Capítulo 3
- Viólame, grábalo y mándamelo I
- Viólame, grábalo y mándamelo II y III
- Viólame, grábalo y mándamelo IV
El coche frena en seco delante del spa, y bajo rápido, estirándome como si me fuera a romper. El asiento de cuero me ha dejado el culo ardiendo. El cielo está naranja, y el edificio aparece ahí, pequeño pero con clase, dos plantas, exterior ajardinado aún dentro de la ciudad, fachada de cristal escupiendo reflejos que me ciegan un segundo. El aire lleva un olor a hierba fresca mezclado con cosas caras. Mamá baja detrás, y sus tacones son ruidosos. Mañana es mi cumple, pero ya tuve mi regalo hace pocos días: un vídeo que no recordaba, en el que mi padre… En fin. Lo que ya os conté.
Clara está esperándonos en la entrada, mirando a mamá con una sonrisa de oreja a oreja. Es la dueña del spa y son amigas desde hace casi treinta años.
—Marta mi amor… Vas a romper el suelo. Y tu hija la placa continental.
Me guiña un ojo, se abrazan y nos mete dentro, a un vestíbulo privado que huele a incienso y madera pulida. Las paredes son negras pero brillan, y unas velas parpadean en las esquinas, soltando un humo fino que se me cuela por la nariz. El aire acondicionado me pega un hostiazo al entrar, frío y seco.
Nos lleva detrás de un biombo, un cachito de madera que cruje cuando lo roza su brazo. Me saco el vestido de un tirón y lo dejo caer al suelo. El tanga y el sujetador van detrás, un montoncito negro contra los azulejos de color crema. Me pongo el albornoz blanco y lo ato fuerte, porque, aunque me lo voy a quitar enseguida, quiero que, si veo a alguien, note la curva de mis melones y mi culo respingón. Me miro al espejo, y la piel blanca me brilla bajo las luces tenues. Miro a mamá, que está haciendo lo mismo. Se quita la ropa como si nada, y ella se pone el albornoz flojo, entreabierto. Veo casi sus tetas, y las piernas fuertes que me dan ganas de lamer. Mamá está para partirla.
La seguimos por un pasillo de azulejos más claro, algo frío bajo los pies descalzos. Los zapatos de Clara resuenan y entramos a una sala de masajes. Dos camillas acolchadas, sábanas blancas, paredes oscuras y más velas temblando en los rincones. Me quito el albornoz, lo tiro a un lado y me dejo caer boca abajo, la sábana fresca contra las tetas. Marta se desnuda igual, su cuerpo cae a mi lado en una camilla como una escultura, culo pálido brillando, piernas fuertes ligeramente abiertas. Clara murmura algo a dos tíos que entran, con camisas blancas impecables, caras serias, y se larga con un gesto suave, como si flotara.
Los masajistas abren botellas, clic, clic, y un olor a lavanda caliente me pega en la cara, espeso y dulce. El mío me unta los hombrosy el aceite me resbala por la espalda, tan caliente como yo recuerdo el semen de Andrés, aunque es imposible. Sus manos fuertes empiezan a apretar. No rompen nudos, eso no funciona así. Pero me gusta conservar esa imagen cuando recibo el masaje. Suelto un gemido bajo al resoplar.
—Bufff… Que guay.—Ssshh.. Calla y disfruta – responde mi madre, sonriendo y con la cara vuelta hacia mí.
No ha sido siempre así, pero, desde hace unos días, cuando me corrige me pongo cachonda. Un pequeño calambre me baja directo a la entrepierna, sonrío cerrando los ojos, y pienso que este sitio es perfecto para que estos cabrones pierdan el control. Si nos tapan la boca nadie nos oiría. Nos harían lo que quisiesen, y yo aguantaría lo que me metiesen, en silencio salvo por los gemidos, mientras me dejasen ver cómo se lo hacen también a ella.
El masajista baja por la columna reconfigurando señales nerviosas de mis músculos y tendones. Ana, nena, los nudos coño, conserva la imagen y no te pongas tiquismiquis. Suelto otro gemido, un poco más sucio. A mi lado, Marta respira hondo e ignora mi intento de provocar otra corrección.
—Mmm… que guay…—Pues espera a que llegue al culo, mamá. – insisto.—¡Ha! Pesada. Pero me ha hecho gracia. – me responde, condescendiente.
