Capítulo 1

Capítulos de la serie:

En el año 2007, Israel tenía 19 años. Por aquel entonces acababa de terminar el secundario y no quería ir a la facultad, así que se puso a laburar con su madre y su madrina. No era un trabajo que lo volviera loco, pero en ese momento no encontraba muchas más opciones; trabajar con ellas era fácil y estaba bien pago.

Su madre, Laura, y su hermana Lourdes (que también era la tía y madrina de Israel) trabajaban como animadoras de fiestas infantiles y de adolescentes. Su madre tenía 45 años y llevaba casada con su padre 22 años. A pesar de que el padre tenía un buen puesto, la madre decidió montar esa pequeña empresa de animación a raíz de que su tía Lourdes se quedara sin laburo a los 38 años. Ella era la hermana menor, le llevaba 7 años a la madre de Israel y todavía estaba soltera, a pesar de que pretendientes no le habían faltado porque era una mujer atractiva.

Al quedarse desempleada y no encontrar nada, la madre de Israel —que era ama de casa y estaba un poco harta de estar al divino botón— le propuso a su tía montar esa empresa en la que se disfrazaban de payasas y animaban cumples, comuniones y otros festejos. Cuando Israel empezó a trabajar con ellas, las dos ya llevaban tres años con el emprendimiento familiar.

Él era el encargado de manejar la consola de sonido; básicamente ponía las canciones para que los chicos, su madre y su madrina bailaran, además de poner sonidos graciosos para los juegos. Se movían en una camioneta chica, lo justo para llevar los bártulos, el sonido, los disfraces y los globos. El día que ocurrió lo que se relata era sábado, cerca de las nueve de la noche. Era la última fiesta del día y de la semana; el domingo tocaba descansar.

Como el negocio era medio particular, no tenían francos fijos; simplemente descansaban cuando no tenían eventos contratados. Israel manejaba la camioneta cuando llegaron a un barrio de la zona norte de la ciudad, alejado del centro, donde nunca habían trabajado. Eran todos chalets grandes con jardines y mucha distancia entre casa y casa. Al llegar al número 27, Israel estacionó y su madre bajó a tocar el timbre. Les abrió un chico afrodescendiente de unos 30 años, quien saludó y abrió el garaje para que metieran la camioneta, las mujeres se cambiaran y él pudiera montar el sonido. Les dijo que cuando estuvieran listos fueran al fondo, que ahí los esperaban.

Su madre y su tía se pusieron el atuendo habitual: calzas de lycra de colores, polleras cortitas chillonas, tops, pelucas y la nariz roja. Salieron primero mientras Israel terminaba de armar los bafles en el jardín. Al llegar al parque, Israel notó la cara de sorpresa de las mujeres. Al mirar a los supuestos «niños», entendió todo: allí no había ningún chico. Había reposeras, una pileta, una radio con rap al palo, una mesa con bebidas, cámaras y una torta de cumple sin empezar.

Había cinco jóvenes de entre 18 y 30 años. Llevaban gorritos de fiesta, pero estaban en malla y remera. El que les había abierto la puerta explicó la situación: «Miren, mi amigo Jonathan cumple 18 hoy y nos pareció una buena joda contratar animadoras infantiles. Le habíamos dicho que venía una stripper, así que imagínense la cara de mi amigo al verlas a ustedes, jajaja». Efectivamente, Jonathan tenía una cara de culo importante; estaba claro que era el cumpleañero y no le había causado ninguna gracia. Sin embargo, les dijeron que no se preocuparan y que hicieran el show como siempre.

Así lo hicieron. Apagaron la radio y el pibe empezó con las canciones infantiles. «¡Somos las payasas Laurita y mi hermana Lourdes (Lulú) y queremos felicitarte, Jonathan, por tus 18!», gritaron las mujeres. Uno de los jóvenes preguntó quién era Israel, y la madre respondió que era «el payaso Israel». Ante la queja de que no estaba disfrazado, Lourdes acotó que su sobrino era un «payaso tímido».

