La madrastra infiltrada

El Despertar de las Aguas Mansas en San Roque

«Mi nombre es Fernando. Durante años, he llevado sobre mis hombros la responsabilidad de ser el Coordinador General de Coros de la Parroquia de San Roque. En los pasillos de la iglesia y en las reuniones de pastoral, se me conoce como un hombre reservado, serio y de pocas palabras. Siempre he creído en ese dicho que reza: ‘Líbrame de las aguas mansas, que de las bravas me libro yo’. Tras mi apariencia de orden y disciplina, se oculta un observador meticuloso de la naturaleza humana y, sobre todo, de los deseos que florecen bajo la sombra del altar.

Ser el coordinador me permite moverme con libertad, conocer a cada integrante y ganarme su confianza. He decidido empezar a narrar estas crónicas de San Roque porque lo que sucede cuando las luces se apagan y los instrumentos se guardan, es una realidad que supera cualquier ficción.»

La Infiltrada de Semana Santa

«Para la Semana Santa de aquel año, tomamos una iniciativa ambiciosa: formar un solo Coro Parroquial que uniera todas las voces de los diferentes sectores. Fue un caos organizado de ensayos y partituras, pero también fue el momento en que mi mirada se cruzó con la de Martha.

Yo ya le había puesto el ojo encima a su inseparable amiga, Liz. Liz era el centro de atención, pero Martha tenía algo diferente. Era una mujer madura, de cabello corto que le daba un aire de sofisticación, delgada, pero con un físico impresionante. Gracias a que Liz me contaba todo, sabía que eran compañeras de gimnasio; Martha poseía un trasero atlético y unos senos muy bien formados que sus blusas de botones parecían querer exhibir con orgullo. Martha era la madrastra de uno de mis mejores elementos en el coro, lo que añadía una capa de riesgo que yo, como coordinador, no debía ignorar… pero que, como hombre, me devoraba.»

Martha era una «infiltrada» en toda regla. Mientras el resto de mujeres vestían con la sencillez propia de la cuaresma, ella irrumpía en el atrio con unos jeans ajustados que dejaban claro que sus rutinas de ejercicio no eran en vano. Sus sandalias de plataforma marcaban un ritmo de autoridad sobre el suelo de piedra, y esos lentes de sol que nunca se quitaba le daban un aire de misterio que me irritaba y me excitaba a la vez. Llevaba siempre un bolso blanco pequeño, como si estuviera lista para una cita elegante y no para un ensayo de salmos.

sabía que yo, Fernando, era la autoridad en ese salón. Y eso, lejos de intimidarla, la excitaba. Mientras Liz se concentraba en su voz, Martha se concentraba en mis movimientos. El primer paso no fue un susurro, fue un desafío visual. Se bajaba los lentes, me miraba fijamente mientras yo dirigía, y con una sonrisa cínica me hacía saber que sabía exactamente lo que yo estaba pensando. Ella no venía a cantar; venía a seducir al coordinador.» Ella sabía que yo la observaba. Liz nunca sospechó que, mientras yo hablaba con ella, mi mente estaba descifrando el lenguaje corporal de Martha. Y fue precisamente Martha, la que supuestamente era más ‘seria’, la que decidió que ya era hora de que el coordinador de aguas mansas probara la corriente de su río.»

El Secreto Detrás de los Lentes

«Liz, en nuestras charlas privadas, me soltaba detalles que alimentaban mi morbo. Me hablaba de las rutinas de ejercicio de Martha y, lo más importante, de su pasado. El rumor de que Martha había tenido una aventura con uno de los sacerdotes de San Roque no hacía más que dar vueltas en mi cabeza. Verla ahí, con sus lentes de sol, sus sandalias de plataforma y su bolso blanco, me hacía pensar en la ferocidad que ocultaba.

Ese rumor cambió todo. Cada vez que yo levantaba la batuta para dirigir, sentía la mirada de Martha desde la última fila. Se bajaba ligeramente los lentes, me observaba con una sonrisa cínica y yo sabía que no estaba escuchando la música. Estaba analizando al hombre detrás del cargo.

