Capítulo 3
- La chica del gym y la cajera I
- La chica del gym y la cajera II
- La chica del gym y la cajera III
Ricardo se miró al espejo mientras se abotonaba una camisa de lino azul marino. Se sentía más seguro, pero el espejo seguía proyectando a un hombre moreno, de rasgos comunes, cuya única arma era una pequeña herencia que sus padres le habían dejado por culpa. Recordó a su padre, un ingeniero que medía la vida en metros cúbicos de concreto y que siempre le dijo que «la literatura era para los que no tenían huevos de construir nada». Ricardo se hizo ingeniero para no oírlo, y ahora pasaba ocho horas al día revisando planos de cimentación que le daban ganas de vomitar, solo para volver a casa y refugiarse en la prosa de Cortázar o las visiones de Bradbury.
Su transformación no nació del valor, sino de una herida infectada. En la oficina, escuchó a la secretaria —una rubia que él creía «su amiga»— reírse con otro sobre «el inge Ricardo». «Es buena onda, pero tiene cara de los que te piden un autógrafo en la calle, me da cosita que intente invitarme a salir», había dicho ella. El asco en su voz fue el catalizador. Ricardo no gritó, ni lloró. Simplemente, algo en su estructura interna cedió para dar paso a un diseño más frío y resistente.
Decidió salir a caminar. Necesitaba probar su «nuevo yo» en el mundo real, fuera del laboratorio controlado de Frida y Daniela.
Caminaba por la Avenida Álvaro Obregón, sintiendo el aire húmedo de la tarde. Vio a una mujer joven, de unos veinticinco años, sentada en una jardinera. Era el tipo de belleza que Ricardo siempre había idealizado: piel clara, cabello castaño perfectamente peinado y una seguridad que solo da el no haber pasado hambre nunca. Ricardo sintió un impulso atávico, un resto de su antiguo ser que aún buscaba la aprobación de lo inalcanzable.
Se acercó con un paso que él creía seguro.
—Perdona —dijo, usando su voz de lector, la voz pausada—. No pude evitar notar que estás leyendo a Pizarnik. Es una edición difícil de encontrar.
La joven levantó la vista. Sus ojos recorrieron a Ricardo de abajo hacia arriba. No fue una mirada de indiferencia, fue una de escaneo social rápido. Vio su piel morena, sus facciones que no encajaban en la estética europea de la colonia, y a pesar de la camisa fina, vio al «inge» que no pertenecía a su círculo.
—Ah, sí. Gracias —respondió ella. Su cuerpo se tensó, se encogió hacia atrás como si la presencia de Ricardo fuera una mancha de grasa en un vestido de seda. Sus labios se contrajeron en una mueca de asco mal disimulada, esa que las mujeres guapas reservan para los hombres que consideran «debajo de su liga».
—Es una gran poeta —insistió Ricardo, sintiendo cómo el sudor frío empezaba a perlar su espalda.
—Ajá. Oye, espero a alguien, ¿sí? —cortó ella, volviendo la vista al libro con una hostilidad pasiva-agresiva que lo dejó mudo.
Ricardo dio media vuelta y caminó rápido, con las orejas ardiendo. El rechazo fue como un ácido que quemó los últimos restos de su timidez. En una esquina, se detuvo y respiró hondo. La realidad se le presentó con claridad: el mercado de la belleza era cruel y jerárquico. Él nunca tendría a una mujer como esa de forma natural. Ella nunca vería su intelecto, solo vería su fenotipo.
«Pendejo», se dijo a sí mismo. Mil veces pendejo. «Buscaste una estructura sin fallas. Ahí no hay entrada».
Recordó su plan. Su ojo clínico se agudizó. Para poseer la belleza de una Frida o una Daniela, no podía usar el cortejo tradicional; tenía que usar la necesidad. Frida era una diosa física con un alma de niña fea que buscaba un príncipe; él le daría el rostro de ese príncipe y la validación que su padre le negaba. Daniela era una reina gótica atrapada en la miseria; él le daría la seguridad económica que la ciudad le robaba día con día.
Regresó a su departamento y se sentó frente a su libreta. Abrió el chat de WhatsApp. Ahí estaba el mensaje de Frida, enviado hacía diez minutos:
«Hola Ricardo, soy Frida del gym. Ya pasé tu número para que lo guarden en los archivos; si requieres alguna rutina podemos checarlo la siguiente vez que hablamos… y bueno, si todavía quieres ese café, creo que el reglamento no es tan estricto después de todo.»
Ricardo leyó el mensaje y dejó el celular sobre la mesa. No iba a contestar hoy. Sabía que Frida estaría ahora mismo mirando su pantalla, arrepintiéndose de haberlo enviado, sintiéndose vulnerable. Y esa vulnerabilidad era la abertura que él necesitaba para al fin poder entrar.
Se sirvió una copa de vino y abrió su computadora para escribir. No escribió sobre ingeniería. Escribió sobre un hombre que vivía en una ciudad de espejos, donde la única forma de no ser invisible era romper los espejos de los demás.
Él ya no quería ser amado. Quería ser necesario. Quería que cuando Frida y Daniela estuvieran con él, sintieran que sin su presencia volverían a ser lo que más temían: la niña fea de Tlatelolco y la cajera invisible del Edomex.
—Pronto —susurró para sí mismo, mirando hacia las luces de la ciudad—. Pronto entenderán que su belleza me pertenece porque yo soy el único que sabe qué hacer con ella…
Daniela
El asfalto de la Roma escupía el calor acumulado del día mientras Ricardo, dentro del Mazda, observaba la salida de empleados del supermercado. Tenía el motor apagado y un libro de relatos de Philip K. Dick sobre el regazo, pero sus ojos estaban fijos en la puerta de servicio. Sabía que Daniela salía a las 8:15 p.m. Cronometró los minutos con la precisión de un sismógrafo. Cuando la vio salir, con su mochila de estoperoles y ese caminar cansado pero rítmico, encendió el motor y avanzó dos cuadras, estacionándose justo donde ella solía esperar el transporte.
Daniela caminaba con la mirada baja, ajustándose la chamarra de mezclilla negra sobre el uniforme. El pantalón negro le quedaba tan justo que cada paso era un despliegue de su anatomía; sus nalgas, redondas y firmes, se movían con una cadencia que robaba el aliento a los transeúntes. Al llegar a la esquina, el Mazda gris se detuvo frente a ella.
—¿Daniela? Qué coincidencia —dijo Ricardo, bajando el vidrio. Su voz era tranquila, desprovista de urgencia—. Venía de una junta cerca de Insurgentes y pensé en pasar por aquí para evitar el tráfico de la tarde. ¿Vas para el paradero?
Daniela se detuvo, sorprendida. Su instinto defensivo se activó de inmediato. Se cruzó de brazos, una postura que solo servía para resaltar su pecho y la estrechez de su cintura.
—Ingeniero… otra vez usted —dijo ella, tratando de sonar firme—. Sí, voy para allá, pero no se preocupe, yo tomo mi camión. No quiero que piense que ando esperando que me lleven o que soy de esas que se suben a cualquier carro por ahorrarse el pasaje. Yo me doy a respetar.
