hal, sentado en la silla de mando con la pierna cruzada, tenía la barbilla apoyada en el puño. A sus cuarenta y cinco terrestres estándar, conservaba el carisma de los viejos capitanes de flota, pero con el peso de la grasa administrativa y la desilusión en los bordes de sus ojos. Su uniforme azul marino, con los galones de Capitán de Primera Clase brillando opacamente, le apretaba en los hombros y le ceñía un vientre que había pasado de tableta abdominal a suave prominencia. Era la complexión de quien mandaba más con la voz que con el ejemplo físico.

—Informe de situación, Miller —ordenó Hal. Su voz era un barítono calmado, pulido por décadas de dar órdenes en ambientes presurizados.

El oficial de navegación, un hombre joven y delgado con el cabello rapado y tatuajes geométricos asomando por el cuello del mono, se volvió desde su consola.

—Capitán—dijo, con el semblante preocupado— estamos rozando el límite de la Corriente de Birkeland. Los sensores marcan una anomalía de plasma de alta energía, clase theta. Está bloqueando la ruta hiperlumínica directa al Puerto Sigma. Si seguimos el protocolo y rodeamos por el cinturón de asteroides H-7, añadiremos seis días, diecisiete horas a nuestro ETA.

—Capitán—advirtió Ni-ko, el oficial científico,un hombre de unos cincuenta años, calvicie incipiente y gafas con montura de aleación ligera—La carga principal… los cultivos de trigo proto-sintético en la bodega 4… no aguantarán. La tasa de descomposición ya está en un 2% por encima de lo proyectado.

Hal suspiró, un sonido que se perdió en el zumbido de los ventiladores. Se puso en pie, y el tejido del uniforme crujió levemente sobre su pecho.

—Entonces el protocolo nos condena igual que la tormenta.

Hal no se inmutó exteriormente, pero un músculo en su mandíbula se tensó. La carga, 625 toneladas de trigo proto-sintético PS-NUTR-7 con destino a la colonia agrícola de Puerto Sigma era valiosa. perderla activaría cláusulas de penalización, descuentos en los bonos de riesgo vitalicio y, lo peor, un informe de “decisión incorrecta evaluando datos disponibles”. Para el Consorcio, aquello era una sentencia de muerte profesional.

—Calcule una trayectoria alternativa, Miller.— dijo Gordon—Una que no nos haga perder la carga.

Miller tragó saliva.

—Sólo hay una, Capitán. Un salto sublumínico corto, rozando la periferia gravitatoria de la Tercera Luna de Xylon. Es… técnicamente estable.

—la tercera Luna de Xylon—dijo el capitán pensativo — Antigona.

Hal noto como la tripulación del puente se tensaban como una cuerda de acero ante la mención de ese nombre.

Chen, la oficial de comunicaciónes, delgada casi en extremo, como un muchacho adolescente, se estremecio visiblemente.

Mara, la oficial de sistemas y artilleria la miro con curiosidad, Pero se mantuvo me silencia, era tres veces más gruesa que Chen, solida, de grandes pechos, vientre y nalgas.

Reyes, el ingeniero jefe, sonreía incrédulo desde su baja estatura y su mirada feroz, jugueteaba con su multitool magnético junto a su muslo izquierdo.

Jax, segunda piloto, cuyo cuerpo de anchas caderas daba la impresión de haber sido construido para resistir altas gravedades fue quien tuvo el valor de hablar sin que el capitán les pidiera hacerlo.

—Mi primo era ingeniero en el Cronopio. Se acercaron a Antigona. Hace diez años. Solo él y otros tres sobrevivieron, flotando en una cápsula. Al resto de la tripulación… se los llevaron.

—¿Quién se los llevó ? —Murmuro Chen.

Hal los dejaba hablar, sabía que eso disminuiría la tensión del ambiente.

—En los informes de exploración fallida del siglo pasado, la región colindante aparece designada como Exis-IV —dijo Niko ajustándose las gafas— pero algunas leyendas de cantina… —tragó saliva— las llaman Amazonas.

—¿Amazonas? —preguntó Chen, con curiosidad.

—Una sociedad matriarcal extrema, humanoides clase C1 —continuó Niko, bajando la voz—. Los rumores en círculos de xenoantropología establecen que capturan naves tripuladas por otras especies humanoides.someten tanto a hombres como a mujeres a… pruebas.

Reyes, soltó una risa corta y sin humor.

—he escuchado esas historias—dijo— se dice que su adn es compatible con casi todas las especies humanoides del cuadrante.

—¿Pruebas de qué? —insistió Chen.

—De resistencia sexual. —dijo Mara, Su voz era grave, rasposa—

buscan sementales, pero no para darse placer, si no como semilla. Mi antiguo capitán en la flota mercante me contó, borracho y con los ojos como platos, lo que le había dicho un superviviente, que fue vendido a otras Amazonas, por tener un defecto genético. dijo Que los ataban a maquinas que los excitaban hasta el límite, que estimulaban sus miembros,Y que si eyaculaban antes de tiempo… —hizo una pausa, buscando las palabras— los eliminaban. Con un reloj de arena de por medio.

—¡Eso es una locura! —exclamó Chen, su voz temblaba.

—Quizás no —musitó Niko—. En su lógica, podría ser una prueba de voluntad. O algo relacionado con su biología. Los rumores dicen que son todas mujeres. Quizás necesitan material genético. Pero solo del que sobreviva al tormento.

Reyes soltó una risa corta, sin humor, mientras su multitool magnético giraba entre sus dedos.

—Material genético —repitió, meneando la cabeza—. Bonita forma de decir semen. Mi primo, el del Cronopio, contaba cosas más… concretas. Decía que cuando rescataron la cápsula, uno de los supervivientes no paraba de repetir lo mismo: «el reloj, el reloj, había que aguantar hasta el último granito». No sabía ni su nombre, pero recordaba eso.