Creo que ella también se tensa un poco, con el culo apretándose bajo el aceite. Mamá debe haberle dicho a Clara algo, porque los masajistas no nos han puesto toallas. O aquí son así. Bajan a los muslos con las manos resbalando por la piel, amasando fuerte. El aceite me gotea entre las piernas, cerca del coño, y aprieto los muslos. Sigue hundiendo los dedos por las pantorrillas y acaba en los pies, apretándome los dedos uno a uno, despacio. Suelto un suspiro vicioso, largo, floja como un trapo y disfrutando del masaje.
Marta gira la cabeza:
—Calla y relájate, zorrita.
El tono, a modo de recompensa, me enciende, y lo sabe. Le saco la lengua, juguetona y sonriendo, antes de hundirme más en la camilla. El tiempo pasa, el masaje es espectacular y el masajista termina; recoge las botellas y las toallas, con pasos suaves contra el suelo que casi no oigo aunque están junto a mí. Clara asoma en la puerta, sonrisa floja, voz suave:
—Os dejo descansar un rato, reinas.
Se va con ellos, la puerta hace un clic seco, y nos quedamos solas, tumbadas, brillando de aceite con la música esa relajante new age, en la que suena un gong hortera cada poco tiempo. Pero no está mal, el que lo ha hecho es músico de verdad, aunque sea una patata frita. Me giro un poco, apoyo la mejilla en la sábana, miro a Marta y su culo al aire, con la piel reluciente como si fuera de mármol. Estiro un brazo.
Quizá mañana me hagan otro regalo, pienso, al mirar su culo. Le comería el conejo si me lo indicase, aunque ahora no tenga la polla de papá dentro.
Marta se mueve primero, se incorpora apoyándose en un codo y el arco de su espalda, precioso, me llama los ojos.
—Venga, ¡sauna ahora! – Me dice, dando una palmada en la camilla.
Me levanto, con el cuerpo pesado y agustito, caliente, y la sigo descalza por el pasillo de azulejos, no sin antes ponerme el albornoz y pensar en cómo sería andar hacia la sauna sin él. Los pies se me pegan un poco al suelo frío, y el eco de nuestros pasos resuena, slap, slap, como si el spa estuviera vacío.
Entramos a la sauna, una caja de madera con bancos anchos, y el calor seco me pega en la cara como una hostia. Me quito el albornoz, lo cuelgo en un gancho y me recuesto en pelotas, el sudor brotándome al segundo, perlando las tetas y goteando por la barriga. Marta tira su albornoz al lado, se sienta a mi lado, pero en el banco siguiente, con las piernas abiertas sin pudor, y mirándome con una sonrisa floja, que supongo condescendiente. Es cara de «ay, joven cervatilla». Me está enseñando. Ya era hora, cabrona, también te digo que pienso.
—Esto es un horno máma.
Se ríe.
—Aguanta, zorrita, que esto te limpia el alma.
—No me hace falta. Esta mañana me limpié hasta el ojete por dentro. – digo, apoyando mi cabeza en su muslo.
– Luego Andrés puede darme por culo.
—No llames Andrés a tu padre, coño, nena. – Dice, mientras me acaricia la cabeza y me quita unos pelos de la cara con ternura – Quítate la manía, ya no la necesitas.
Noto el sudor hacerme cosquillas en el coño, y pienso que esto es un puto infierno, pero con un punto agradable. Nos quedamos ahí. No sé si ellos consideran que ya tengo regalo de cumpleaños o añadirán algo de regalo estándar. Pero quizá me den más, y eso me estimula.
La miro. Me sonríe, y subo al banco en el que está, besándole los muslos y las tetas por el camino. Me acerco a besarla, y me lo devuelve. Le como la boca, metiéndole la lengua hasta el fondo. Mis manos van a sus tetas y las magreo fuerte. Me envalentono y llevo mi mano a su coño, dispuesta a meterle los dedos para que no sienta tentación de pararme los pies. Me sigue besando, y permite que la sobe un poco, pero enseguida me aparta con suavidad.
Clara aparece en la puerta, con el pelo perfecto pese al vapor — Venga, al jacuzzi, que os vais a deshidratar.