Ricardo sonrió con una humildad fingida que había perfeccionado frente al espejo horas antes.
—Lo sé, Daniela. Por eso mismo te lo ofrezco. Porque sé que eres una mujer trabajadora y porque la ciudad está de la chingada hoy. No es caridad, es solo por amabilidad, sin compromiso. Súbete, ándale, te llevo a tu casa para que no te mojes con la lluvia que ya viene.
Daniela dudó. Miró hacia la parada del camión, donde una multitud se amontonaba con desesperación, y luego miró a Ricardo. Su porte educado, su falta de insistencia lasciva y ese aroma a café y papel viejo que emanaba del auto la terminaron de convencer. Se subió, acomodándose el pantalón que se le había encajado un poco por la caminata.
Al sentarse y estirarse para alcanzar el cinturón, la tela del pantalón se tensó tanto que dejó ver, por un breve segundo sobre la cadera, el hilo de una tanga roja que contrastaba violentamente con su piel pálida y el negro de su ropa. Ricardo, que fingía revisar el retrovisor, captó el detalle. Sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna; una calentura sorda, una pulsión que le quemaba las entrañas. Llevaba meses, casi un año, sin el contacto de una mujer, y tener a esa diosa gótica a centímetros de él, sabiendo que debajo de ese uniforme de supermercado había lencería de fuego, lo ponía cachondo.
Pero sabía bien que no podía hacerlo evidente. Respiró hondo y puso el auto en marcha.
—¿Qué tal la chamba? —preguntó él, manteniendo la vista en el tráfico.
—Igual que siempre. Clientes que creen que una es su sirvienta —Daniela se relajó un poco, recargando la cabeza en el asiento—. Pero al menos hoy no hubo faltantes en la caja. Sigo con el pendiente de su dinero, de verdad.
—Ya te dije que no pienses en eso —la interrumpió él suavemente—. Cuéntame mejor de lo que te gusta. Me dijiste que preferías las historias oscuras. ¿Has leído a Poe?
—Un poco. Me gusta el ambiente que crea. Como si todo estuviera a punto de romperse —respondió ella, y por primera vez, la conversación fluyó de forma orgánica.
Hablaron de música, de las bandas de darkwave que ella escuchaba en sus audífonos rotos, y de cómo el mundo a veces se sentía como una prisión de cemento. Daniela empezó a soltarse; reía de forma tímida, mostrando unos dientes blancos que iluminaban su rostro pálido. Empezó a ver en Ricardo algo que no esperaba: inteligencia. No era el «inge» aburrido que ella creía; era alguien que parecía entenderla.
«No es tan feo cuando habla», pensó ella de reojo. Sus manos en el volante se veían fuertes y seguras.
Ricardo la escuchaba, asintiendo, pero por dentro era un volcán. Cada vez que ella se movía para enfatizar un punto, el roce de sus muslos contra el asiento de tela producía un sonido que a él lo volvía loco. Miraba disimuladamente cómo su culo se acomodaba en el asiento, una masa de curvas perfectas que él deseaba devorar ahí mismo, contra el tablero del auto. Su libido estaba en punto de ebullición, pero su cerebro calculador le recordaba el objetivo: confianza absoluta.
—Llegamos —dijo Ricardo, deteniéndose frente a la casa de bloc de Daniela.
—Se me pasó el viaje rapidísimo —dijo ella, sinceramente sorprendida. Se giró hacia él, y en la penumbra del auto, sus ojos delineados brillaron con una suavidad nueva—. Gracias por el aventón, inge, y por platicar… de verdad. Fue muy agradable.
—A veces solo hay que encontrar a la persona adecuada —respondió Ricardo, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario—. Descansa, Dany.
Ella sonrió y bajó del auto. Ricardo se quedó estacionado un momento, viéndola caminar hacia su puerta. La luz de un poste cercano iluminó sus caderas, resaltando la forma imponente de su retaguardia mientras ella subía el escalón de entrada. Ricardo apretó el volante hasta que le dolieron los nudillos. Estaba ardiendo, pero sabía que había ganado terreno. Había dejado de ser el gordo que le prestó dinero y pasó a ser el confidente.
Arrancó el Mazda y se alejó por las calles polvorientas del Estado. Tenía que llegar a casa y ducharse con agua fría, o terminaría perdiendo el control. El plan avanzaba: Daniela estaba bajando la guardia, y Frida ya estaba lista para el siguiente paso.
Frida
El eco de Tlatelolco siempre traía consigo una nostalgia pesada para Frida. Mientras se preparaba para su cita con Ricardo, no podía evitar recordar sus años en la Preparatoria 9. En aquel entonces, ella era la «niña alta y flaca» que no terminaba de encajar. Recordaba con una punzada en el estómago a Iñaki, el capitán del equipo de fútbol, un chico de facciones aristocráticas y mirada indiferente que nunca supo su nombre. Frida solía observarlo desde la distancia, sentada en alguna banca o cerca de las canchas, sintiendo que un abismo de estatus y belleza la separaba de él. Esos recuerdos alimentaban su inseguridad actual; por eso había esculpido su cuerpo con tal ferocidad, para que nadie volviera a ignorarla, aunque por dentro siguiera siendo esa adolescente que esperaba una mirada de aprobación.
La respuesta de Ricardo había llegado el jueves, breve y precisa: «Me encantaría, Frida. Vamos por un café y a caminar este sábado. Paso por ti a las 10:00 am».
Ese sábado, la Ciudad de México amaneció con un cielo extrañamente despejado. Frida pasó dos horas frente al espejo. Optó por unos jeans de mezclilla clara, tan ajustados que cada costura parecía pedir clemencia. La tela moldeaba ese culo imponente —esa obra maestra de hipertrofia y disciplina— con una fidelidad absoluta, resaltando la curva perfecta y la firmeza que solo miles de repeticiones de sentadillas podían lograr. Se puso una blusa blanca sencilla que dejaba ver un poco su abdomen plano y se soltó el cabello, tratando de suavizar la dureza de su mandíbula.
Esperó varios minutos en la entrada de su edificio y cuando el Mazda se detuvo al frente, el corazón le dio un vuelco. Ricardo bajó del auto. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa de botones bien planchada. Frida lo miró: su cara seguía pareciéndole fascinante, una versión madura de esos chicos que la ignoraban en la prepa. Sí, tenía sobrepeso, y esa «panza sedentaria» le causaba un rechazo instintivo a su estética fit, pero su mente ya estaba trabajando en una solución. «Con una buena dieta de macros y una rutina de fuerza, yo lo pongo en línea en tres meses», pensó con una mezcla de ambición y ternura.
—Te ves increíble, Frida —dijo Ricardo. Sus ojos se posaron en ella con una intensidad que la hizo vibrar, aunque él desvió la mirada rápidamente hacia la arquitectura del edificio para no parecer desesperado.
