El sábado volví a casa con Tania. Habíamos quedado a tomar algo, a besarnos y charlar, y andábamos ya calientes.
Al abrir la puerta, mi chico estaba en el salón, sentado en el suelo junto a la mesa baja, donde había varias miniaturas de Warhammer 40.000 y él andaba inspeccionándolas.
Me miró, sonrió y se levantó para saludar.
—Hola, Tania —dijo, dándole unos besos en las mejillas, con esa calidez natural que tenía con la gente que sabía que me importaba
—. ¿Quieres una cerveza?
—Claro —respondió ella, dejándose caer en el sofá con naturalidad, cruzando una pierna sobre la otra.
Yo fui al baño a mear y a “repasarme” un poco el chichi con la maquinilla, dejándolos a su bola un rato. Al salir, me encontré con una escena que me hizo sonreír: él, sentado en el suelo frente a Tania, masajeándole los pies con calma, sus pulgares trabajando sobre el arco, mientras con un gesto de la cabeza señalaba las miniaturas sobre la mesa.
—…son de Warhammer 40.000, un juego de estrategia con ejércitos en miniatura —le explicaba—. Cada figura representaba una unidad distinta, y las partidas podían durar horas. Este sábado habían jugado una partida los colegas, y… —rió un poco, bajando la mirada— …me tocó perder… aunque solía ser raro.
Tania lo escuchaba con aparente interés, girando la cabeza para mirar las figuras pintadas, repanchingada en el sofá con los pies estirados.
—¿Y todas estas las tienes tú? Son bichos raros…
—Sí —respondió él—. Las iba pintando poco a poco, pero sobre todo me gustaba jugar.
Me senté junto a Tania en el sofá. Nuestras rodillas se rozaron, y sin pensarlo demasiado, la besé despacio, sintiendo cómo al principio su boca estaba tibia y relajada, y luego se tensó un poco para devolverme el beso con intención. Ella me sonrió, con esa expresión que mezclaba complicidad y desafío. El calor de su respiración me rozaba la piel.
—Eh, gatito… —dije mirándole—, ¿le traes a ella una cerveza y a mí no?
Él me sonrió, entendiendo el juego, y se levantó. Tania se inclinó hacia mí, bajando la voz.
—Ay, tía… me das una envidia de la hostia.
Mi mano bajó hasta su entrepierna, notando la erección marcada, dura bajo la tela, caliente y palpitante. La miré a los ojos, mis labios apenas a un suspiro de los suyos.
—¿Quieres…? Él lo va a hacer encantado, depende de ti…
—¿En serio? —me respondió, besándome de nuevo, más lenta.
—Lo hace porque le gusta complacerme —le dije, y volví a besarla—. Y eso es lo importante para él.
Él regresó con la cerveza y me la ofreció. Permaneció de pie, expectante, con la mirada fija en mí.
—Oye, cari —le dije—, a Tania le gustaría que le hicieras mimitos…
Me miró, luego a ella, con ese punto de pausa que me gustaba antes de obedecer.
—Que conste que luego esta señora —me señaló con la cara— me decía que era un chaser de esos…
Tania rio.
—No sé qué coño será eso, pero bueno…
Él se arrodilló frente a ella y le bajó el pantalón despacio, con cuidado de no enganchar nada, dejando a la vista el tanga morado incapaz de contener la polla. Tania retiró la tela, liberándola de golpe, y se la agarró, firme, con un suspiro que se notaba más en su pecho que en su voz. El calor subió en la habitación. Él se inclinó, pasó la lengua por el glande, lento, como si lo saboreara, y ella dejó escapar un suspiro, cerrando los ojos.
El glande brillaba bajo la luz del salón, húmedo ya por su lengua. Tania dejó escapar otro suspiro más largo, esa mezcla de alivio y excitación, y le enredó los dedos en el pelo, guiándolo sin prisa, marcando apenas un ritmo con las yemas. El sonido húmedo de la succión llenaba el espacio.
Yo me recosté en el sofá, con la cerveza fría en la mano, observando cada movimiento. No hacía falta decirle nada más: él sabía que el ritmo lo marcaba ella, pero la finalidad siempre era la misma, complacerme a mí.
—Joder… —dijo Tania, con un hilo de voz—, qué bien lo haces, cabronazo…
—Pues comiéndome el coño, ni te digo… —respondí—. Cuando alguien entiende que su sitio está aquí… —di un golpecito suave en el suelo con la punta del pie, justo al lado de él—, todo es perfecto.
