Capítulo 3

Él comenzó a repartir besos húmedos y hambrientos sobre el encaje, humedeciendo la tela con su lengua mientras sus manos volvían a sujetar sus caderas, apretándola contra su cuerpo desnudo. Romina soltó un gemido más agudo, un sonido que rebotó en las paredes de metal del taller, y enredó sus piernas alrededor de la cintura de él para no caerse ante la intensidad de lo que sentía.

—No te detengas —susurró ella entre espasmos de placer—, por favor, no pares ahora…

Lautaro subió una de sus manos hacia el broche del corpiño, sus dedos torpes por la desesperación, mientras sus labios buscaban nuevamente los de ella para ahogar sus gemidos en un beso profundo y posesivo.

—Lautaro… —susurró ella, su voz apenas un hilo que se perdía entre las herramientas colgadas en las paredes.

Él no respondió con palabras. Bajó una de sus manos hasta el cierre del pantalón de Romina. Lautaro se detuvo un segundo, admirando la calidez de sus pechos antes de volver a bajar la cabeza, esta vez sin barreras, saboreando cada centímetro de su piel mientras ella soltaba un gemido que resonó en todo el galpón.

El Torino crujió levemente bajo el peso de ambos, como si el viejo motor también reconociera la intensidad del momento. Lautaro la levantó por la cintura, sentándola firmemente sobre el capó para quedar a su altura, separando sus piernas para encajar perfectamente entre ellas.

Lautaro la tomó de la cintura con firmeza y, con un movimiento fluido, la puso de pie frente a él. Antes de que ella pudiera reaccionar, la giró, obligándola a apoyar las palmas de las manos sobre el frío metal negro del capó.

Romina soltó un jadeo, sintiendo el contraste térmico, mientras Lautaro se posicionaba detrás de ella. Él comenzó a trazar un camino de besos húmedos y lentos por su espalda blanca, descendiendo vértebra a vértebra. Su piel morena resaltaba contra la de ella como una sombra cálida.

—Sos una locura, oficial… —gruñó Lautaro con la voz ronca, su aliento caliente golpeando la base de la nuca de ella.

Al llegar a las caderas, sus manos descendieron hasta el borde del pantalón. Con una lentitud tortuosa, empezó a deslizar la prenda hacia abajo, revelando la curva de unas nalgas generosas y firmes, apenas cubiertas por una tanga de encaje negro que se perdía entre su piel.

Lautaro no pudo contenerse. Se hundió entre sus glúteos, inhalando el aroma de su piel mezclado con el sutil perfume de ella y el olor a hierro del ambiente. Comenzó a besar cada centímetro de sus nalgas, dejando un rastro de humedad brillante bajo la luz fluorescente del taller. De pronto, clavó sus dientes en uno de sus glúteos con un mordisco posesivo pero cargado de deseo.

—¡Ahhh… Lauti! —gimió Romina, arqueando la espalda con fuerza.

Mientras una de sus manos seguía aferrada al borde del Torino para no caerse, la otra subió frenéticamente hacia su propio pecho, apretando y masajeando el pezón que ya estaba erecto por el roce del aire y la excitación.

—Dale… no me hagas esperar más —suplicó ella entre jadeos, mientras sentía cómo los labios de él seguían devorando su retaguardia, llenándola de besos húmedos y marcas que delataban su hambre.

Lautaro la sujetó de las caderas con fuerza, clavando sus dedos en su carne, mientras sus gemidos se mezclaban con el eco metálico del taller.

El calor en el taller era casi asfixiante, pero para ellos el único fuego real era el que emanaba de sus cuerpos. Lautaro, impulsado por el deseo, no perdió tiempo. Con sus manos grandes y ásperas, desplazó hacia un lado la fina tira de encaje negro de la tanga, dejando expuesta la intimidad de Romina ante sus ojos.

Ella, respondiendo al instinto, se inclinó aún más hacia adelante, dejando que sus pechos se aplastaran y se refregaran directamente contra el capó del Torino. El contacto del metal contra sus pezones erectos la hizo soltar un grito ahogado.

—Eso… así, entregada para mí —murmuró Lautaro antes de descender.

Él hundió su rostro entre las piernas de ella. Con su lengua, comenzó a trazar líneas húmedas y precisas, saboreando cada gota de su esencia. Romina comenzó a estremecerse violentamente; el contraste entre la firmeza de las manos de Lautaro en sus caderas y la suavidad eléctrica de su lengua la estaba volviendo loca.