Desayunaron en un pequeño local de la colonia Juárez. La plática fue fluida. Ricardo le habló de algunos libros que había leído recientemente, y Frida, aunque no entendía la mitad de lo que él le decía, lo escuchaba con una fascinación genuina. Le gustaba cómo movía las manos al hablar y cómo su voz parecía envolverla, protegiéndola del ruido de la ciudad. Ella le contó de su sueño de poner su propio estudio de entrenamiento personal, de cómo la disciplina le había salvado la vida cuando se sentía sola.
—Todos necesitamos encontrar esa motivación, Frida, no sabes cómo me alegra que tú ya lo hayas hecho —le dijo él, rozándole la mano sobre la mesa. El contacto fue suave, pero Ricardo sintió una descarga de deseo que casi le hace perder la compostura. Tenerla ahí, tan cerca, oliendo a vainilla y sudor limpio, era un suplicio de abstinencia. Quería besarla, arrancarle ahí mismo la blusa y comenzar a acariciarla. Sin más, solo decidió disimular y seguir con su actuación del príncipe encantador.
Después se dirigieron a Chapultepec. Caminaron hacia el Museo Nacional de Antropología. Ricardo se movía entre las salas con una seguridad académica, explicando la cosmogonía mexica y la importancia de la Piedra del Sol. Frida caminaba a su lado, intentando hacer preguntas inteligentes para quedar bien, pero a menudo se perdía mirando el perfil de Ricardo. Sentía cosquillas en el estómago y aprovechaba cada que podía para estar cerca de él.
A medida que avanzaba la tarde, el contacto físico aumentó. Al bajar unas escaleras, Ricardo puso su mano en la parte baja de la espalda de Frida. Sus dedos rozaron involuntariamente la parte superior de sus jeans, sintiendo la dureza de su cintura y la calidez de su piel. A Ricardo se le secó la boca, y tuvo que cubrirse para disimular una erección. Cada vez que ella se adelantaba para ver una pieza arqueológica, él se quedaba un paso atrás, devorándola con la mirada, disimulando sus erecciones. El contraste entre la delicadeza de su blusa y la potencia visual de su culito lo tenían loco, resaltado por la mezclilla que se tensaba con cada paso. Se imaginaba esa firmeza entre sus manos, el peso de ese cuerpo atlético sobre él, y el contraste de su propia piel con la de ella.
Frida, por su parte, se sentía cada vez más confiada. La frialdad de los días anteriores había desaparecido, reemplazada por un hombre que la trataba como a una igual. Se sentía protegida y valorada. Al caminar por los senderos arbolados del bosque, ella se atrevió a entrelazar su brazo con el de él.
—Me la estoy pasando muy bien, Ricardo —susurró ella, recargando ligeramente su hombro contra el brazo de él.
—Yo también, Frida. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de un sábado —respondió él, aunque por dentro su mente gritaba por la tensión sexual acumulada.
Caminaron hasta el zoológico, viendo a los animales bajo el sol de la tarde. Ricardo seguía con su «ojo clínico», detectando cómo Frida buscaba su aprobación constantemente. Sabía que la tenía. El hecho de que ella estuviera dispuesta a ignorar su físico, ese cuerpo que ella normalmente despreciaría, por la conexión intelectual y su rostro, era la prueba de que su plan era perfecto.
Al final de la tarde, mientras el sol empezaba a caer tras el Castillo de Chapultepec, ambos se detuvieron frente al lago. Se quedaron un rato más hasta que caminaron de regreso a donde estacionaron el auto.
Ya de regreso en el edificio en donde vive Frida, Ricardo estacionó el Mazda frente a la entrada, dejando que el motor ronroneara un momento antes de apagarlo. El silencio dentro del auto se volvió espeso, cargado de una electricidad que a Frida le hacía cosquillas en la nuca.
Frida se giró hacia él, todavía con la adrenalina de la caminata por Chapultepec recorriéndole las venas. Los jeans, después de todo un día de uso, se habían amoldado aún más a sus curvas; la mezclilla parecía una segunda piel que custodiaba el volumen imponente de sus piernas y esa retaguardia que, a los ojos de Ricardo, era un monumento a la tentación.
—Gracias por hoy, Ricardo. De verdad. No recuerdo la última vez que aprendí tanto y me divertí al mismo tiempo —dijo ella, con una voz que había perdido toda su coraza defensiva.
Ricardo la miró fijamente. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Frida, deteniéndose en sus labios. Por dentro, era un hervidero de instintos primarios. Su mente, traicionera y febril por la abstinencia, ya no estaba en el auto. Estaba proyectando una escena cruda y sudorosa: se imaginaba a Frida de espaldas, con esos jeans por los tobillos, sus manos fuertes aferradas al respaldo de su sillón mientras él la poseía con la furia de quien ha esperado toda la vida por un trofeo así. Imaginaba el sonido de la piel chocando contra la piel y los gemidos de ella, perdiendo toda esa compostura de instructora para convertirse en puro espasmo. En su puta personal, dispuesta solo para su placer.
Pero Ricardo apretó los dientes y mantuvo la máscara. No podía arruinar los cimientos por un arranque de lujuria.
—El placer fue mío, Frida. Tienes unos ojos… —hizo una pausa dramática, acercándose lo suficiente para que ella sintiera su aliento— …son muy lindos. Y tus labios, bueno, creo que dicen mucho más de lo que te permites expresar.
Él se inclinó y, en lugar de buscar la boca, le depositó un beso tierno y prolongado en la mejilla, rozando apenas la comisura de sus labios. Fue un movimiento de maestro; el «príncipe» dejaba paso a la duda, alimentando el hambre de ella.
—Mañana te busco en Instagram. Quiero ver esas rutinas de las que tanto te enorgulleces —añadió él con una sonrisa cómplice.
Frida le sonrió y bajó del auto flotando. Entró a su edificio ignorando el olor a cañería vieja y el eco de los vecinos peleando. Cuando entró a su departamento, su padre soltó un comentario mordaz sobre «las horas de llegar para una mujer decente», pero Frida ni siquiera lo registró. Se encerró en su cuarto, se lanzó a la cama y ahogó un grito de euforia en la almohada, pataleando como una adolescente. Por primera vez, alguien no solo veía su cuerpo, sino que lo admiraba con una elegancia que la hacía sentirse reina.
Mientras tanto, en la soledad de su departamento, Ricardo no perdió el tiempo. Se despojó de la camisa y se sentó frente a la luz azul de su teléfono. Buscó el perfil de Frida.
@Frida_Fit
Ahí estaba ella. Fotos en el espejo del gym, videos de sus rutinas de glúteos donde el músculo se tensaba de forma brutal, y fotos artísticas donde resaltaba su silueta en leggings o en shorts de licra. Ricardo se detuvo en una imagen donde ella posaba de espaldas, presumiendo el resultado de su entrenamiento de glúteo. El pantalón de licra gris marcaba cada detalle, cada fibra se tensaba remarcando más ese perfecto trasero que pedía a gritos ser penetrado por una verga como la suya.