Salimos, y el aire del pasillo da frío con el sudo. Con ese pequeño escalofrío la seguimos a una sala con un jacuzzi redondo y grande. El agua burbujea, echando vapor, y me meto desnuda, con el calor subiéndome por las piernas como una lengua caliente. Marta se hunde a mi lado, hasta el cuello, pero sus tetas ya brillan por las salpicaduras de las burbujas. Clara trae dos cócteles, hielo chocando contra el vaso y un sabor dulce que me llena el sistema nervioso.
Charlamos de cosas estándar con las burbujas masajeándome el culo y la espalda. Me pone estar así, desnuda y floja, con mamá desnuda a medio metro y en un lugar en el que pueden entrar en cualquier momento. El coño me late si imagino a papá sentado debajo de mí, con su rabo dentro, mientras mamá nos mira.
Clara vuelve con una sonrisa floja y nos saca del jacuzzi. Creo que me ha visto sobarla y no ha mostrado sorpresa, sino una sonrisa amable.
Nos guía por el pasillo hasta el fondo y entramos a una sala de masajes y relajación con una puerta distinta a las demás, de mayor calidad, como enmarcando el final del circuito y diciendo que es el lugar especial. Dos grandes camillas acolchadas profesionales con sábanas blancas, dispuestas en v frente a la puerta, como expuestas para el que entra, separadas por menos de dos metros. Dos sillones extensibles más allá, y al entrar, a la izquierda, un potro de masajes, también propio de un sitio así, enorme y con una base metálica con palancas. Tras las camillas en v, una mesa con toallas y botes de mierdas de esas suyas, velas y luces muy tenues.
Me quito la toalla, me tiro boca arriba, la piel húmeda y caliente contra la sábana. Las tetas me pesan contra el pecho y mi coño aún no se ha calmado del todo.
Marta, o sea, mamá, respira hondo, boca arriba, con las manos cruzadas bajo la cabeza y las tetas subiendo y bajando. Estoy en la puta gloria, pensando en Andrés, o sea, papá, follándome mañana por mi cumple y Marta mirándome con esos ojos de guarra que ha desplegado finalmente hace pocos días. Mirándome así mientras su marido le parte el coño a su hija.
Tump!
De repente, un ruido fuerte me arranca de la fantasía. Un golpe seco, otros retumbando, como si algo se hubiera estrellado contra una pared fuera, o el suelo, o ambos, y voces fuertes que no entiendo. Me pongo tensa, el corazón me da un vuelco, y el cuerpo se me enfría de golpe. Miro a mamá, que tiene la misma expresión de sorpresa y susto, con los ojos muy abiertos, y los músculos tensos. Ambas miramos hacia la puerta, en silencio, atentas a lo que está ocurriendo.
Me incorporo un poco, apoyo los codos en la sábana intentando no dejar de escuchar. Voy a levantarme para acercarme a la puerta, cuando. Una voz grita fuera, dura, casi un rugido, mucho más cerca que los anteriores sonido:
—¡¿Hay alguien todavía?! ¡¿Queda gente?! — Es una voz de hombre.
El tono, el volumen y la violencia de la voz me erizan la piel, y se oye, con igual claridad, la voz de Clara sollozando, un gemido roto que se cuela por el pasillo.
—No… Tranquilo, por favor. Hay dinero, y cosas caras… Se las puede llevar…
Pero qué mierda está pasando, me digo. Me sube por la garganta un nudo frío. Miro a Marta, buscando algo en su cara. Se está incorporando despacio, mirando alrededor en la habitación, y también a la puerta. No hay más salidas. Antes de que pueda pensarlo más, otro golpe retumba, más cerca pero menos sonoro, un «thud» pesado, como si hubieran tirado un mueble al suelo. Me siento del todo; el corazón me va a mil, latiéndome en los oídos, y me bloqueo en silencio, mirando cómo mamá empieza a bajar un pie de la camilla.
Respiro hondo, dándome cuenta de que no estaba respirando. Marta malinterpreta el gesto y me chista rápido, un «shh» seco, pensando que yo iba a decir algo. Sus ojos están ahora clavados en la puerta, duros y brillantes, y baja los pies al suelo, con una mano delante y la otra apoyada en la camilla, como si estuviera lista para saltar. Me quedo en silencio, con el cuerpo rígido y las manos apretándome los muslos.
