Capítulo 2
A pesar del cansancio por los nervios vividos, por los tres orgasmos que había tenido mientras espiaba al duque, y por las horas limpiando que había pasado después tratando de compensar su ausencia durante buena parte de la mañana, Alissa apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Cuando finalmente se tumbó en la cama exhausta, el corazón le palpitaba desbocado, el cuerpo le ardía de anticipación y se moría de vergüenza.
Por un lado, sentía el estómago lleno de mariposas. Estaba deseando cumplir todos sus deseos y los del conde, lo que, al mismo tiempo, le hacía preguntarse cuáles eran sus propios deseos exactamente ya que no tenía ninguna experiencia y qué le pediría él que hiciese. ¿Qué cosas no estoy dispuesta a hacer? ¿Cuáles quiero probar? Por el otro lado, cada vez que pensaba que él la había descubierto espiándolo quería que la tierra se la tragase. ¿Lo habría sabido desde el principio o quizá se dio cuenta después?
En cualquier caso, la mañana había llegado y a Alissa le temblaba todo el cuerpo incontrolablemente.
La condesa se despertó a las siete y su doncella personal subió a vestirla y a peinarla. A las ocho y cuarto, llegó el turno de las doncellas de habitación. Martha, Gail y Alissa entraron en los aposentos de aquella mujer oronda y amargada y comenzaron a ventilar, vaciaron el pestilente orinal y se llevaron a hervir los paños de lino. Luego, como parte de una coreografía muy bien ensayada, empezaron a limpiar el polvo y a recoger los enseres desperdigados. Mientras Alissa ordenaba los productos de tocador de la condesa, encontró un pequeño frasco de vidrio que contenía aceite de almendras y rápidamente tomó una decisión. Seguramente, el conde no podría hacerse con una barra de mantequilla cada día y, además, quería sorprenderlo tomando la iniciativa. Cuando se cercioró de que sus compañeras no miraban, guardó el frasco en el bolsillo de su delantal y siguió limpiando como si nada. A las nueve y veinticinco ya se había escabullido y estaba esperando al conde sentada en su récamier. Tal y como él le había ordenado, se había quitado la ropa interior y desabrochado los botones de su vestido para exponer sus senos, pero se había dejado el delantal y la cofia. Alissa se sentía intrépida, deseable, excitada y poderosa un momento y al siguiente quería salir corriendo de allí.
El conde no la hizo esperar demasiado. Pocos minutos después, se abrió la puerta del despacho de golpe y él entró con grandes zancadas buscándola ansioso con la mirada. Al verla, una sonrisa de satisfacción absoluta transformó su rictus ansioso en algo peligroso, masculino y digno de admirar. A Alissa se le escapó un jadeo entre los labios.
—Alissa, me alegro mucho de verte esta mañana. —dijo con el tono de voz más grave y sensual que ella había escuchado y cerrando la puerta con llave tal y como hizo el día anterior. —A ti y a esas dos preciosas ubres que te voy a llenar de mi leche de aquí a un rato si tú me dejas. ¿Me lo permitirás, bella Alissa? —preguntó ladeando la cabeza, pero sin dejar de mirarle los pechos.
Alissa asintió, tragó saliva y se recolocó un poco juntando los muslos, movimiento que no le pasó inadvertido al conde que volvió a sonreír de medio lado. No sabía si sentirse ofendida o no por el hecho de que hubiese comparado su busto con las mamas de una vaca, pero la excitación que sentía le creaba una especie de confusión mental que no la dejaba pensar con claridad. Es cierto que tenía unos pechos muy grandes para su cuerpo delgado, pero ella se sentía orgullosa de ellos y le parecían bonitos.
—Míreme, Alissa —dijo el conde de pronto con voz autoritaria sacándola de su ensimismamiento. —Es usted una verdadera tentación. Desde que llegué a esta casa me muero por meter mi verga entre sus pechos y follármelos como un poseso. No sabe la de veces que me he corrido pensando en ellos, en lamerlos enteros, pero aunque me esté costando la misma vida no abalanzarme sobre usted, hay ciertas cosas que debemos aclarar y acordar.
