Capítulo 2

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Juegos de Hotel

Abril llegó a mi casa con un pequeño top, era realmente pequeño, parecía que sus tetas saldrían en cualquier momento.

Tenía los pezones duros, los labios húmedos y la respiración agitada.

—¿De verdad vamos a hacerlo…? —preguntó sin mirarme del todo—. ¿Así, en serio?

Asentí sin decir nada.

—Pero… mis tetas, las verán mucha gente —murmuró, sin poder evitar sonreír nerviosa—. Se me notan los pezones… todo.

—Justo por eso —le dije—. Estás perfecta.

El top le cubría, sí… pero lo justo. Al menor movimiento, los pezones se marcaban como dos pequeñas provocaciones, y si giraba de lado, el borde se abría, dejando ver el contorno completo de su pecho.

—¿Y si me miran…? —preguntó, bajando la voz como si ya estuviéramos en público.

—Entonces que miren. Eso es lo que quieres, ¿no?

Ella no respondió, pero mordió el labio y se dirigió a la puerta. Bajamos al lobby. Abril caminaba delante de mí, los pezones tiesos marcando su presencia en cada paso.

El recepcionista, un tipo joven, no sabía si atenderla o chuparle el alma con los ojos.

—¿Tienen servicio a la habitación? —preguntó con voz suave, inclinándose sobre el mostrador. El top se bajó un poco. No llevaba nada abajo. Nada.

La mirada del chico se clavó en el canal entre sus tetas. Tragó saliva. Tecló algo sin sentido.

—Sí, claro… ¿desea algo en especial a su habitación?

—Algo dulce —dijo ella, girando apenas el cuerpo, dejando que un pezón asomara por la tela—. Como tú.

Cuando volvimos al cuarto, Abril se quitó el top de un tirón, quedando completamente desnuda de su pecho. Se sentó en la cama con las piernas abiertas.

Golpearon la puerta.

—¿Le abrirás tú? —pregunté.

—Sí. Quiero hacerlo yo —dijo, nerviosa—. ¿Está bien si me ve… así?

—Quiero que te vea toda.

Abrió la puerta completamente desnuda. El mesero era un hombre de unos cincuenta, con bigote grueso y uniforme negro. Se quedó paralizado. Ella le sonrió.

—Gracias… ¿puedes dejarlo adentro?

El hombre entró como hipnotizado. Sus ojos iban directo a las tetas de Abril, donde la luz del pasillo iluminaba la piel.

—¿Desea algo más…? —preguntó él, la voz rota.

—¿Quieres que le pida algo más? —me dijo Abril, sin girarse.

—Pregúntale —le dije.

—¿Tienes algo… más dulce? —le dijo al hombre, acariciándose el vientre con la punta de los dedos.

El hombre no respondió. Estaba empalmado, eso era obvio. Apenas podía sostener la charola. Le temblaban las manos.

Cuando se fue, Abril cerró la puerta y se dejó caer de rodillas frente a mí.

—¿Te gustó…? —me preguntó mientras desabrochaba mi pantalón—. ¿De verdad me viste pervertida?

—Me hiciste mierda —le dije—. Estás hecha para eso.

Después, cuando recobramos un poco el aliento, ella se puso la bata y caminó al pasillo.

—¿Y si pido un cargador al de al lado? Solo para ver qué pasa… —me dijo bajito.

—Hazlo.

Tocó la puerta con las tetas saliendo de la bata. Un hombre respondió desde dentro. Ella bajó la voz:

—¿Perdón… tendrás un cargador tipo C?

El tipo abrió. Era un cabrón de camiseta ajustada y mirada pesada. Vio a Abril. La vio completa. No había mucho que esconder con esa bata.

Ella se cruzó de brazos para levantar los pechos y apretarlos entre sí. El escote se abría justo por donde el hombre no podía dejar de mirar.

—Creo que sí… —dijo él, sonriendo—. Déjame ver.

Entonces, apareció ella. La esposa. O novia. Una señora de cara agria, bata de hotel mal abrochada y expresión de furia.

—¿Y esta quién es? —dijo de inmediato.

—Solo pedía un cargador… —dijo Abril con tono de niña buena, subiendo apenas más la pierna, dejando ver parte de su muslo desnudo.

—¿Así te paseas por los cuartos, enseñando tus tetas caídas?