El silencio vuelve un segundo, aplastándome el pecho, tan pesado que casi no respiro. Y entonces la puerta se abre de golpe. El marco cruje levemente a pesar de abrirse con fuerza. Un tío con pasamontañas negro y ropa negra, en la puerta, ancho, como una sombra hasta que los ojos se me acostumbran a la luz. El pasamontañas deja ver sus ojos y su boca.
Tardo en darme cuenta, pero lleva algo en la mano. Una pistola, coño. Una pistola en la mano. Nos mira sin decir nada.
Marta lo mira en silencio y se incorpora del todo. Mira a la mesa, probablemente en busca de algo que coger. Yo no puedo moverme.
El encapuchado mira hacia el pasillo tras de él. Posa su vista al fondo por un momento
Cuando digo que no estoy indefensa es porque sé usar armas. En Holanda pasé con nota mi primera prueba real. Con el arma que llevaba preparada, en un contexto callejero en el que estaba alerta, con un mindundi que no planificó bien el asalto. Pero en este contexto, nuestras posibilidades, incluso las dos juntas, son escasas o nulas. El arma las hace menos que nulas. Papá me entrenó desde pequeña, y llevo más de diez peleas amateur. Por eso sé que no sirve de nada contra alguien más fuerte, un hombre decidido y con adrenalina. Y además, armado.
El encapuchado vuelve la cabeza de nuevo, y nos mira de nuevo. Detiene la mirada en mí. Intento escuchar sonidos fuera, pero no hay ninguno. Nos mira de arriba a abajo, a ambas. No sé si Marta está igual de bloqueada que yo, pero espero que no haga ninguna chorrada. Su mejor patada sólo nos puede conseguir un tiro.
Sigue parado, mirándome. Mira rápido al pasillo por segunda vez, durante medio segundo, y creo que está valorando si alguien puede entrar o no. Y vuelve a mirarme.
Da un paso, y luego otro, despacio, mirándonos a ambas alternativamente, pero caminando hacia mí, sin más ruido que el resonar de las botas contra el suelo, cruj, cruj… que me suenan como martillazos. Me congelo.
El coño y el culo se me están apretando de puro miedo, mierda mierda y mierda, pienso. Se acerca, bajo la cabeza, sé que es algo conveniente. Marta se mueve levemente en nuestra dirección con las piernas colocadas levemente, engatillándolas con el apoyo en su centro y un leve movimiento. Lo noto por el rabillo del ojo, y me acojono de pensar que va a hacer la subnormal. Pero, por suerte, aún actúa con cabeza y no hace nada.
Él sonríe, burlón, mirándome las tetas. Me agarra por un brazo, con con una mano áspera clavándose en mi piel como una garra. El sudor me resbala por la espalda, frío ahora, y el corazón me late tan fuerte que lo siento en la garganta.
—Por favor… – Dice mamá. Y la voz le sale rota, desesperada.
El la mira, en silencio, y me empuja contra la camilla. Me rodea una muñeca y me la lleva a la espalda.
—Sshh – le chista él, mirándola fijo — Tranquila, que irá mejor.
Me vuelve a mirar a mí, y dice — Las manos las dejas en la espalda, donde están.
La voz es profunda y suena tranquila. Los ojos entrecerrados de depredador, ninguna mueca, las cejas quietas, la boca cerrada. Va en serio, pienso. No está asustado y ha hecho daño a alguien, así que es peligroso de verdad.
Me sube la cara de la barbilla. Agarra mis tetas, una tras otra. Con tanta fuerza repentina que hace daño.
—Por favor! – Dice mamá, más fuerte.—Calla, puta. – Responde él, con una calma como para helarte la sangre. Levanta el arma y le añade – Voy a hacer lo que me dé la gana con ella, y contigo igual.
Se acerca a mí y siento su aliento. Cierro las piernas, una sobre la otra, apretando los muslos instintivamente. Cállate, mamá, que es peligroso de verdad. Pero creo que no debo decirlo. No lo sé.
Me empuja del cuello, recostándome en la camilla. Caigo con los codos. Mis pierden el suelo, primero levemente y después, rápidamente, porque su mano empuja desde el interior de mis mulsos hacia afuera, abriéndolas. Mira mi coño. Mira a mi madre.
—Quieta o va a ser peor.
Me soba la cara, como si lo hiciera sólo para humillarme. Se me escapa un gimoteo. Su mano vuelve a mis tetas y ahora usa el arma para abrirme más los muslos. Puto spa, pienso. Mis fantasías de callejón representan sitios más incómodos que este y parecían más fáciles de afrontar que esta realidad.