Alissa se dio cuenta de que tenía la boca abierta y jadeaba ligeramente, así que se obligó a cerrarla y a asentir en conformidad temerosa de cómo le saldría la voz si la usaba.
—Querida, antes de nada, debe entender que yo soy lo que se conoce como un libertino. —dijo el conde mirándola a los ojos por primera vez. —Tras años fuera de Inglaterra, me he visto obligado a volver para casarme y a esconder mis actividades favoritas, pero jamás renunciaré al placer ni me entregaré a la monogamia. La condesa lo sabe y el acuerdo al que hemos llegado es beneficioso para los dos. Por eso, si quiere continuar debe entender que esto ni será una relación amorosa, ni exclusiva. Dígame que lo entiende. —pidió.
Alissa, tragó saliva y asintió.
—Lo entiendo perfectamente, conde. —aseguró.
Si usted me deja, — continuó él arrebatado, arrodillándose frente a ella —voy a deshonrarla y pervertirla de tantas formas que, seguramente, le costará encontrar un marido y llevar una vida modesta después. Tiene que valorar muy bien eso, querida, es su futuro. Además, yo no voy a amarla de la forma en que aman los hombres de bien. No le daré un hogar confortable, hijos ni nada de eso. No quiero que se lleve a engaño y espere que sus encantos me hagan redimirme de la vida que llevo y entregarme a usted. —el conde se acarició el miembro por encima de sus pantalones para que ella apreciase su evidente erección. —Esto es lo que me hace sentir y, para mí, es un sentimiento muy poderoso. Si puede conformarse con eso, yo le prometo que voy a descubrirle un mundo de placer con el que jamás soñó. —Mirándola de nuevo a los pechos, el conde se relamió. —Dígame que sí, querida. Apenas me aguanto. Dígame que aunque haya venido aquí con esas preciosas pechugas buscando marido es usted capaz de plantearse mi propuesta en serio —suplicó frotándose el bulto de los pantalones con fuerza.
—Me ofende, conde. —dijo Alissa con un tono frío y elevando la barbilla. —Usted no ha preguntado qué es lo que yo quiero o deseo. Vos, que os consideráis un libertino, alguien que rechaza las normas sociales convencionales, habéis dado por sentado lo mismo que todos cuando están frente a una mujer. ¿Acaso mi comportamiento le ha hecho pensar que yo querría ser una esposa y madre devota? ¿Qué me conformaría con servirle sexualmente esperando que me ame? ¿Acaso he hecho algo que le incite a creer que lo amo o que lo amaré en el futuro?
Ahora era el conde el que la miraba con la boca abierta, aunque sin dejar nunca de acariciarse la verga.
—Podría haberme preguntado, mi señor. —Continuó ella. —Podría haberme preguntado que quiero yo y contarme lo que quiere usted. Habría sido mucho más respetuoso.
—¿Respetuoso? —preguntó el conde levantándose y apoyándose en la mesa. —¿Le parece irrespetuoso que haya dado por sentado que usted anhela lo que la sociedad marca para las mujeres de su edad, pero no que me esté frotando la verga mientras hablamos? —el conde soltó una carcajada —Desde luego es usted única, Alissa. Muy bien, entonces. ¿Qué es lo que desea de mí, mi lady?
—Señor, — respondió Alissa mirándole descaradamente a la abultada entrepierna — es imposible que me ofenda por eso porque, lo que yo deseo es, precisamente, verle frotarse la verga y a eso he venido.
Como única respuesta el conde sonrió y se desabrochó el pantalón para que ella pudiese ver cómo se tocaba sin barreras de tela por en medio.
—Desde que llegó —continuó Alissa mirando con avidez el meneo lento de la mano del conde y su brillante prepucio —le he deseado. He fantaseado cada noche con usted y me he tocado pensando en que me hacía suya. —La indignación que había sentido por los juicios prematuros del conde hacia su persona le habían otorgado una nueva seguridad en la que se sentía muy cómoda. —Yo no tengo experiencia, eso es cierto, pero jamás le imaginé regalándome flores o cortejándome, milord, le imaginé lamiendo mi vulva o penetrándome. Lo que yo deseo es que me enseñe y me permita experimentar con usted. A eso he venido y, si está de acuerdo, podríamos dejar aquí esta molesta conversación.