—¡Lauti, por Dios… sí, ahí! —gimió ella, sacudiendo su cabeza rojiza, mientras sus dedos buscaban agarre en los bordes del auto.

Para marcar el ritmo, Lautaro levantó una mano y descargó un chirlo firme sobre una de sus nalgas. El sonido del golpe seco resonó en el galpón, seguido inmediatamente por otro más fuerte que dejó la piel de ella con un tono rosado intenso.

—Gritá todo lo que quieras, nena. Acá nadie nos va a escuchar —le dijo él con voz cargada de malicia, antes de volver a lamerla con más fuerza, deleitándose con sus jugos vaginales mientras ella se restregaba frenéticamente contra el coche, buscando alivio al fuego que él mismo estaba alimentando.

Lautaro, con la respiración agitada y las manos marcadas por el deseo, la tomó firmemente de las caderas para enderezarla. Romina estaba empapada, temblando por los chirlos y la estimulación de su lengua. Sin romper el contacto físico, él abrió la puerta trasera del Torino, revelando el amplio asiento de cuero negro que conservaba ese olor clásico a auto antiguo.

Él se deslizó primero, acostándose boca arriba, ocupando casi todo el espacio con su porte robusto y moreno.

—Vení acá, pelirroja… Subite —ordenó con la voz rota.

Romina no esperó. Se trepó sobre él, quedando a horcajadas, con su piel blanca resaltando como un faro en la penumbra del habitáculo. Se apoyó sobre el pecho desnudo de Lautaro, dejando que sus cabellos rojizos cayeran sobre el rostro de él como una cortina de fuego.

—Sos mío, mecánico… —susurró ella, mientras empezaba a contonearse sobre su regazo, sintiendo la dureza de él presionando contra su intimidad húmeda.

Lautaro subió sus manos, una a su nuca para acercarla a un beso voraz y la otra directamente a sus pechos, apretándolos mientras ella soltaba gemidos que rebotaban contra los vidrios del auto. El vaivén de sus caderas hacía que los resortes del asiento del Torino crujieran rítmicamente, acompañando la sinfonía de piel y deseo que se desataba en el interior.

Romina, con los ojos miel encendidos y el cabello rojizo desordenado por la pasión, comenzó a descender por el torso de Lautaro. Sus labios recorrieron cada músculo de su abdomen moreno, dejando un rastro de besos húmedos que hacían que él tensara los músculos bajo su piel.

Al llegar a la altura de la cintura, ella trabajó con rapidez y ansiedad. Desabrochó el pantalón y, con un movimiento firme, lo deslizó junto con los calzoncillos hacia abajo, liberando a Lautaro de cualquier restricción. En cuanto la ropa cayó hasta sus tobillos, el miembro de él, completamente erecto y palpitante, saltó con fuerza golpeándole la mejilla a Romina.

—Dios, mirá lo que sos… —susurró ella, casi sin aliento ante la visión.

Sin perder un segundo, se lanzó sobre él. Abrió la boca y comenzó a mamarlo de manera desaforada, envolviéndolo con la calidez de su garganta mientras sus manos rodeaban la base. Lautaro echó la cabeza hacia atrás, hundiendo la nuca en el tapizado de cuero del Torino, mientras sus dedos se enterraban con fuerza en el pelo rojizo de Romina para guiar el ritmo.

—¡Ahhh… así, nena! No pares… —gruñó él, con los ojos cerrados y las venas del cuello marcadas por el placer.

El sonido de la succión llenaba el espacio cerrado del auto, mezclándose con los suspiros profundos de Lautaro. Romina lo devoraba con un hambre voraz, moviéndose de arriba abajo con una intensidad que amenazaba con hacerlo llegar al límite en cuestión de segundos. El contraste de su piel blanca contra la entrepierna morena de él bajo la luz mortecina del taller era una imagen que Lautaro nunca olvidaría.

—Sluuurp… mmmgh… —el sonido de la succión era rítmico y húmedo, llenando el habitáculo mientras ella lo devoraba con pasión.

Lautaro sentía que perdía el control. El roce de la lengua de la pelirroja contra su glande lo hacía arquear la espalda sobre el cuero.

—¡Hija de puta… qué bien lo hacés! —gruñó él, apretando los dientes—. ¡Ahhh… ngh!

