Cuando sucedió lo que os voy a contar yo vivía en un edificio de apartamentos, que era una especie de residencia para el profesorado y funcionarios de la universidad donde yo trabajaba dando clases de macroeconomía.
Todos los apartamentos eran idénticos, un salon con cocina incorporada, un dormitorio con armario empotrado, un completo cuarto de baño y una amplia terraza.
Como todos los vecinos trabajábamos en la universidad, pues nos conocíamos, y relacionabamos, aunque con unos más que otros, como es lógico.
Uno de los vecinos de mi misma planta, que era profesor de química, tenía un husky siberiano hembra, de dos años, que era una preciosidad, a la que llamaba «Siberiana» (No se había quebrado mucho la cabeza para ponerla el nombre)
Yo creo que esa raza es de la que tiene los ejemplares más «guapos», con sus bonitos ojos azules y un aspecto agradable en general.
Cada vez que coincidía con mi vecino, cuando sacaba a pasear a Siberiana, me paraba a hablar con el y acariciaba el fino pelaje de la perrita, cosa que a ella le gustaba, porque hacía todo tipo de movimientos de alegría.
Supongo que esta esporadica, pero cercana relación con su perrita fue lo que indujo a mi vecino a proponerme lo que me propuso.
El era Ingeniero químico y aunque, por el momento, estaba dando clase en la universidad, su verdadera vocación era trabajar en lo suyo.
Un día, cuando me crucé con el, me dijo que quería hablar conmigo, cuando yo pudiera y quedamos en vernos esa misma tarde en su apartamento.
Esa tarde fui a su apartamento a la hora convenida y me contó que le habían ofrecido un puesto muy atractivo en una multinacional farmacéutica alemana.
Que lógicamente había aceptado, porque era lo que el llevaba tiempo buscando y que el problema era que no podría llevarse a su mascota.
Que en un principio había pensado en llevarla a una sociedad protectora, para que se hicieran cargo de ella, pero que eso supondría no saber a quien se la entregarían y no volvería a saber nada de ella.
Y, bueno, que había pensado que a lo mejor a mi me gustaria quedarme con ella, porque había comprobado que me llevaba bien con la perrita y que me gustaban los animales.
A mi, como es lógico, el tema me pilló por sorpresa y la dije que, en principio, no entraba en mis cálculos tener una mascota, pero que, comprendía su preocupación y me lo iba a pensar.
El me agradeció mi interés y me dijo, que si aceptaba quedarme con Siberiana, me daría todos sus accesorios, incluida la casita de madera hecha a medida que tenia en su terraza y que era donde se quedaba la perrita cuando el no estaba en casa.
También me dijo de la perra tenía todas las vacunas y antiparasitos incluidas garrapatas y que además el tenia una suscripción con una clínica veterinaria, que pagaba anualmente, como un tipo de seguro, qué cubría todos los gastos de vacunas, revisiones, etc. y que, si me quedaba con ella, ampliará el plazo del seguro a tres años y lo pagaría el.
Total, qué después de sopesar los pros y los contras, finalmente decidí quedarme con Siberiana.
Trasladamos su casita a mi terraza, así como todos los demás accesorios y la perrita empezó a pasar las noches en mi apartamento, para que se fuera adaptando y así, cuando finalmente él se marchó, la perrita ya estaba acostumbrada a su nuevo entorno y no dio ningún problema.
Lógicamente, antes de irse, hicimos también todo el papeleo de cambio de responsable del animal, quedando oficialmente a mi cargo.
Al igual que hacía mi vecino, cuando yo no estaba en casa, ella se quedaba encerrada en la terraza, que era bastante amplia, donde tenia su casita y un bebedero y comedero de esos automáticos, con lo que podía pasar las horas que fueran, con toda comodidad.
Cuando yo estaba en casa, le abría la puerta de la terraza y ella podía moverse por toda la casa libremente.