El show avanzó con chistes, globos y pistolas de agua. Hicieron el concurso de los globos de agua, donde si les pegaban a las payasas ganaban una bolsa de caramelos. A diferencia de los chicos, estos jóvenes tenían mucha puntería y dejaron a su madre y a su tía empapadas. Israel, desde su puesto, empezó a escuchar comentarios de los pibes que no le gustaron ni un poco. Opinaban sobre los cuerpos de su madre y de Lourdes con palabras muy zarpadas, comparándolas y diciendo guasadas sobre qué les harían en la cama.

Israel estaba deseando que terminara todo. Sabía que faltaba poco: el cierre solía ser una tanda de chistes y el «Feliz Cumpleaños». Ya había pasado una hora y media. En un momento, uno le pidió a su madre si podía hacer un «pene» con los globos. Su madre, tratando de seguirles el juego, lo hizo y se lo dio, lo que generó risas y comentarios burlones sobre el tamaño.

Para el final, las mujeres empezaron a contar chistes verdes que solían reservar para los adultos. El problema fue que, acostumbradas a un público de clase media, no se dieron cuenta de que el tipo de chistes que estaban por contar no iba a caer nada bien ahí. Lourdes empezó con chistes machistas

Solo su tía se reía. Israel no podía creer qué le pasaba por la cabeza a su madre. Ella siguió con remates sobre gente de color, ignorando por completo el clima de tensión. Los pibes empezaron a murmurar, preguntándose si las payasas eran contra los hombres n o por qué los estaban basureando en su propia casa. Israel vio que Jonathan, el cumpleañero, entró a la casa y volvió con algo en la mano que no llegó a distinguir. Los amigos seguían ahí, con los gorritos de fiesta puestos pero con una cara de pocos amigos total.

Israel quería dar por terminada la fiesta ya mismo. Sabía que su madre y su tía estaban haciendo el ridículo, pero su madre no parecía registrarlo. El pibe no creía que fueran feministas de por sí, sino que simplemente eran de esas personas que repetían esos chistes viejos que siempre hacían reír en sus ambientes habituales. El error fue que ese público siempre había sido blando. Su madre, sin captar el peligro, lanzó el último chiste, el que pudrió todo:

 El machista dice: “Yo ayudo en casa”.

—Claro, campeón, como el GPS: habla mucho y no hace nada.

 Machista: “Antes las mujeres no se quejaban”.

—No, antes no podían… ahora sí, y con razón.

 El ego del machista es tan frágil que si una mujer maneja mejor que él, se le pincha el orgullo.

 Machista promedio: “Las mujeres son muy emocionales”.

También él, cuando pierde su equipo: llora, grita y rompe cosas.

 Dice que “el hombre manda en la casa”…

pero no sabe ni dónde está el detergente.

 El machismo es como Windows XP: viejo, lleno de errores y ya nadie serio lo usa.

 Machista: “Las feministas odian a los hombres”.

—No, odiamos la estupidez, pero si te sentís aludido…

 Quiere una mujer “como las de antes”:

callada, obediente… y que además trabaje, cocine y no se canse.

Básicamente busca una empleada con superpoderes.

 Machista: “Yo no soy machista, pero…”

—Exacto. Todo lo malo viene después del “pero”.

 El machista le tiene más miedo a una mujer segura que a una factura de tarjeta.

—Ya está bien, par de putas graciosas —soltó el que les había abierto la puerta.

Antes de que Israel, su madre o su madrina pudieran reaccionar, el dueño de la casa y uno de sus amigos lo estaban atando a la silla con cinta aisladora. Eso era lo que el pibe había ido a buscar adentro. Le encintaron los pies, el cuerpo a la silla, las manos y le cruzaron la boca, dejándolo completamente inmovilizado.

—Chicos, paren, le van a hacer daño a mi hijo. Ya estuvo bien la broma —suplicó Laura.

