Hola a todas y todos. Gracias por dejarme publicar este relato. Esta historia es parte de nuestra historia de vida y de la historia de nuestra familia, nos sucedió hace unos cuatro años y medio cuando el verano estaba en su apogeo.
Vivíamos solas en un departamento rentado. Siempre hemos sido muy unidas; desde niñas cada una le contaba a la otra sus “aventuras”, así que cuando crecimos compartir el departamento fue algo natural, aunque ya no la habitación como antes.
Antes de independizarnos del todo vivíamos con nuestra madre, que es soltera y bastante abierta. Luego nos mudamos a otra ciudad para estudiar y, sin un auto propio, aprendimos rápido a movernos en taxis, que nos parecían más seguros aunque también más caros.
Para cubrir gastos trabajábamos medio tiempo como meseras. Aunque nuestra mamá nos apoyaba y teníamos una beca bastante generosa, nunca alcanzaba del todo, así que trabajar era necesario. Además, hacíamos trabajos como promotoras de marca, pero como no eran fijos, la empresa prefería pagarnos en efectivo en lugar de tratarnos como personal regular.
Ese fin de semana teníamos que ir a cobrar el pago de un trabajo que había durado tres días seguidos. Justo entonces estábamos cortas de efectivo y nuestras cuentas estaban prácticamente vacías. De hecho, teníamos más saldo en los pases de transporte público que en las cuentas bancarias, apenas lo suficiente para dos o tres viajes.
Así que, sin mucho que pensar, decidimos ir en autobús. El lugar quedaba a unas veinte cuadras del departamento, demasiado lejos para ir caminando, pero lo bastante cerca como para no justificar un taxi. No había muchas opciones: teníamos que tomar el autobús y listo.
Yo me llamo Bárbara y tenía veintiún años. Siempre he sido la de cabello rizado castaño claro, piel clara y curvas más marcadas. Mi hermana, Débora, tenía diecinueve: cabello lacio rubio oscuro, piel blanca y un busto un poco más generoso que el mío.
Como hacía calor ese día, decidimos vestirnos ligeras. Yo llevaba una minifalda lila; ella, una menta. Las combinamos con blusas blancas cortas y sin mangas, aretes de aro y pulseras de bisutería a juego con los colores. Para completar el outfit veraniego, elegimos sneakers blancos sin medias visibles, más por comodidad que por otra cosa… aunque sabíamos que así las piernas se veían mejor.
Pensábamos que el trayecto en autobús sería corto y que, después de cobrar, podríamos tomar un Uber para ir a cenar o a tomar algo. Con ese look, además, era casi seguro que algún amable caballero nos invitaría unos tragos. Pero ese día terminó siendo mucho mejor de lo que imaginábamos.
El autobús iba bastante lleno cuando subimos y no encontramos dos asientos juntos, así que decidimos quedarnos de pie. Pensamos que sería un trayecto corto.
Pero en menos tiempo del que imaginábamos, el autobús se llenó todavía más. Para colmo, por falta de experiencia tomamos la ruta equivocada y empezó a dar vueltas por zonas que no conocíamos. Las calles cambiaban, los puntos de referencia desaparecían y, sin darnos cuenta, dejamos de saber exactamente dónde estábamos.
En cierta forma, nos habíamos perdido.
Al poco tiempo de que el autobús estuvo casi lleno, nos vimos rodeadas de hombres de aspecto tosco, aunque no desagradables. Detrás de nosotras se acomodaron un par de tipos de unos treinta y tantos años.
No pasó mucho antes de que sintiera una mano deslizarse por mi espalda descubierta. La de mi hermana también lo estaba. Me di cuenta de inmediato de que venía del hombre que tenía detrás, pero pensé que no faltaría mucho para llegar y decidí no decir nada. Preferí ignorarlo antes que provocar un escándalo innecesario.
. Empecé a preocuparme cuando el contacto dejó de ser casual. La mano del desconocido descendió lentamente por mi espalda, demasiado despacio para ser un accidente, y siguió bajando hasta donde ya no había duda de su intención.