—¿Y qué pasaba si no aguantaban? —preguntó Chen, su voz apenas un hilo.

Reyes se encogió de hombros, pero sus ojos se habían endurecido.

—Ese compañero no lo contó. Pero el primo de Jax sí, ¿verdad? —miró a la piloto.

Jax, que hasta entonces había permanecido en silencio con las manos sobre los controles, giró lentamente el asiento. Su rostro ancho, de rasgos sólidos, estaba pálido bajo la luz amarillenta.

—Mi primo no hablaba mucho de eso —dijo lentamente—. Pero una noche, borracho, soltó algo. Dijo que los hombres no eran los únicos que… sufrían pruebas. Dijo que a las mujeres las separaban. Que las metían en unos tanques.

—¿Tanques? —Chen se estremeció de nuevo, abrazándose los brazos delgados.

—De gestación,Hornos de carne, Chen—intervino Mara, sin apartar la vista de su consola. Su voz grave sonaba plana, como si recitara un parte de daños—. He oído historias similares en la flota. no solo buscan sementales.Buscan incubadoras.Las Amazonas tienen sus propias castas, pero sus cuerpos son demasiado valiosos para gastarlos en el proceso de gestación acelerada. Las mujeres capturadas… las modifican. Te bombean hormonas, te dilatan los huesos y te injertan sus embriones modificados. Eres una incubadora viviente hasta que el fruto les sirve.Las convierten en fábricas.

—¿Fábricas de qué? —preguntó Chen, aunque en su tono se notaba que ya lo sabía.

—De crías —respondió Mara, y por primera vez levantó la vista hacia la joven—. Las implantan con embriones, a veces varios a la vez. Los cultivan dentro de ellas como si fueran… bueno, como los cultivos de la bodega 4. Y cuando las crías nacen, se las quedan. Para criar más Amazonas.

Un silencio pesado cayó sobre el puente. El zumbido del motor pareció intensificarse, filtrándose en los huesos.

—Eso es… —Chen no terminó la frase.

—¿Barbárico? —apuntó Reyes—. ¿Monstruoso? Sí. Pero también es lógico. Si son todas mujeres, necesitan dos cosas: esperma y úteros. Los hombres se lo dan con sus… pruebas. Las mujeres, con sus cuerpos.

—Y los que no sirven —dijo Niko en voz baja, ajustándose las gafas con un movimiento casi mecánico—, los eliminan. Como en cualquier programa de cría selectiva. Los débiles, los impacientes, los que no superan el reloj… desechados. Los resistentes, usados como sementales hasta que su cuerpo no puede más. Y las mujeres que no producen suficientes crías o que se resisten… también.

—¿También las matan? —Chen había empezado a temblar ligeramente.

—Peor —dijo Mara, y hubo algo en su tono que heló el aire—. Las reacondicionan. Las vacían por dentro, dicen. Les borran la memoria, les implantan obediencia. Las convierten en Criadoras. En guardianas. En madres sustitutas que crían a las crías de otras como si fueran suyas, sin saber siquiera que alguna vez tuvieron un nombre.

Reyes silbó suavemente entre dientes.

—Vaya. Así que si te capturan, o te conviertes en toro de semental, o en incubadora, o en zombie al servicio de ellas. Qué menú tan variado.Incluso se dice que tienen una prueba para las hembras «competitivas» —Reyes, dejo de jugar con su herramienta magnética—. Las que intentan luchar. Dicen que las Amazonas disfrutan rompiendo esa voluntad, humillándolas frente a los hombres antes de procesarlas. Una forma de demostrar que, en su luna, la jerarquía de la carne es la única que importa.

—No es gracioso —dijo Jax, y su voz tenía un filo que no había mostrado antes—. Mi primo… él vio a una de esas. Una mujer de su propia tripulación, que había sido capturada y luego… devuelta. No sabía quién era. No reconocía a nadie. Solo obedecía a sus captores. Caminaba, comía, dormía… pero no había nadie dentro. Como un traje con carne.

Chen se llevó una mano a la boca.

—¿Y no pudieron… rescatarla? ¿Ayudarla?

—No hay nada que rescatar —dijo Mara—. Cuando te vacían, no queda nada. Solo un cuerpo que funciona. Útero, pechos, ovarios. Todo en perfecto estado de producción. Pero la persona… se la llevaron, como dijo Jax. Y no vuelve.

Hal había escuchado en silencio, la mandíbula apretada, el músculo saltando rítmicamente en su mejilla. Cada palabra era un clavo más en el ataúd de su negación.

—Todo eso son historias —dijo finalmente, pero su voz no tenía la firmeza de antes—. Leyendas de borrachos y supervivientes traumados. El universo está lleno de rumores absurdos.

—Capitán —dijo Niko suavemente—, los supervivientes del Cronopio fueron interrogados por inteligencia del Consorcio. Los informes están sellados, pero yo… tuve acceso a uno, hace años, por un trabajo de consultoría. Los detalles coinciden. No solo con lo que dice Jax. Con lo que dice Mara también.

Hal lo miró fijamente.

—¿Y no lo mencionó antes?

—Pensé que eran… exageraciones. Hasta ahora. Hasta que Miller mencionó Antígona.

Otro silencio. El más pesado de todos.

—Señor —dijo Miller, con la voz tensa—. La trayectoria está calculada. Si vamos a hacer el salto, tenemos que decidirlo ahora. La ventana de navegación se cierra en quince minutos.

Hal sintió un frío en la base de la espina dorsal. La descripción era demasiado específica, demasiado vívida.

—Son habladurías, señor Niko —declaró, golpeando con suavidad el brazo de su silla—. Historias que se exageran en cada cantina. Miller, traza esa trayectoria. Jax, prepárate para tomar controles manuales para el paso cercano. Mantendremos la distancia máxima. Es una maniobra de navegación, no una expedición.