—Sus deseos son órdenes, querida. —dijo el conde acercándose a ella. Su polla a pocos centímetros de la cara de Alissa. —Y como la he ofendido con mis suposiciones, le dejaré por hoy decidir cómo empezar. Vamos, Alissa, no se acobarde ahora, ¿cuál de sus fantasías quiere probar primero?
Alissa estaba eufórica. Deseaba probar esa verga enorme que el conde sacudía con impaciencia de todas las formas posibles, pero aún deseaba más obtener una liberación. Verlo masturbarse durante toda la conversación la tenía al borde y quería quitarse esa tensión de encima cuanto antes. Alissa se levantó las faldas y le mostró su vulva empapada.
—Si le parece bien… —dijo tímida de pronto —me gustaría…, necesito…, estoy muy tensa, mi señor. Quiero su boca en mí. —Concluyó armándose de valor.
El conde, con una sonrisa de triunfo, se inclinó bruscamente y la levantó como si no pesase nada para sentarla sobre el escritorio. Alissa dejó escapar un pequeño gritito de asombro, pero se dejó hacer.
—Acerque el culo al borde y abra bien las piernas, querida mía. —le indicó.
Alissa hizo lo que el conde le decía y este se lanzó al suelo de rodillas.
—Ahora voy a hacer que se libere de inmediato,—le dijo mirándola desde abajo y agarrándole los muslos con fuerza para mantenerlos bien abiertos. —pero, con el tiempo, tendrá que aprender a contenerse y a disfrutar de otros placeres más allá de su clítoris. Incluido el placer de esperar —le dijo pasando la yema de su dedo índice precisamente por ese nudo de nervios que la llevaba al cielo.
Y con esto, se lanzó hacia su sexo como un perro hambriento contra un tarro de foie-grass. El conde lamía con fuerza toda su vulva mientras abría sus pliegues con las manos. Subía, bajaba, llegaba casi hasta su ano y volvía a subir. La devoraba. Alissa estaba disfrutando como una loca, pero necesitaba más, necesitaba que la tocase en el sitio correcto. Se movió buscando la fricción y el conde se rio contra su entrada haciendo que las vibraciones de su risa le subieran por toda la espina dorsal.
—Mi pequeña impaciente —susurró —está bien, usted gana.
El conde sujetó su clítoris entre los labios y absorbió con pequeños tirones, como si se amamantase de él, mientras, subió ambos brazos y comenzó a acariciar y pellizcar los duros pezones de Alissa.
El orgasmo fue tan intenso que empezó a ver luces tras los párpados y sintió un desvanecimiento. Cuando volvió a abrir los ojos estaba tumbada en la mesa, el conde la miraba con la cara empapada de sus flujos y una sonrisa arrebatadora.
La próxima vez, —le dijo — no se le olvide respirar, querida. No queremos que acabe abriéndose la cabeza. ¿Se encuentra bien? —le preguntó tendiéndole la mano para ayudarla a incorporarse.
Alissa asintió avergonzada. En realidad estaba en la gloria.
—Me toca, entonces, yo también estoy ansioso —dijo el conde volviendo a cargarla en brazos y dejándola de nuevo en el récamier. Una vez sentada, le quitó con cuidado las horquillas, desenganchó la cofia y le deshizo el apretado moño que la condesa las obligaba a llevar, masajeando el cuero cabelludo. Alissa suspiró de placer, de otro tipo de placer. —Apóyese en el cabecero y estire las piernas. Voy a sentarme sobre su regazo.
Alissa apoyó la espalda en el cabecero y estiró las piernas sobre el asiento quedándose en una posición cómoda contra el respaldo acolchado. El conde, que le miraba ansioso los pechos, se daba largas sacudidas a la polla.
