Capítulo 5
Mientras Gertrudis era sometida por el mendigo en la cocina del restaurante, muy cerca, a tan solo dos calles de distancia más o menos, su hija Clarita se encontraba atada a una silla sujeta por las manos y con los ojos vendados esperando que su hermano la dijera algo.
La chica se había ofrecido de forma voluntaria a chuparle la misma punta de anoche, la que había mamado como un ternero y había soltado en su boca un delicioso reguero de leche blanca. Y se ofrecía porque creía que de esta forma, Manu se decidiría por fin a tocarla ahí abajo, en ese granito que tenía escondido por donde hacía pis y que tanto la gustó cuando se lo tocó tan suavemente la noche pasada.
Vio que su hermano no decía nada, que seguía rozando con la punta calentita la mejilla de su cara, y se puso muy nerviosa y volvió a repetirlo de nuevo para que la contestara.
- Jo, Manu. – exclamó con vocecita infantil aunque denotando cierto enfado – Que a mí no me importa chuparla, si tú lo dices yo lo hago.
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