El ensayo del coro parroquial estaba en su punto medio. Mientras los bajos repasaban una entrada, Liz se acercó a mí, aprovechando un rincón de sombra cerca de los pilares de la San Roque. Me miró con esa complicidad de años, mientras su pecho subía y bajaba con agitación por el esfuerzo de las notas altas.

—»Fernando, ¿has visto cómo te mira la ‘infiltrada’ hoy?» —me soltó Liz, refiriéndose a Martha, que nos observaba desde la cuarta fila con sus inseparables lentes de sol.

Yo fingí desinterés, ajustando las partituras en el atril. —»Martha siempre es así de observadora, Liz. Supongo que le gusta la música».

Liz soltó una carcajada suave que no encajaba en el templo. —»Ay, Fernando… tú eres muy profesional, pero a veces pecas de ingenuo. Martha no está aquí por la música.

-es posible que no esté aquí por la música quizás solo busca matar el tiempo acompañándote o es que me estas insinuando que viene a ver a alguien aquí a la parroquia

-claro que si a eso me refiero viene por un hombre será que se quiere coger al padre otra vez jaja. ¿Sabes lo que me contó ayer en el gimnasio? Le pregunté directamente por el rumor que corre en los sectores… ese del Padre que estuvo antes que viniera el nuevo».

Me quedé helado. Ese era el chisme que hacía eco en los pasillos de la parroquia. —»¿Y qué te dijo? ¿Es cierto?» —pregunté, bajando la voz.

—»No solo no lo negó, sino que me lo contó con una sonrisa de orgullo que me dejó fría» —respondió Liz, acomodándose el cabello—. «Dijo que el hábito no quita lo hombre, y que ella sabía perfectamente cómo hacer que un hombre de Dios olvidara sus votos por una noche. Me lo describió con un detalle… Fernando, esa mujer es una devoradora».

Liz hizo una pausa, mirando hacia donde estaba Martha. —»Lo que me extraña es por qué sigue viniendo a los ensayos ahora. El sacerdote nuevo es joven, sí, pero es muy serio y, sinceramente, no es el tipo de Martha. Ella no pierde el tiempo. Si sigue ‘infiltrada’ aquí cada tarde, es porque le ha puesto el ojo a alguien más del grupo… alguien que ella cree que puede domar».

Liz me miró fijamente, como tratando de descifrar si yo sabía quién era ese hombre. Yo mantuve mi máscara de coordinador, pero por dentro, el corazón me latía con fuerza. Martha ya no era solo la amiga de Liz; era una amenaza deliciosa que estaba cazando en mi propio territorio.

-yo no noo, es imposible que Martha se fije en mi no encajo en sus gustos según lo que me cuentas.

-si en eso tienes razón, no sé qué pretende está loca mujer.

«El ensayo del gran coro parroquial había terminado. El eco de las últimas notas de los salmos todavía vibraba en las paredes del salón, mientras el desorden habitual de la salida comenzaba. Entre el tumulto de gente que Salió, Como coordinador, mi ritual siempre era el mismo: mientras los demás cargaban sillas hacia el salón anexo o se amontonaban en la oficina del párroco para discutir los detalles de la procesión, yo me dirigía al rincón de la consola.

Liz, como siempre, salía apurada. Tenía que lidiar con las sillas y, sobre todo, buscar a su hija, que siempre terminaba escabulléndose por los pasillos de la San Roque o jugando cerca del altar.

—’Fernando, te dejo los cables enrollados, tengo que encontrar a la niña’, me decía Liz con un beso rápido en la mejilla, sin sospechar que su mejor amiga no tenía ninguna prisa por irse.

Me quedé solo frente al tablero. Fui bajando los canales uno a uno: el bajo, las guitarras, las voces de las sopranos. El silencio empezó a llenar el salón, un silencio pesado y cargado. De pronto, escuché el sonido rítmico de unas sandalias de plataforma acercándose por detrás. No necesitaba voltear para saber quién era. El perfume de Martha era inconfundible; una fragancia cara, floral, pero con un toque amaderado que no encajaba con el olor a cera e incienso de la parroquia.

Martha estaba allí, recostada contra la mesa de los equipos. Como invitando a ir con ella.