—¿Están listas para mí, Alissa? —preguntó subiéndose sobre ella sin soltarse la verga en ningún momento. Tenía una rodilla apoyada a cada lado de sus caderas, pero aún se mantenía echado hacia atrás. Alissa deseaba tocarlo, chuparlo, sentir su miembro en sus pechos, pero él, codicioso, seguía apartado y no la compartía. —¿La desea, desea mi verga?—preguntó acelerando el ritmo de su mano al ver cómo Alissa se la miraba con ansia.
—Muchísimo. —confesó ella.
—Buena respuesta, querida. —la felicitó. —Abra sus pechos para mí, quiero que me acoja entre ellos y que los mantenga firmes mientras me los follo, ¿Lo entiende?
Alissa asintió deseosa de sentir su verga. Llevaba muchas semanas anhelando tocarlo, pero desde que ayer lo viese jugando con la mantequilla, el impulso era casi irresistible. El recuerdo de la mantequilla le hizo a su vez acordarse del frasco que llevaba en el bolsillo del delantal.
—Mi señor, —lo interrumpió cuando él estaba a punto de rozar un pezón con su glande. He traído esto para usted. —dijo mostrándole la botellita de vidrio con el aceite de almendras que había robado aquella mañana. —Espero que no se moleste conmigo, estaba en la habitación de la condesa —Alissa levantó la vista para observar la reacción del conde.
Él la miraba tan estupefacto que hasta había detenido su autosatisfacción.
—¿Qué tipo de criatura maravillosa es usted? —le preguntó llevando ambas manos a los lados de su cara con gentileza para después lanzarse de pronto a su boca asaltándola con una lengua hambrienta que la exploraba por todas partes y que aún conservaba, sintió Alissa, el sabor de su sexo.
Cuando terminó de besarla, se echó hacia atrás y volvió a agarrarse la polla, pero, esta vez, dejó la mano quieta apretando en la base y se estiró los testículos con la otra.
—Ponga cinco gotas en su mano y extiéndalas entre sus pechos —ordenó.
Alissa desenroscó el tapón, sacó la pipeta, e hizo justo lo que le solicitaba cuidando de lubricar bien toda la zona.
El conde tragó saliva y se dio dos meneos rápidos, lleno de ansiedad. Volvía a respirar trabajosamente y oírlo tan desesperado le provocó a Alissa que su sexo palpitara con fuerza.
—Ahora, —dijo el conde casi resollando —ahora eche una gota en cada pezón.
Alisa volvió a sacar la pipeta del tarro y dejó caer una gota sobre el pezón derecho, pero cuando fue a extenderla, el conde le sujetó la mano y, acercando la pelvis, guio su propio miembro hasta la rosada protuberancia. Ambos jadearon ante ese contacto. Alissa sintió un placer inmenso que parecía conectar directamente el pezón con su clítoris y que mandó otra oleada de flujo a su vagina.
El conde tenía los ojos desorbitados y dirigía su miembro alrededor del jugoso pezón de la joven deseando verlo cubierto de su semilla. Estuvo a punto de derramarse ahí mismo solo por evocar aquella visión.
—El otro —rugió desesperado. —Dese prisa, chica.
Las maneras amables del conde se habían terminado y Alissa se sintió pletórica y poderosa, encantada de hacerle perder la compostura a ese noble que, al menos, tendría seis o siete años más que ella y mucha experiencia en estos menesteres. Despacio, subió la mirada hacia él, que estaba empezando a sudar y un temblor parecía aquejar todo su cuerpo. Tenía la mandíbula apretada, las fosas nasales dilatadas y una vena palpitaba en su frente. Los tendones del cuello expuestos, los hombros y brazos tensos y la mano que sujetaba su verga se abría y se cerraba con fuerza estrangulando su miembro purpúreo. Alissa sonrió y se echó la gota de aceite sobre el otro pezón. Inmediatamente, el conde se lanzó a por ella verga en mano y la restregó con fuerza. Un segundo después y completamente fuera de control, dirigió su pelvis hacia delante y se colocó entre sus senos.