Abril regresó corriendo, riéndose como niña traviesa que se robó una paleta.

—¡Me gritó la señora! —dijo —. ¿Fui muy puta…?

—Fuiste perfecta.

Salimos del hotel con el corazón en la garganta y la entrepierna caliente. Abril llevaba puesta solo una camiseta corta y sin sostén.

Sus tetas, firmes, se marcaban contra la tela como si gritaran por atención. Nada de brasier, nada de vergüenza.

Solo esa mezcla adictiva de nervios y deseo que nos tenía sudando antes de cruzar la calle.

Un taxi se detuvo. Ella abrió la puerta delantera, me miró con una sonrisa pícara, y se subió adelante, junto al conductor. Yo me senté atrás, con la vista perfecta a su perfil, a sus muslos apretados, a su camiseta traicionera que cada tanto dejaba asomar el borde de un pezón.

Antes de que el carro arrancara, vibró mi celular. Era un mensaje de Abril:

«¿Y si le digo al chofer que si le enseño las tetas nos da descuento?»

Me quedé helado. La sangre se me fue directo al pito. Levanté la vista y vi cómo ella giraba la cabeza lentamente, con esos ojitos de niña traviesa.

Le respondí:

«Hazlo. Quiero verte hacerlo.»

Ella respiró profundo, se acomodó la camiseta —como si eso fuera a cubrir algo— y le habló al chofer con voz dulce:

—Oiga, ¿nos puede hacer descuento… si le enseño las tetas?

El hombre frenó ligeramente. La miró de reojo, como si dudara que había escuchado bien.

—¿Cómo dice?

—Que si le enseño las tetas —repitió, mordiéndose el labio—. Pero sin sostén… ¿sí baja el precio?

El chofer soltó una carcajada nerviosa. Pero sus ojos brillaban.

—Pues… depende qué tan buenas estén —dijo sin filtro.

Abril se giró hacia mí, buscando aprobación. Le hice una seña con la mano: hazlo ya.

Y lo hizo. Lentamente, se subió la camiseta por debajo. Primero el vientre plano, después la curva suave de las costillas… y al final, las tetas completas, firmes, redondas como dos frutas, los pezones duros por la adrenalina.

—¿Y entonces…? —le dijo Abril, sin bajarse la playera aún.

—Cincuenta pesos menos —dijo el chofer sin pensar.

Ella bajó la camiseta y me miró por el retrovisor. Me estaba volviendo loco.

—Oye… —me dijo ella— ¿Traes una hoja y un plumón?

—¿Para qué?

—Quiero poner un letrero…

En segundos lo escribió:

«Si me quieres ver las tetas, toca el claxon»

Lo pegó en el parabrisas delantero. El chofer no dijo nada. Solo reía, con los ojos abiertos como si estuviera en un sueño.

—¿Crees que alguien lo haga…? —me preguntó Abril.

No terminó la frase cuando un coche al lado tocó el claxon: ¡PIP PIP!

Abril soltó una carcajada nerviosa. Me miró. Yo asentí. Ella se subió la playera. Tetas al aire. Completas. Rebotando.

El tipo del otro carro casi choca de la emoción.

Dos cuadras después, otro claxon:

¡PIIIIP!

Ella ya no preguntaba. Levantaba la camiseta al instante, los pezones brincando con el movimiento, el chofer aguantándose las ganas de meter la mano al pantalón.

—Esto es una locura… —me escribió por mensaje.

—Es una puta maravilla —le contesté.

En un alto, un tráiler detrás tocó el claxon. Abril, sin dudarlo, se inclinó por la ventana y subió la camiseta tan alto que su abdomen completo quedó a la vista. El camionero silbó y golpeó la puerta con la mano abierta.

El chofer temblaba. Le sudaban las manos. Cada tanto se acomodaba la entrepierna.

Yo estaba que explotaba.

Vi cómo Abril seguía recibiendo los claxonazos con una sonrisa. Levantaba su camiseta sin vergüenza, dejando que sus tetas saltaran como si quisieran escapar de su pecho. Cada vez que lo hacía, el chofer tragaba saliva, se acomodaba discretamente el pantalón y apretaba más el volante.

Entonces me miró otra vez por el retrovisor. Esa mirada suya: mezcla de miedo y deseo.