—»Fernando… te ves tan serio controlando todos estos botones», dijo, mientras se quitaba los lentes y los colgaba en el escote de su blusa, tensando los botones de una manera que me cortó la respiración. «Me pregunto si eres tan meticuloso cuando las luces se apagan y el coro deja de cantar».

—’Alguien tiene que cuidar el equipo, Martha’, respondí, tratando de mantener mi tono de ‘agua mansa’, aunque sentía que el pulso se me aceleraba.

—’Yo también sé cuidar lo que me interesa, Fernando’, replicó ella, dando un paso hacia mi espacio personal. ‘Y he notado que pasas mucho tiempo asegurándote de que todo suene perfecto… pero a veces, lo mejor ocurre cuando apagamos el sonido.

Martha estiró su mano y, con una audacia que me confirmó los rumores sobre el padre de la parroquia, puso su mano sobre la mía, que aún sujetaba el cable de un micrófono. Sus dedos eran firmes, de una mujer que sabía lo que quería. En ese momento, la ‘infiltrada’ dejó de ser una observadora para tomar el control de la consola y de mis sentidos.»

—»Orden… disciplina… control. Eres un hombre de muchas reglas», dijo ella, deslizando un dedo sobre la superficie de la mezcladora de sonido, justo al lado de mi mano. «Liz me dice que eres el ‘coordinador perfecto’. Pero yo he aprendido que los hombres que son tan perfectos en público, suelen ser los más interesantes cuando se quedan a oscuras».

Me miró fijamente. Sus ojos no tenían la timidez de Carolina ni la familiaridad de Liz; tenían la chispa de quien sabe exactamente qué efecto está causando. Si en ese momento hubiéramos estado solo los 2 con seguridad digo que Martha se desnudaba ahí mismo y tendríamos sexo en el salón al lado del al

—»¿Eso es lo que andas buscando, Martha? ¿Qué es lo que te interesa, dime que buscas?», le pregunté, bajando la voz y dejando de lado el cable que estaba enrollando.

Ella soltó una risa breve y cargada de intención. Se acercó un poco más, lo suficiente para que el aroma de su perfume borrara cualquier rastro de incienso en el aire.

—»Busco a alguien que no se asuste con los rumores que cuentan sobre mí», susurró, y por primera vez sentí su mano, firme y cálida, rozando mi antebrazo. «Liz me dijo que eres un ‘agua mansa’. Y yo siempre he querido saber qué tan profundo es el fondo de un río que se ve tan tranquilo. Mi hijastro cree que estás guardando micrófonos… pero tú y yo sabemos que ahora mismo, lo último que te importa es el sonido».

– ¿rumores a que te refieres?, yo haciéndome como que no supiera nada

-vamos se que hablas mucho con Liz de seguro ella ya te conto todo sobre mi o me equivoco

Con una audacia que me dejó sin aliento, Martha estiró el brazo y, sin quitarme la vista de encima, apagó el interruptor principal de la consola. El salón quedó sumido en una penumbra solo rota por la luz mortecina que entraba del atrio.

—»Ahora que no hay testigos ni micrófonos encendidos, Fernando… ¿Vas a seguir siendo el coordinador, o me vas a enseñar por qué dicen que de las aguas mansas hay que librarse?»

La Interrupción: Entre la Penumbra y el Doble Sentido

Justo cuando el clic del interruptor principal dejó al salón de sonido sumido en una oscuridad cómplice, el aire pareció espesarse entre Martha y yo. Ella estaba a centímetros de mi rostro, y yo podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo atlético. Pero antes de que mis manos pudieran comprobar si la firmeza que Liz me había descrito era real, un grito rompió el encanto desde el otro extremo del salón.

—»¡¡Feer!! ¡¡Fernandito!! ¿Ya te fuiste?»

Era la voz de Liz. El sonido de sus pasos rápidos y el eco de su voz rebotando en las paredes del templo nos obligaron a separarnos de un salto. Martha, con una agilidad que solo el gimnasio explica, se alejó de la consola y volvió a colocarse sus lentes de sol en un movimiento fluido, justo cuando la silueta de Liz aparecía en la entrada, sosteniendo a su hija de la mano.