Él levantó la vista un segundo, encontrándose con la mía, y volvió a la tarea. Tenía las manos apoyadas en los muslos de Tania, abriéndoselos un poco más para acercarse mejor. La punta de su lengua trazó un círculo lento antes de envolver el glande entero, bajando un par de centímetros con un chasquido húmedo.
—Ven aquí —me dijo Tania, sin dejar de sostenerle—. Ven aquí, putilla…
Me incliné hacia ella y la besé, sintiendo en sus labios el calor que él le arrancaba, el sabor mezclado a saliva y excitación. Una de sus manos me agarró por la nuca, alargando el beso mientras la otra mantenía a mi chico en su sitio.
—Ponte cómoda —le dije al oído.
Ella se dejó caer un poco más en el sofá, las piernas abiertas, el pantalón ya tirado en el suelo. El tanga morado colgaba de un muslo. Él, de rodillas, seguía lamiendo y succionando con esa calma que desespera, cada vez más empapado de saliva y excitación. El aire ya olía a sexo.
—Mírame.
Mi chico levantó los ojos sin dejar de trabajar, y en ese cruce había todo: entrega, deseo, aceptación. —Baja un poco más —ordené.
Tragó la polla de Tania hasta que sus labios llegaron a su pubis, manteniéndose así unos instantes. El sonido de su respiración nasal vibró contra ella. Tania soltó un gemido más abierto. Luego él desenfundó de su boca la polla y pasó a acariciar con la lengua los huevos, antes de volver a mamársela otra vez. Tania acariciaba su cabello y gemía…
—¿Ves por qué te envidio? — rio mientras jadeaba—. No todas tienen uno así en casa.
—Ya lo sé —contesté—. Es que además él lo disfruta, le encanta hacer feliz a mí y a mis amigas…
La forma en que succionó justo en ese momento fue casi una respuesta física. Tania apretó los ojos, echando la cabeza hacia atrás. Yo le aparté un mechón de pelo de la cara y me quedé mirándola, disfrutando más de su placer que de cualquier otra cosa.
—Cuando quieras que pare, me lo dices tú —le aclaré—. No él.
Ella sonrió con un brillo travieso en los ojos.
—Aún no.
Él continuó, cambiando el ritmo, combinando succión con movimientos circulares de la lengua. Yo bebí un trago más de cerveza, sintiendo cómo la escena entera me llenaba de esa calma caliente que me encantaba: la certeza de que todo estaba bajo control y exactamente donde debía estar.
—Vale, vale, vale… —dijo Tania apartando cariñosamente a mi gatito con la mano—. No sigas porque me voy a correr si sigues…
Yo me incliné hacia la mesa y cogí la llave. Se la enseñé a mi gatito.
—Desnúdate.
Él se incorporó sin una palabra para ponerse de pie y se quitó la ropa, acercándose a mí. Le retiré la jaula tras abrir el cierre, con un gesto preciso, y dejé la anilla metálica que rodeaba la base de la polla y los huevos. Le tomé la polla con firmeza y la acaricié, la estrangulé y pajeé, sintiendo cómo en segundos la carne se endurecía hasta alcanzar una erección contundente, caliente en mi mano.
—Joder… —espetó Tania, fascinada, relamiéndose mientras lo observaba—. ¿Cómo podía caber este pollón en esa cosa?
La miré y sonreí.
—Para protegerla… —respondí con tono cómplice—. Anda, cari, dale un poquito de polla…
Él dio un paso al costado, quedando justo frente a ella. Tania, sentada en el sofá, se inclinó hacia delante, sus rodillas separadas, y le acarició primero los huevos y luego la polla entera, como probando su peso. Después la acercó a su boca, mirándolo hacia arriba, y la rodeó con los labios, empezando a mamarla lenta, profundamente, dejando que el grosor le llenara la boca poco a poco.
Él bajó la mirada hacia ella, una mano apoyada en su muslo para equilibrarse. Yo, a un lado, no perdía detalle: la lengua de Tania brillaba al deslizarse y cada vez que bajaba más, sus manos apretaban los huevos con un punto de malicia.
—Eso es… —murmuré, viendo cómo sus labios se tensaban para tragar un poco más—. Que lo sienta.
Tania levantó la mirada un instante, con su boca ocupada, y me lanzó una sonrisa traviesa antes de seguir, subiendo el ritmo, haciendo chasquear la saliva con cada movimiento. El sonido húmedo y rítmico me encendía.