Me llegó otro mensaje:

«¿Y si me quito el short? ¿Así, toda mojada?»

Sentí un escalofrío. Miré sus piernas. Llevaba unos mini shorts de mezclilla claros, apretadísimos, que apenas cubrían el comienzo de sus nalgas.

La costura se le metía entre los labios de la vulva, marcando perfectamente la forma. Estaba empapada. Lo sabía, y ella también.

Le respondí:

«Hazlo. Ahora.»

Ella respiró hondo y desabrochó el botón. Lo hizo lento. Deliberado. Como si supiera que el sonido del zipper bajando me iba a volver loco.

El chofer se dio cuenta. Fingía ver al frente, pero su vista caía a su regazo cada tres segundos.

Abril levantó la cadera y bajó los shorts por las caderas, centímetro a centímetro. Primero apareció la curva de su bajo vientre… después, el inicio de su pelvis lisa…

Y finalmente, su conchita desnuda, sin una sola prenda que la cubriera.

No llevaba ni tanga. Ni hilo. Nada.

Solo piel, caliente y húmeda.

—¿Puedo quitármelos completamente…? —me preguntó en voz bajísima, apenas girando la cara hacia mí.

—Sí, mi amor. Hazlo. Quítatelo todo —le dije, ronco, duro dentro del pantalón, al borde de perder el control.

Ella terminó de bajarse los shorts y los dejó sobre sus piernas. Estaba completamente desnuda de la cintura para abajo, con la camiseta suelta por encima de sus tetas.

El chofer volteó. La vio. No pudo evitarlo.

Ella lo notó, lo miró… y en vez de cubrirse, abrió más las piernas.

—¿Así está bien el descuento…? —le dijo, con una sonrisa angelical y la vagina completamente expuesta, brillosa, caliente.

El tipo no respondió. Solo sacudió la cabeza, sudando.

Abril se retorcía en el asiento. Me escribió de nuevo:

«Siento que me chorrean los jugos… ¿me los toco?»

No pude escribirle. Solo le mandé un audio:

«Haz lo que quieras, puta rica. Este taxi es tu escenario.»

Ella pasó la mano por su vientre, bajó lento, como si fuera la primera vez que se tocaba frente a alguien más.

Metió los dedos entre los labios y dejó escapar un gemido suave. No se masturbaba del todo, solo se rozaba, se abría, se mojaba más.

Cada vez que un claxon sonaba, levantaba la camiseta para mostrar sus tetas.

Y cada vez que lo hacía, sus dedos resbalaban más dentro de su coño.

Yo, atrás, me desabroché el pantalón. No podía más. Estaba duro como piedra, y verla ahí, tan puta, tan sucia, tan feliz de humillarse, me tenía al borde de explotar.

—¿Quieres que me venga? —me dijo ella en voz bajita.

—Quiero que te mojes toda, que manches ese asiento —le contesté, mientras me pajeaba lento.

Y entonces pasó: Abril se inclinó hacia el chofer, le susurró algo que no alcancé a escuchar…

y pegó el coño contra el tablero del carro.

Su vulva brillaba contra la superficie negra del auto. Apoyaba una pierna en el asiento y otra en el borde del tablero, como una puta acróbata desesperada.

El chofer se reía nervioso. No sabía si llorar, correr o chocar.

Abril me miraba por el espejo. No necesitaba más. Con un par de movimientos rápidos, se vino.

Su espalda se arqueó. Los muslos temblaron. La conchita palpitó como si hablara.

Y el taxi olía a sexo.

Puro sexo.

Cuando recuperó el aliento, se subió los shorts sin cerrarlos, solo por juego. Me guiñó un ojo y me dijo:

—¿Aún quieres ir al cine…?

—Te quiero coger en el cine —le respondí.

Y ella solo sonrió.

Porque ya lo sabía.

El taxi se detuvo frente al cine. Abril bajó con el short apenas abrochado, la camiseta pegada al cuerpo, todavía con ese olor a orgasmo reciente en la piel.

Yo iba detrás, con la verga dura aún, palpitando, sin haberme corrido todavía. Lo había aguantado todo. Para ella.

Entramos al lobby. Abril caminaba como si no hubiera hecho nada, pero cada paso suyo gritaba que su conchita estaba sin ropa, húmeda y caliente.