—¡Apriétemela! —gritó —¡Más, más fuerte! —y cuando Alissa dio con la posición y la presión exactas, el conde se soltó la base de la polla y puso ambas manos en el respaldo a los lados de la cabeza de Alissa y comenzó a moverse entre sus pechos. Cuando bajaba, Alissa lo veía desaparecer, cuando subía, ese maravilloso glande abría sus carnes y se chocaba con su barbilla. Por instinto, abrió la boca y sacó la lengua para lamerlo y su sabor salado la volvió loca. Estaba tan excitada que quería tocarse de nuevo, pero no podía dejar de apretar, así que comenzó a estimularse los pezones.
—Muy bien, Alissa, así, así, me encanta lo que me hace, querida, qué gusto me da, —le dijo entre gemidos —siga así y pronto estaré lamiendo mi leche de sus preciosas tetas. Y luego se la haré tragar. ¿Va a tragarse toda mi leche, Alissa?, Sí, sí que se la va a tragar, dígame que sí, preciosa, antes de que acabe el día va a chorrear semen por todos sus agujeros, se lo prometo, Alissa.
Ayer, escondida en el armario, Alissa se moría por escuchar lo que el conde murmuraba mientras se masturbaba. Hoy, el conde le hablaba a ella mientras se frotaba contra sus pechos. Sabía que todas sus fantasías se harían realidad con este hombre libidinoso.
—Dios bendito, Alissa, —siguió el conde — qué bien me follan sus tetas, qué placer me dan, no sabe las ganas que tengo de correrme y lo que me está costando aguantar, Alissa, pequeña Alissa, la voy a dejar hecha un desastre.
Y, entonces, ella se corrió. Solo con las palabras del conde y los pellizcos que se estaba dando en los pezones tuvo un orgasmo que le hizo levantar la cabeza y agitar las caderas como una loca.
El conde se rio entre jadeos —Le gusta que le hable, ¿verdad, Alissa? ¿Verdad que le excita oírme decirle todas las guarradas que le voy a hacer? Buena chica —la felicitó— Me gusta que sea tan ardiente y sucia, pero ahora baje la cabeza y siga chupándome como lo estaba haciendo, que ya pronto me voy a dejar ir y su lengua me está haciendo sentir muy bien. Con una mano guio de nuevo su cabeza hacia abajo, no de forma violenta, pero sí exigente. —¿Me quiere ayudar, preciosa? ¿Quiere ayudarme a que lo goce aún más?
Alissa asintió sin levantar la cabeza de su escote. La polla del conde se frotaba entre sus tetas a una velocidad enloquecida y entraba y salía de su boca. Todo el récamier crujía con sus embestidas.
—Entonces, ayúdeme a correrme como me gusta. Eche diez gotas de aceite en su mano izquierda.
El conde se echó hacia atrás para dejarla hacer, pero siguió moviendo la pelvis como si aún siguiera follándole las tetas. Su verga brincaba en el aire y Alissa no podía apartar la vista de esa preciosa polla enorme y brillante por el aceite.
—Vamos, querida, luego la dejaré mirarla más rato, —prometió con una sonrisa —pero dese prisa, por favor, necesito correrme sobre sus tetas, Alissa. —la apremió el conde. Parecía desesperado.
La joven se recompuso y volvió a sacar el aceite. Diez gotas en su mano izquierda. Estaba segura de para qué eran, pero dejó que él se lo contase. Le encantaba escucharlo hablar en ese estado de excitación.
—Ahora lubrique los dedos índice y corazón de su mano derecha y, con ellos, frote mi ano.
Alissa puso ambos dedos sobre el charquito que tenía en la palma y los restregó bien para embadurnarlos completamente.
—Vamos, dese prisa, Alissa, no quiero tener un accidente antes de tiempo —volvió a apurarla él agitándose delante de ella como un perro en celo.
Cuando Alissa llevó la mano hacia su espalda, el conde se reclinó contra el cabecero dándole mejor acceso y con una mano guio la de ella hacia su agujero. En cuanto estuvo bien colocada, volvió a poner la verga entre sus tetas.
Alissa ahora solo tenía una mano disponible para apretar, pero el conde puso la suya al otro lado y dejó una aferrada al cabecero para no perder el equilibrio.