La sacaba a pasear y a hacer sus cosas a primera hora, antes de irme a trabajar y luego por la tardenoche, que dábamos un paseo más largo.
Los dos nos fuimos acostumbrando a convivir, sin ningún problema.
Siberiana era muy cariñosa, muy tranquila y muy obediente, estaba muy bien educada.
Por mi parte me documenté sobre todo lo referente a mi nueva mascota: Aseo, periodo, celo y todos las demas cuestiones importantes de su fisiología, como cambio de pelo, cepillado, etc, etc.
Cuando yo estaba en casa, ella pululaba por toda la casa, a su bola, pero en cuanto me sentaba, bien a comer, bien a descansar en el sofá del salón, ella se tumbaba a mi lado y solo se subía al sofá si yo se lo indicaba dando unas palmadas sobre el, como me había dicho mi vecino.
Yo de vez en cuando la acariciaba la cabeza y la espalda y eso a ella le encantaba.
Cuando tardaba en acariciarla se me quedaba mirando fijamente y emitía un ligero ronroneo, para llamar mi atención.
Así pasamos las dos primeras semanas de convivencia, acostumbrandonos el uno al otro, sin que ocurriera nada especial.
Hasta que un día empecé a notarla intranquila, ella cuando se tumbaba enroscada, se lamia su cuca, cosa que me había dicho mi vecino y yo había leido, que es algo normal, porque es un sistema de limpieza habitual en los perros.
Pero ese día yo la veía que se lo lamia más a menudo de lo normal, esto llamó mi atención, me fijé en su cuca y se la vi más grande de lo normal, como si la tuviera hinchada.
Recurrí a preguntar por Internet y saqué en conclusión que lo más seguro era que había entrado en un periodo de celo y que ese periodo duraría en torno a 20 días.
Que durante ese periodo, cuando la sacara a pasear, no debía dejarla suelta nunca, porque se escaparía a buscar un macho.
Que su cuca se le agradaría mucho, que buscaría cualquier tipo de roce con ella, para calmar su necesidad de copular con un macho y que se la estaría lamiendo constantemente.
Comprobé qué todo eso era lo que ella hacía, se rozaba constantemente conmigo y se subía al sofá sin que yo se lo dijera, buscando mis caricias.
Una de las veces que se subió al sofá, su trasero quedó a la altura de mis ojos y me fijé más detenidamente en su cuca, porque la tenia como un poco abierta y se le veía un interior rosado y brillante.
No pude evitar compararla con el coño de una mujer joven y como llevaba mucho tiempo sin tener sexo, aquella visión me excitó.
Evidentemente yo sabía de la zoofilia en líneas generales y un poco más específicamente en las relaciones de mujeres con perros, pero no tanto de hombres con perras.
Una vez más recurrí a Internet y encontré todo tipo de videos de relaciones zoofilicas con todo tipo de animales, tanto de mujeres como de hombres.
Me centré en las relaciones de hombres con perras, tanto videos, como relatos, en los que describían sus sensaciones.
Profundicé más, sobre los posibles problemas físicos, tanto para el hombre, como para la perra, enfermedades que podían trasmitir, etc.
Cuánto más me documentaba, más me estaba excitando y empecé a ver la idea de tener sexo con Siberiana, como algo, no solo posible, sino también deseable.
Siberiana tenía un tamaño que, tanto en los videos, como en los relatos que había leído, se consideraba adecuado para una relación zoofilica sin causarle ningún daño físico.
Así que ya, totalmente decidido, pensé hacerlo, pero utilizando un preservativo por una mayor seguridad para mi.
Pensé que la mejor opción y la más cómoda para los dos, sería con Siberiana subida en el sofá y yo de pie.
Probé esa posición y efectivamente, la cuca de Siberiana me caía justamente a la altura de mi pene, con lo que, definitivamente, así sería como lo haria.
Ya totalmente decidido, me desnudé completamente, para estar lo más cómodo posible, indiqué a Siberiana qué se subiera al sofá y ella me obedeció encantada.
