Capítulo 2

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Ésos lengüetazos que me daba ese perrito grande me estaban gustando cada vez más y más y más, al punto de sentir un calor interno que crecía.

Estaba incómodo ahí arrodillado, no tenía una buena visión de lo que se podía aproximar a lo lejos. Estaba en propiedad ajena, por lo que estaba prohibido. Estaba arrodillado con un perrito que no era cualquier perrito: era un perro de caza que, junto con su dueño, cazaban jabalíes. Y sí, estaba muy muy incómodo y temeroso. Si aparecía el vecino y me encontraba en su propiedad, no quería darle explicaciones a mis padres.

Entre la incertidumbre esa y el calor interno que sentía, iba ganando el calor, las ganas de estar ahí. A medida que pasaban los minutos, podían más. Lo comencé a tocar en la parte baja. Era todo nuevo para mí. Lo hacía con delicadeza y se sentía bien, se sentía agradable a pesar de todo. Su pelo corto era muy suavecito. Cuando estaba en ese lugar justo debajo de su panza, dejó de lamer y se quedó quieto. Le vi los ojos y comenzaron a cambiar. No lo puedo explicar, pero su cola se levantó en alto y la movía rápidamente de un lado a otro. Me alejé, dejé de tocarlo y, como estaba de rodillas, quise incorporarme de pie. En un movimiento veloz, su manota pasó rozando mi lado izquierdo a la altura de mis costillas. Dolía y ardía a la vez. Él acercó su cuerpo como empujando; parecía que le gustaba que lo tocaran ahí. Crucé la mano por arriba de su lomo y fui derecho a su verga… ¡Por favor! Una sorpresa enorme: dura como roca, grande, demasiado. No cabía en mi mano. Se quedó ahí por un par largo de segundos, cálido, muy cálido. Estaba cubierto de pelos, pero creció velozmente esa verga. No la podía ver porque él prácticamente tenía todo el peso de su cuerpo sobre mí y yo trataba de sostener ese peso.

¿Creció? ¿Qué ese perrito grande? Algo olfateó, tal vez la parte física. Mi sangre corría con calidez, los poros de mi piel seguramente transpirados. Él los olfateaba y eso le producía excitación. Por como dije, sus ojos ya no eran lo mismo, su postura no era la misma y aún más mis pensamientos fueron creciendo a cada minuto, imaginándome cosas que hasta el momento desconocía.

Cuando dejé de tocarle esa verga, él reaccionó con dos soplidos y fue automático. Me puso una mano a la altura de mi hombro. Yo no dejaba de ver esos ojos que habían cambiado; estaban abiertos de un modo que era totalmente distinto, sus orejas bien erguidas y la cola se movía de un lado para el otro con rapidez.

Como estaba de rodillas, él tenía una manota en mi hombro. Hice un movimiento hacia adelante poniendo lentamente las dos manos en la tierra y fue instantáneo: me atrajo hacia él comenzando a hacer esos movimientos con sus caderas, adelante y atrás, adelante y atrás, una y otra vez.

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