La tripulación asintió, volviendo a sus consolas. Pero la tensión permaneció. El salto sublumínico se ejecutó con un quejido estructural que pareció recorrer cada remache de la Kūsō Maru. Serían doce horas de tránsito en el vórtice subespacial. doce horas en las que estarían bajo la zona de influencia de Antígona.

—Miller, tienes el puente —dijo Hal, levantándose de la silla de mando. Se ajustó la chaqueta del uniforme, sintiendo el sudor frío enfriarse en su nuca—. Si una sola mota de polvo cósmico se mueve de forma inusual, me quiero enterar. No esperes a que el sensor grite.

Miller asintió, el movimiento de su nuez en la garganta de arriba a abajo, fue muy visible cuando trago seco..

—Sí, señor.

Se volvió hacia la oficial de artillería.

—Mara, en dos horas estándar quiero un reporte actualizado de las reservas de plasma y el estado de los tubos de torpedos. Ven a mi camarote a entregarlo en mano.

Mara levantó la vista de su consola. el rostro ancho, de rasgos sólidos, permaneció inescrutable.

—Dos horas, Capitán —repitió, con su voz grave y plana.

El capitán salió del puente, dejando atrás la luz ambarina de las consolas sin mirar atrás.

El pasillo principal de la Kuso Maru era un tubo de metal que se estrechaba hacia la distancia como el esófago de una bestia de hierro. El diseño japonés-brasileño no malgastaba ni un gramo de masa en estética. Los corredores eran estrechos, asfixiantes, flanqueados por manojos de tuberías expuestas que siseaban vapor reciclado y cables de fibra óptica que colgaban como lianas muertas. La iluminación dependía de LEDs de bajo consumo que parpadeaban con una frecuencia errática, proyectando sombras largas y nerviosas sobre las paredes de aleación titanio-vanadio. En los rincones, el óxido, ese cáncer naranja que el Consorcio consideraba «un desgaste estético aceptable», devoraba los marcos de las compuertas. Cada paso del capitán resonaba en el metal, acompañado por el crujido de la nave ajustándose a la gravedad sublumínica. «Activos biológicos depreciables», recordó Hal mientras esquivaba una gotera de condensación química que caía del techo. El USC no invertía en reparaciones que no afectaran la navegación. Si la tripulación respiraba aire filtrado por pulmones de metal oxidados, al Consorcio le daba igual, siempre que el PS-NUTR-7 llegará a Puerto Sigma.

llegó a su camarote, una celda de tres por tres metros que olía a encierro y a los restos de su colonia barata. El espacio era un ejercicio de minimalismo forzado, la cama de marco de aluminio y el escritorio de polímero eran plegables, incrustados en la pared para maximizar el poco aire disponible. incluso el lavamanos y el retrete estaban empotrados en la pared.

Sobre la repisa metálica, un pequeño proyector de hologramas parpadeaba. Hal lo activó con un toque cansado. La imagen tridimensional de una mujer de sonrisa serena y dos niños que sostenían una pelota de gravedad cero apareció en el centro de la habitación. Era el recuerdo de una vida que se sentía como si le hubiera ocurrido a otro hombre.

Se desnudó con movimientos lentos, revelando un cuerpo que, aunque todavía mantenía la anchura de hombros de su juventud, mostraba los estragos de la inactividad y la dieta sintética. Entró en la cabina de ducha, un tubo de plástico reforzado donde el agua reciclada ,extraída de su propia ración personal para no alertar a los contadores del Consorcio, cayó en un chorro tibio y escaso. El líquido tenía un regusto metálico, pero sirvió para lavar el rastro de la tensión del puente. Hal sabia que ese líquido pasaría por un proceso químico para ser reutilizado.

Se secó con una toalla áspera y se recostó en la litera plegable, apenas cubierto por una sábana de fibras sintéticas. Activó su tableta de datos y comenzó el repaso rutinario, Ingeniería: El reactor 3 mostraba una fluctuación de micro-julios. Nada crítico.

Organopónica: El moho estaba atacando las raíces del trigo proto-sintético en la bodega 4. Niko tenía razón, el margen se agotaba. Salud: Tres técnicos con náuseas agudas por el zumbido de 27 Hertz. Nada que una dosis de supresores gástricos no arreglara. Justo cuando el cansancio empezaba a nublar su vista, un Blip fuerte sonó en la compuerta de su camarote.

—Pase —dijo Hal, incorporándose a medias.

La puerta se deslizó con un silbido hidráulico. Mara entró. Todavía vestía su mono de trabajo gris, desabrochado hasta la mitad del pecho por el calor de la nave, dejando ver la piel brillante por el sudor. Llevaba una tableta de datos en la mano, pero su mirada no estaba en los informes.

Mara cerró la compuerta tras de sí. El silbido hidráulico del sello la distrajo un segundo. Ella notó enseguida como aquel espacio diminuto olía a Hal, a su sudor seco y a café recalentado. por alguna razón, el olor al sudor de él le parecía excitante y agradable.

—¿Tienes el informe? —dijo Hal, todavía recostado, la sábana cubriéndolo de la cintura para abajo.

Mara asintió, pero no extendió la tableta. Se quedó junto a la puerta, apoyada contra el metal frío, observándolo con una mezcla de cansancio y algo más profundo. Su mono gris, desabrochado hasta el esternón, dejaba ver el inicio de sus pechos, con la piel brillante por el calor de la nave. El vello de sus axilas, sin depilar desde hacía semanas, asomaba oscuro y denso.

Hal la observó largamente. Vio su cuerpo fuerte y lleno. el vientre abultado y blando. los senos plenos, que caían pesadamente sobre el esternón, ya en franca derrota contra la gravedad. las piernas gordas, los pies algo pequeños enfundados en las botas de plasticuero reglamentarias. la cara redonda, de ojos almendrados, y el cabello corto y negro se le pegaba a las sienes por la humedad de la nave.