Parecía como si supiera lo que íbamos a hacer y estaba deseandolo, porque se la veía muy nerviosa y excitada.
Yo estaba muy excitando, tenía mi pene tieso y tan duro que hasta me dolía un poco, así que no iba a perder mucho tiempo en preliminares.
Me puse el preservativo y comencé a meter un dedo en la cuca de Siberiana, para comprobar como estaba, mi dedo se deslizó suavemente, tenía la vagina muy lubricada y al sentir, por fin, algo dentro de su cuca, Siberiana apretó su culo hacia atrás, en un claro gesto de que le gustaba lo que le estaba haciendo y deseaba que se lo metiera bien dentro.
Yo ya no aguantaba más, me coloqué detrás de ella, agarré mi pene con una mano y comencé a frotarlo con fuerza contra la entrada de su cuca.
Siberiana permanecía totalmente inmóvil, vi como su cuca se abrió, apreté un poco más mi pene contra ella y mi glande entró dentro de su vagina.
Siberiana no solo no hizo ningún gesto de dolor, sino que apretó aun más su culo hacia atrás, buscando una mayor penetracion.
Yo solté mi pene, agarré con mis dos manos el trasero de Siberiana y comencé a apretar, metiendole mi pene poco a a poco.
Aunque mucho más ajustado que en la vagina de una mujer, mi pene se fue deslizando hacia dentro, hasta metersela por completo. Ufff
No me lo podía creer, el coño de Siberiana se había tragado enterito mi pene, a pesar que lo tengo de un tamaño considerable.
Me quedé quieto, para que la vagina de Siberiana se adaptará a lo que tenia metido dentro, mientras la acariciaba y le decía cosas como:
– Muy bien, preciosa, así me gusta, que estés tranquila, ya veras como te va a gustar.
Siberiana, como si entendiera lo que le estaba diciendo, solo movía su cabeza hacia atrás, buscando mis caricias, tragaba saliva y emitía como una especie de ronroneo.
Eso a mi me tranquilizaba porque era una señal de que no le estaba haciendo daño, sino que más bien le gustaba.
Volví a agarrarle por su trasero con mis dos manos y comencé a moverme, sacando y metiendo mi pene, despacio, hasta que vi que se deslizaba con suavidad, señar qué su vagina se había adaptado a mi pene y estaba suficientemente lubricada como para empezar a follarmela.
Así que empecé a moverme más rápido, estaba muy estrecha y además tenía contracciones de forma intermitente, lo que me producía una agradable sensación.
¡Joder!, que placer, era increíble y eso que tenía puesto el preservativo.
Siberiana seguía totalmente entregada y yo estaba disfrutando como no me podía imaginar que pudiera disfrutar con una perra.
Mi excitación era tanta, que olvidandome de cualquier tipo de precaucion, se la saqué, me quité el preservativo y se la volví a meter a pelo… Uffff… ¡Qué sensación!
Ahora con mi pene desnudo, notaba la suavidad de las paredes de su vagina y la presión de sus contracciones sobre mi glade y la sensación era de un placer realmente increible, un placer como no había sentido con la vagina de ninguna mujer… Ufff
Despues de follarmela, ya sin ningún tipo de retincencias durante un buen rato, ya no pude aguantar más, así que cuando sentí que me iba a correr, se la metí hasta el fondo y comencé a descargar dentro de ella todo el contenido de mis testiculos.
Siberiana al sentir el calor de mi semen en su interior, supongo que por el instinto de sentir que su macho la estaba fecundando, apretaba su culo hacia atrás con fuerza para conseguir la máxima penetracion y emitía un ligero gemido, como si ella también estuviera teniendo un orgasmo a su manera…
Yo, después de terminar de correrme, seguí follandomela un poco más, disfrutando de las fuertes contracciones de su vagina, que me imagino que son movimientos musculares qué tratan de ordeñar al macho, mientras se quedan enganchados.