Ricardo sintió que la sangre se le agolpaba en la entrepierna con una violencia dolorosa. Se llevó la mano a su verga y la liberó de su ropa. En la oscuridad de su recámara, solo existía la imagen de Frida y la certeza de que la tenía en la palma de su mano. Se masturbó con una rabia fría, imaginando que cada jadeo era una orden que ella obedecía, poseyéndola a través de la pantalla antes de hacerlo en la realidad. Será mía, se repetía, esa mujer será mía…
Al terminar, eyaculó tanto que tuvo que limpiarse con una hoja de papel que tenía a la mano. Se quedó mirando el techo, recuperando el aliento. El asco por sí mismo fue breve, reemplazado por la satisfacción del hombre que ya se sentía el dueño de su vida.
—Mañana —susurró—, mañana le toca a Daniela.
Tomó el celular y, con el pulso todavía acelerado, le dio «Seguir» al perfil de Frida. Sabía que la notificación le llegaría en ese instante, manteniéndola despierta, alimentando su insomnio con la promesa de él.
Daniela
El turno en el supermercado de la Roma fue una tortura. Daniela sentía que los ojos de los clientes le quemaban la piel. Su pantalón negro, ese que Ricardo tanto admiraba, parecía atraer a todos los imbéciles de la zona. Se sentía como un pedazo de carne en exhibición. Entre cobro y cobro, su mente se escapaba a su cuarto, a sus pósters de anime y a su música. Soñaba con el concierto de Ghost que sería en un par de semanas, pero con su sueldo de miseria, comprar un boleto era como querer comprar un departamento en la Condesa: un chiste de mal gusto.
Al salir, exhausta y con los pies doliéndole por las botas, vio el Mazda gris. Ricardo estaba recargado en el cofre, leyendo un libro con esa calma que a ella le parecía de otro planeta.
—Hola, Daniela —dijo él, cerrando el libro. No se veía como un depredador, sino como ese «inge» educado que le había prestado dinero.
—Ingeniero… ¿Qué hace por acá? —preguntó ella, tratando de esconder su cansancio tras su máscara gótica.
—Fíjate que un amigo de la oficina me regaló estos boletos para un concierto. Una banda que se llama Ghost —dijo él, sacando dos sobres de su saco—. Me acordé que te gusta esa música y, la verdad, yo no tengo con quién ir ni me llama mucho la atención. Pensé que igual podrías ir con alguna amiga o algún chavo. Tómalos, es un desperdicio que se queden en mi cajón.
Daniela abrió los ojos de par en par. Miró los boletos. Era la zona preferente. Sintió un vuelco en el corazón, pero la vergüenza le ganó de inmediato.
—No, Ricardo… no puedo. Es mucho dinero, no tengo cómo pagárselos y la verdad… —se mordió el labio, bajando la vista a sus botas—. No tengo con quién ir. Mis amigas del barrio ya andan todas con hijos o no les gusta esta onda. Y pues, amigos… menos.
Ricardo la miró con una ternura calculada, aunque por dentro la imagen de Daniela en el concierto le estaba provocando una erección contenida.
—Bueno, si el problema es que no tienes compañía… yo podría ir contigo, si no te incomoda que un «don» como yo ande en un concierto de metal. Prometo no aburrirme —dijo él, soltando una pequeña risa.
Daniela sintió un alivio inmenso. La idea de ir sola al Palacio de los Deportes le daba pavor, y Ricardo era, hasta ahora, el único hombre que no había intentado meterle la mano bajo la falda a la primera oportunidad.
—¿De veras iría conmigo? —preguntó ella, con un brillo de ilusión que la hacía ver aún más guapa—. Mire que me pongo bien intensa con mi ropa gótica, no quiero que le dé pena.
—Me encantaría verte así, Dany…
El día del concierto, Daniela se transformó. Se olvidó de la cajera cansada y dejó salir a la reina de la oscuridad. Se puso una minifalda de polipiel negra absurdamente corta, que apenas cubría la redondez imponente de su culo. Debajo, unas medias de red que dibujaban diamantes sobre su piel pálida y, como un secreto que solo ella conocía (o eso creía), una tanga roja de encaje que se asomaba sutilmente sobre su cadera. Se delineó los ojos con una agresividad hermosa y se pintó los labios de un rojo sangre.
Cuando Ricardo pasó por ella a su casa, se quedó mudo. Daniela bajó las escaleras de su casa de bloc y, a los ojos de Ricardo, ella era el premio de lujo que tanto había soñado. El contraste entre el barrio gris y esa mujer despampanante era una imagen que se grabó a fuego en su mente.
—Te ves… espectacular, Daniela —dijo Ricardo. La abstinencia le estaba quemando el cerebro. Al verla subir al auto, el movimiento de la minifalda dejó ver casi todo el muslo y el borde de su ropa interior roja. Ricardo sintió que se le iba el aire. «Qué ganas de meter mano», pensó.
—¿No le da pena que lo vean conmigo? —preguntó ella, acomodándose la falda, lo que solo hizo que el pantalón de Ricardo se tensara más.
—Para nada. Me siento el hombre más afortunado de la Ciudad —respondió él, y se acomodó en su asiento arrancando el auto.
Durante el camino, Daniela estaba eufórica. Hablaba de las canciones, de la banda, y de cómo esa música la hacía sentir poderosa cuando el mundo la trataba como basura. Ricardo la escuchaba, fingiendo interés en la banda, pero su «ojo clínico» no dejaba de escanearla. Se imaginaba a Daniela contra la pared del Palacio de los Deportes, levantándole esa minifalda y arrancándole las medias de red mientras la música retumbaba en las paredes.
La calentura de Ricardo era una fiera enjaulada. Tenía meses de abstinencia y Daniela, con ese cuerpo de infarto y esa actitud rebelde, lo tenía al borde de perder su máscara de «príncipe». Sin embargo, respiró hondo. Sabía que un movimiento en falso la asustaría. Tenía que ser el caballero hasta que ella misma le pidiera que dejara de serlo.
—Hoy vamos a disfrutar, Daniela. Olvida el súper, olvida las deudas. Hoy eres solo tú y la música —dijo él, poniéndole una mano en el hombro. Ella no se quitó. Al contrario, se recargó un poco hacia él.
Ricardo sonrió en la oscuridad del auto. El plan seguía su curso: Frida estaba enredada en sus sentimientos, y Daniela estaba a punto de entrar en un trance de gratitud y adrenalina del que no querría salir.
El Palacio de los Deportes vibraba con una energía oscura y eléctrica. El domo de cobre parecía contener un hervidero de almas sedientas de escape, y en medio de esa marea de negro y cuero, Daniela resplandecía como una joya prohibida. La minifalda de polipiel apenas contenía la potencia de sus caderas, y sus medias de red, tensas sobre sus muslos pálidos, eran un imán para los ojos de cientos de desconocidos.
Desde que bajaron del Mazda, Ricardo notó el efecto que ella causaba. Los tipos que hacían fila en los puestos de mercancía pirata se daban codazos al verla pasar; algunos lanzaban chiflidos bajos, otros directamente le decían obscenidades. Daniela caminaba con la cabeza en alto, pero Ricardo notaba la tensión en sus hombros. En un movimiento que ella interpretó como protección caballeresca, él puso su brazo sobre sus hombros, atrayéndola hacia sí con una firmeza posesiva.