—Muy bien, Alissa, aahh, es usted una alumna muy, ¡joder!, aplicada.— El conde jadeaba y resoplaba mientras se movía entre sus tetas y Alissa comenzaba a acariciar su ano con círculos suaves como le vio hacerlo a él el día anterior. —Me está dando mucho placer, Alissa, mmm, es muy dulce, siga así, ¡Dios, sí! justo así, pequeña, lo hace muy bien.
El conde cada vez se movía más rápido y apretaba más el pecho de Alissa contra su miembro. Alissa se moría por tener las manos libres para poder tocarse a sí misma, pero, al mismo tiempo, no quería parar de darle placer.
—Ay, Alissa, es usted fantástica, mmm, sííí. —continuó disminuyendo el ritmo de sus embestidas. —Ahora tiene que hacer algo por mí, mi dulce Alissa, ufff no sabe cuánto me gusta sentirla. Escúcheme, necesito que, poco a poco, me vaya abriendo. Tiene que meter un dedo, pero solo un poco y luego volverlo a sacar, ¿vale? Fólleme el culo con ese dedito aceitoso, Alissa.
Y ella lo hizo. Sintió una resistencia inicial y luego pudo meter el dedo. El conde gimió y detuvo las embestidas mientras su glande aún estaba enterrado en la boca de Alissa. Por instinto, ella comenzó a lamerlo por todo el contorno. De tanto entrar y salir en esa postura, su saliva caía libremente por su escote y se mezclaba con el aceite. El conde volvió a gemir aún más fuerte.
— ¡Joder! ¡Es usted una diosa, siga, siga así, más rápido, Alissa! ¡Va a hacer que me reviente la verga con esas tetas tan gordas, esa boca tan suave y esos deditos rápidos!
El conde estaba fuera de sí y a ella le empezaba a molestar el cuello de tenerlo hacia abajo, pero no le importaba, era un sufrimiento soportable que le permitía tener el glande de ese pene maravilloso dentro de la boca. Siguió lamiéndolo con entusiasmo y aceleró el juego con su dedo, ya no sentía resistencia, entraba y salía con facilidad y se atrevió a meterlo un poco más.
—Muy bien, preciosa, lo hace muy bien, pero necesito acabar ya. Me van a estallar las bolas si no eyaculo. —El conde se retiró hacia atrás saliendo de su boca y de entre sus tetas, pero apretó el culo y negó con la cabeza cuando ella hizo ademán de sacar el dedo. —No, querida, ahora viene el paso más importante. Usted es la que va a ordeñarme. Va a buscar el botón que me hará escupir toda la leche, ¿entiende? Pero debe hacerlo bien. Yo le enseño. Es importante que aprenda a hacer esto. Busque, Alissa, lleve su dedo hacia abajo y al fondo, notará un bultito. ¡Aggg,sí joder! Justo ahí, eso es, sí, ese es el lugar. Detengase, vuelva atrás, Alissa, esa zona es muy sensible y solo debe tocarse en el momento adecuado. —le indicó enderezándose un poco más. —Ahora quiero que me mire, Alissa, quiero que me mire a mí y a mi verga y quiero que se toque a sí misma. Cuando sienta que va a liberarse, ponga la espalda bien recta para que yo pueda ver esas tetas preciosas bien expuestas y entonces vuelva a apretarme y a frotar en ese bulto que ha tocado. ¿Podrá hacer todo eso? —le preguntó sonriendo. —Si lo hace bien, voy a dejarle los pechos asquerosos, mi dulce Alissa, se lo prometo.
Alissa no perdió un segundo en meterse la otra mano entre las piernas. Estaba ansiosa por tocarse. Si durante todo este tiempo hubiese podido disponer de sus manos, habría llegado veinte veces al orgasmo, no sabía cómo ese hombre era capaz de resistir así. Él sonrió al verla tan necesitada.