Los empleados no podían dejar de mirarla. Uno, en la dulcería, se distrajo tanto que tiró unas palomitas. Otro, en la taquilla, la atendió tartamudeando.

—Dos para la función más sola que tengan —dije.

—Sala 4… casi vacía —respondió el chico.

Perfecto.

Antes de entrar, Abril se acercó a uno de los espejos del baño de mujeres y se acomodó la camiseta.

Me miró por encima del hombro.

—¿Y si hoy alguien más me ve coger…? —me preguntó en voz muy baja.

—¿Quieres eso? —le respondí, acercándome, apretando su culo firme contra el espejo—. ¿Quieres que otro hombre vea cómo te destrozo la conchita?

Ella asintió. Los ojos le brillaban. El cuerpo le temblaba por la mezcla de nervios y deseo.

Entramos a la sala. Oscura. Tres filas al fondo, un tipo solo. Gorra, jeans, mirada en la pantalla. No se giró al escucharnos, pero estaba ahí. Eso bastaba.

Nos sentamos unas filas adelante. Abril se dejó caer en la butaca, separó las piernas y puso los pies sobre el asiento frente a ella. El short se subió, y la camiseta… bajó.

—¿Así…? —me dijo en voz baja— ¿crees que él pueda ver…?

—Si no ve, se lo está perdiendo.

Ella se levantó un poco el short, dejando asomar el inicio de su raja. El tipo de atrás giró un poco la cabeza. Lo notamos los dos.

Entonces ella lo hizo: metió la mano dentro del short y empezó a tocarse.

Yo no podía respirar. Veía sus dedos moverse, su vientre agitarse.

En la pantalla pasaba cualquier cosa… pero en esa butaca, mi mujer se estaba masturbando frente a un desconocido.

—¿Crees que él quiera cogerme…? —me dijo de pronto— ¿crees que se le está parando?

—Seguro. Mírate —le respondí—. ¿Quieres que te vea más?

Ella se subió sobre mí, de espaldas a la pantalla. Sus nalgas pequeñas se movían como si estuviera bailando en cámara lenta. Me bajó el cierre, sacó mi verga, caliente, mojada ya de preseminal.

Sin sacarse el short del todo, solo empujándolo al costado, se hundió sobre mí.

Entró entera, de un solo movimiento.

—Ahhh… —gimió muy bajo—. ¡Ay, me encanta…! Me encanta que esté ahí…

Y siguió moviéndose.

Lento. Rítmico. Las tetas rebotaban debajo de la camiseta. Su culo chocaba contra mi pelvis con un sonido húmedo y sucio.

—No te detengas —le dije—. Quiero que te vengas sabiendo que te ve.

Entonces ella lo hizo. Se levantó un poco, se giró hacia atrás y buscó su mirada.

El hombre ya estaba completamente vuelto hacia nosotros. No se escondía. La miraba fijamente, con una mano metida bajo el pantalón.

No se tocaba aún… pero se notaba que quería.

Y Abril lo miró. Directo. Mientras rebotaba sobre mi verga. Mientras su coño hacía ese ruido de carne mojada, desesperada.

Lo miró y se vino.

—¡Me vengo…! ¡Ahhh! ¡Sí, mírame, mírame…!

Tembló sobre mí, con el cuerpo deshecho, los dedos clavados en mi pecho, las piernas sacudiéndose.

El tipo respiraba fuerte. Se había abierto el pantalón. No se la sacó, pero la estaba tocando.

Y Abril lo sabía.

Se bajó de mí, con la conchita roja y palpitante, y caminó hacia él.

Yo la seguí con la vista, con el corazón en el cuello. No sabía qué iba a hacer… pero lo permití. Todo.

Ella se agachó frente al hombre, le habló algo al oído que no alcancé a oír.

Y luego regresó a mí, arrastrando los dedos por su entrepierna.

—Solo quería saber si se la estaba tocando por mí —dijo al llegar—. Y sí.

—¿Y te gusta eso? —le pregunté.

Ella me miró, se subió sobre mí otra vez, y me dijo al oído:

—Me encanta saber que otros quieren lo que tú te coges.

Y así, con mi verga aún empapada de su primera corrida, me cabalgó de nuevo. Más fuerte. Más sucia. Más puta.

Y el hombre atrás, viendo todo.

La función ya había terminado, pero ni el cine ni nosotros teníamos intención de apagar las luces.