Sentí cómo se colaba bajo la tela ligera de la falda y ahí fue cuando el cuerpo se me tensó por completo. No hacía falta ver nada para entenderlo: el espacio era mínimo, el movimiento deliberado y la cercanía incómoda. Supe entonces que aquello ya no era algo que pudiera ignorar.
Al poco rato el contacto cambió de intención. Ya no era solo una mano insistente, sino un juego deliberado, invasivo, imposible de confundir con un accidente. Sentí un tirón leve de mi tanga, una presión calculada, y mi cuerpo reaccionó estremeciéndose antes de que pudiera pensarlo. El Desconocido empezó a sobar mi vulva con la tela de la tanga.
El calor me subió de golpe, una mezcla incómoda de sobresalto y sensaciones que no había invitado. Me quedé rígida, consciente de cada centímetro de cercanía, del movimiento detrás de mí y del silencio alrededor, como si el autobús entero se hubiera encogido.
Al ver a Débora pude ver que su situación era parecida, pues a ella le estaban sobando el pecho por dentro de la blusa acariciando el pezón con los dedos, lo que hacía que mi hermana se pusiera roja como un jitomate de lo cachonda y caliente que eso la ponía, pues el que estaba con mi hermana era más atrevido ya que incluso se animó a besar su cuello mientras que el mío solo acariciaba mi sexo, con sus ásperas manos.
Después de que el atrevido desconocido arrancó mi tanga con la fuerza con la que la jaló la guardó en su pantalón, sentí como sobaba con su pene aun dentro del pantalón mis pompis y supongo que el de mi hermana hacia lo mismo, pues por la cara que tenía podía apreciarse que estaba gozando con las caricias del desconocido.
«Mi chico» estaba introduciendo sus dedos en mi vagina, lo cual a mi me ponía como loca, tuve que morderme los labios para no gritar del placer que eso me causaba, de pronto sentí otro par de manos en mis pechos y es que otro tipo se las ingenio para poder acariciarlos mientras el primero me sobaba con su miembro en mi trasero; me sentía usada, como una zorra cualquiera, pero increíblemente me estaba gustando sentirme así.
Mientras uno de los tipos que me tenían entretenida me acariciaba los pezones, que para ese momento ya estaban en lo alto, el otro extrajo su miembro del pantalón pues pude sentir el pedazo caliente de carne en la separación de mis nalgas, lo sentía como subía y bajaba por aquel canal de carne.
Mientras tanto a mi hermana le pasaba algo similar, mientras alguien le apretujaba los pechos, otro tipo ya le estaba metiendo el pene por su conchita, mientras ella acompañaba el mete-saca subiendo y bajando al ritmo de la penetración mientras se agarraba de la barra, ella tenía los ojos cerrados, y también se iba mordiendo el labio, estaba yo impresionada por lo que hacía mi hermana menor.
Lo que me saco de mi impresión fue cuando sentí la punta del pene del chico entrar por mi gruta, ya húmeda de tanto manoseo, el pene se introdujo en mi sin dificultad e hice lo mismo que mi hermana cerré mi ojos y me puse a subir y bajar tomándome del tubo para facilitar la deliciosa penetración del desconocido, sentía la gruesa verga entrar y salir de mi húmedo interior.
En ese momento sentí los labios de mi «violador» en mi cuello y trate de encontrarlos con los míos. Su sabor era indiscutiblemente a cerveza y cigarro, pero no le di importancia y lo bese sintiendo su lengua entrar en las profundidad de mi boca, después de algunos minutos de penetración sentí que el chico salió de mi pero de inmediato sentí como otro pene aun mas grande entraba en mi cuerpo por la mismo cavidad, mientras tanto me sorprendió un poco sentir como un liquido caliente me mojaba las nalgas por sobre la tela de la mini, de inmediato pensé que el chico que acababa de salir estaba eyaculando en mi trasero, lo cual me calentó aún más.