—¿Qué broma ni qué ocho cuartos? Son un par de putas racistas, por lo que veo. Se estaban cagando de risa de mí, de mis amigos y de toda nuestra raza en nuestra propia cara —le retrucó uno.

—Disculpen a mi hermana, chicos. No somos racistas, simplemente son los chistes que usamos para un público más adulto, no quisimos ofender a nadie —intentó explicar Lourdes.

—Mirá vos, o sea que cuentan estos chistes «tan graciosos» seguido. Supongo que a los blanquitos les causarán gracia, pero a nosotros nos cayeron como el orto.

Laura, cada vez más nerviosa al ver que la situación se les había ido de las manos, les propuso no cobrarles el show e irse directamente, pero los pibes, que ya estaban bastante pasados de copas, no tenían ganas de dejarlo ahí.

—Vayan cortándola, chicos, ya se divirtieron bastante. Les pedimos perdón de nuevo, pero déjennos ir —dijo Lourdes con un tono que ya dejaba ver que estaba muerta de miedo.

—¿Cómo que ya nos divertimos bastante? Recién ahora nos vamos a divertir de verdad.

La madre de Israel intentó ponerse firme, pero fue peor. Amenazó con llamar a la policía y uno de los pibes se le fue encima: «¿Policía? Esta zorra racista encima se pone canchera». Lourdes, que todavía no terminaba de caer en la gravedad del asunto, le contestó: «Acá la única zorra será tu madre».

El pibe al que Lourdes había insultado se acercó y le pegó un cachetazo fuerte; su madre fue a ayudarla y se ligó otro golpe. En ese instante, Israel y su familia entendieron que el límite de la «joda» se había cruzado hacía rato y que esos pibes tenían otras intenciones.

—No me hagan calentar más porque les voy a romper la cara —amenazó uno—. Nosotros no somos como esos blanquitos donde actúan siempre. Somos hombres de verdad y no dejamos que dos zorras blancas vengan a nuestra casa a tomarnos el pelo.

—Déjalas, si querían pedir perdón, que lo hagan de rodillas —tiró otro entre risas.

Israel trataba de moverse, pero habían usado toda la cinta para atarlo y era imposible. Lo único que lograba era hamacar la silla de un lado a otro, casi cayéndose para atrás por el esfuerzo desesperado.

—Sáquense la remera —ordenó el dueño de la casa.

Las mujeres ya estaban aterradas. Laura, abrazada a su hermana, le contestó que no tenían nada debajo. «Ya sabemos, por eso queremos que se la saquen», se burlaron ellos. A pesar de los ruegos, los pibes no cedieron. Les recriminaron los chistes y la falta de respeto, recordándole a Lourdes que la madre de uno de ellos había muerto en un accidente causado por una mujer blanca.

—Sáquense las putas remeras o mis amigos las van a ayudar.

Sin otra opción, las dos terminaron desnudándose el torso frente a ellos, tratando de taparse con las manos enseguida. Pero la humillación siguió: les exigieron que se sacaran la bombacha pero que se dejaran las calzas y las polleritas. Como ellas no se movían, los cuatro pibes se les tiraron encima, les rompieron las calzas de lycra y las dejaron descalzas sobre el césped, con las calzas hechas jirones.

Para obligarlas a mostrarse, uno de los pibes le dio una patada a la silla de Israel, tirándolo al piso de costado. Ante la amenaza de seguir golpeándolo, Laura bajó las manos y dejó que vieran sus pechos, que eran grandes y algo caídos. Los pibes empezaron a «puntuar» el cuerpo de su madre como si fuera un concurso, entre burlas y risas. Después le tocó a Lourdes, que tenía el pecho mucho más chico y blanco.

Israel nunca había visto a su tía así, y hacía años que no veía a su madre. Se notaba que la tía era más joven y delgada. La situación siguió escalando; les obligaron a mostrar el pubis. Laura mantenía la compostura, como si hubiera aceptado que no tenía alternativa, mientras que Lourdes no paraba de llorar.

