Hola nuevamente.
Antes que nada, quiero disculparme por el tiempo que estuve ausente. Me preguntaron si todo estaba bien, si había pasado algo o si simplemente había dejado de escribir. La verdad es que tuve contacto con una lectora y terminamos viéndonos. Fue una experiencia inesperada, intensa, que me dejó con sentimientos encontrados.
Mientras tanto, muchos tuvieron la duda sobre qué pasó después del divorcio, así que aquí les cuento. Aunque este no será un relato de venganza ni de redención inmediata. Es sobre el tiempo en que me sentí vacío, avergonzado y perdido, intentando juntar pedazos que ya no encajaban. Si les interesa saber, genial. De lo contrario, gracias por haberme acompañado hasta aquí.
El divorcio con Pamela no fue escandaloso, pero dejó todo roto. Me mudé temporalmente a casa de mi hermano Alberto. Quien me recibió haciéndome espacio en un cuarto. Su esposa e hijos entendieron. Don Teodoro me dio unos días libres, y la verdad que los necesitaba.
Al principio hubo una paz engañosa … pero la tranquilidad no es eterna.
Volver al trabajo fue irrespirable. Haber usado a los abogados de la empresa para el divorcio fue un error, todos se enteraron. Las miradas de compasión y lástima pesaban más que cualquier insulto.
En casa de Alberto pensé que tendría un respiro. Pero con las risas, conversaciones cariñosas, rutinas. Me preguntaba una y otra vez en qué momento había perdido todo eso. Irónicamente, esa felicidad ajena me carcomía.
Después de hablar con Don Teodoro, renuncié. Me pidió no actuar impulsivamente, pero no fue impulsivo. Fue cansancio.
Entre muchas cosas… Julio, con indirectas de mal gusto, me había ganado una fama despectiva que ya no podía desmontar. Nadie decía lo contrario, sus gestos bastaban para notar que pensaban lo mismo.
Sin trabajo y sin ahorros, no quería ser una carga para mi hermano. No podía pagar un departamento solo en Lima. Así que regresé donde mi madre, no fue mi primera opción, pero fue la única. Si algo positivo me dejó Pamela además de mis hijos, fue recuperar relación con mi madre.
Mónica: Claro que sí, hijo. — me decía con su voz maternal, pero con un toque de resignación — Déjame preguntarle a Guillermo cuándo puedes venir.
Alberto: ¿Estás seguro de eso? — me miraba preocupado — Ya sabes cómo es ella…
Yo: Lo sé. Pero así estaré más cerca de los niños.
No quise decirle que, en realidad, estaba huyendo de la felicidad de su casa.
Volver a vivir con mi madre fue como retroceder veinte años. Sin trabajo, sin rumbo, sintiéndome un fracaso completo.
Guillermo me recibió con cordialidad distante, con cierta condescendencia. Excompañero del colegio de mi hermana, apenas era unos años mayor que yo. Con mi madre habían salido, se separaron, volvieron. Un pasado familiar que nunca terminó de acomodarse.
En casa de Guillermo no había ruidos ni interrupciones, y por un momento pensé que podría descansar de verdad.
Pero la casa era pequeña y las paredes delgadas. A los pocos días pasó lo inevitable: escuchar los gemidos ahogados pero inconfundibles de mi madre después de tantos años. Los recuerdos de infancia no tardaron en volver.
No lo tomé en cuenta al mudarme, pero no podía hacer nada. Era su casa, su mujer, su cama. Yo, un intruso.
El fin de semana después de tiempo, visité a mis hijos. Verlos fue un alivio, pero Claudia ya empezaba a notar cosas.
Yo: Hay ciertas cosas de adultos, hija, que en su momento lo entenderás…
Después de haber paseado y dejarlos en casa me convencía que tenía que encontrar un trabajo, si quería ver más seguido a mis hijos, tenía que hacerlo.
Noches después, recuerdo haberme despertado en la madrugada por los gemidos, o mejor dicho, gritos de mi madre. Acompañados de palmadas secas.
Simplemente se desinhibieron, no parecía importarles que yo estuviera a pocos metros.