Yo seguí acompañando el vaivén de la penetración hasta que pude ver a mi hermana y vi que su situación era la misma, tenía la espalda llena de semen, al igual que las nalgas, mientras otro tipo le metía el pene por su vagina, y un dedo por el ano, ella tenia una cara de privada que la delataba, y en ese momento fue cuando me di cuenta de que la mayoría de los que abordaron el autobús eran hombres y casi todos estaban atentos a nosotras. Eso me hizo soltarme por completo y empecé a gemir, no muy fuerte pero al fin y al cabo ya no había porque tener discreción, entonces, creo que eso sorprendió a mi hermana, pues también empezó a gemir. Así estábamos las dos hermanitas manchadas de semen, con un pene en nuestros chochos, y gimiendo como locas poseídas, en un autobús urbano hacia quien sabe dónde.
Los dos tipos salieron de nosotras casi al mismo tiempo, y de la misma forma que los anteriores eyacularon sobre nostras, pero esta vez el chico eyaculo sobre mi espalda desnuda, así que sentí el chorro de líquido pegajoso y caliente sobre mi piel, pues la blusa no tenia espalda. Y el que estaba en mi hermana lo hizo sobre su falda, manchándola igual que la mía.
Casi de inmediato sentí otro chorro venido de quien sabe donde que también dio en mi cuerpo y en el de mi hermana manchándonos aún más, sintiendo chorros escurriendo por nuestras piernas. Parecía que todos los del autobús se estaban masturbando, y los que podían, por estar mas cerca, eyaculaban en nosotras.
En cierto momento mi hermana paso su mano por mi espalda llenándola de semen y se la lamió, yo hice lo mismo con la suya probando así el amargo sabor del semen de estos tipos, junto con el del sudor de mi hermana. De pronto el autobús hizo una parada brusca, los cuatro que nos penetraron nos aventaron billetes de 100 y 200 pesos hechos bola y la mayoría de los hombres se bajaron. Parecía que era su lugar de trabajo o algo así, mi hermana y yo nos intentamos sentar pero el dolor nos lo impidió, además estábamos tan llenas de Semen que nos fue imposible hacerlo.
Unos 5 minutos después el chofer detuvo el camión y se acercó a nosotras para decirnos “Mamitas esta es la ultima parada” nosotras dirigimos una mirada a su entrepierna y vimos que su falo estaba parado, sonreímos pero el dijo mientras se lo agarraba sobre le pantalón “No mamacitas; está está bien parada, pero hasta aquí llega mi ruta. Ya bájense putitas”
Ahora estábamos en un lugar lejos de la ciudad, había varios camiones y algunos conductores, cuando nos bajamos, los que estaban reunidos, 4 o 5 conductores, nos dirigieron miradas lascivas, el chofer de nuestro autobús se acerco a ellos y de pronto todos se rieron y voltearon a vernos. Los hombres se acercaron a nosotras y así manchadas como estábamos, nos hincaron sobre la tierra y se sacaron sus tremendos animalotes de los pantalones sin quitárselos, formando un círculo a nuestro alrededor y nos hacían mamarles las vergas de uno en uno. Nos decían cosas como “hijas de la chingada. Que bien la chupan estas putitas” Hasta que se corrían en nuestras bocas.
Por la cantidad de semen que salía de algunos no teníamos mas opción que tragarnos la leche caliente y viscosa, la que no podíamos tragar, se escurría manchando aún más nuestras pocas ropas. Cuando todos se vinieron incluso a algunos se la chupamos dos veces, sacaron dos billetes de doscientos pesos y nos los tiraron hechos bolas en la cara diciendo: “Por ser tan buenas putas”.
Para ese momento mi hermana y yo ya estábamos sucias, tiradas en el suelo de tierra, llenas de semen y sin saber que hacer, pues aunque lo habíamos disfrutado mucho, nos sentíamos culpables.
Se nos acercó uno de los hombres, uno de los más jóvenes, nos tomó de los brazos y nos levantó; tomó una manguera y nos dijo que nos iba limpiar, la verdad lo reconocimos como el que tenía el miembro más grande y grueso. El no era precisamente guapo, era algo gordito, pero por lo menos fue amable. Nos echó un chorro de agua después de decirnos que estaba fría, pero no estaba fría, ¡Estaba helada! Luego nos dio unos trapos para que nos secáramos y nos aventó unas playeras algo viejas, para que nos pusiéramos sobre la ropa.