Me mete dos dedos en el coño de golpe, duros, sin aviso. Y vuelvo a gimotear, con los ojos cerrados, en un sonido roto que me sale sin querer. Me mira, y mira a mi madre, sin sacarlos.
—Por favor… – Repite ella, de nuevo casi en un susurro.
Me mira sonriente y dice, muy despacio:
—Vaya. Me han dejado un regalo ya listo, no sabía que me esperaban.
Mi coño está, probablemente, húmedo y lubricado, aún. El susto no ha hecho desaparecer lo que se había provocado antes. Aunque le debe quedar poco tiempo así.
—¿Los masajes os los han dado en el coño? – Dice mirando a mi madre
Joder, me va a partir el coño, pienso. Me va a latir del miedo.
—¡Suéltala! – Dice ella, volviendo a gritar.
Me empuja con los dedos dentro, y se inclina sobre mis tetas, mirando a mi madre. Las chupa. Mirándola. El frío y el miedo me han puesto los pezones duros y sensibles. Le miro a él, como si tuviera que estar atenta y pudiese hacer algo para defenderme. El los lame, sacando la lengua exageradamente para que ella lo vea.
Él no le contesta, solo sigue sobándome, los dedos hundiéndose más. Retira su lengua y se yergue, sin sacarme los dedos del coño. Las piernas abiertas, mi piel blanca y mis tetas moviéndose con la respiración entrecortada deben parecerle un festín de desnudez. Siempre he pensado que mi piel produce una sensación de mayor desnudez. Hijo de puta. Que mamá no te vea sufrir mucho, me digo. No sabe quién soy, el subnormal. Después de esto lo encontrarán.
—Seguro que los masajistas te han dejado con las ganas y querías que te follaran, eh? – Me dice, apareciendo la primera mueca, los dientes visibles, de saberse en control y permitirse la excitación.
Mi coño intenta cerrarse, pero debe parecerle un latido. Ha comprobado que está mojado. Marta está en la otra camilla, casi a tiro de patada. Casi.
—¡Para, cabrón!
La voz le sale rota, casi un aullido, y oigo cómo se mueve, con un riiiiip de sábana, como si estuviera agarrándola con las uñas y se rasgase. Se acerca, la veo por el rabillo del ojo, el pelo mojado pegado a la cara, y pienso no, joder, así no.
El cabrón gruñe, saca los dedos de mi coño y no la espera. Se gira hacia ella, rompe él la distancia con un «cruj» de las botas y le tira un cabezazo, en plena frente. Ella estaba levantando la pierna, pobrecita, y el golpe la echa para atrás, de nuevo hacia atrás, dándo con la espalda contra el borde de la camilla y cayendo al suelo, desnortada. Miro a la mesa, por si hay algo que pueda usar. Putas toallas y botes de geles y aceites y mierdas. Nada. La ropa en otra habitación, el bolso y cualquier arma. La ayuda lejos, es el sitio más interior del puto spa. Debo intentar calmar la situación.
Él se lanza a por ella, y la mano que ha salido de mi coño la agarra por el pelo, levantándola a medio aturdir, con un tirón seco. Sus piernas tardan en responder al tirón para levantarse y evitar el dolor. La arrastra de los pelos hacia el potro que está al entrar a la izquierda, y pienso que vaya puta mierda, si se hubiese ido a los sillones podía intentar salir corriendo por la puerta hacia la entrada y salir o gritar pidiendo ayuda. El cuerpo de Marta choca contra el cuero del potro con un golpe sordo. Ella forcejea, y le tira una patada, diciendo con voz agitada, aunque sin conseguir apenas gritar.
—Suelta.. Suéltame!
Él le pone la pistola en la cara. El pánico la hace callar y retraerse, y yo tiemblo en la camilla, notando el dolor en la muñeca que me retorció hacia la espalda.
—Daleee… ¿qué eres? ¿Su mami o qué? – Dice, agresivo pero frío – Te veo muy protectora, puta… Muy alterada. Como que me lo vas a poner difícil. – Y se acerca a su cara, gruñendo. – Te reviento a ti primero mejor, golfa.
Les veo perfectamente. Menos de dos metros. Al decir eso, la empuja contra el potro, y ella cae, de rodillas, sujetándose al metal de la base con una mano.