—El reactor tres tiene una fluctuación —dijo ella, tenia la voz ronca—. Niko dice que puede esperar hasta Puerto Sigma, pero si empeora…

—¿Empeorará?

—Siempre empeora.

Hal sonrió, con una mueca cansada.

—Ven aquí.—Dijo.

No era una orden, pero tampoco fue una pregunta. Mara dudó un segundo, solo un segundo, y luego cruzó los tres metros que los separaban. Se sentó en el borde de la litera, el colchón se hundió bajo su peso, sus muslos presionaron contra la cadera de Hal. Se miraron.

ambos pensaban lo mismo. Diez meses. Diez meses de pasillos estrechos, de raciones sintéticas, de alarmas falsas y silencios incómodos. Diez meses desde la última vez que tocaron a alguien que no fuera por protocolo o necesidad médica.

—¿Los niños? —preguntó Mara.

—Crecidos. O eso dice el último holograma. Mi hija ya no lleva coletas.

—Mi hijo cumplió ocho hace tres meses. Me enteré por un mensaje con retraso de seis semanas.

Silencio. El zumbido de la nave llenó el espacio.

—No podemos cambiar eso —dijo Hal—. Pero podemos…

Mara no respondió con palabras. Inclinó el rostro y lo besó.

El primer contacto fue suave, casi tímido, como si ambos necesitaran confirmar que aquello era real, que tanto el uno como el otro quería lo que se ofrecía. Luego, el beso se profundizó, se volvió hambriento. Labios, lenguas, dientes. El sabor de Mara era café y algo más salado. el de Hal era similar.

Hal llevó una mano a la nuca de ella, sus dedos se enredaron en el cabello sudado de la mujer. Con la otra mano, comenzó a desabrochar el resto del mono, tirando de la cremallera hasta la cintura. La tela se abrió, revelando el torso desnudo, los senos pesados, caídos por la gravedad y los años, los pezones oscuros y erectos por alguna corriente de aire frío del camarote.

Mara se separó lo justo para quitarse el mono por completo, dejándolo caer al suelo metálico con un golpe sordo. Estaba completamente desnuda, y lo exhibió ante el, sin orgullo, solo ofreciendo lo que tenia, estrías en el vientre por el embarazo, una cicatriz de una apendicitis mal cosida, las axilas densamente velludas, el pubis cubierto de un vello negro y espeso que bajaba por los muslos, las guardias y las condiciones de la nave no permitian una higiene mas alla de los baños rapidos. Olía a sudor acumulado, a sexo femenino no lavado. Olía a una semana de guardia continua sin más tiempo que para dormir.

Hal se incorporó, apartando la sábana. Su erección estaba ya completa, el miembro tenso contra su vientre, la punta brillante con una gota de líquido preseminal. Mara lo miró, y luego bajó la vista al colchón.

—Hace mucho —susurró.

—Demasiado.

Ella se tumbó de espaldas en la litera, las piernas abiertas, ofreciéndose. Su sexo, entre los pliegues carnosos del vello púbico, ya estaba húmedo, brillante bajo la luz tenue del camarote. El olor era más intenso ahora, almizclado.

—Ven —dijo ella, con los ojos brillantes.

Hal se colocó sobre ella, su peso apoyado en los codos para no aplastarla. La punta de su miembro rozó la entrada, sintiendo el calor húmedo, la promesa de lo que venía.

—¿Así? —preguntó, su voz ronca.

—Sí. Así.

Empujó.

La penetración fue lenta al principio, pero la resistencia de los músculos internos de ella iba cediendo gradualmente. Mara arqueó la espalda, mientras un gemido escapaba de sus labios, con sus manos agarrándose a los hombros de Hal. Él siguió empujando hasta hundirse por completo, sintiendo cómo ella lo envolvía, cómo su calor y su humedad lo acogían.

—Joder —susurró Mara—. Joder, qué bien.

Hal comenzó a moverse. el ritmo fue lento al principio, profundo, cada embestida era volver a una sensación olvidada. El sonido de sus cuerpos chocando, el golpe húmedo de la piel contra la piel, llenaba el pequeño camarote. El olor a sudor de ambos se intensificó, mezclándose con el aroma más denso del sexo de ella.

—Más —pidió Mara, y su voz se quebró mientras sus uñas se clavaban en la espalda de él—. Más fuerte.

Hal aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más rápidas. El colchón chirriaba bajo ellos, la litera golpeaba contra la pared metálica. Mara gemía abiertamente ahora, sin vergüenza ni pudor, con sus piernas velludas enganchadas a la cintura de Hal, los talones presionando sus nalgas para empujarlo más adentro.

—Así —jadeó ella—. Así, joder.

El sudor les cubría los cuerpos, hacia sus pieles resbaladizas, calientes. Hal podía sentir el orgasmo acumulándose en la base de su espina, una presión creciente e incontrolable.

—Me corro —anunció con un gruñido, luchando contra su propio cuerpo—. Me voy a correr…

—Dentro —respondió Mara, con un ronquido—. Métemela toda. Quiero tu leche adentro.

Hal embistió una última vez, profundo, y se derrumbó sobre ella mientras su cuerpo se vaciaba en espasmos violentos. Sintió cómo la leche brotaba de él, caliente, a borbotones, llenando el interior de ella mientras un ronquido profundo surgía de su garganta.Un chorro, otro, otro más, cada contracción vaciándose más profundamente. Mara gimió con él, las paredes internas de su vagina se contrajeron, succionando, exprimiendo hasta la última gota, prolongando la sensación mientras su coño se llenaba de semen.

Cuando los espasmos cesaron, quedaron inmóviles, enredados, jadeando. El sudor se enfriaba sobre sus pieles. El olor a sexo ,a fluidos mezclados, a almizcle, llenaba el camarote como una presencia más.