—No les hagas caso, Daniela. Estás conmigo —le susurró al oído, sintiendo el aroma de su perfume barato mezclado con el olor a fijador de cabello.
Una vez dentro, el poder adquisitivo de Ricardo empezó a deslumbrarla. Él no escatimó.
—¿Quieres esa playera? Ten. ¿Un vaso conmemorativo? También. ¿Cerveza? Las que quieras —Ricardo sacaba los billetes y las tarjetas con una indiferencia que a Daniela la hacía sentir pequeña. Ella, acostumbrada a contar cada peso para el pasaje de la combi, sentía una mezcla de fascinación y vergüenza.
—Ingeniero, no… es mucho. No quiero que piense que me estoy aprovechando —dijo ella, deteniéndolo frente a un puesto de accesorios. Sacó de su mochila un puñado de monedas y billetes arrugados—. Mire, yo le compro esta pulsera de estoperoles. Para que vea que yo también… que no soy una interesada.
Ricardo aceptó la pulsera con una sonrisa condescendiente. Sabía que para ella ese gasto era un sacrificio, y eso le daba un placer retorcido: la estaba comprando con su propia dignidad.
Cuando Ghost salió al escenario y las notas retumbaron en el pecho de los asistentes, Daniela se transformó. Se olvidó de la cajera, de la deuda, del hambre. Empezó a saltar y a cantar con una furia liberadora. Ricardo se colocó justo detrás de ella. La multitud era una masa compacta que los empujaba. Con el pretexto de protegerla de los empujones, Ricardo pegó su cuerpo al de ella.
La sensación fue inmediata. El abdomen de Ricardo, algo prominente, chocaba contra la espalda de Daniela, pero lo que él buscaba era el contacto de su pelvis con ese culo monumental que lo tenía obsesionado. Con cada salto de la chica, el roce se volvía más agresivo. Daniela, en su euforia, no lo notaba como algo sexual, sino como parte del caos. Ricardo aprovechó un clímax de la batería para deslizar sus manos por la cintura de ella y, «accidentalmente», darle un apretón firme a sus nalgas, sintiendo la elasticidad de la polipiel y la dureza del músculo debajo.
—¡Cuidado, nos están empujando mucho! —le gritó él al oído, usando la excusa para apretarse más contra ella.
Daniela solo asintió, sudorosa y excitada por la música. Sentía los «arrimones» constantes, pero en su mente, Ricardo era ese hombre mayor y serio que la estaba cuidando. No podía imaginar que él estaba aprovechando cada centímetro de su cuerpo para saciar una sed de meses.
Al salir del concierto, el aire frío de la Ciudad de México les pegó en la cara. Daniela estaba despeinada, con el maquillaje corrido, pero con una sonrisa que Ricardo nunca le había visto. Cenaron unos tacos en un puesto callejero cerca de la salida; ella comía con un hambre real, sin poses, mientras él la observaba como un lobo vigila a una oveja que cree estar a salvo.
El camino de regreso fue silencioso. El cansancio empezó a pasar factura. Al llegar a la casa de bloc gris, Ricardo apagó el motor y sacó un sobre de su guantera.
—Daniela, toma esto. Es para lo que falte de los medicamentos de tu mamá y para que no andes sufriendo con los pasajes esta semana —dijo, extendiéndole dos mil pesos más.
—Ricardo… ya es demasiado. No puedo —dijo ella, con los ojos llenos de una humillación agradecida.
—Tómalo como un apoyo nada más. Me lo pagas cuando seas jefa de piso —bromeó él, aunque su mirada era fría, analítica.
Ella aceptó, prometiendo pagarlo, y se despidió con un beso rápido en la mejilla que dejó a Ricardo oliendo su sudor y su piel.
Esa noche, Daniela se desplomó en su cama sin quitarse siquiera las medias de red. El sueño llegó rápido, pero no fue un sueño tranquilo. Se vio a sí misma en su propia habitación, oscura y polvorienta. Ricardo estaba ahí, pero no era el hombre educado del auto. Era una sombra pesada, sin camisa, que la lanzaba contra el colchón con una fuerza bruta. En el sueño, él la penetraba por detrás, sujetándola de las caderas con esas manos gruesas, mientras ella gritaba de una forma que no sabía si era dolor o placer.
Se despertó de golpe a las tres de la mañana, con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba empapada de sudor y sentía una humedad pegajosa entre sus piernas. Tocó su tanga roja y sintió que estaba empapada. El asco la recorrió: ¿Cómo podía soñar eso con un tipo así? Pero al cerrar los ojos, la imagen de la seguridad de Ricardo y el poder que emanaba de su cartera volvían a encenderle la piel.
Daniela se giró en la cama, confundida y excitada, odiándose por desear al hombre que la estaba comprando pedazo a pedazo, mientras en Tlatelolco, otra mujer esperaba un mensaje que Ricardo no pensaba enviar hasta haber terminado de devorar la sombra de Daniela.
Frida
En su departamento de la Roma, Ricardo saboreaba su victoria matutina. Estaba sentado en su sillón de lectura, con la luz del amanecer filtrándose por las persianas, pero no estaba leyendo. Su mirada estaba fija en la pantalla del celular. El perfil de Instagram de Frida era su manual de anatomía personal. Había encontrado un video de ella haciendo hip thrust; la cámara, colocada en un ángulo bajo, capturaba cómo sus nalgas se contraían y se expandían con una fuerza animal bajo la licra gris.
Ricardo sintió el pulso acelerado. “Alguien ya le habrá estrenado ese culito”, se animó a pensar. Con una mano sostenía el teléfono y con la otra se masturbaba con una saña casi violenta, imaginando que ese movimiento de cadera de Frida no era para levantar pesas, sino para recibirlo a él. A su enorme verga en cada sentón. Cada gemido de esfuerzo que ella emitía en el video, él lo traducía en su mente como un ruego de placer. Al terminar, respiró hondo y limpió el desastre con un pañuelo de seda, recuperando instantáneamente su máscara de frialdad. Tenía que seguir con el papel. Mandó pedir un ramo de rosas rojas, el más grande y caro de la florería de la esquina, con una nota simple: «Para la mujer que construye su propio destino. R.»
Cuando las flores llegaron a Tlatelolco, el departamento se transformó. Sus padres, que siempre la habían criticado por sus rutinas, estaban deslumbrados.
—Ves, Frida, ese sí es un hombre de verdad —dijo su madre, acomodando el ramo en un jarrón—. Un ingeniero, educado… No como los vagos del gimnasio. Cuídalo, mija, que hombres así no se fijan en cualquiera.
Frida sonrió, sintiendo que por fin encajaba en el molde que la sociedad esperaba de ella. Pero la realidad de la Ciudad de México estaba a punto de recordarle que, para el resto del mundo, ella seguía siendo solo un cuerpo.