—»¡Ay, Dios mío! ¿Por qué están a oscuras aquí?» —preguntó Liz, entrecerrando los ojos para acostumbrarse a la penumbra, mientras soltaba una risotada—. «Fernando, no me digas que ya estás queriendo ahorrarle energía a la parroquia antes de tiempo».

Me apresuré a encender una luz lateral, tratando de que mi respiración no delatara el incendio que Martha acababa de encender en mí.

— baje el térmico de la consola, Liz. Ya estaba por irme» —respondí, con mi mejor tono de coordinador imperturbable.

Liz caminó hacia nosotros, mirando de reojo a Martha, quien mantenía esa sonrisa cínica tras sus cristales oscuros. Liz, fiel a su estilo bromista y sin sospechar que su amiga acababa de «cazar» al coordinador, lanzó una de sus famosas indirectas:

—»Cuidado, Fer… ya te he dicho que Martha no quita el dedo del renglón. Mira que quedarse aquí ‘ayudándote’ con los cables… no es su estilo, Si yo no supiera que eres un alma de Dios y un ‘agua mansa’, pensaría que esta infiltrada te está llevando por el mal camino».

Liz soltó otra carcajada y le dio un codazo amistoso a Martha. —»Vámonos ya, que la niña tiene hambre. Deja en paz al pobre Fer, que mañana tiene que madrugar para la misa de Ramos. No lo vayas a desvelar con tus historias, que él no está acostumbrado a tus trotes».

Martha bajó ligeramente el borde de sus lentes oscuros, permitiendo que sus ojos, cargados de una malicia eléctrica, se clavaran en los míos. Esa mirada no necesitaba palabras; era un contrato sellado en la penumbra.

—»Tienes razón, Liz. Fernando es demasiado… correcto» —dijo Martha, arrastrando la última palabra con una ironía que me erizó la piel—. «Pero precisamente por eso creo que le falta aprender un poco más sobre ciertas ‘técnicas’ de sonido que solo se dominan en la oscuridad. Ya quedamos en que nos reuniremos a solas para que me instruya sobre el manejo de estos equipos… He descubierto que tengo un interés insaciable por el mundo musical».

Liz soltó una carcajada sonora y le dio un empujón juguetón en el hombro, pensando que su amiga simplemente estaba llevando su humor negro al límite para ponerme nervioso.

—»¡No me jodás, Martha! Deja de molestar a Fer» —exclamó Liz, entre risas, pero con un brillo de posesividad en los ojos mientras se acercaba a mí—. «¿Por qué tenés que ser tan lanzada? Lo vas a asustar y él es un alma de Dios».

—»Ay, por favor, Liz. No he dicho nada malo» —replicó Martha, acomodándose el bolso blanco con una elegancia depredadora—. «En serio me interesa este mundo. He venido a tantos ensayos que estoy pensando seriamente en meterme de lleno al coro».

Liz se detuvo en seco y la señaló con el dedo, en una mezcla de broma y advertencia real que me hizo tragar saliva.

—»¡Ni lo pienses! Si te vas a meter a un coro, búscate otra parroquia, mujer… porque aquí está mi Fer. No te lo voy a dejar a mano para que me lo corrompas con tus historias».

Liz me guiñó un ojo y me lanzó un beso al aire, totalmente convencida de que su «aguas mansas» estaba a salvo de las garras de su amiga. Se dieron la vuelta y salieron juntas, dejando el salón sumido en un silencio repentino. Me quedé allí, solo con el zumbido de la consola enfriándose y el aroma del perfume de Martha —esa mezcla de flores y peligro— flotando en el aire. La promesa silenciosa quedó vibrando en el vacío: la próxima vez, no habría interrupciones, ni bromas de Liz, ni escapatoria posible.

Confesiones tras las Palmas: El Secreto de la Infiltrada

El Domingo de Ramos en San Roque había sido un torbellino de emociones y sudor. La procesión había sido un éxito, y tras guardar los instrumentos, Liz y yo decidimos alejarnos del bullicio parroquial para buscar un poco de aire fresco. Caminamos hacia una pequeña cafetería cercana, aún con el olor a palma bendita pegado en la ropa.

Liz se veía radiante, aunque algo cansada. Siempre me había gustado su compañía; había una química especial entre nosotros, un interés mutuo que se cocinaba a fuego lento entre ensayo y ensayo. Por eso, ella se sentía con la total libertad de abrirse conmigo y contarme las cosas que a nadie más se atrevía a decir.