Hal rodó a un lado, dejándole espacio. Su miembro, aún sensible, se retiró con un sonido húmedo, dejando escapar un hilo de semen que cayó sobre el colchón. Mara llevó una mano entre sus piernas, tocándose, sintiendo el calor de lo que había quedado dentro.

—Estoy goteando —murmuró, casi para sí misma.

—Bueno —respondió Hal, sin aliento.

Se quedaron en silencio un rato, escuchando sus propias respiraciones y el zumbido eterno de la nave.

Mara fue la primera en hablar.

—Mi marido… se llama Carlos. Es profesor. Enseña historia en un instituto de la colonia Ganimedes. —Se rió, sin alegría—. Nunca imaginé que acabaría follando con mi capitán mientras él daba clases a críos sobre las guerras de expansión.

Hal no respondió inmediatamente. Miraba el techo, las manchas de humedad que formaban mapas de continentes imaginarios.

—Mi mujer se llama Yliana. Es ingeniera agrícola. Diseña sistemas hidropónicos para las colonias de baja gravedad. Mis hijos… mi hija tiene ocho, se llama Sofía. Mi hijo, Pablo, tiene seis. El último holograma que recibí, Sofía había perdido un diente. —Se llevó una mano al pecho, un gesto inconsciente—. No sé si le habrá salido ya el nuevo.

Silencio de nuevo.

—¿Te sientes culpable? —preguntó Mara.

—Sí.

—Yo también.

—Es la primera vez que hablamos de… ellos

—No importa. quiero seguir haciéndolo contigo hal… ¿tu lo quieres?

—Sí.

Mara se incorporó, apoyándose en un codo. Lo miró. El sudor había secado en su rostro, dejando una película brillante. Su vello púbico, empapado, goteaba lentamente sobre el colchón.

—Estoy goteando tu leche —dijo—. Va a manchar la sábana.

—Que manche.

Ella sonrió, una sonrisa triste.

—Dentro de unas horas volveré a mi puesto. Tú al tuyo. Y mañana… Mañana será otro día de reactor averiado y moho en la organopónica.

— y lo haremos de nuevo.Y pasado llegaremos a Antígona y haremos una escala —completó Hal.

—y lo haremos de nuevo.

—Si. y luego Jax recalibrara la ruta hacia Puerto Sigma.

—¿Y luego?

—Luego… —Hal la miró—. Luego no lo sé. Otra ruta. Otro cargamento. Otra espera de diez meses.

Mara se inclinó y lo besó, suave esta vez, casi tierno.

—Al menos tenemos esto —susurró contra sus labios—. Por ahora.

Hal le acarició el cabello, enredando los dedos en los mechones sudados.

—Por ahora.

PERIFERIA DE ANTÍGONA

El puente de la Kuso Maru estaba en silencio, solo roto por el zumbido monótono de los sistemas y el ocasional chasquido de una consola. el vacío acústico que hacía que a todos en el carguero les zumbaran los oídos.

Hal llevaba una hora en su silla, con el café sintético frío y olvidado en el posavasos magnético. Su uniforme estaba pegajoso y la mente la tenía dividida entre aquella tarea y el recuerdo del calor de Mara. El puente vibraba con una intensidad diferente.

—Emergiendo del salto sublumínico en treinta segundos —anunció Miller, con la voz tensa—. Todos los sistemas y subsistemas sin novedad.

Mara, a su derecha, repasaba los niveles de plasma sin levantar la vista. Desde la noche anterior, había evitado mirarlo directamente. No por vergüenza, sino porque sabía que si lo miraba, sonreiría, y sonreír expondría su intimidad. aunque a nadie le importaba quien cogia con quien, por que aquella nave era netamente civil, pero al Capitan le interesaba dar un aire de etica y profesionalismo mientras estuvieran de guardia.

—Veinte segundos.

Jax tenía las manos sobre los controles manuales, por si acaso. Reyes, apoyado contra la pared trasera, jugueteaba con su multitool. Niko se ajustaba las gafas, mirando fijamente los sensores de largo alcance. Chen, en comunicaciones, llevaba los auriculares puestos, escuchando el silencio.

—Diez. Cinco. Tres. Dos. Uno.

La nave emergió.

No hubo una sacudida. Solo una transición, fue como si el espacio mismo parpadeara. Las estrellas, antes borrosas por la distorsión de Keplar, se definieron en puntos nítidos. Y allí, justo donde debía estar, Antígona brillaba con una luz mortecina, una perla negra envuelta en jirones de gas púrpura, la tercera luna de Xylon, escoltada por sus dos hermanas menores que giraban lentamente en la distancia.

—Ya estamos —dijo Miller, exhalando—. Antígona en posición. Sistema Xylon nominal.

Un murmullo de alivio recorrió el puente.

Pero duró poco.

—Señor —la voz de Niko se quebró—. Los sensores de largo alcance… hay algo más.

—¿Algo más?

—Una red. Una estructura de plasma. Nos está… envolviendo.

Hal se levantó de un salto, mirando fijamente la pantalla principal. Las imágenes mostraban filamentos brillantes, como hebras de una telaraña cósmica, que se extendían desde algún punto más allá de Antígona y se cerraban lentamente alrededor de la Kuso Maru. Eran delgados, casi etéreos, pero los sensores marcaban una densidad energética imposible.

—¿Qué es eso? —preguntó Chen, con los ojos muy abiertos.

—No lo sé —admitió Niko—. Pero está vivo. Tiene firma biológica. Y nos está atrapando.

—¡Maniobra evasiva! —ordenó Hal—. Jax, sácanos de aquí.

Jax movió los controles. La nave respondió con un gemido, pero los motores apenas la desplazaron unos metros. Los filamentos de plasma se reconfiguraron, adaptándose, cerrándose más.

—No puedo —dijo Jax, la voz tensa—. Es como si nos sujetaran. La red se mueve con nosotros.

—Comunicaciones —Hal giró hacia Chen—. Frecuencia de socorro. Ahora.