Ese día, la rutina de Frida se rompió desde temprano. La lavadora del edificio se había descompuesto y no tenía ropa interior limpia. Buscó en el fondo de su cajón y encontró una tanga pequeña, de encaje y de color negro, un regalo de broma de una excompañera que nunca se había atrevió a usar porque le parecía «demasiado». Al ponérsela bajo sus leggings de compresión color vino, sintió una incomodidad inmediata. La tela fina se perdía entre sus nalgas, y cada vez que caminaba, sentía el roce del hilo contra su piel sensible. Se sentía desnuda, expuesta.
Subió al Metro y en la estación Guerrero eran las nueve de la mañana y el vagón era una lata de sardinas humana. Frida intentó sujetarse del tubo superior, pero su ropa y su físico llamaban demasiado la atención. Un tipo de unos cuarenta años, con el rostro sudado y los ojos inyectados en sangre, se colocó justo detrás de ella. Con el pretexto del frenazo del tren, el hombre se pegó a su retaguardia.
Frida sintió el bulto del sujeto presionando contra su trasero. Intentó moverse, pero el gentío la bloqueaba. El hombre, aprovechando que ella no podía gritar sin armar un escándalo en ese caos, deslizó su mano por debajo de la sudadera de Frida, llegando a la curva de su cadera y apretando con fuerza su culo. Sus dedos sintieron la textura de los leggings y la ausencia de costuras de la tanga.
—¡Suéltame, imbécil! —gritó Frida, dándose la vuelta y empujándolo con la fuerza de sus brazos.
La gente los miró con indiferencia o molestia. El tipo se escabulló entre la multitud en la siguiente estación, dejándola temblando, con una sensación de asco que le subía por la garganta. Se sentía sucia, profanada en su propio esfuerzo físico.
Llegó al gimnasio con los ojos rojos y las mejillas húmedas. Al ver la fachada de cristal, se detuvo para intentar recuperar el aliento, pero las lágrimas no paraban. Fue entonces cuando el Mazda gris se detuvo. Ricardo bajó rápidamente, con una expresión de preocupación que parecía la de un caballero de película.
—¡Frida! ¿Qué pasó? —la tomó de los hombros, atrayéndola hacia su pecho.
Ella se derrumbó. Le contó lo del Metro entre sollozos, escondiendo la cara en el cuello de Ricardo. Él la abrazó con fuerza, sintiendo la firmeza de su cuerpo y el aroma a sudor y angustia. Por dentro, Ricardo sentía una satisfacción oscura: el mundo la estaba rompiendo, y él era el único que estaba ahí para recoger los pedazos.
—No entres hoy, Frida. No estás en condiciones de trabajar. Vámonos, yo te invito a desayunar para que te calmes —le dijo con voz suave, casi protectora.
La llevó a un café tranquilo en la Condesa. Frida fue recuperando la calma, deslumbrada por la atención de Ricardo, quien no dejaba de decirle lo valiente que era. Después del desayuno, mientras el sol calentaba las calles, Ricardo lanzó el anzuelo final.
—Oye, mi departamento está aquí a tres cuadras. Tengo unas películas de cine clásico que te gustarían y un café mucho mejor que este. Si quieres, podemos ir a descansar un rato allá, lejos del ruido. No quiero que te vayas a tu casa sintiéndote así de mal. Ya ves cómo es tu mamá.
Frida se quedó helada. Su corazón latía con una mezcla de miedo y deseo. Sabía lo que significaba ir al departamento de un hombre, y más con esa tanga que la seguía torturando entre las piernas.
—No sé, Ricardo… es que no quiero que pienses que soy de esas chavas que… —balbuceó, roja de la vergüenza.
—Frida, por favor. Me conoces. Solo quiero que estés tranquila. Jamás haría nada que tú no quisieras, no me malinterpretes, por favor —dijo él con indignación, sosteniéndole la mano con una caballerosidad impecable.
Frida miró los ojos de Ricardo, esos ojos que le recordaban a sus sueños de prepa, y asintió levemente. No sabía que estaba entrando voluntariamente en la guarida del lobo que ya había llegado a las últimas fases de su plan.
El departamento de Ricardo en la Roma era exactamente como Frida lo había imaginado: un refugio de techos altos, estanterías repletas de libros que llegaban al techo y ese olor a café recién molido y madera vieja que la hacía sentir en un mundo superior al ruido gris de Tlatelolco. Sin embargo, había una tensión eléctrica en el aire, una vibración que se sentía en la punta de los dedos.
Ricardo cerró la puerta tras de ellos y le indicó a Frida que dejara su maleta en la entrada. Con un gesto de caballero, le ayudó a quitarse la sudadera. Al hacerlo, sus manos rozaron deliberadamente sus hombros y bajaron por su cintura, apretando apenas un segundo de más la firmeza de su torso. Frida no se apartó; al contrario, el contacto la hizo sentir anclada tras el asco que había vivido en el Metro.
—Estás a salvo aquí, Frida —le susurró él, antes de guiarla hacia el sofá de cuero café oscuro.
Mientras Ricardo buscaba una película en la pantalla, el «ojo clínico» del ingeniero no descansaba. Observaba cómo los leggings color vino de Frida se amoldaban a sus piernas mientras ella se acomodaba. Sabía que ella estaba nerviosa, pero también percibía su entrega.
—Te preparé algo de botana, unas papas y unas cervezas artesanales que me regalaron —dijo él, regresando de la cocina.
Frida sonrió con timidez, sintiendo la mirada de Ricardo pesando sobre ella.
—Ay, Ricardo, me encantaría, pero ya sabes que me cuido un buen con la dieta. Las harinas y el alcohol me matan el entrenamiento de la semana.
Ricardo fingió un golpe de sorpresa.
—¡Qué tonto soy! Tienes razón. No te preocupes, aquí a la vuelta hay un mercado orgánico. Voy rápido por unas jícamas y agua mineral con clorofila, de esa que te gusta. No tardo ni diez minutos. Quédate aquí, descansa. Estás en tu casa, linda.
Ricardo salió, dejando a Frida sola con el silencio del departamento. Al principio, ella se quedó sentada, pero la curiosidad, esa necesidad de conocer más al hombre que la estaba salvando de su propia inseguridad, la venció. Se levantó y empezó a caminar por la sala, tocando los lomos de los libros de historia. Llegó a un mueble de madera oscura cerca de la televisión y, movida por un impulso infantil, abrió uno de los cajones.
Entre cables y controles remotos, encontró una hilera de estuches de plástico y un par de libros polvorientos. Al ver las portadas, sintió que la cara le ardía. Eran películas porno. La primera reacción de Frida fue cerrar el cajón, pero algo la detuvo. Eran títulos crudos y los libros sin duda eran novelas eróticas que incluso tenían ilustraciones. «Hombres solteros… es normal», se dijo a sí misma, intentando justificarlo: «Todos los weyes ven esas madres, al menos este no lo esconde».
Pero entonces, una portada capturó su atención. Era una mujer de cabello oscuro, con cuerpo atlético enfundada en unos leggings negros y con unas nalgas imponentes. El título hablaba de «entrenadoras personales». Un escalofrío le recorrió la espalda. No fue asco, fue una revelación: a Ricardo le gustaban las mujeres como ella. Su tipo era el cuerpo atlético, bien definido, con piernas esbeltas y culo bien trabajado. Sintió que su libido se encendía. Quería declarársele en ese momento, decirle que ella podía ser esa mujer, pero su educación tradicional la frenaba.