—»Fer, lo de ayer en el salón de sonido me dejó pensando», comenzó Liz, mientras jugueteaba con su café. «Te lo digo en serio, ten cuidado con Martha. Ella no tiene límites. ¿Te acordás que te mencioné lo del Padre William?»

Me acomodé en la silla, fingiendo una curiosidad casual. —»Sí, algo mencionaste. Pero, ¿realmente fue tan así? William parecía un hombre muy dedicado a su vocación».

Liz soltó una risa irónica y se inclinó sobre la mesa, bajando la voz al nivel de un susurro prohibido.

—»Escúchame bien, porque Martha no solo no se arrepiente, sino que me lo contó con un orgullo que me dio escalofríos. Me dijo que todo empezó en las misas. Ella llegaba temprano, se sentaba justo en la primera fila, frente al altar, y no le quitaba la mirada de encima mientras él consagraba. Me decía: ‘Liz, el hombre se ponía nervioso, yo sentía cómo mis ojos le quemaban la sotana’. Al final, siempre lo buscaba para saludarlo, tirándole bromas con doble sentido hasta que el pobre hombre, que al final es de carne y hueso, terminó cediendo».

Yo escuchaba en silencio, imaginando la escena de Martha, la «infiltrada», cazando a su presa en pleno templo.

—»Me contó que terminaron en un motel de las afueras», continuó Liz, con los ojos brillando por el morbo de la historia. «Dice que el Padre William parecía poseído, como si estuviera recuperando el tiempo perdido. La puso en todas las posiciones imaginables, pero lo que más le voló la cabeza a él… fueron sus pechos. Martha me confesó que la posición favorita de William era masturbarse entre sus pechos, hundiéndose en ella mientras perdía los estribos».

Liz hizo una pausa y soltó una risita nerviosa, recordando lo que su amiga le había dicho después.

—»Y no sabes la locura que me dijo Martha en el gimnasio el otro día. Se me quedó viendo y me soltó: ‘Imagina, Liz, si William se volvía loco con mis pechos, que son medianos pero firmes… ¡imagina si te agarra a vos con esos monumentos que tenés! Ese hombre se muere ahí mismo en el acto’»

Liz se sonrojó ligeramente mientras me contaba eso, consciente de que yo también estaba asimilando la magnitud de sus atributos.

—»Yo solo le dije: ‘¡Estás loca, Martha! Yo no llego a esos extremos tuyos, yo tengo mis principios’. Además…», Liz hizo una pausa y me miró fijamente, con una dulzura que me detuvo el corazón, «…además, vos sabes que mi interés está puesto en otro lado. Mi interés está en Fer, y él no necesita ser cura para que yo me fije en él».

Me quedé mirando a Liz a los ojos durante unos segundos que parecieron eternos. El ruido de la cafetería y el bullicio del Domingo de Ramos afuera se desvanecieron. Sentí una descarga de adrenalina; por un lado, tenía la confesión cruda de las depravaciones de Martha, y por el otro, la declaración directa de la mujer que siempre había sido mi primer objetivo.

—»Sabes que no soy de los que se asustan con historias, Liz», le dije, bajando la voz y acercándome más a ella por encima de la mesa. «Pero me sorprende que digas que no llegarías a esos extremos. Yo creo que, bajo esa voz de soprano y esa imagen de madre dedicada, hay una mujer que guarda mucha más pasión que la misma Martha. Solo que vos necesitas a alguien que sepa cómo tratarte… alguien que no sea un rumor de pasillo». pude notar cómo su respiración se volvía un poco más pesada. Su pecho, ese que Martha decía que volvería loco a cualquiera, subió y bajó con fuerza.

-«Fer… vos siempre sabes qué decir para desarmarme», susurró ella, buscando mi mano sobre la mesa. «Es que con vos es diferente. Martha es… impulsiva. Yo necesito sentir que quien me toca sabe lo que hace. Por eso me gusta que seas tan reservado. Porque me hace imaginar qué harías conmigo si tuviéramos la misma privacidad que Martha tuvo en ese motel».