Romina intensificó el ritmo, bajando hasta el fondo, haciendo que sus ojos miel se pusieran vidriosos por el esfuerzo. Sus mejillas blancas se teñían de un rojo intenso, combinando con su cabello.

—Glock… glock… mmmh… —continuaba ella, mientras sus manos acariciaban los muslos tensos de Lautaro.

Él no aguantó más la pasividad. Bajó sus manos y las hundió en el cabello rojizo de ella, guiando el vaivén con más fuerza, más profundo. El Torino crujía con cada movimiento de Romina: creak… creak… —¡No pares, nena! ¡Seguí así, ahhh, ahí mismo! —exclamó Lautaro, sintiendo que el orgasmo le subía desde los pies.

Lautaro, con la respiración convertida en un rugido sordo, la tomó por la cintura y la ayudó a salir del Torino. El aire fresco del taller no enfrió la pasión; al contrario, el olor a grasa y combustible parecía alimentarla. La llevó hacia la zona de carga, donde las pesadas cadenas de acero colgaban del techo, diseñadas para elevar motores y chasis.

Con un movimiento rudo y cargado de deseo, Lautaro la instó a sujetarse. Romina, con los ojos encendidos, se aferró a los eslabones fríos. El metal crujió rítmicamente (clack… clink… clack…) mientras ella ganaba altura, quedando suspendida, con sus pies apenas rozando el suelo de cemento.

—Agarrate fuerte, pelirroja —le ordenó él con voz ronca.

Lautaro se posicionó frente a ella. Con una mano firme, enganchó el borde de la bombacha de encaje y la deslizó hacia abajo, dejando que cayera hasta los tobillos de Romina. Sin perder un segundo, él tomó las piernas blancas de ella y las subió con fuerza sobre sus propios hombros, abriéndola por completo ante su mirada.

El contraste era brutal: ella, blanca y suspendida en el aire por las cadenas negras, y él, moreno y dominante, sosteniéndola desde abajo.

—¡Mmmgh! —gimió Romina cuando sintió la lengua de Lautaro impactar directamente contra su centro húmedo.

Él comenzó a succionarle la vagina con un hambre desesperada, usando su lengua para hurgar y saborear cada rincón de su intimidad.

—Slurp… mmm-slurp… —el sonido húmedo se mezclaba con el tintineo metálico de las cadenas.

—¡Lauti… ahhh! ¡Me vas a volver loca! —gritaba ella mientras su cuerpo se sacudía en el aire, colgando de las cadenas que oscilaban con cada embestida de su lengua. Su cabello rojizo bailaba con el movimiento mientras ella apretaba los muslos contra los hombros de él, buscando más presión.

—¡Ngh… ahhh… mmmgh! —el eco de sus gemidos rebotaba en las chapas del techo del taller, mientras Lautaro la succionaba con tanta fuerza que ella sentía que el alma se le escapaba por ahí abajo.

Lautaro la bajó con cuidado pero sin soltarla, permitiendo que los pies de Romina tocaran el suelo de cemento, aunque ella se mantuvo inclinada hacia adelante, ofreciéndole su espalda. Ella no soltó las cadenas, usándolas como anclaje para mantener el equilibrio mientras su cuerpo temblaba por la expectativa.

Lautaro se posicionó justo detrás, con su pecho moreno y sudado pegado a la espalda blanca de ella. Su miembro, una columna de fuego completamente erecta y palpitante, buscó la entrada húmeda que él mismo había preparado con su lengua.

—Preparate, nena… —susurró él, tomándola de las caderas con dedos que se hundían en su piel.

La penetración comenzó con una lentitud tortuosa.

—¡Ahhh… ngh! —el primer gemido de Romina fue un suspiro largo y profundo que se perdió en el eco del taller.

—Ffffffuuu… —resopló Lautaro, apretando los dientes mientras sentía cómo el calor de ella lo envolvía centímetro a centímetro.

A medida que él se hundía poco a poco, el metal de las cadenas crujía rítmicamente bajo el peso y la tensión de las manos de Romina: ¡Clink… clink… clink!. Cada vez que él empujaba un poco más, ella arqueaba la espalda, haciendo que su cabello rojizo rozara los hombros de Lautaro.

—¡Oh, Dios… Lauti, estás… ngh… estás enorme! —jadeó ella, apretando los eslabones con fuerza, mientras sentía que él la llenaba por completo.