Después, los cinco pibes se desnudaron ahí mismo en el jardín. Israel forcejeaba, pero lo tenían controlado. Lo levantaron de la silla y le soltaron las manos, pero lo amenazaron con destrozar a las payasas si intentaba escapar o correr, recordándole que eran cinco contra uno. Le ordenaron que siguiera poniendo música para «amenizar los concursos». Israel vio con asco cómo dos de ellos empezaban a manosear a su madre y a su tía por detrás.

El dueño de la casa entró y volvió con una bolsa de rosquitas de pan. —Bueno, payasitas, de rodillas.

Ante la resistencia, amenazaron con tirar a Israel a la pileta atado a la silla. Como su madre no sabía nadar, Lourdes cedió: «Nos vamos a poner de rodillas, lo vamos a hacer». Los pibes se pusieron en fila y empezaron a estimularse mientras sostenían las rosquitas.

—Este juego es simple —explicó Jonathan—. Cuando cuente hasta tres, vienen gateando y empiezan a comerse las roscas de pan de nuestros miembros. La que termine primero, gana. La que pierda, se las va a tener que chupar a los cinco, uno detrás de otro.

Israel, bajo amenaza, tuvo que poner música. En la cuenta de tres, para sorpresa de todos, Lourdes —que hasta recién estaba quebrada— reaccionó rápido y empezó a gatear hacia uno de los pibes para comer la rosca. Su madre, al ver que su propia hermana se la estaba jugando para no perder ella, también empezó a gatear y a participar del humillante concurso.

Al final, fue Laura la que ganó, después de un forcejeo donde Lourdes intentó empujarla para terminar primero. Los pibes se reían de lo competitivas que eran.

—¿Qué te pasa, Lourdes? ¿Por qué accediste a esto? —le recriminó Laura con una mirada de furia. —Lo siento, Laura, pero no quería que me forzaran —respondió ella entre sollozos. —Claro, ¿entonces es mejor que me obliguen a mí?

—Bueno, bueno, no se peleen —interrumpió el dueño de la casa—. Ganó Laurita, así que Lourdes, abrí la boca que te tocan cinco.

Lourdes volvió a suplicar, pero Jonathan se le puso enfrente y le dejó claro que era por las buenas o por las malas. Ella, sabiendo que no tenía escapatoria, se acercó y empezó a lamerlo con timidez.

—Payasa, a tu edad ya tendrías que saber cómo se hace —le soltó uno de los pibes, mientras el resto esperaba su turno en fila.

—Sí, creo que tenés razón. Mirá, Lourdes, si te esforzás y lo hacés bien, mis amigos y yo nos vamos a acabar en tus tetas, pero si lo hacés así nomás, nos vamos a tener que acabar en tu boca.

El llanto de la tía se cortó en seco. Sabía que el pibe hablaba en serio y la opción era «tetas o boca». Cuando Israel la vio agarrar el miembro del muchacho, supo qué había elegido. Abrió la boca y empezó a chupársela mientras su madre observaba de rodillas a un lado. La tía se la mandó hasta el fondo, casi rozando la base con los labios.

—Tragátela toda… genial… ¿viste cómo sabías hacerlo mucho mejor?

Aquello sorprendió a Israel. Su madrina no estaba casada y él sabía que había tenido sus novios, no era ninguna nena, pero verla trabajar de esa forma le dio a entender que tenía mucha práctica. Jonathan empezó a mover la pelvis cada vez más rápido; en ese momento, más que chupar, su tía estaba siendo «follada» por la boca, pero parecía acostumbrada porque no tuvo ni una arcada.

Jonathan la agarró del pelo y le sacó el miembro de la boca para obligarla a lamerle los huevos. —Jajaja, me hace cosquillas con la nariz de payaso, me encanta.