Pero como yo no tengo ningun «nudo» en mi pene, finalmente salí de ella, sin ningún problema.
En cuanto se la saqué y la solté, Siberiana se bajó del sofá, se tumbó en el suelo y comenzó a lamerse su cuca, limpiando todo el semen qué había empezado a salir de ella.
Yo me derrumbé, sentándome en el sofá, con mi pene relajado, sin poder creer lo que acababa de hacer…
Me había follado a mi perra y había sentido un placer como no recordaba haber sentido nunca… Uffff
Permanecí allí sentado, totalmente relajado, recordando los momentos vividos y viendo como Siberiana seguía lambiendo su cuca y tragándose todo mi semen, que salía a borbotones de su vagina.
No sé el tiempo que permanecimos así los dos, pero supongo que por más de media hora.
Yo permanecía sentado, totalmente desnudo, con mi pene en estado de reposo, empapado con los restos de los fluidos de la vagina de Siberiana y de mi propio semen.
Aunque estaba muy agustó, pensé que debería ir al baño y darme una buena ducha, para limpiarmelo bien limpio, pero cuando hice intención de levantarme, de pronto se puso en pie Siberiana, como si hubiera intuido mis intenciones.
Se acercó a mi, metió su cabeza entre mis piernas y después de olisquearme, comenzó a lamer mi pene.
Yo al principio me asusté, pero enseguida comprendí que lo que ella pretendía era hacerme una limpieza de mi sexo, igual que lo había hecho con el suyo.
Me relajé y la dejé qué hiciera su trabajo, ella lamia y lamia todo, mi pene, mis testiculos, la ingle, todo lo húmedo por el sexo y el sudor.
Su lengua era áspera, pero al sentirla en la ingle y sobretodo en los testiculos, sentía una sensación muy agradable, comencé a excitarme y mi pene se me puso duro de nuevo.
Como si supiera lo que aquello significaba, Siberiana dejó de lamerme, de un salto se subió al sofá y se puso en la posición adecuada para ser follada de nuevo.
¡Joder con la perra! Parece que le había gustado y quería repetir.
Yo, como me había excitado con sus lamentones y tenía de nuevo mi pene tieso y duro, me dije ¿Porque no?
Me levanté, me situe detrás de Siberiana y hice lo mismo que la vez anterior.
Está vez mi glade encajó enseguida en la entrada de su vagina y resbaló hacia dentro sin ningún problema, porque, aunque ella se la había limpiado bien por fuera, por dentro seguía llena de mi semen, que hacía de lubricante.
La agarré por el culo y esta vez se la clavé hasta el fondo de un solo empujon.
A ella esto le gustó, porque hizo lo mismo que la vez alterior, apretó su culo hacia atrás, buscando la máxima penetracion.
Me la estuve follando por más de media hora, hasta que volví a correrme otra vez dentro de ella.
Está vez tenía su vagina más dilatada y mi pene entraba y salía con más facilidad, pero el placer de sentir la suavidad de su conducto y sus constantes contracciones seguían produciendome un placer increíble.
Durante los diez días que aún le duró su periodo de celo me la estuve follando dos o tres veces diarias.
En cuanto llegaba de mi trabajo y le abría la puerta de la terraza para que pudiera andar libremente por toda la casa, después de sus habituales muestras de cariño, se iba directamente a subirse en el sofá, esperando recibir su ración diaria de sexo.
Y yo se la daba, con mucho gusto, (Nunca mejor dicho).
Hasta que, de pronto un día, ya no se subió al sofá y comprendí que se había terminado su periodo de celo.
Había leído que el celo le podía durar unos 20 días y que no volvería a tener un nuevo periodo de celo hasta dentro de cuatro a seis meses.
¡Joder! Ni de coña podría yo esperar tanto tiempo para volver a follar con mi nueva amante.
Y desde luego, no esperé, pero eso ya es otra historia, que os contaré en otro momento.
Si queréis poneros en contacto conmigo, podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: tpreciados2000@gmail.com