Capítulo 1
- El precio de la excelencia I
- El precio de la excelencia II
- El precio de la excelencia III
La cena había terminado en desastre. El Sr. Valenzuela golpeó la mesa con tal fuerza que las copas vibraron. —¡Estoy harto de tus excusas, Mateo! —gritó—. Si el próximo reporte no es perfecto, te sacaré de la preparatoria y te pondré a trabajar en la bodega. ¡A tu cuarto, ahora!
Mateo subió las escaleras con el rostro encendido de rabia y vergüenza. Se encerró en su habitación, lanzando la mochila contra la pared. Minutos después, escuchó tres golpes suaves. Era Isabel, su madre. Entró con una expresión de genuina preocupación, cerrando la puerta tras de sí para evitar que los gritos del padre continuaran desde la planta baja.
—Mateo, tenemos que encontrar una solución —dijo ella, sentándose en la orilla de la cama—. Tu padre no va a ceder, y yo no quiero que pierdas tu futuro. ¿Qué es lo que está pasando por tu cabeza? ¿Por qué no puedes concentrarte?
Mateo guardó silencio, mirando al suelo. Isabel le tomó las manos, obligándolo a mirarla. —Puedes decirme la verdad. No estoy aquí para juzgarte, sino para ayudarte a salir de este bache. ¿Hay algo que te distraiga? ¿Algún problema que no me hayas contado?
Mateo suspiró, sintiendo el calor de las manos de su madre sobre las suyas. Isabel vestía un conjunto de casa que resultaba tortuoso para la concentración del joven: unos leggings de yoga negros tan ajustados que remarcaban cada curva de sus piernas torneadas y un top de seda color crema que apenas lograba contener sus pechos grandes y firmes, revelando el sutil movimiento de su anatomía con cada respiración.
Isabel entrecerró los ojos, notando cómo la mirada de Mateo descendía involuntariamente hacia su escote antes de regresar a sus ojos con culpa. Ella soltó una pequeña risa, una que no era de reproche, sino de una feminidad consciente.
—Mateo… no creas que no me he dado cuenta —dijo ella, bajando la voz y acercándose tanto que él pudo oler el aroma a jazmín de su piel—. Sé que me espías por la rendija de la puerta cuando me estoy arreglando. He visto cómo te quedas paralizado mirando mis piernas cuando uso faldas cortas, y cómo tus ojos se pierden en mi figura cuando camino delante de ti.
Mateo sintió que la sangre le subía al rostro, pero la presión de las manos de Isabel se volvió más firme, casi posesiva.
—Tengo una curiosidad que me quema, mamá —confesó Mateo con un hilo de voz—. Siento que voy a estallar. Solo quiero saber cómo es una mujer… cómo eres tú de verdad bajo esa ropa. No puedo pensar en libros cuando solo imagino lo que escondes.
Isabel se acomodó en el borde de la cama, cruzando sus piernas torneadas con una elegancia que hizo que la seda de su top se tensara al límite sobre sus pechos grandes. Miró a Mateo a los ojos, con una expresión que mezclaba la ternura maternal con una determinación audaz.
—Dime una cosa, Mateo —susurró, inclinándose hacia él de modo que el escote dejaba ver la profundidad de su canalillo—, si tuvieras a cambio un aprendizaje real, directo y detallado sobre el cuerpo de las mujeres… si yo misma me encargara de que no quedara ni un solo secreto por descubrir para ti… ¿crees que eso te motivaría lo suficiente para ser el mejor de tu clase?
Mateo sintió que el aire le faltaba. La sola idea de que su madre, la mujer más imponente y hermosa que conocía, fuera su guía, hizo que su pulso se disparara.
—Sí, mamá… te juro que haría lo que fuera —respondió él con la voz ronca por el deseo y la sorpresa.
Isabel sonrió con dulzura, acariciando el cabello de su hijo. —Eres mi hijo, Mateo, y te quiero tanto que no puedo permitir que tu padre te hunda o que pierdas tu camino. Si para hacer de ti un gran hombre, un hombre seguro y con éxito, tengo que usar mi propio cuerpo como tu libro de texto, lo haré. Todo quedará entre nosotros, como un secreto que nos unirá para siempre.
Isabel se humedeció los labios mientras observaba la reacción de su hijo. Se acercó tanto que Mateo pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el roce sutil de sus pechos grandes contra su brazo.
—Hagamos esto bien, Mateo —susurró ella—. El Nivel 5, es decir, (dejar de reprobar) será el nivel de la Tortura Visual. No andaré en ropa interior por la casa, porque quiero que tu imaginación trabaje el doble. Usaré la ropa más ajustada y provocativa que tengo; esa que resalta exactamente lo que te mueres por tocar.
Isabel comenzó a dar vueltas alrededor de él, contoneando sus caderas con una cadencia hipnótica que hacía que sus piernas torneadas se marcaran en cada paso.
—Me verás con faldas tan cortas que, cuando me siente frente a ti a revisar tus tareas, tendrás que contener el aliento. Usaré pantalones de cuero o leggings que se peguen a mi gran trasero como una segunda piel, y tops tan pequeños que cada vez que respire sientas que la tela va a ceder. Me pasearé frente a ti, me inclinaré sobre tu escritorio para explicarte algo y dejaré que mi perfume te aturda. Habrá roces, Mateo… roces que parecerán accidentales, pero que te recordarán que estoy aquí, a tu alcance, pero solo si subes de nota.
El lunes, Mateo regresó con un 5.5 en geografía. Su padre, como siempre, ni siquiera lo felicitó, pero Isabel le guiñó un ojo con complicidad. En cuanto quedaron solos, ella desapareció en su habitación y salió diez minutos después transformada.