Chen movió los diales. Nada. Solo estática. Y debajo de la estática, un rumor. Un latido.

—¿Oyen eso? —preguntó Jax, en voz baja.

Todos escucharon. El latido era lento, profundo, como el corazón de un animal dormido. Y venía de todas partes.

—Quiero una visual, Niko— exclamó el capitán.

el oficial manipuló las pantallas de su consola táctil y en el frontal del puente apareció el espacio circundante. Eran tres pantallas de alta definición que mostraban el frente, los laterales, y la parte posterior de la nave. vieron entonces decenas de formas orgánicas, del tamaño de lanzaderas de transporte y con la textura de la obsidiana húmeda, que se desprendían de una sombra mayor, situada en un plano superior al de ellos. No eran naves metálicas, eran estructuras de quitina y tejido vivo que palpitaban con una luz ambarina interna.

—¡Escudos magneticos al máximo! ¡Mara, prepara los interceptores! —ordenó Hal, poniéndose en pie.

Antes de que Mara pudiera tocar la consola, un pulso imperceptible atravesó el casco de titanio-vanadio como si fuera papel. No hubo explosión, solo un gemido de baja frecuencia que resonó directamente en los centros nerviosos de la tripulación.

De repente, el aire en el puente se saturó de un aroma denso, dulce y animal, una mezcla de flores en descomposición y feromonas concentradas.

—¿Qué es… ese olor? —balbuceó Niko. De repente, sus ojos se pusieron en blanco y sus manos se aferraron a su propia entrepierna, con su cuerpo arqueándose violentamente.

Hal sintió cómo su columna vertebral se arqueaba sin su permiso. Una descarga eléctrica, caliente y violenta, recorrió su pelvis y se concentró en su entrepierna con una fuerza que le arrancó un gruñido de dolor. Su polla se endureció en segundos, no con la suavidad del deseo, sino con la rigidez de un calambre, un espasmo muscular incontrolable.

—¡Agh! —Hal cayó de rodillas.

Sintió como si mil agujas calientes recorrieran sus nervios, transformando la tensión del combate en una urgencia sexual insoportable y artificial. Su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Bajo su uniforme, su miembro se puso tan rígido que le dolió, una erección forzada que su voluntad no podía contrarrestar.

A su alrededor, el puente se convirtió en una escena de agonía infernal.

Miller se dobló sobre su consola, con un gemido agudo escapando de su garganta. Sus piernas se abrieron involuntariamente, mientras las caderas empujaban contra el asiento en un ritmo que no controlaba. Una mancha oscura comenzó a extenderse en la entrepierna de su mono,orina, o algo peor, mientras su boca se abría en un grito sin sonido.

Chen, la más joven, cayó de su silla al suelo. Su cuerpo delgado se convulsionaba, arqueado, con los brazos y las piernas agitándose en unos espasmos que no eran epilépticos sino orgásmicos, un orgasmo violento y no consentido que la hacía gemir con cada contracción. Su mono se empapó en segundos, una humedad cálida se extendio debajo de ella.

Niko intentó agarrarse a su consola, pero sus dedos no obedecieron. Su rostro, tras las gafas, era una máscara de terror mientras su propio cuerpo lo traicionaba. Una erección dolorosa abultaba su mono, y podía sentir cómo la próstata se contraía en espasmos que vaciaban su vejiga y sus conductos sin que pudiera hacer nada para detenerlo.

Reyes, que estaba de pie junto a la pared, cayó de rodillas. la multitool salió disparada, rebotando en el metal. Sus manos se cerraron sobre su entrepierna, apretando con una fuerza que parecía querer arrancarse la fuente del dolor. Un sonido ronco, entre gruñido y sollozo, escapaba de su garganta mientras su cuerpo se vaciaba en el mono, caliente y vergonzoso.

Jax intentó levantarse de su asiento. Lo consiguió a medias, pero sus piernas no respondieron. Cayó de rodillas junto a su consola, y su cuerpo de caderas anchas se arqueo en un espasmo que la dejó sin aliento. A través del mono, una mancha oscura se expandía, sus propios fluidos calientes empapando la tela, goteando sobre el metal. Sus ojos, desorbitados, encontraron los de Hal por un instante, y en ellos había terror puro.

Mara fue la única que no cayó. Permaneció en su asiento, pero su cuerpo estaba rígido, con las manos aferradas a los reposabrazos con los nudillos blancos. Su rostro ancho, de rasgos sólidos, estaba contraído en una mueca de agonía. Un gemido profundo, animal, escapaba de su garganta mientras su pelvis se contraía rítmicamente, empujando contra el asiento. El olor de su sexo, ese mismo que Hal había olido la noche anterior, llenó el espacio.

Hal la miró. Ella lo miró.

Y en ese instante, el segundo pulso los golpeó.

Fue más intenso. Más profundo. Una frecuencia que encontró los centros nerviosos más primitivos y los exprimió.

Hal sintió cómo su eyaculación, violenta e incontrolable, empapaba el interior de su mono. El semen caliente brotó de él en espasmos que no eran de placer, sino un puro reflejo mecánico, un vaciado forzado que le arrancó un grito ronco. Podía sentir cómo cada gota era exprimida de sus testículos, cómo los conductos se vaciaban, cómo la próstata se contraía una y otra vez hasta que no quedaba nada. A su alrededor, los sonidos eran una sinfonía de agonía, gemidos, sollozos, el golpe de cuerpos contra el metal, el chapoteo de fluidos empapando monos, goteando al suelo. El olor a orina, a semen, a miedo, a sudor llenaba el puente de manera penetrante.

Niko cayó de su silla, sus gafas saltaron por los aires. Quedó en el suelo, temblando, un hilillo de sangre escapó de su nariz mientras su cuerpo seguía convulsionándose.