Escuchó la llave en la cerradura y regresó al sofá de un salto. Ricardo entró con las bolsas, actuando como si nada hubiera pasado. Preparó las jícamas con limón y sal, y se sentó a su lado. Pusieron una película de suspenso francesa.
A la mitad de la cinta, Ricardo sintió que el terreno estaba listo. Extendió su brazo sobre el respaldo del sofá y, lentamente, lo dejó caer sobre los hombros de Frida. Ella no se tensó; al contrario, dejó caer su cabeza sobre el pecho de Ricardo. El contacto fue el inicio de una reacción en cadena. Él podía sentir el calor del cuerpo de Frida, y ella podía escuchar los latidos pausados, casi calculados, del corazón de él.
Ricardo giró un poco la cabeza. Estaban tan cerca que podía ver el sudor fino en el labio superior de ella.
—Frida… —susurró él.
No esperó respuesta. Se inclinó y le robó un beso. Fue un «pico» corto, apenas un roce de labios, pero cargado de una intención eléctrica. Frida cerró los ojos, soltando un suspiro que parecía haber contenido por años.
Ricardo no se detuvo. Al ver que ella no se alejaba, volvió a buscar sus labios, pero esta vez con una intensidad mayor. El beso se volvió profundo, húmedo, una sesión íntima donde las lenguas se exploraban con hambre. Ricardo puso una mano en la mejilla de Frida y la otra en su cintura, acercándola más, sintiendo cómo los leggings se tensaban contra su pelvis.
Frida se sentía deslumbrada. En su mente, Ricardo ya no era inalcanzable; era el hombre que le estaba dando el beso que ella siempre soñó. La tanga diminuta, en ese momento, dejó de ser una incomodidad para convertirse en una señal de su propia disponibilidad. El «príncipe» había reclamado su territorio, y Frida estaba más que dispuesta a entregarle las llaves de su templo.
El aire en el departamento se había vuelto denso, cargado con el olor del deseo contenido y el perfume de Frida. Los besos ya no eran exploratorios; eran urgentes, húmedos y profundos. Frida sentía que el mundo exterior se desvanecía, reemplazado por la boca de Ricardo que la reclamaba con una intensidad que nunca antes había experimentado.
Ricardo estaba en un estado de trance eufórico. Mientras sus lenguas se entrelazaban, una parte de su cerebro seguía analizando la situación: «Lo logré». Tenía entre sus brazos a una mujer que, en cualquier otro contexto, ni siquiera le habría dirigido la palabra. Sentía la dureza de los músculos de la espalda de Frida, la firmeza de su cintura y la suavidad de su piel.
Sus manos, movidas por un hambre de años, bajaron por la espalda de Frida hasta llegar al inicio de sus leggings color vino. Al deslizar sus dedos por debajo de la licra elástica, el corazón de Ricardo dio un vuelco: sintió el hilo delgado de la tanga negra. El contraste entre la piel caliente y firme de las nalgas de Frida y la fragilidad de esa prenda lo puso al borde del infarto.
Frida, con la respiración entrecortada, se dejó llevar. Sus manos bajaron tímidamente por el torso de Ricardo hasta posarse sobre su entrepierna. Sintió la dureza evidente a través de la tela del pantalón de vestir. La sorpresa le provocó un escalofrío; a pesar de que Ricardo no tenía el cuerpo de los atletas, su masculinidad era innegable y abrumadora.
Ricardo, completamente cegado por la pasión, comenzó a bajarle los leggings. Pero justo cuando la tela empezaba a descubrir la parte superior de sus nalgas, Frida reaccionó. El peso de su educación, el miedo a ser juzgada y el temor de que Ricardo la viera como «una puta» la golpearon como un balde de agua fría. Se separó de sus labios, jadeando, y le detuvo las manos.
—No… Ricardo, espera —susurró ella, con los ojos empañados—. Por favor, para. No quiero… no quiero ir tan rápido. Todavía no somos nada oficial y no quiero que pienses mal de mí. En serio te estoy empezando a querer y no quiero arruinarlo siendo una puta ante tus ojos.
Ricardo se detuvo en seco. La frustración fue un latigazo, pero su instinto de manipulador se activó al instante. No podía forzarla o perdería todo el progreso. Tenía que ser el «caballero comprensivo», pero no pensaba quedarse con las ganas.
—Te entiendo, Frida. Perdóname —dijo él, fingiendo una voz quebrada y vulnerable—. Tienes razón, eres demasiado especial para que esto sea algo apresurado. Yo también te quiero… pero, te voy a ser sincero, me cuesta mucho contenerme.
Él suspiró, mirando hacia el suelo con una falsa tristeza.
—Llevo meses solo, Frida. Pero ahora mismo me duele, físicamente. Siento que voy a explotar y eso me hace daño. ¿Podrías… podrías ayudarme a aliviarme? Solo eso, sin que pase a más.
Frida, conmovida por la supuesta «pureza» de Ricardo y aún encendida por el encuentro, asintió con una mezcla de ingenuidad y deseo. Ricardo se desabrochó el pantalón y liberó su miembro. Frida lo miró, impresionada por la crudeza de la realidad frente a ella. Era enorme y eso le provocó un intenso morbo. «Como el de las películas», pensó, y tomó a Ricardo con sus manos; manos pequeñas y delicadas a pesar de las pesas, que en ese momento se movían con una delicadeza femenina sobre su piel.
El contacto fue electrizante para ambos. Frida se sentía poderosa al ver cómo sus caricias hacían que Ricardo soltara gemidos roncos.
—Sigue, Frida… —le pidió él, con la voz ahogada—. Usa tu boca, por favor. Solo un poco.
Frida dudó un segundo, la vergüenza luchando con su curiosidad. Se arrodilló entre las piernas de Ricardo en el sofá. Sus movimientos eran torpes, inexpertos, pero esa misma falta de práctica volvía loco a Ricardo. Sentir la boca de esa mujer atlética, ver su cabello cayendo sobre sus muslos, era la realización de todas sus fantasías universitarias. Frida se esforzó, queriendo ser buena para él, queriendo «curar» ese dolor que él decía sentir.
De pronto, Ricardo tensó todo el cuerpo.
—¡Frida! —exclamó, mientras su cuerpo se arqueaba.
La eyaculación fue intensa, salpicando el rostro de Frida por completo; fue tanto que incluso un poco alcanzó a salpicarle los pechos. Ella se quedó inmóvil un momento, sintiendo la calidez en su mejilla. Lejos de asquearse, una sonrisa tímida y orgullosa apareció en su rostro. Se sentía útil, sentía que le pertenecía a este hombre que la trataba como una reina.
—¿Hice bien? —preguntó ella, limpiándose un poco con el dorso de la mano—. ¿Te gustó?
—Lo hiciste increíble, Frida. Gracias… me encantó —respondió Ricardo, hundiéndose en el respaldo del sofá con una satisfacción casi animal.
—¿Puedo pasar a tu baño para limpiarme un poco? —preguntó ella, levantándose.