—Mmmgh… estás tan apretada, pelirroja… —contestó él, empezando a establecer un ritmo constante.

El sonido de la carne chocando contra la carne empezó a mezclarse con los suspiros: ¡Plaf… plaf… plaf!. Lautaro la sujetó con más fuerza, tirando de sus caderas hacia atrás para que cada embestida fuera más profunda, mientras ella se entregaba al vaivén, gimiendo con cada movimiento que los unía más en medio de la oscuridad del taller.

Lautaro la bajó con cuidado pero sin soltarla, permitiendo que los pies de Romina tocaran el suelo de cemento, aunque ella se mantuvo inclinada hacia adelante, ofreciéndole su espalda. Ella no soltó las cadenas, usándolas como anclaje para mantener el equilibrio mientras su cuerpo temblaba por la expectativa.

Lautaro se posicionó justo detrás, con su pecho moreno y sudado pegado a la espalda blanca de ella. Su miembro, una columna de fuego completamente erecta y palpitante, buscó la entrada húmeda que él mismo había preparado con su lengua.

—Preparate, nena… —susurró él, tomándola de las caderas con dedos que se hundían en su piel.

La penetración comenzó con una lentitud tortuosa.

—¡Ahhh… ngh! —el primer gemido de Romina fue un suspiro largo y profundo que se perdió en el eco del taller.

—Ffffffuuu… —resopló Lautaro, apretando los dientes mientras sentía cómo el calor de ella lo envolvía centímetro a centímetro.

A medida que él se hundía poco a poco, el metal de las cadenas crujía rítmicamente bajo el peso y la tensión de las manos de Romina: ¡Clink… clink… clink!. Cada vez que él empujaba un poco más, ella arqueaba la espalda, haciendo que su cabello rojizo rozara los hombros de Lautaro.

—¡Oh, Dios… Lauti, estás… ngh… estás enorme! —jadeó ella, apretando los eslabones con fuerza, mientras sentía que él la llenaba por completo.

—Mmmgh… estás tan apretada, pelirroja… —contestó él, empezando a establecer un ritmo constante.

El sonido de la carne chocando contra la carne empezó a mezclarse con los suspiros: ¡Plaf… plaf… plaf!. Lautaro la sujetó con más fuerza, tirando de sus caderas hacia atrás para que cada embestida fuera más profunda, mientras ella se entregaba al vaivén, gimiendo con cada movimiento que los unía más en medio de la oscuridad del taller.

Lautaro, con la respiración como un fuelle, se separó apenas un segundo de ella. Se sentó en una de esas banquetas viejas de taller, de madera y patas de hierro, y la tiró hacia él. Romina, con el uniforme de policía olvidado en un rincón y solo con su piel blanca y su pelo rojizo como bandera, se arrodilló entre sus piernas.

—Vení acá, oficial… haceme el favor —le dijo él con una sonrisa de costado, bien sobradora, mientras se acomodaba el pelo oscuro.

Romina no se hizo de rogar. Lo miró fijo con esos ojos miel, le agarró el miembro con una mano y volvió a darle con todo.

—¡Sluuurp… mmmgh! —la succión era profunda, rítmica, húmeda. —¡Uh, nena… ngh… me vas a sacar el alma! —exclamó Lautaro, tirando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la lengua de la pelirroja trabajaba cada nervio.

Después de unos minutos de ese baile húmedo, él la frenó suavemente. La tomó de la nuca y la hizo subir hasta que sus pechos quedaron a la altura de su cara. —A ver esas gomas, oficial… —murmuró con voz ronca—. Ponéme el «amigo» ahí en medio.

Romina, entendiendo el juego, juntó sus pechos blancos con las manos, apretándolos con fuerza para crear un surco profundo. Lautaro acomodó su miembro ahí, bien lubricado por la saliva y el deseo, y empezó a darle un vaivén salvaje.

—¡Fuaaa… mirá lo que es esto! —soltó él mientras veía cómo su piel morena se deslizaba entre la blancura de ella—. ¡Ngh… ahhh!

—¿Te gusta, mecánico? —preguntó ella con una voz que era puro fuego, mientras se refregaba contra él, sintiendo el calor de su miembro rozándole los pezones—. ¡Mirá cómo me tenés, mirá cómo me hacés gemir!

—¡Estás para el crimen, nena! —le contestó él, acelerando el ritmo de la pajita brava con las gomas—. ¡Plaf, plaf, plaf! —el sonido de la carne contra la piel húmeda era una música que el Torino parecía envidiar desde la oscuridad.

