Era una noche de jueves cualquiera en Bogotá, de esas en las que el frío se cuela por las rendijas y la calentura te pega fuerte a las once de la noche. Estaba en mi apartamento sola, tocándome despacio en la cama, pero nada me quitaba el ardor. Me gusta el sexo, me encanta, pero no soy de arriesgarme demasiado: ni apps a medianoche, ni salir a buscar en la calle como loca, ni mucho menos ir a un bar sola a esa hora. No quiero morir, ni que me pase algo feo. Entonces se me ocurrió la idea más loca y segura que se me vino a la cabeza: la gasolinera de la 26 con carrera 50, esa que está abierta 24 horas y donde siempre hay dos o tres manes de turno, aburridos, fumando en la caseta.

Me vestí rápido: lencería negra de encaje, tanga diminuta, brasier push-up que me deja las tetas casi saliéndose, medias hasta el muslo y tacones altos. Encima me puse un abrigo largo negro, de esos que llegan hasta las rodillas, abotonado hasta el cuello. Parecía una ejecutiva saliendo de una cena. Agarré la cartera con efectivo, condones por si acaso (aunque no planeaba usarlos), y salí.

Llegué a la gasolinera caminando despacio, taconeando fuerte para que me oyeran. Había dos: uno flaco, moreno, de unos treinta, con gorra y cara de sueño; el otro más robusto, tatuajes en los brazos, barba de varios días. Me paré en la entrada de la caseta, abrí un poco el abrigo para que vieran el encaje negro y las tetas apretadas.

—Buenas noches, papás —les dije con voz suave—. Estoy muy caliente y necesito bajar la calentura. Solo chuparles la verga, nada más. Les pago yo si quieren… o me pagan ustedes. Soy puta y necesito la plata.

Se miraron incrédulos, riéndose nerviosos al principio. El flaco dijo:

—¿En serio, mami? ¿No es broma?

Saqué dos billetes de 50 mil de la cartera y los puse en la mesita.

—Prueben. Si no les gusta, me voy y listo.

Eso los convenció. Les encanta la ilusión de poder, de que una “puta” les ruegue por verga. El flaco fue primero. Cerraron la puerta de la caseta (la gasolinera estaba vacía a esa hora), bajó el cierre y sacó la verga ya medio dura. Me arrodillé en el piso sucio, abrí la boca y me la metí despacio. Chupé con ganas: lengua en la cabeza, bajando hasta las bolas, lamiendo el tronco venoso. Gemía bajito, agarrándome el pelo. Le hice garganta profunda un par de veces, hasta que se le escaparon gemidos más fuertes. No duró mucho: se vino en chorros calientes en mi boca, tragué casi todo y dejé que el resto me goteara por la barbilla.

Se subió el pantalón temblando, salió y le dijo al otro:

—Parce, es real. Ve, no te arrepientas.

Entró el robusto. Más confiado. Se bajó los pantalones y sacó una verga más gruesa, corta pero ancha, ya dura como piedra. Me arrodillé otra vez, pero ya me dolía la mandíbula de tanto chupar. Lo hice con ganas igual: lamí las bolas primero, subí por el tronco, me la metí hasta donde pude. Pero después de un rato le dije:

—Me duele la boca… quiero que me la metas en el chochito. Solo un rato.

Accedió rápido. Me puse de pie, abrí el abrigo del todo, me bajé la tanga hasta los tobillos y me incliné sobre la mesita de la caseta. Me penetró de un empujón, fuerte, profundo. Gemí alto, sintiendo cómo me abría. Me folló así un par de minutos, agarrándome las caderas, dándome nalgadas suaves. El primero volvió a entrar, se masturbaba mirando.

Justo cuando el robusto me pidió culo (“déjame meterla por atrás, mami”), le dije que no. En cambio le ofrecí lo que a mí me obsesiona:

—Bésame el culo. Chúpamelo bien.

Me puse a cuatro patas en el piso, abrí las nalgas con las manos. Él se arrodilló sin dudar, metió la lengua en mi agujero sin asco. Lamió profundo, en círculos, chupando el borde arrugado, metiendo la punta como si quisiera entrar. Ese olor ligero a mierda, los pelos que siempre están ahí, la incomodidad deliciosa… me volví loca. Me corrí temblando solo con su lengua en el culo, apretando su cara entre mis nalgas.

Mientras tanto el flaco no aguantó más: se acercó, me puso las tetas juntas y se masturbó entre ellas. Se vino justo ahí, chorros calientes que me salpicaron los pechos, el cuello, goteando por el encaje del brasier.

El robusto se salió de mi culo con la lengua, se masturbó rápido y se vino también en mis tetas, mezclando su semen con el del otro. Me quedé ahí, arrodillada, con las tetas cubiertas de leche caliente, el culo todavía palpitando por el beso negro.

Me limpié con toallas de papel de la caseta, me subí la tanga y cerré el abrigo. Ellos me dieron 120 mil entre los dos (más de lo que esperaba). Suficiente para un taxi de vuelta, un domicilio de pizza y una pasta para la quijada que ya me latía de tanto chupar.

Salí caminando despacio, taconeando en la noche fría, con el semen secándose debajo del abrigo y una sonrisa satisfecha. No arriesgué nada grande, no morí, y bajé la calentura de la mejor forma posible: dos vergas desconocidas, un beso negro que me volvió loca, y plata para seguir viviendo tranquila.

A veces lo más seguro es lo más sucio. Y esa noche, en una gasolinera cualquiera, me salió perfecto.