Con financiación de la Baronesa, el trío y un elenco de artistas viajan a una isla privada. Filmando una "luna de miel" limpia, vivirán días de sexo libre en playas, cuevas y piscinas, llevando su arte y su lujuria al paraíso.
Invitados por la misteriosa Baronesa, el trío viaja a un castillo gótico. Allí, se someterán a un fin de semana de ritos extremos: flagelación, humillación y sexo ritual. Una prueba de fuego que los unirá aún más en la oscuridad.
Un viaje de descanso planeado, una situación que se salió de control, unas manos que no se detuvieron, dieron como resultado un encuentro entre una madre insatisfecha y un hijo privado de su sexualidad...
Diez horas en primera clase, con champán y asientos que se convertían en camas, pero ni el lujo podía calmar los nervios que retumbaban en mi estómago.
El medio millón de pesos nos duró menos de lo que imaginábamos. No porque lo gastáramos en tonterías, sino porque mi mamá, Perla, tenía planes mayores. Pagó seis meses de renta por adelantado del nuevo departamento en Polanco
Los veinte mil pesos por la primera sesión se convirtieron en cien mil después de que Eduardo distribuyera el material entre sus suscriptores premium y las regalías empezaran a fluir.
Mi cuerpo, marcado por la doble penetración y por la verga de Eduardo, se recuperó con una rapidez que me asustó. Los moretones en las caderas se volvieron amarillos y desaparecieron.
Mi mamá, Perla, se transformó en una productora implacable. Hablaba por teléfono con Eduardo decenas de veces al día, discutiendo conceptos, vestuarios, horarios.
La idea de ser filmadas, de convertir nuestra lujuria en un producto, en arte según él, era a la vez aterradora y excitante. Mi mamá, Perla, estaba encantada.
Mis piernas abiertas hasta doler por las manos de mi mamá. El aire se me había ido de los pulmones. Solo veía su punta rosada, gruesa, apuntándome como un dedo acusador.
Los días después de que mi mamá me chupara el dedo del pie fueron una niebla caliente. Cada vez que me ponía unos calcetines, sentía el fantasma de su boca en mi piel. Cada vez que la veía pasar por el pasillo, casi desnuda, mi panocha se estremecía como si me hubieran dado un toque con un cable...
Mi mamá siempre dijo que la vida era muy corta para andarse con tapujos. “Si te gusta, hazlo. Si te prende, ve por ello. Y si duele, aguanta, porque hasta el dolor puede ser rico si sabes cómo tomarlo.”
Todo empezo como un juego inocente con mamá hasta que terminamos en la cama...
Solamente será un ratito mamá... Le dije mientras comenzaba a follarmela por la vagina con la regadera del baño aún abierta teniendo a mi madre...
El sonido húmedo y obsceno de su polla follándome el culo por primera vez llenaba la habitación. Mi ano se apretaba con fuerza alrededor de esa verga dura pero suave, ordeñándola con cada embestida, contrayéndose involuntariamente de placer mientras él me invadía sin piedad.
Victor llegó borracho otra vez. Después de una pelea llena de verdades hirientes, intentó compensarlo bañándome. Pero sus manos ya no lavaban. Tocaban. Exploraban. Con cada caricia indebida, con cada dedo que se deslizaba donde no debía, sentí cómo el hermano que conocía desaparecía....
Víctor lo sacrificó todo por mí. Vendió la casa de nuestros padres, gastó hasta el último centavo en mis tratamientos y terapias. La herencia desapareció. Los lujos se fueron. Hasta que solo quedamos nosotros dos, atrapados en un diminuto cuartucho.
El voyeur metódico, cruza su umbral. La familia convierte la trampa en una sesión de dominación psicológica y placer retorcido, quebrando su fachada. Parecen ganar, hasta que un mensaje final revela una verdad aterradora: solo son un eslabón en una cadena de depravación más larga.
El horror se profundiza: encuentran una cámara espía dentro de su propia sala. La violación es total. El sexo se convierte en un acto de guerra desesperada, una pila animal para reclamar su espacio. Pero el acosador anónimo les da un ultimátum: déjenme unirme en persona, o serán destruidos.
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