Romina empezó a jadear fuerte, echando el cuerpo hacia adelante, dejando que él se diera el gusto mientras ella se tocaba, completamente perdida en el placer de tenerlo ahí, dominado entre sus pechos.

Lautaro tenía la mirada clavada en cómo su miembro moreno desaparecía y volvía a salir de entre esos pechos blancos, bañados en sudor y saliva. La fricción era perfecta, un calor que le quemaba hasta los huesos.

—¡No, no… pará, oficial, que me hacés bosta! —jadeó él, apretando los dientes mientras sentía que el envión final le subía por la espalda.

Romina, viendo que él estaba al límite, apretó todavía más sus gomas, dándole un ritmo frenético, casi violento. Se mordía el labio inferior, con los ojos miel fijos en los de él, desafiándolo.

—¡Dale, Lauti… acabame toda encima, hacé lo que quieras! —le gritó ella, mientras se sacudía por el placer de sentirlo tan cerca.

—¡Ufffff… ahhh! ¡Ahí va, nena! —rugió Lautaro.

En un espasmo violento, él se tensó por completo, aferrándose a los muslos de ella. Una descarga caliente y espesa salió disparada, decorando el pecho blanco de la oficial, subiendo hasta su cuello y manchando un mechón de su pelo rojizo.

—¡Hdp… ngh… mmmgh! —seguía soltando él, mientras los últimos restos de placer lo dejaban sin aire.

Romina, lejos de asustarse, pasó un dedo por su propia piel, recogiendo un poco de la esencia de él, y se lo llevó a la boca con una mirada que prometía una segunda vuelta. El silencio volvió al taller, solo interrumpido por el sonido de sus respiraciones agitadas y el tictac del motor del Torino enfriándose a lo lejos.

—Lindo regalito le dejaste a la autoridad, mecánico… —susurró ella con una sonrisa pícara, todavía jadeando.

—Y eso que recién empezamos el turno, oficial… —le contestó él, limpiándose el sudor de la frente con la mano manchada de grasa, mirándola con unas ganas que no se iban a apagar fácil.

Luego subieron a departamento y nuevamente estuvieron más de 2 veces juntos, al amanecer

—Buen día —murmuró ella, estirándose como un gato y tapándose con la sábana. —Buen día —respondió él, acariciándole el brazo—. ¿Todo bien?

Ella dudó un momento, como buscando las palabras justas. —Sí, obvio —dijo finalmente, pero la voz le salió un poco forzada—. Es que… esto va muy rápido, Lautaro. —¿A qué te referís? —preguntó él, con un nudo en el estómago.

Romina suspiró y se sentó en la cama, envolviéndose en la sábana como si necesitara protegerse de algo. —No sé… siento que esto está avanzando demasiado rápido. Y no es que no quiera estar con vos, es que… tengo miedo. —¿Miedo? ¿De qué? —De que todo se vaya al tacho —admitió, mirándolo fijo—. De que me estoy enganchando demasiado rápido, y si algo sale mal… no sé si me lo voy a bancar.

Sus palabras le pegaron con una mezcla de sorpresa y ternura. Lautaro se acercó y le tomó la mano; estaba fría. —Romina, no tenés que tener miedo. Esto es nuevo para los dos, podemos ir al ritmo que necesites. No quiero presionarte. —Es que no quiero perder esto —murmuró ella casi sin voz—. No quiero perderte. No tuve muchos novios y mi laburo siempre los termina espantando… No quiero que pase lo mismo con vos. —No me vas a perder —le aseguró él—. Estoy acá y no me muevo de al lado tuyo.

Ella asintió, pero seguía insegura. Él decidió no quemarle la cabeza, le preparó un café y desayunaron juntos hablando de pavadas hasta que ella se tuvo que ir. Antes de salir, se dieron un beso que prometía mil noches más, pero esa sombra en los ojos de ella seguía ahí.

Unos días después, Lautaro decidió que era hora de presentarle a sus amigos. Santiago y Viviana habían organizado una cena en su casa, y él pensó que sería la oportunidad perfecta para que Romina conociera a la gente importante de su vida. Cuando le propuso la idea, ella dudó un momento, pero finalmente aceptó…

Santiago y Lautaro

Santiago y Lautaro II Santiago y Lautaro IV