A la tarde siguiente, con mi madre en la cocina, Guillermo se sentó conmigo en la sala, conversábamos de cosas triviales, cuando después soltó:
Guillermo: Compare… lo siento si anoche te incomodamos.
Me tomó por sorpresa. No supe qué responder, pero siguió.
Guillermo: Ya llevas tiempo aquí y no ha sido fácil para nosotros… ya sabes.
Yo: Si entiendo.
Guillermo: Ayer cumplimos otro mes y Mónica quería ir a un hotel, pero con la casa aquí… ¿para qué gastar?, ¿no? Carajo, teníamos que celebrarlo.
Yo: —forcé una risa incómoda, sintiendo la vergüenza— Ah no claro, entiendo… Perdona por el mal momento, solo es temporal. – decía tras lo incómodo de su declaración –
Luego dijo comentarios que mezclaban confianza y una familiaridad que me revolvió el estómago. Mi madre escuchaba desde la cocina con naturalidad.
Desde entonces, todas las noches parecían su aniversario. No era solo sexo, era marcar territorio.
Así que en ese momento busqué trabajo como fuera. Don Teodoro me ayudó con referencias. Y así llegué a JJC.
Nada grande, nada ambicioso, pero era suficiente para empezar de cero.
Cuando cobré un sueldo nuevamente, pasé a ver a mis hijos. Estuve feliz de verlos después de tanto. Me asaltaron con unos dulces, regalos y entradas al cine.
Como aún teníamos tiempo para la función, los llevé de nuevo a casa para que se abrigaran porque había empezado a hacer frío.
Los niños entraron y saludaron amenamente a Braulio, mientras corrían con él. Esperé, pero nadie me invitaba a pasar, así que entré. No vi a nadie más que a mis hijos con Braulio, sentados en el sillón viendo la televisión.
Yo: Hola, Braulio… ¿tú abriste la puerta?
Braulio: Hola, señor Saúl. Sí.
Un déjà vu me golpeó como un puñetazo. El volumen de la tele era sospechoso, y mientras subía unos escalones: Un jadeo femenino.
Me quedé con los niños abajo, fingiendo normalidad.
A los minutos se oyó a Pamela gritando desde arriba.
Pamela: ¿¡Claudia!? ¡¿Estás ahí?!
Claudia subió apenas unos escalones cuando Pamela volvió a gritar.
Pamela: ¡¿Sigue tu papá en casa?!
Claudia: ¡Sí! – decía mi hija. –
Pamela bajó despeinada a los minutos, con una bata cubriéndole cuerpo.
Pamela: Hola, Saúl. – decía silenciosamente –
Yo: Voy al cine con los niños, solo vine para que se abriguen.
Los niños se vistieron y bajaron corriendo.
Sergio: Papi, ¿podemos ir con Braulio?
Yo: Ahmm — no sabía cómo negarme sin parecer cruel —… No, hijo.
Claudia: ¿Por qué no? —me decía inocentemente—
Yo: Bueno… —bajé la voz, sintiendo el peso de los gemidos que aún resonaban en mi cabeza— Porque… tiene que ser su papá quien lo autorice. No podemos llevarlo porque sí.
Me odiaba por esa excusa tan débil, pero era lo único que se me ocurría para no tener que cargar con el hijo del hombre que acababa de cogerse a mi exesposa arriba.
En eso Sergio, todo animoso y sin entender nada, le decía
Sergio: Braulio, pregúntale a tu papá si puedes ir.
Braulio miraba hacia las escaleras, como esperando que Víctor bajara. Ante eso Pamela intervino.
Pamela: Vamos y le preguntas ¿sí? — con la voz un poco entrecortada —
Subieron pasando minutos eternos. Yo esperaba explicaciones de Pamela, pero Braulio bajó solo.
Braulio: Sí me dejó, señor Saúl. – decía sonriendo tímidamente-
No pude negarme más. El nudo en el estómago se apretó. Me miraba inocente, con ganas que lo lleve. Arriba, su padre con Pamela.
No podía dejarlo solo en esa casa con los sonidos filtrándose. El chico no tenía la culpa me decía a mí mismo, así que me llevé a Braulio también.