Chen había dejado de moverse. Yacía boca abajo, su cuerpo delgado era sacudido por espasmos más suaves, y un charco oscuro se extendia bajo ella.

Miller se había deslizado de su asiento y yacía contra la consola, jadeando, el rostro estaba contraído en una mueca de vergüenza y dolor.

Reyes seguía de rodillas, pero ahora su cuerpo se inclinaba hacia adelante, con la frente tocando el metal, un hilillo de baba colgaba de sus labios.

Jax había conseguido sentarse, pero sus manos temblaban incontrolablemente y su mirada estaba perdida.

Mara seguía en su asiento, pero su cuerpo se había relajado ligeramente. Jadeaba, con los ojos cerrados, con las manos aún agarradas a los reposabrazos.

Hal intentó hablar. Intentó decir algo, dar una orden, hacer cualquier cosa que no fuera yacer en su silla, empapado, roto. Pero las palabras no salían.

Y entonces, el tercer pulso golpeó.

Esta vez fue diferente. Más suave. Casi una caricia. Un zumbido que recorrió sus cuerpos sin la violencia de los anteriores, pero que dejó una sensación de vacío, de agotamiento total.

Cuando cesó, ninguno podía moverse.

Hal, desde su silla, con el mono empapado y pegajoso, sintiendo el semen enfriarse contra su piel, miró a Mara. Ella lo miró también.

No dijeron nada. No había nada que decir.

No había escapatoria.

El abordaje había comenzado.

Hal, con los pulmones ardiendo y la entrepierna empapada en un frío pegajoso, vio cómo el mamparo de estribor se disolvía. Un ácido ámbar devoró el titanio-vanadio, creando un agujero de bordes palpitantes. El puente de la Kūso Maru, cuto aire era ya una sopa espesa de olor a semen, sudor, orina, fluidos vaginales y miedo se lleno ahora también del olor acre que diluía la puerta.

Hal intentó mover un dedo, pero su organismo no respondió.

El metal gimió, se retorció, y de la oscuridad del pasillo emergió una forma que no parecía ser humana del todo. Medía más de dos metros, era ancha de hombros, con una armadura que parecía tallada en quitina negra y carne endurecida. Bajo la coraza, las partes que estaban expuestas, la piel estaba marcada por estrías brillantes que reflejaban la luz del puente y se plegaba en rollos de grasa que se mecían con cada paso. Sus pechos, enormes y caídos, mostraban venas azules bajo la piel pálida con los pezones gruesos como dedos, oscuros y arrugados. El vello de sus axilas era un matorral espeso y oscuro del que emanaba un olor a sudor fermentado y a hierbas desconocidas. No se afeitaba las piernas, por el contrario el vello rizado y negro crecía denso sobre los poderosos músculos que flexionaba bajo su piel. El vientre era blando, abultado, surcado por estrías profundas. Su rostro, ancho y brutal, mostraba una mandíbula cuadrada y ojos negros sin pupilas que barrieron el puente con la frialdad de quien cuenta cabezas de ganado.

Detrás de ella, entraron más formas. Una docena al menos. Todas semidesnudas, todas con esa mezcla de carne blanda y armadura orgánica. Una de ellas era puro hueso y tendón, con costillas visibles marcando su costado y clavículas que formaban huecos profundos bajo la piel. Sus pechos eran pequeños, puntiagudos, los pezones erectos y oscuros como ciruelas pasas. Mientras esperaba, se rascaba el vello púbico con descaro, mostrando mechones crespos y negros que se enredaban en sus dedos. Su olor era más ácido, más penetrante.

Otra era maciza, con muslos como troncos y un vientre que colgaba en un pliegue blando sobre el vello espeso de su pubis. Sus pechos, grandes y pesados, caían hasta la cintura, la piel marcada por estrías plateadas que brillaban como telarañas. El vello de sus axilas era tan denso que parecía pelaje.

una más, flaca, pero con una tensión en los músculos que prometía violencia, los pezones grandes y del color del chocolate, la piel caliente, casi febril, que rozó el brazo de Hal al pasar sin querer.

Otra, de rasgos casi masculinos, mandíbula prominente, hombros desmesuradamente anchos, poco pecho, pero con un vello corporal espeso que le cubría el torso como una segunda piel.

Todas olían a almizcle, a sudor de ellas.

La primera amazona, la que había abierto la compuerta, avanzó hacia Hal. Sus pies descalzos, anchos y callosos, pisaron el charco de orina de Chen sin inmutarse. Se detuvo frente a él, lo miró desde su altura, y gruñó algo en su lengua gutural.

Hal intentó levantarse pero no pudo. Sus brazos temblaban, sus piernas no respondían. La amazona se inclinó hacia él, lo agarró por el cabello y lo levantó como si no pesara nada. Sus ojos negros lo escrutaron, y luego soltó una risa ronca. Su aliento era una mezcla de carne fermentada y hierbas.

—Éste —dijo en un estándar galáctico roto, aprendido quizás de otras capturas—. Pero huele a miedo. Es Bueno. El miedo da sabor a la semilla.

Lo soltó. Hal cayó de rodillas, jadeando.

Detrás de ella, las otras amazonas se desplegaron por el puente. La de los pechos hasta la cintura, aquella de vello axilar denso como pelaje, agarró a Miller por el mono y lo arrastró como a un saco. Miller gritó, un sonido agudo y quebrado, mientras sus piernas inútiles raspaban el metal.

—¡No! ¡Por favor!

La amazona le dio un bofetón que lo hizo callar de inmediato. Su cabeza rebotó contra el suelo y un hilo de sangre brotó de su labio partido.