Llevaba una falda de tubo de seda roja, tan estrecha que obligaba a sus caderas a balancearse de forma exagerada al caminar, y una blusa de gasa blanca casi traslúcida que dejaba adivinar el encaje negro de su sujetador y el contorno de sus pechos grandes.
Mateo estaba sentado en la mesa del comedor cuando Isabel se acercó por detrás. Ella no dijo nada; simplemente se inclinó sobre él para «ordenar» unos papeles. Al hacerlo, sus pechos presionaron firmemente contra la espalda de Mateo, y su largo cabello cayó sobre el cuello del joven, haciéndole cosquillas.
—Parece que hoy estás muy aplicado… —murmuró ella.
Isabel se desplazó hacia el lado de la silla y, al pasar, rozó deliberadamente su cadera firme contra el hombro de Mateo. Luego, se sentó en la silla de al lado, cruzando sus piernas torneadas con un movimiento lento que hizo que la falda subiera peligrosamente por sus muslos, dejando al descubierto una extensión de piel suave y perfecta que terminaba justo donde empezaba la imaginación de Mateo.
La tensión en la casa se había vuelto eléctrica. El Sr. Valenzuela se había marchado a una reunión de negocios, dejando a Mateo e Isabel a solas bajo el sofocante calor de la tarde. Mateo intentaba concentrarse en un libro de literatura, pero su mente no paraba de repetir las palabras de su madre. Sabía que el Nivel 5 estaba activo, y la espera lo estaba consumiendo.
De pronto, escuchó el rítmico clac-clac de unos tacones sobre el suelo de madera. Isabel entró al estudio con una bandeja de limonada, pero Mateo apenas notó la bebida. Su madre vestía un pantalón de vestir blanco de corte ultra ajustado, una prenda de tela delgada que se moldeaba a sus piernas torneadas como si hubiera sido pintada sobre su piel. Cada vez que daba un paso, la tela se tensaba sobre sus muslos firmes, revelando la ausencia de costuras debajo, lo que sugería que su ropa interior era mínima o inexistente.
Isabel no dejó la bandeja sobre la mesa de inmediato. Se quedó de pie junto a Mateo, obligándolo a girar la silla. Desde su posición, Mateo quedó a la altura perfecta de su cintura. Ella vestía además un top de punto color esmeralda con un cuello de tortuga que, irónicamente, la hacía lucir más provocativa; la prenda era tan ceñida que el volumen de sus pechos grandes proyectaba una sombra sobre su propio abdomen. La tela se estiraba tanto que se volvía casi traslúcida en las zonas de mayor presión, permitiendo que Mateo viera el suave relieve de su anatomía con una claridad tortuosa.
—Te veo muy distraído, Mateo —dijo ella con una voz cargada de una dulzura peligrosa.
Lentamente, Isabel se inclinó para dejar la bandeja sobre el escritorio, justo frente a él. Al hacerlo, arqueó la espalda de forma deliberada. Mateo sintió un vuelco en el corazón al ver cómo el pantalón blanco se tensaba al límite absoluto sobre su gran trasero. La redondez de sus glúteos era tan imponente que parecía que las costuras del pantalón iban a ceder en cualquier momento. Mateo podía ver la perfección de esa curva, una masa de feminidad firme y poderosa que se agitaba levemente con su respiración.
En lugar de retirarse, Isabel se quedó en esa posición inclinada un momento de más.
—Déjame ver qué estás leyendo —murmuró.
Al decir esto, se deslizó hacia un lado para quedar hombro con hombro con él. En el movimiento, su cadera ancha y firme chocó «accidentalmente» contra el brazo de Mateo. Fue un contacto sólido, cálido, que envió una descarga eléctrica por toda la columna del joven. El aroma a jazmín y el calor que emanaba de la piel de su madre lo marearon. Mateo apretó los puños bajo la mesa; sentía el rostro ardiendo y una presión insoportable en la entrepierna. Sus manos temblaban tanto que temía que ella lo notara.
Isabel se giró un poco, quedando tan cerca que su pecho derecho rozaba apenas el hombro de Mateo. Ella lo miró de reojo, notando sus pupilas dilatadas y su respiración entrecortada. Con un gesto que parecía maternal pero que escondía una intención demoledora, pasó su mano por la nuca de Mateo, acariciando la piel sensible.
—Estás sudando, hijo… ¿Es el calor o es que la lección te está resultando difícil? —preguntó ella con una sonrisa ladeada, disfrutando del poder que ejercía sobre él.
Mateo no podía articular palabra. Su mirada estaba fija en el escote inexistente del top verde, fascinado por la forma en que sus pechos se movían libremente bajo la tela. Isabel, notando su devoción visual, se enderezó lentamente, permitiendo que su gran trasero rozara el borde del escritorio una última vez antes de alejarse.
—Recuerda, Mateo —dijo ella, deteniéndose en la puerta y dándose la vuelta para contonearse una última vez—, esto es solo ropa ajustada. Esto es solo el Nivel 5. Si logras ese 6 en el examen de mañana, no habrá pantalones blancos que separen tu vista de mis piernas, y no habrá tops verdes que oculten lo que tanto deseas tocar. Te espero en el siguiente nivel… si eres lo suficientemente hombre para alcanzarlo.
Salió de la habitación dejando a Mateo en un estado de agitación absoluta. El joven cerró el libro de golpe, impulsado por una urgencia que nunca antes había sentido: la necesidad de devorar cada página para poder, finalmente, derribar la barrera de la ropa de su madre.