Toda la película pensé: “¿Cómo llegué a esto?”. Niñero involuntario mientras ellos cogían, usando mi llegada como oportunidad.
Al dejarlos en casa, me despedí de los niños y salí en cuanto pude.
En JJC no hubo muchas cosas interesantes al principio. Empecé trabajando en proyectos pequeños, casas, veredas, ampliaciones.
Ahí conocí a Fernando, el coordinador de los proyectos. Era el enlace entre proyectos, clientes y administración. Debido a mi experiencia y responsabilidad, con el tiempo comencé a trabajar más directamente con él.
Lo notaba correcto, práctico, directo. Tenía cierta facilidad de palabra, sabía moverse, sabía quedar bien, lo que lo hacía muy bueno cuando cerraba proyectos. Me dio oportunidades, me involucró en decisiones, me hizo sentir útil otra vez. Después de tanto sentirme sobrante.
Fue ahí donde también conocí a Marta. Una joven llamativa a la vista. Tenía trabajando un tiempo ya en la empresa, pero recién se introducía en el área administrativa con nosotros, contratos, proveedores, agendas.
Siempre la veía ocupada, caminando por los pasillos con papeles en la mano, y una mirada un poco perdida, como si su mente estuviera en otro lugar.
Un día mientras veíamos unos documentos conversamos un poco.
Yo: ¿Te estás acostumbrando a las reuniones? —le pregunté. —
Marta: Aham… supongo —respondió—. Uno se acostumbra a todo. — decía resignadamente —
Mientras hablábamos supe que tenía apenas 21 años y un hijo de casi la misma edad del mío. Me contó pedazos su vida. Que vivía con su madre, que todo era difícil últimamente.
Había algo en su forma de hablar que me resultaba familiar: una especie de cuidado al elegir las palabras, como si temiera decir demasiado.
Con el paso de los días nos conocimos más, Marta dejó de ser solo un rostro más en la oficina. No teníamos conversaciones largas, pero agarramos confianza uno al otro. Teníamos un dolor mutuo que nos acercó.
Había perdido a su pareja en un accidente.
No lo dijo con dramatismo. Lo dijo como quien ya lloró todo lo que podía. Como quien menciona algo que ya no duele igual, pero tampoco ha dejado de doler.
Me habló de su hijo.
Marta: A veces siento que no estoy haciendo las cosas bien —dijo, sin mirarme—. Todo es complicado cuando estás sola.
No le respondí de inmediato. Porque yo también había perdido algo que seguía vivo. Entendía demasiado bien lo que quería decir.
Yo: Supongo que todos improvisamos —dije—. Nadie sabe realmente lo que está haciendo.
Ella asintió, como si esa frase le hubiera dado algo de alivio.
Yo: … ¿Todo bien? —le pregunté —
Levantó la mirada y sonrió, pero fue una sonrisa breve, de esas que no llegan a los ojos.
Marta: Sí… solo estoy un poco cansada.
Desde entonces empecé a notar detalles que antes me habían pasado desapercibidos, su manera de llegar temprano y quedarse hasta tarde. Me parecía que las presiones en casa la llevaban a querer dar el 200% en el trabajo, sin importar qué.
No vi a una mujer frágil, solo vi a alguien cansada. Cargando pérdidas demasiado grandes para su edad.
Un fin de semana, el señor Walter – encargado de la sucursal en Lima- organizó un almuerzo para el equipo.
El almuerzo fue sencillo, casi improvisado. Un restaurante modesto, platos compartidos y copas que se llenaban más por costumbre que por celebración real. No era un evento importante para la empresa, pero sí para quienes estábamos ahí.
Yo escuchaba más de lo que hablaba, pero para mí, significaba volver a estar sentado en una mesa donde no sobraba.
Fernando llevaba la conversación con naturalidad. Hablando de proyectos, de plazos, de clientes difíciles, mezclando anécdotas con bromas que mantenían el ambiente liviano.
Marta estaba sentada un poco más allá. Cuando hablaba, lo hacía bajo, después de escuchar. No interrumpía.
En un momento Patricia, la contadora, —más suelta por el vino— se inclinó hacia ella con una sonrisa que no era mala, pero tampoco inocente.
