Capítulo 8

Hoy amanecí con ganas de soltar adrenalina y sobre todo de verte disfrutar. Te miré con esa sonrisa de cabrón que te pone a mil y te dije:

—Bebé, hoy nos vamos al parque de atracciones. Quiero verte gritar.

—Papi, vamos… pero no me sueltes la mano… o me cago del miedo —me respondiste con esa voz que me vuelve loco.

Llegamos al parque cuando el sol pegaba fuerte. El aire olía a algodón de azúcar quemado, palomitas dulces, aceite caliente de las máquinas. El suelo pegajoso bajo las zapatillas, lleno de chicles y restos de refrescos. El ruido era ensordecedor: gritos agudos, música de carrusel, el traqueteo metálico de las montañas rusas, niños llorando, parejas riendo.

Primero la noria. Te subiste conmigo en la cabina. La puerta se cerró con un clic metálico que te erizó la piel. Empezamos a subir despacio. El metal del asiento frío contra tus muslos desnudos. Abajo todo se hacía pequeño: la gente como hormigas, los colores del parque mezclándose en un borrón. Arriba, el viento frío te golpeaba la cara, te erizaba los brazos, te metí la mano bajo la falda y comencé a jugar rozándote el coño ya húmedo.

—Papi… ufff aquí no —me dijiste mientras ponías tu mano encima de mi rodilla.

Solo se oía el zumbido de la máquina y tu respiración. Me miraste con ojos de asombro cristalinos al sentir como te metía los dedos.

—Papi… —entre dientes me decías.

—Bebé, ¿te gustan las vistas? —jejeje.

—Un poco —me dijiste con voz temblorosa—. Ufff, no seas cabrón.

Me mordiste el cuello. Tu aliento caliente contra mi piel fría. Tu mano encima de mi paquete por encima del pantalón. Tú no llevabas bragas y eso me lo ponía mejor para jugar libremente. Mis dedos encontraron el punto perfecto, tú apretabas fuerte tu mano contra mi paquete.

—Papi, ufff —el roce era eléctrico. Las yemas de mis dedos te volvían loca con solo el roce del clítoris y te hice arquear la espalda.

—Ufff… papi… aquí no… hijoepúta, para… ufff.

—Calla —me dijiste.

La cabina en lo más alto. Se paró. El parque entero abajo. Nadie nos veía. Empecé a acelerar tres dedos dentro de ti y con el dedo gordo rozando suavemente tu clítoris. Estabas caliente y empapada. Tu coñito ya no aguantaba más, se contrajo alrededor de mis dedos. Te tapé la boca con la otra mano. El sabor salado por el calor de mi palma en tus labios.

—Gime bajito, papi me voy a correr… suave bebé o todos te van a oír.

Te corriste ufff. Temblabas. Mordiéndome la palma de mi mano para no gritar. El orgasmo te recorrió como un latigazo. Las piernas se te aflojaron. La cabina empezó a bajar. Me sacaste los dedos con tu boca mientras entre sonrisas me mordías.

—Ufff, me va a dar algo cualquier día, papi.

Y yo con la polla que se me salía del pantalón y sonrisa de oreja a oreja te dije:

—Bebé me encantas, me vuelves loco, soy adicto a darte placer.

Bajamos. La gente nos miraba raro, tenías aún las piernas temblando y sonreías como si nada había pasado.

Luego la montaña rusa. La más alta y rápida del parque.

—Hay no me subo papi ni de coña —me decías.

—Vamos tranquila, yo no te suelto, te lo juro.

Nos sentamos juntos. El arnés me apretaba tus pechos. El metal frío contra tu piel caliente. Uffff mi mente perversa no paraba de imaginarte dando gritos y gritos que me encienden como una hoguera. El cuero del asiento se pegaba a tus muslos. Tú me mirabas.

—Cuando suba, te voy a tocar —te susurré al oído.

—Papi… no… no seas gonorrea, ya para sí?

Estabas asustada por la atracción y yo como perro en celo solo caliente por tu olor. Se que estás mojada, te siento, te huelo. Umm.

La montaña rusa arranca y subimos despacio. El clic-clic de la cadena te pone los nervios de punta. Me agarras fuerte.

—Papi, agárrame sí… no me sueltes.

El viento golpeaba nuestras caras. Arriba del todo se paró un segundo, debajo un vacío… El corazón en la garganta. Y mi mano metiéndose bajo tu falda de nuevo, metiendo mis dedos otra vez dentro de ti.

La bajada fue brutal. El grito que soltaste fue mitad miedo, mitad placer. La velocidad nos apretaba contra los asientos. Mis dedos no paraban.

—Cabrón —gritaste—. Te corriste de nuevo.

Pero nadie se enteró. Pensaron que era por la caída. El orgasmo te dejó de nuevo temblando, las piernas y el coño palpitando.

Bajamos y te besé en la boca.

—Buena chica —te dije.

Luego el túnel del terror. Oscuro. Ruidos raros. Manos que salían de las paredes. El olor a humedad y pintura vieja. Te pegué contra mí.

—Papi… me da miedo…

—Tranquila —te dije.

Pero mi mano ya estaba dentro de ti otra vez. Me metiste los dedos. Te seguía masturbando con ellos mientras el tren avanzaba en la oscuridad. Cada curva, cada giro, cada grito de los demás era una excusa para meterlos más profundo. El sonido de tus gemidos se perdía entre los efectos del túnel. Te corriste otra vez. Mordiéndote el hombro para no gritar. El orgasmo te dejó el coño completamente empapado, te resbalaba la leche por tus muslos.

—Papi… qué vergüenza —me dijiste.

Y yo con ojitos te respondo:

—Ufff qué rico, bebé.

Salimos. La luz casi nos cegó. Yo te miraba con esa sonrisa de cabrón.

Ya casi era hora de cerrar, quedaba poca gente, las luces empezaban a apagarse y el parque se quedaba en silencio, solo el eco de algunos gritos lejanos y el zumbido de las últimas máquinas apagándose ya.

—Última parada —te dije—. El carrusel.

Subimos a un caballo. Yo detrás de ti. El carrusel empezó a girar con su música de feria. Luces de colores. Y mi polla dura contra tu culo. Te levanté la falda. Y metí mi polla despacio, estaba que no aguantaba más con un dolor de huevos de tanta excitación. Nadie se dio cuenta. El movimiento del carrusel nos ayudaba. Subía y bajaba y marcaba el ritmo de cómo mi polla entraba y salía dentro de ti.

—Papi… nos van a pillar… —gritaste entre dientes.

—Que nos pillen —te dije.

Te follé despacio, profundo, mientras el carrusel daba vueltas. Te corriste otra vez, podía sentir cómo temblabas y cómo fuerte te agarrabas a la barra del caballo. Yo también me corrí dentro, bien dentro de ti.

—Sientes lo que me provocas —te dije—. Sientes cómo palpito por ti, uff.

Bajamos del carrusel. Las piernas te fallaban.

—Cabrón —me dijiste mientras me abrazabas.

—Te amo, Papi —me dijiste.

Y yo, con la voz rota, te dije:

—Yo también te amo, bebé. Súbete a caballito que te llevo y así nos fuimos del parque felices.

Fin del capítulo… o quizá solo el comienzo de muchos más.

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