El chico amable nos dijo que lo acompañáramos, nosotras no preguntamos, estábamos como en shock, nos llevo a su coche, un “vocho” (Volkswagen) verde, algo viejo y nos preguntó que adonde nos llevaba
Le pedimos que si podía llevar a las oficinas donde íbamos a cobrar el dinero, cerca del centro. El amable nos llevó, en el camino no dijimos casi nada, él nos platicó que se llamaba Raúl, que trabajaba como conductor de Uber para el dueño de varios carros, y varias cosas de su vida. Cuando llegamos a nuestro destino y vio que era una agencia de modelos y edecanes, Raúl nos dijo que tenía algunos conocidos con los que podríamos ganar mucho dinero y que por eso nos quería “conocer más a fondo”. Nosotras le dijimos que estaba bien.
Raúl nos pidió nuestros números de teléfono, sin pensarlo mucho se los dimos, y nos pregunto donde vivíamos le dijimos donde y también que nos visitara algún día, y cuando llegamos el nos entrego nuestras bolsas. Le dimos un beso cada una y las gracias.
Bajamos del auto y como pudimos nos tapamos con las chaquetas que llevábamos, pues aun estábamos algo mojadas, nos miramos a los ojos y solo sonreímos, pues ambas pensamos en lo mismo, y se lo dije a mi hermana:
-Que buena fiestecita nos dimos.
-Sí, hay que viajar seguido en camión ¿no crees, “Barbie”?- contesto ella. Yo solo sonreí y asentí con la cabeza.
Entonces entramos a la oficina y cuando íbamos a guardar nuestro efectivo en nuestras carteras notamos que faltaban nuestras identificaciones (credencial para votar o INE como le decimos en México) supusimos que Raúl se las había quedo por si le decíamos alguna dirección falsa. No nos importó mucho.
La oficina por suerte estaba vacía, salvo por la señora de la limpieza y la recepcionista que nos vieron con mala cara, pues por la facha que llevábamos y el olor que despidamos debieron pensar que éramos más prostitutas que edecanes; aunque después de lo sucedido talvez si lo éramos, después de todo en menos de unas cuantas horas ganamos poco más de 1000 pesos, que era un poco más que sueldo en el restaurante donde trabajábamos de meseras; lo cual nos hizo replantearnos nuestros trabajo y vocación.
Poco después contactamos a Raúl Pues nos propuso trabajar como escorts para él. Dejamos nuestros trabajos y trabajando Para Raúl empezamos a ganar suficiente dinero para regresar a la escuela y terminar nuestros estudios, de hecho cuando nuestra hermana menor se dio cuenta en lo que trabajábamos y cuando terminó la prepa se incorporó a la empresa de Raúl y pudo pagar sin problemas su carrera en una excelente universidad.
Raúl había reclutado algunas otras chicas para que trabajaran para él, algunas de ellas también estudiantes de nuestra universidad, pero sus favoritas éramos nosotras las tres hermanas, pues cobraba más por nosotras cuando trabajábamos juntas o yendo a fiestas particulares de alto nivel con dos o con las tres.
Solo por morbo y una poca en broma, Raúl nos proponía incluir a nuestra madre. Un tiempo después nuestra madre nos vino a visitar y Raúl conoció a nuestra madre, que a pesar de ser una mujer madura estaba en muy buena forma. No le costó mucho seducirla y menos aún convencerla de unirse a su negocio después de ver cuánto ganábamos nosotras. Así que ella se unió al establo de putas de Raúl.
De vez en cuando para recordar nuestro viaje mis hermanas, mi mama y yo solemos usar atuendos parecidos a los que llevábamos esa vez: Minifaldas holgadas de colores pasteles, aretes, pulseras y claro tangas del mismo color, pero ahora agregamos collares tipo gargantillas de cuero del mismo color que el de las minifaldas; además usamos blusas blancas sin mangas con la frase “Raul’s escorts agency” estampada. Raúl dice que lo hacemos como promoción, pero en ocasiones la usamos para subir a autobuses, con un poco de nostalgia y cariño, solo para recordar ese deliciosos viaje que cambio nuestras vidas.
Gracias por leer mi relato, espero que les haya gustado. Si alguien tiene algún comentario puede enviarlo a mi correo:
barbieloona.autora@gmail.com