Otra amazona, la de la cicatriz,una línea rosa y gruesa que le partía la mejilla izquierda,se acercó a Chen. La joven yacía boca abajo, empapada, temblando. La guerrera la pateó para ponerla boca arriba y evaluó su cuerpo delgado con una mueca de desdén. Sus pezones, grandes y del color del chocolate, rozaron el brazo de Chen mientras se inclinaba, pero la joven no reaccionó. La piel de la amazona estaba caliente. Dijo algo en su lengua, y otra amazona se acercó con un aparato orgánico, parecido a un pad médico, con el que escaneó a Chen de pies a cabeza. La máquina emitió un pitido.

—Ésta no sirve para vientre —gruñó la guerrera de la cicatriz—. Muy flaca. Huesos pequeños. Pero buena para cargar. Músculos largos.

Agarraron a Chen por los brazos y la arrastraron hacia la compuerta. La joven no opuso resistencia. Sus ojos vidriosos miraban al vacío.

Reyes fue levantado por dos amazonas. Una de ellas, la maciza de muslos como troncos y vientre colgante, le sostuvo la cara con una mano y le obligó a mirarla. El vello de su pubis, espeso y negro, estaba al nivel de los ojos de Reyes. Olía a orina seca y a sexo.

—Éste es pequeño —dijo—. Pero fuerte. Manos de máquinas. Bueno para reparar.

Lo empujaron hacia el grupo de Miller y Chen.

Niko seguía en el suelo, temblando, las gafas perdidas. Una amazona se agachó junto a él,la de huesos marcados, la que se había rascado el vello púbico, le palpó los testículos con una frialdad clínica, y el anciano gimió. Sus dedos, largos y huesudos, estaban fríos.

—Viejo —sentenció—. Semen de baja calidad. Pero la próstata es grande. Útil para drenaje.

Lo levantaron. Niko lloraba en silencio.

Jax fue la siguiente. Su cuerpo de caderas anchas, construido para altas gravedades, atrajo la atención de la amazona de rasgos casi masculinos, la de hombros desmesuradamente anchos y poco pecho. La guerrera le levantó el mono, dejando al descubierto su vello púbico espeso y sus muslos poderosos. Su propia piel, cubierta de un vello ralo pero presente, rozó la de Jax.

—Ésta sí —dijo, con aprobación, su voz ronca—. Caderas anchas. Huesos fuertes. Pero un útero pequeño, lo veo. No para gestar. Para otras cosas. Para… —buscó la palabra— servicio. Obediencia.

Jax se debatió. La amazona rió, mostrando dientes amarillos, y le dio un golpe con tal fuerza que la piloto cayó inconsciente.

—Buena. me gustará domarla.

Mara seguía en su asiento. No se había movido. Cuando una amazona se acercó,la primera, la de las estrías brillantes y los pechos venosos, ella la miró directamente a los ojos. Sin miedo.

La guerrera se detuvo. Inclinó la cabeza, como un animal que evalúa a otro. Sus pechos colgantes oscilaron con el movimiento. Luego, sacó un escáner y lo pasó sobre el cuerpo de Mara.

El aparato parpadeó. La amazona sonrió, mostrando los dientes amarillos y afilados. Su aliento a carne fermentada llegó hasta Mara.

—Ésta es la mejor —anunció—. Caderas anchas. Vientre elástico. Ovarios fuertes. Mira—señaló el monitor—. Ya ha parido. El cuerpo sabe. Ésta será un vientre de alto rendimiento. La Soberana estará contenta.

Dos amazonas sujetaron a Mara por los brazos. Ella no opuso resistencia. Solo miró a Hal, una última vez, mientras la arrastraban hacia la compuerta.

Hal intentó levantarse. Lo consiguió, tambaleándose, con las piernas aún temblorosas.

—¡Mara!—Un rugido ronco salió de su garganta.

Una mano enorme lo agarró por la nuca y lo obligó a arrodillarse de nuevo. Era la primera amazona, la de las estrías, la de los pechos venosos, la del olor a sudor fermentado. Sus dedos olían a hierbas y a carne.

—Silencio, semental —gruñó—. Ella va a su lugar. Tú irás al tuyo. Si vives.

Hal la miró con odio. La amazona sonreía, esperando. Y entonces Hal escupió.

El salivazo golpeó la mejilla de la guerrera, resbalando por la piel de la cara hasta perderse en el vello de su mandíbula. El silencio en el puente fue absoluto. Las otras amazonas se detuvieron, mirando.

La amazona se llevó una mano a la mejilla, tocó el esputo, y luego miró su dedo manchado. Durante un largo segundo, nadie se movió. Luego, sonrió. Pero no era una sonrisa de diversión.

—Éste —dijo, señalando a Hal—. Éste no va al procesamiento general. Éste viene conmigo. Va a la prueba.

Las otras amazonas murmuraron, asintiendo.

—Tiene odio—continuó—. El odio da resistencia. El reloj lo necesita. Los débiles mueren rápido. Los fuertes… —lo miró, sus ojos negros brillando— los fuertes entretienen.

Hal sintió cómo lo levantaban, cómo sus brazos eran inmovilizados por manos callosas y calientes. Mientras lo arrastraban hacia la compuerta, vio por última vez el puente, los charcos de orina, fluidos y semen, las consolas parpadeando, el cuerpo inconsciente de Chen, Miller llorando en silencio, el de Niko temblando como una hoja. Vio a Reyes, que lo miró un instante antes de desaparecer por otra compuerta. Vio a Jax, arrastrada como un fardo por la amazona de hombros anchos.

Y vio, por un instante, el rostro de la amazona que lo sujetaba. Vio las estrías brillantes bajo la luz, los pechos colgantes que se movían con cada paso, el vello espeso de sus axilas, el olor a sudor fermentado que lo envolvía.

Luego, la oscuridad del pasillo se lo tragó.



¿Qué te ha parecido el relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar el relato.

Ya que te ha gustado el relato...

¡Sígueme en redes sociales!


o
¡Deja un comentario!

Relatos eróticos relacionados

Relatos eróticos dominacion

WEBCAMS +18 CITAS PRIVADAS +18 Whatsapp, Telegram, Skype