La imagen era dantesca: su madrina, todavía vestida de payasa con la peluca, la pollerita y la ridícula nariz roja, lamiéndole los huevos a ese hijo de puta. Cuando Lourdes empezó a recorrerlo de arriba abajo con la lengua, el tipo no aguantó más y acabó sobre los pechos de su tía. —Feliz cumple, loco. Al final esto fue mejor que la stripper, ¿o no? —dijo uno de los amigos.

El dueño de casa se hizo a un lado para dejar pasar al siguiente. —Dale, yo quiero una buena mamada. Pero esperá —frenó Jonathan—, Laurita, agarrá la cámara y sacale fotos a tu hermana para ver qué bien que la chupa.

—¿Pero para qué quieren…? —intentó protestar la madre. —O sacás fotos o te toca a vos, vos verás.

Laura obedeció. Se levantó y agarró la cámara digital, empezando a retratar la situación. Lourdes agarró el siguiente miembro y empezó a moverse con ganas, apretando bien los labios para dar más placer. Siguió todas las indicaciones para hacer una «mamada perfecta», excepto la de tragar hasta el fondo, porque este era el más dotado del grupo y no le entraba toda.

—Mierda, cómo la chupa la cabrona —comentó uno—. ¿Qué te parece cómo la chupa Lourdes? —le preguntó a la madre. —Bien, parece que la chupa bien —respondió Laura, que seguía arrodillada viendo todo.

Pronto, el segundo también acabó en las tetas de su tía. El tercero ya estaba listo, apuntándole a la cara. Ella lo miró con los ojos llorosos, pero sabía que le quedaban tres más y nadie la iba a sacar de ahí. Se inclinó y empezó de nuevo. El pibe le agarraba las tetas, apretando los pezones, pero ella no se detenía ni un segundo.

Los dos que faltaban no pudieron esperar y se acercaron para que ella los pajeara con las manos. Israel y su madre cruzaron miradas un segundo, pero él no pudo sostenerle el ojo y miró para otro lado mientras su madre seguía disparando la cámara. El tercero acabó sobre el pecho y el cuello de la tía. Uno de los que ella estaba pajeando no aguantó y también terminó sobre sus tetas, que a esa altura estaban cubiertas de semen.

—Maricón, acabaste sin que te la chupara —se burlaron los otros. —Y bueno, no aguantaba más —se quejó el pibe.

El último que quedaba quería probar la boca de la tía. Jonathan le ordenó a su madre que mirara de cerca y ella tuvo que gatear hasta quedar a un metro de su hermana. Lourdes abría la boca a más no poder, lamiendo el glande y metiéndosela lo más que podía para terminar rápido.

—Mierda, lo hacés de puta madre. ¿Se lo hacés así a tu marido? —preguntó el pibe. —Yo no estoy casada —respondió ella. —Mirá vos… ¿y tu hermana? ¿Está casada? —Sí. —Jajajaja, mejor, así es más divertido.

Laura miró con odio a su hermana, e Israel también. No entendía por qué mierda le había dado esa información a esos bastardos; ahora sabían que estaban haciendo cornudo a su padre, algo que seguro les divertía más.

—Me voy a acabar —avisó el último—. Rápido, payaso Israel, poné aplausos.

Israel obedeció y puso el efecto de aplausos justo cuando el tipo eyaculaba. Pero el muy forro movió el miembro hacia un lado y, como su madre estaba cerca sacando fotos de primer plano, le dio un chorro en la mejilla derecha. Laura, con una cara de asco total, se limpió con la mano y la restregó en el pasto.

—Jajaja, perdoná, Laurita, es que tengo mala puntería. Bueno, payasas y payasito, lo están haciendo muy bien. Ahora mis amigos van a jugar al «Orgasmatrón». Pónganse de pie y vos, Lourdes, limpiate las acabadas de las tetas, no seas mugrienta.

Payasitas hot

Payasitas hot II