El tipo del fondo seguía ahí. Ahora tenía el pantalón desabrochado del todo, la mano moviéndose lenta, como si cada sacudida fuera una ofrenda para Abril.

Ella, desnuda de la cintura para abajo, con la camiseta pegada al cuerpo y los pezones marcándose descaradamente, lucía las tetas más provocativas que le había visto jamás.

Redondas, llenas, rebotando con cada movimiento, suaves pero con ese peso delicioso que hacen que todo el mundo quiera meterse ahí.

Y sus nalgas… putas nalgas, duras, llenas de carne, perfectas para agarrar, azotar, morder.

—Me está mirando todo el cuerpo… —me susurró—. Las tetas, el culo, la conchita… ¿Crees que le gustaría probarme?

—¿Quieres que lo haga? —le pregunté. La voz me temblaba. Me ardía el pecho.

Ella no respondió con palabras. Solo se mordió el labio, bajó la mirada y asintió.

Despacio. Como si no pudiera creer lo que estaba por aceptar.

—Tráelo —dije, ronco.

Ella se giró, se acercó al tipo con pasos lentos. Él ya no tenía cómo ocultarlo: su verga estaba dura, gorda, roja, asomando por el cierre abierto.

Lo miró. Se inclinó. Y sin una palabra, se agachó a su altura y le bajó el pantalón del todo.

Yo miraba desde la fila. Mi corazón no sabía si latir o explotar.

—¿Está bien…? —me preguntó ella mientras acariciaba la verga ajena con los dedos.

Asentí.

—Tócala. Pero mírame a mí.

Y ella lo hizo. Le agarró la verga con esa mano suave, que conozco tan bien. Empezó a masturbarlo lento, como lo hace conmigo cuando quiere calentarme antes de subirse.

Lo hacía para mí. No para él. Lo hacía para que yo la viera, para que supiera que me estaba compartiendo su cuerpo.

Después se arrodilló del todo y lo chupó.

Metió la punta en la boca, y la lengua la giró en círculos, como cuando quiere volverme loco. Sus labios se estiraban, los ojos me miraban todo el tiempo.

Gemía bajo. Como si me estuviera chupando a mí, pero con la adrenalina de saber que era otro.

Cuando lo dejó mojado, brillante de saliva, se puso de pie, caminó hacia mí, y se sentó en mis piernas.

—¿Quieres que lo pruebe por dentro…? —susurró.

Yo apretaba los dientes. Estaba a segundos de venirme sin tocarme.

—Sí. Pero te quiero ver. Quiero ver cómo esa verga te abre la conchita, cómo te hace gemir mientras yo no puedo hacer nada.

Ella se giró, se inclinó sobre la butaca y levantó el culo más delicioso que he tenido en mi vida.

Las nalgas firmes, grandes, blancas, abiertas, mojadas.

—Párteme —le dijo al hombre—. Hazlo frente a él.

El tipo no necesitó más. Se arrodilló tras ella, la guió con la mano, y la penetró lento.

Yo vi cómo su verga desaparecía dentro de ella, cómo sus labios se abrían, brillaban, se estiraban para tragársela.

—¡Aaahh…! —gemía Abril—. ¡Está tan rica…! ¡Mírame… mírame cómo me cogen…!

El hombre embestía fuerte. Las nalgas de Abril chocaban contra sus muslos con cada movimiento, haciendo ese sonido húmedo, fuerte, brutal.

Y yo, frente a ellos, viéndolo todo, con mi verga en la mano, tocándome, sabiendo que ese cuerpo era mío, pero esa noche, estaba prestado.

Ella volteaba hacia mí en cada sacudida.

—¿Te gusta verme así…? ¿Con otra verga…? ¿Tan puta…? —jadeaba.

—Me estás matando… —le dije—. Me haces amarte más así… como una diosa que también es mi puta.

Y entonces se vino otra vez. Temblando. Chorreando.

Los jugos le bajaban por el muslo, mojando el asiento. El hombre se corrió segundos después, afuera, derramando todo sobre las nalgas suaves de Abril.

Ella jadeaba. Sonreía. Se giró hacia mí y me besó como si acabara de salvarme la vida.

—Ahora quiero tuya. Toda. Sin freno —me dijo.

Y eso hice.

Pero eso… ya es otro capítulo.

Continúa la serie