Él usa la mano liberada para abrirse el cinturón. Luego el pantalón, un botón. Bajar la cremallera. Sacarse la polla, gorda y enorme, y los huevos. Ya está duro. Está claro que ha disfrutado y no está nervioso, el hijo de puta. Psicópata o experto, lo que sea. Empuja a mamá de la frente, sosteniéndole la cabeza contra el potro, y veo sus ojos abiertos como platos por el miedo al ver acercarse esa polla a su cara. Debe estar pensando lo mismo que yo: Joder, no podía tenerla pequeña.
Le da dos hostias, plas, plas, cruzándole la cara, el sonido rebotando en la sala, y vuelve a apretarle la frente contra la base del potro. Abre las piernas levemente y empuja su cadera contra ella, apretando sus huevos contra su boca.
—Bufff… Con el pelo mojadito y en pelotas. Empaquetada para follar. – Ella solloza. La polla le tapa los ojos con los huevos pegados a la boca. – ¡Abre! – Le grita, mientras se aleja un poco con la cadera para enfilarle ahora el capullo en dirección a la boca. Su voz se agrava en ese grito, y el estruendo del vozarrón del tío que acaba casi de noquearla la hace obedecer.
Mi madre abre la boca, sabiendo lo que va a pasar. La abre todo lo que puede, mirando al rabo del asaltante, intentando calcular si será suficiente para que no le haga mucho daño.
Y se la clava. Se la clava hasta el fondo, GLOGG!! Marta aguanta, pero sus manos pelean. Le empujan de los muslos, le arañan… Pero él empieza a embestir más fuerte, sin permitir que la polla salga del todo, apoyando la mano con el arma en el potro e inclinándose sobre ella; metiéndole y sacándole el rabo y sujetándole la cabeza para que no se escape. Machacada contra la base del potro, sus manos se van deteniendo para priorizar no ahogarse, pero se agarran a sus muslos, clavándole las uñas sobre el pantalón, y el movimiento hace que el pantalón vaya bajando sobre las manos de mi madre, con el clinc clinc de la hebilla. Puedo ver el culo del cabrón casi de perfil mientras le viola la boca.
—GGOOGGBOGjjOO!! – Intenta gritar ella mientras él empuja al fondo. Si hiciese ese sonido con Andrés significaría que quiere excitarle, o excitarse. Pero es un grito genuíno, de garganta asaltada. Los pantalones del violador siguen cayendo poco a poco, como ocultando las manos de mi madre, y la cara se le llena de lágrimas mientras esa barra de carne enorme y venosa desaparece una y otra vez en sus labios, con la cara deformada tragando y el pelo mojado saltando.
Se mueve tanto, y ella ha agarrado tan fuerte los muslos, que sus antebrazos desaparecen casi por completo bajo la tela volteándose y arrugándose.
—glob, glob glob, glogg, glogloglogggjj…
Abro los ojos como platos, el miedo apretándome el pecho, e intento incorporarme. Suelto un «¡Mamá!» ronco, pensando que la va a ahogar, y el cuerpo me tiembla entero. Las babas le gotean por la barbilla… Él aprieta hasta el fondo y veo sus ojos abrirse aún más entre la cara roja, o amoratada. Él se retira, y el sonido de la hebilla, más leve, se pierde en el pfff aaaaa de la respiración de ella, repentina, en cuanto la polla se lo permite al retirarse.
Le sujeta la cabeza y mira hacia mí, a las camillas, a la mesa tras ellas, y a los sillones.
La coge del pelo y la empuja contra la base del potro, haciéndole daño en la cabeza. Ella libera las manos para llevárselas a la parte trasera golpeada, mientras cae hacia adelante. Él se libera del pantalón usando los pies, dándole otro pequeño golpe al sacar una pierna del pantalón. Se agacha y busca en el bolsillo. Saca un móvil y lo suelta en el potro. Mientras usa la mano sin el arma para acabar de sacarse los pantalones, dice:
—Espera, que esto me va a gustar verlo después. – Dice. Coge el móvil de nuevo y se acerca descalzo a mí, mientras Marta vuelve a subir la cabeza como una mangosta en cuanto detecta que se dirige a las camillas.
Me mira, y pasa de largo. Apoya el móvil contra dos botes grandes, en la mesa. Enciende la cámara.
Esto es una pesadilla, me digo.
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