Ricardo la tomó de la mano antes de que se fuera. Su mirada ya no era de príncipe, sino la de un dueño.
—Sí, claro. Pero antes… déjame verla, por favor. Enséñame la tanga que llevas. Me volviste loco cuando la sentí bajo tus leggings. Solo un momento.
Frida, todavía bajo el influjo de la oxitocina y la sumisión del momento, se giró. Con dedos temblorosos, bajó sus leggings lo suficiente para mostrar la tanga negra de encaje que se enterraba perfectamente entre sus increíbles nalgas. La prenda sexy y provocativa se perdía en sus nalgas firmes. Ricardo se quedó sin aliento. Pensó en pedírsela y quedársela para sus noches largas pensando en ella, pero decidió no hacerlo; ahora es diferente, esta mujer ya es mía. El espectáculo de ese cuerpo trabajado, entregado a su capricho, fue el sello final de su victoria.
—Eres perfecta, Frida —dijo él—. Hermosa.
Ella le sonrió por encima del hombro y volvió a acomodarse sus leggings; caminó hacia el baño. Ricardo se quedó en el sofá, observando ese vaivén de su culo. Después de un rato escuchó el agua correr. Ya no había dudas: Frida estaba bajo su control.
El motor del Mazda gris ronroneaba suavemente frente a los edificios de Tlatelolco. La atmósfera dentro del auto era eléctrica. Ricardo no quería dejarla ir, y Frida, con los labios todavía hinchados por los besos, sentía que finalmente había encontrado el refugio que su cuerpo y su mente gritaban por tener.
Bajaron del auto y caminaron hacia la entrada del edificio. Ricardo atrajo a Frida hacia sí. Sus manos se cerraron sobre las nalgas de ella, apretando la firmeza del músculo bajo los leggings con una posesividad absoluta. Frida no se apartó; al contrario, se arqueó sutilmente hacia arriba para darle un mejor acceso, entregándole el control de su cuerpo. Ella se sentía deseada por primera vez de una forma «correcta», por un hombre inteligente y caballeroso.
—Frida —susurró Ricardo, mirándola a los ojos con una intensidad que la hizo temblar—. No quiero que esto sea algo de una tarde. Eres una mujer increíble y no quiero perderte. ¿Quieres ser mi novia?
A Frida se le detuvo el corazón. Era la validación definitiva.
—Sí, Ricardo. Sí, claro, quiero —respondió, sellando el pacto con un beso apasionado que sabía a victoria.
Mientras ella subía a su departamento con el alma en un hilo, Ricardo la miró sin dejar de devorarla; subió a su auto con una sonrisa de tiburón. Estaba eufórico. «Mi novia», pensó. Se imaginaba llegando a la oficina de la constructora con Frida del brazo, viendo las caras de las secretarias rubias transformarse en pura envidia al verla a ella: una amazona de piel perfecta y cuerpo escultural. Frida era su trofeo, el resarcimiento de años de humillaciones.
Frida, por su parte, ya estaba diseñando el futuro en su recámara. Se miraba al espejo imaginando a Ricardo a su lado. «Es perfecto, solo le sobran esos kilos», pensaba con ambición. En su mente, ella lo transformaría: lo metería a una dieta estricta de déficit calórico, lo entrenaría en el gimnasio y, en seis meses, tendría al hombre de su vida. Serían la pareja fitness perfecta de Instagram.
Pero en el otro lado de la ciudad, la vida de Ricardo tenía otra historia que contar.
Daniela
En el supermercado de la Roma, la rutina de Daniela se había vuelto el escenario de una envidia sorda. Cada vez que el turno terminaba y el Mazda gris se estacionaba frente a la salida de empleados, las lenguas bífidas de sus compañeras empezaban a zumbar.
—Mírala, ya salió la gótica con su ‘sugar’ —murmuró una de las cajeras—. Tan jovencita y ya aprendió a sacarle provecho al culote que se carga. No da paso sin huarache; la mujer por eso ya hasta trae ropa nueva. Yo una vez hasta le vi una chamarra de piel.
Daniela escuchaba los comentarios mientras se ajustaba su mochila de estoperoles. Sentía una mezcla de vergüenza y rabia. «No es mi sugar, pendejas, es un hombre que me respeta», quería gritarles. Pero el hecho de que Ricardo siempre llegara con un detalle, un libro, un café caro, o simplemente la seguridad de su auto para evitar la combi, la hacía sentir como una princesa en medio de un basurero.
Esa noche, mientras Ricardo la llevaba hacia su casa, Daniela lo observaba de reojo. Él conducía con esa calma que a ella le daba paz, pero empezó a notar algo nuevo. Ya no era solo la mirada protectora del «ingeniero»; ahora sentía cómo los ojos de Ricardo se desviaban hacia su escote o hacia sus piernas cada vez que ella se acomodaba en el asiento. Era un «morboseo» sutil, pero constante.
Al principio, a Daniela le dio un escalofrío de incomodidad. Estaba acostumbrada a que los hombres la miraran así, pero con Ricardo le dolía que pudiera ser «uno más». Sin embargo, conforme los minutos pasaban y recordaba el apoyo económico que él le daba y cómo la trataba, ese morbo empezó a resultarle extrañamente halagador. «Al menos él me lo da todo, no como los vagos que solo me chiflan en la calle», pensaba.
—Ricardo… —dijo ella, rompiendo el silencio mientras el auto subía por las cuestas polvorientas de su barrio—. Me siento mal. Siento que solo recibo de ti. Dinero, aventones, regalos… y yo no tengo nada que darte. No quiero que pienses que soy una interesada nada más, por eso te quería pagar algo de lo que te debo; ya junté el dinero que me prestaste la primera vez.
Ricardo detuvo el auto frente a la casa de Daniela. La luz amarillenta del poste de luz creaba sombras profundas en el interior. Él se giró hacia ella y, por primera vez, dejó que su deseo se asomara a través de sus palabras.
—Daniela, tu compañía es más que suficiente. Ver tu sonrisa después de un día pesado en la oficina es mi mejor pago; guarda ese dinero, úsalo para regalarte algo bonito —dijo él, pero su mirada bajó hacia los labios de ella y luego hacia sus muslos—. Aunque no te voy a mentir… me cuesta mucho no mirarte. Eres una mujer hermosa, y a veces me da miedo que te asustes de lo mucho que me gustas.
Daniela sintió un calor súbito en las mejillas. La crudeza de la confesión de Ricardo la excitó más de lo que quería admitir. Se sentía deseada por un hombre poderoso, alguien que podía sacarla de esa miseria. La idea de compensarlo empezó a tomar una forma más física en su cabeza.
—No me asustas, Ricardo —susurró ella, acercándose un poco más—. Al contrario… me gusta que me mires así.
Ricardo sintió que la sangre le hervía. Tenía a la instructora fitness en el bolsillo y a la cajera gótica entregándole las llaves de su voluntad. La Ciudad, con toda su crudeza y sus carencias, se estaba convirtiendo en el tablero de ajedrez donde él, al que todos despreciaban, finalmente estaba dando el jaque mate.