Yo, mientras, me levanté un instante y me quité los leggings y las bragas, quedando solo con el sujetador. Me apoyé en el respaldo y les solté, con media sonrisa:
—Eh, parejita…
Él entendió al instante. Se arrodilló frente a mí y se inclinó para comerme el coño, abriendo bien mis piernas y sujetándome por las caderas. Su lengua era firme y rítmica, y sentí cómo me encendía desde el primer contacto, cómo se hundía y recorría los pliegues sin dejar huecos, el calor de su aliento extendiéndose.
Tania se puso a mi lado, de pie, con su polla dura y húmeda a un palmo de mi cara. Extendí la mano y empecé a pajearla despacio, sintiendo el calor y el pulso bajo la piel. Me acomodé en el sofá, con la espalda más baja y las caderas ligeramente al borde, de forma que pude hundir la mano en el pelo de mi chico para guiarle mientras mi otra mano seguía trabajando sobre Tania.
Gemí sin disimular, arqueando un poco la espalda, y tiré suavemente de la polla de Tania para acercarla más.
—Súbete aquí… —le ordené con voz rota.
Ella apoyó una rodilla en el sofá, acercándose hasta que la tuve cerca de mis labios. Abrí la boca y tomé su polla, sintiendo su grosor y su sabor, mientras mi chico seguía entre mis piernas, sin detenerse. La combinación era abrumadora: la lengua profunda de él, el grosor de ella en mi boca, el control absoluto de la escena fluyendo a través de mí.
Me corrí en la boca de mi chico con un gemido que se me escapó desde el pecho. Él no se apartó ni un segundo; me limpió con ansia, su lengua en cada rincón, bebiéndose todo mi placer.
Dejé de comerle la polla a Tania, respiré hondo y me dejé caer hacia atrás, recuperando un poco de aire.
—Ahora… —dije, mirándolas a las dos—. Comeros la polla. La que más aguante sin correrse… me folla.
No hizo falta repetirlo. Se echaron sobre la alfombra, frente a frente, y se colocaron para chuparse mutuamente. La escena me reactivó al instante: cuerpos tensos, jadeos mezclados, sonidos húmedos y animales llenando el salón, el olor intenso a sexo.
Yo me acomodé en el sofá, todavía empapada de mi corrida, y aproveché mi humedad para acariciarme. Recogí parte de mi flujo con los dedos y me lo repartí por todo el coño, por el pubis, por mis pliegues, extendiendo ese calor mientras las miraba.
Ellas se devoraban, con movimientos cada vez más intensos. Tania apretó los ojos, gimió con la boca ocupada; mi chico succionaba y lamía con un ritmo calculado. El ambiente era espeso, cargado de respiraciones y chasquidos.
Tania perdió. No pudo evitarlo: un espasmo la recorrió y acabó en la boca de mi gatito, soltando un gemido que vibró en su polla.
—Enséñame —le dije a mi chico.
Él se giró hacia mí, abriendo la boca para mostrarme la carga espesa de Tania.
—Trágatelo —ordené.
Lo hizo sin apartar la vista de mí, tragando con un gesto claro, y vi cómo se le tensaba la garganta al hacerlo.
Yo me acariciaba, con un ritmo más rápido.
—Vamos, gatito… fóllala —le ordené, con la voz rota—. Aquí, a mis pies.
Él se ubicó detrás de Tania. Ella, a cuatro patas, me miró sonriente, agradeciendo mi decisión. Él la agarró por las caderas y, tras escupirse en la polla y lubricarse, la penetró de golpe, con esos diecinueve centímetros de carne entrando con fuerza, haciendo que ella arqueara la espalda. El golpe sonó contra sus nalgas. Tania lanzó un grito ahogado, mezcla de placer y alivio.
Yo me corrí mientras los veía, mis dedos trabajando sin piedad. Él aumentó el ritmo, follándola animalmente, con las manos marcando su cintura, el sonido de los cuerpos chocando llenando la sala.
Tania me sostuvo la mirada, abierta, entregada, sudor cayéndole por el cuello.
Él acabó dentro de Tania, soltando un gruñido y dejándose caer sobre ella, jadeante y pleno.
Me dejé caer contra el respaldo, con las piernas abiertas, sintiendo el latido aún en mis muslos. Ellos se quedaron un momento como estaban, recuperando el aire. Me incorporé, les miré satisfecha: todo apestaba a sexo, a calor, a placer. En el aire flotaba esa quietud densa que solo llega cuando se ha exprimido todo.
El salón quedó en silencio, salvo por nuestras respiraciones entrecortadas y el eco de lo que acabábamos de hacer.