—»Bueno», respondí con una sonrisa de medio lado, la firma del ‘agua mansa’, «quizás el próximo ensayo no solo sea para repasar las voces de la procesión. Quizás sea el momento de que dejemos de hablar de los pecados de Martha y empecemos a escribir los nuestros».

Liz me dedicó una mirada cargada de promesa antes de soltarme la mano para recoger su bolso. —»Contá con eso, Fer. Pero no digas que no te advertí sobre ella. Martha ya marcó territorio, y cuando esa mujer se propone algo, no para hasta conseguirlo. Solo espero que cuando llegue el momento de elegir, te acuerdes de quién te ha sido fiel en el coro todo este tiempo».

El Asalto de la Infiltrada

Caminaba de regreso hacia donde había dejado mi auto, justo frente a la casa de Liz. El sol de la tarde de Domingo de Ramos empezaba a caer, pintando de naranja las calles cercanas a la parroquia. Mi mente todavía estaba procesando las confesiones de Liz, la imagen del Padre William y esa declaración de interés que me había dejado con la sangre hirviendo.

De pronto, una camioneta de vidrios polarizados frenó en seco a mi lado. El chirrido de las llantas me puso en alerta. La ventanilla del copiloto bajó lentamente, revelando a Martha. Seguía con sus lentes de sol puestos, pero esta vez su blusa de botones estaba un poco más abierta, dejando ver el inicio de ese busto que, según los rumores, había sido la perdición de un hombre de Dios

Martha soltó una carcajada seca y se bajó un poco los lentes para mirarme directamente. Sus ojos brillaban con una malicia deliciosa. —»No seas cobarde, coordinador. Mové tu carro a la vuelta, en la calle ciega de las ermitas. Te espero ahí. Si tenés miedo de lo que Liz piense, es porque todavía no sabes de lo que soy capaz yo. ¿Vas a dejar que un par de cuadras te priven de comprobar si lo que ella te contó es cierto?».

sabía que cruzar esa línea cambiaría mi relación con el coro para siempre, pero la curiosidad y el deseo de domar a la infiltrada fueron más fuertes. Moví mi vehículo con el corazón martilleando contra mis costillas y, minutos después, me subía al asiento de cuero de su camioneta. El aire acondicionado estaba al máximo, pero el ambiente estaba cargado. Martha no esperó a que cerrara bien la puerta. Arrancó con fuerza hacia una zona más solitaria.

—»Liz habla demasiado», dijo ella mientras conducía con una mano, mientras la otra se deslizaba por su muslo enfundado en esos jeans que tanto me habían vuelto loco durante los ensayos. «Te contó lo del cura, ¿verdad? Te contó cómo lo volví loco».

—»Me contó lo suficiente para saber que sos peligrosa, Martha».

—»Peligrosa no, Fernando. Soy… intensa. Y sé que vos, detrás de esa fachada de serio y reservado, estás muriendo por ver si mis pechos son tan firmes como ella dice. Liz cree que te tiene asegurado, pero ella es solo una distracción. Yo soy la realidad».

Frenó la camioneta en un sector oscuro, bajo la sombra de unos árboles de fuego. Se giró hacia mí, y antes de que pudiera decir una palabra, sus manos buscaron mi nuca. El beso fue feroz, hambriento, una confirmación de que todo lo que se decía de ella era poco. Mientras sus manos atléticas recorrían mi cuerpo hasta bajar a mi pantalón y con fuerza apretó mi pene.

-siento que estas muy bien armando ahora veo porque Liz está interesada en ti siempre ha tenido buen ojo para hombres vamos a ver que tienes

Desabrocho mi cinturón y pantalón saco mi pene lo contemplo y empezó a masturbarme, se inclino y la metió a su boca.

– ¡pero aquí! Hay gene que me conoce

– ¿te preocupa que nos vean? Vamos Fer arriésgate

Me dio unas chupadas rápido se acomodó y volvió a conducir

-Entonces vamos a un lugar más privado

Nota del autor: Este capítulo es solo el preludio. Marta estaba decidida a llevar a cabo sus deseos carnales más profundos y no iba a detenerse ante nada. No te pierdas el desenlace de esta cacería en el próximo capítulo de: La Madrastra Infiltrada.