A la vez que Alissa se frotaba el clítoris, siguió moviendo el dedo que tenía dentro del conde sin tocar aquel bulto que había notado. Él gruñó con aprobación y volvió a masturbarse a buena velocidad. Los jadeos de ambos y los sonidos húmedos de la fricción de sus sexos llenaban el ambiente. Alissa no tenía ningún autocontrol y en unos minutos ya estaba al límite. Con los ojos clavados en los del conde, abrió la boca para coger una gran bocanada de aire y aceleró el ritmo.
—¿Ya no aguanta más, mi dulce Alissa? —le preguntó el conde jadeando y frotándose la verga como un animal. —Vamos juntos, querida, ya sabe lo que tiene que hacer, fróteme bien ahí dentro y prepare sus tetas para mí.
Solo con escucharlo, Alissa empezó a correrse, pero consiguió localizar de nuevo el bultito que el conde quería que le estimulase y lo hizo al mismo ritmo con el que se acariciaba ese nudo de nervios que la llevaba al éxtasis.
En cuanto frotó el bulto con más fuerza, el cuerpo del conde se tensó y su verga empezó a soltar chorros de semen como no lo había visto hacer. Si el día anterior su corrida le pareció espectacular, la de hoy estaba a otro nivel.
Alissa sentía aquel líquido caliente caer y caer sobre sus pechos.
—¡Siga, siga, siga! ¡No se pare, joder! —la regañó el conde entre gruñidos cuando, distraída por la cantidad de semen que le llenaba las tetas, dejó de frotar su bulto.
En cuanto volvió a tocarlo, otro chorro se le estampó en un pecho y el conde volvió a gemir y a sacudírsela desesperado. El semen paró de salir a chorros y comenzaron a salir gotas gruesas que anunciaban el final. Él adelantó la pelvis para restregar el glande por sus pezones y que no se perdiera nada. Cuando dejó de eyacular, miró con devoción las tetas empapadas de Alissa y, con una maldición, volvió a masturbarse con fuerza. Alissa no sabía qué hacer, pero no se atrevió a sacar el dedo sin que él se lo pidiera y siguió estimulándole la zona con renovado ahínco. El hombre sudaba y temblaba. El cuerpo entero se le agitaba con espasmos, se le caía la baba y emitía unos jadeos roncos de animal. ¿Acaso no terminaba nunca? ¿No se iba a hacer daño con esas violentas sacudidas?
Los pensamientos de Alissa se vieron interrumpidos por otro bramido del conde.
—¡Oh, dios, oh dios, oh, me corro otra vez! ¡Aprieta, joder, sí! ¡Así! ¡Deme fuerte, pequeña Alissa, mire todo lo que tengo para sus tetas!
Y otros tres largos chorros volvieron a calentarle los pezones. Cuando acabó, sacó la mano de Alissa de su culo con cuidado y se agachó hasta estar a cuatro patas sobre ella. Con un brazo, la sujetó por las corvas y tiró de ella hacia sí para tumbarla por completo. Luego, sin más, sujetó ambas tetas en el centro y comenzó a lamerle el semen con devoción. Alissa no podía apartar la vista. El sudor le goteaba desde el pelo y seguía temblando, pero lamía y lamía sin parar. Cuando se llenó la boca, se posicionó sobre ella y la besó pasándole aquel líquido extraño que ella jamás había probado antes. El sabor no le encantó, pero que él se lo diera la volvió loca y, cuando se retiró, ella sacó la lengua para relamerse.
—Qué buena sois, Alissa —le dijo visiblemente agotado. Voy a darle una recompensa por tanto placer.
Y luego volvió a lamerle las tetas hasta eliminar cualquier rastro. Alissa se agitaba de necesidad, pero cada vez que intentaba tocarse, el conde le paraba la mano.
—Ssshhh, tranquila, déjeme cuidar de usted, —le dijo al tercer intento por tocarse cuando el conde la había llevado al límite mordisqueándole un pezón. —Ya sé lo que quiere, aguante un poco más.
Alissa resopló frustrada y él se rio contra su pecho, pero siguió chupando implacable. Unos minutos después, que a Alissa le parecieron horas, el conde llevó la boca hasta su vulva empapada y le dio tres orgasmos seguidos.