Patricia: Tienes que soltarte más, chica —le dijo, casi en confidencia—. Aquí, si no te haces notar, te pasan por encima.
Algunos rieron, no por burla, sino porque era una frase conocida, casi un lema no oficial. Yo sonreí apenas, por reflejo.
Marta asintió despacio, como quien ya aprendió cuándo conviene no reaccionar.
Marta: Sí… supongo
No explicó nada. No dijo que llegaba antes que todos y se quedaba hasta tarde. Simplemente bajó la mirada y dio un sorbo de su copa.
Marta no se sometía a nadie. Simplemente no sabía cómo ponerse a la altura de un entorno que premiaba al que hablaba más fuerte, no al que hacía mejor las cosas. Y en eso, me vi reflejado en eso más de lo que me hubiera gustado admitir.
Con las copas avanzadas, la mesa se fragmentó en pequeños grupos. Las conversaciones dejaron de ser laborales.
Fue entonces cuando noté lo que muchos ya daban por sentado: la cercanía entre Fernando y Patricia.
El cómo Patricia se inclinaba hacia él con una confianza que no era nueva. Fernando, con su mano quedando apoyada en el respaldo de la silla de ella, demasiado cerca para ser casual, demasiado natural para ser un error.
El señor Walter estaba ahí, presente, atento a todo y a nada a la vez. El hombre que, en teoría, ponía orden. Simplemente no dijo nada, a pesar de las políticas en la empresa de no tener relaciones entre trabajadores.
Miré a Marta. También había visto lo mismo. No reaccionó. Solo bajó la mirada hacia su vaso, como si acabara de confirmar algo que también intuía.
Aquello no era un secreto. Era una familiaridad aceptada. Mientras hubiera resultados, nadie cuestionaba los costos.
Cuando el almuerzo terminó, Marta fue de las primeras en guardar sus cosas. Me miró, sonrió —esa sonrisa breve, contenida— y se despidió con un gesto simple.
Nada extraordinario había ocurrido. Y, sin embargo, sentí que algo se había movido dentro de mí.
Por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá no estaba solo. No porque alguien me ofreciera algo, sino por encontrar a alguien que también estaba intentando mantenerse en pie sin saber bien cómo.
Esa noche, al volver a casa y abrir la puerta, me topé con una realidad que ya no podía manejar.
Nada más alzar la cabeza me encontré con el perfil de mi madre, completamente desnuda. Montada encima de Guillermo en el sofá, abrazándolo por el cuello. Su cuerpo maduro, aún firme, subía y bajaba rítmicamente. Su cabello revuelto caía sobre los hombros, su rostro enrojecido.
Guillermo, sentado con las piernas abiertas, tenía las manos aferradas a sus nalgas, apretando la carne con fuerza, dejando marcas rojas en la piel. Su cuerpo más joven, contrastaba con el de ella.
Los dos al verme se congelaron un segundo. Más que susto, había decepción en sus miradas, como si yo era el intruso que arruinaba el momento.
Mónica: Para, Guille, un momento. — mientras se recomponía, jadeando aún. —
Guillermo no soltaba sus nalgas, se aferraba a ellas. Se movía sutilmente debajo de ella, como si no quisiera parar del todo.
Yo: Ah… no… bueno … yo regreso — haciendo ademán de girarme y salir —.
Mónica: ¡Carajo, Guillermo, detente!
Se desprendió rápidamente, con el movimiento fuerte que hizo sus grandes pechos rebotaban una vez más. Cogió la blusa del suelo y se cubrió el torso, con la humedad brillando entre sus piernas entró al cuarto con pasos rápidos.
Guillermo quedó sentado como estaba, con una gran erección aún, respirando agitado. Los ojos fijos en la pantalla, pero con cierto odio palpable hacia mí. No dijo ni hizo nada, solo se quedó ahí.
Esa noche, entendí que no había espacio para mí ahí. Comprendí que no podía seguir reconstruyéndome en lugares donde siempre estorbaba.
Con el sueldo de JJC, buscaría un lugar propio. No era libertad todavía, pero era un comienzo. A veces, alejarse no es huir. Es aprender a respirar.
Todavía no sé si eso era fortaleza…
o resignación.