Capítulo 1

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Víctor se quedó mirándome un largo rato, respirando agitado. Luego, como si de pronto cayera en cuenta de lo que acababa de decir, su expresión cambió. La rabia se desinfló y apareció algo parecido al arrepentimiento.

—Dalia… mierda… lo siento —murmuró, pasándose una mano por la cara—. Es el alcohol, solo es el alcohol hablando. No quise decir eso. Tú no tienes la culpa de nada.

Asentí lentamente, forzando una pequeña sonrisa temblorosa.

—No te preocupes, Víctor… está bien. Sé que has tenido un día difícil.

Pero en el fondo sabía que no estaba bien. Sabía que cada palabra que había soltado era verdad. Yo era una carga. Una maldición. Y por más que él intentara retractarse ahora, ya no podía borrar el veneno que había soltado.

Pareció aliviado por mi respuesta. Se acercó de nuevo, más calmado, y me levantó con cuidado entre sus brazos, como había hecho miles de veces antes.

Durante todos estos años Víctor siempre estuvo allí, incansable. Me cargaba, me bañaba, me alimentaba, me llevaba a todas partes. Pero el dinero se convirtió en un monstruo silencioso que nos acechaba cada mes. Al principio vivíamos de la herencia que nos dejaron nuestros padres: una casa decente, algunos ahorros y un auto. Parecía suficiente.

No lo fue.

Mi tratamiento devoraba todo. Las cirugías reconstructivas, las prótesis que nunca terminaron de funcionar bien, las sesiones interminables de fisioterapia para evitar que mis muñones se atrofiara aún más, los psicólogos que intentaban convencerme de que “podía tener una vida plena”, los medicamentos para el dolor fantasma que nunca desaparecía del todo. Cada mes era una nueva factura, una nueva deuda.

Sin que yo lo supiera en ese entonces, Víctor se fue endeudando en silencio. Pidió préstamos, hipotecó la casa, vendió las joyas de mamá, el auto de papá, hasta los muebles. Todo se fue desvaneciendo mientras yo permanecía encerrada en mi propio cuerpo, ajena al precio que él estaba pagando.

Un día llegué a casa —o mejor dicho, Víctor me llevó— y la casa ya no estaba. La vendió. Todo lo que quedaba de nuestros padres desapareció en cuestión de semanas. Terminamos aquí, en este cuartucho oscuro y húmedo de paredes agrietadas, con una sola ventana pequeña que apenas deja entrar la luz.

Recuerdo el día que me lo dijo. Su voz estaba rota, cansada. Yo solo pude quedarme en silencio, mirando el techo. Otra vez esa sensación familiar: la culpa, pesada como plomo derretido, instalándose en mi pecho.

No solo había destruido mi cuerpo. También había destruido todo lo que quedaba de nuestra familia. Víctor había tenido que vender los recuerdos de nuestros padres para mantenerme con vida. Para mantenerme respirando dentro de esta carcasa inútil.

A veces me pregunto si él también lo piensa. Si cuando me mira, ya no ve a su hermana pequeña… sino al error que le arruinó la existencia.

Y lo más doloroso es que no puedo hacer nada para compensarlo. Solo existir. Solo ser esta carga silenciosa que respira, come y ocupa el espacio que él podría estar usando para vivir una vida mejor.

Víctor fue cambiando.

Al principio, cuando todo era reciente y el dolor aún estaba fresco, él se encargaba de mí por completo. Me bañaba con paciencia, sus manos grandes y cuidadosas deslizándose por mi piel. Me daba de comer con una ternura que casi parecía amor, llevándome la cuchara a los labios como si fuera una niña pequeña. Incluso salía a comprarme ropa nueva, preguntándome qué colores prefería, intentando que me sintiera un poco menos rota.

Pero el dinero se acabó, y con él se fue también esa versión de mi hermano.

Cuando nos mudamos a este cuartucho miserable, algo dentro de él se endureció. Las atenciones desaparecieron de golpe. Sus manos ya no eran suaves, sus palabras se volvieron cortantes, y sus miradas… sus miradas se llenaron de un cansancio que rayaba en el desprecio. El cariño de antes se transformó en una obligación fría, mecánica.

Los días se volvieron todos iguales, una niebla gris y pegajosa.

Intenté ayudar. Dios sabe que lo intenté. Quería ser útil de alguna forma, aunque solo fuera con la voz, dando ánimos o recordándole las cosas. Pero la depresión me tragó entera. Pasaba horas, días enteros, tirada en el viejo sillón de la esquina, ese que Víctor dejaba junto a la ventana. Lloraba en silencio hasta que me ardían los ojos, hasta que mi garganta se cerraba. Lloraba por él, por mí, por la vida que nos habían robado.

Cada mañana, antes de irse a trabajar, me dejaba allí. Me acomodaba con cuidado, casi sin mirarme, y se marchaba. Cuando regresaba por la noche, exhausto y con olor a alcohol barato, apenas me dirigía una mirada. Me daba de comer en silencio, como quien alimenta a un animal que no puede valerse por sí mismo, y luego se dejaba caer en la cama sin decir una palabra.

Yo me quedaba allí, en ese sillón, sintiendo cómo mi alma se pudría lentamente.

Ya ni siquiera intentaba hablarle. Sabía que mis palabras solo le pesaban más.

Y en medio de ese silencio asfixiante, una idea comenzó a crecer dentro de mí, oscura y venenosa:

Quizá mi único propósito en esta vida era ser su carga.

Quizá merecía ser olvidada.

—Vamos… te voy a bañar. Te sentirás mejor.

Me llevó hasta el diminuto baño. El espacio era tan reducido que apenas cabíamos los dos. Me sentó sobre el taburete de plástico y comenzó a quitarme la ropa con movimientos torpes pero suaves. El agua tibia empezó a correr.

Al principio todo parecía normal. Me enjabonaba la espalda, los hombros, los muñones. Pero pronto sus manos empezaron a moverse de forma diferente. Más lentas. Más insistentes. Sus dedos se demoraron en mis pechos, apretándolos ligeramente, rozando mis pezones con los pulgares de una manera que no tenía nada que ver con lavarme.

Me quedé rígida.

Su mano bajó por mi vientre, deslizándose entre mis muslos mutilados, tocándome ahí donde nunca antes me había tocado. No era un roce accidental. Era deliberado. Íntimo. Hambriento.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Quise decir algo. Quise pedirle que parara. Pero las palabras se me quedaron atragantadas en la garganta. El miedo y la culpa me paralizaron. ¿Cómo podía negarme? Después de todo lo que él había sacrificado por mí. Después de todo lo que le había arruinado la vida.

Así que no dije nada.

Solo cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo sus dedos exploraban mi cuerpo con una curiosidad oscura y prohibida, mientras el agua tibia seguía cayendo sobre nosotros.

Me quedé completamente inmóvil.

—Víctor… —susurré apenas, con la voz temblorosa.

Él no respondió. Solo respiraba más pesado, con los ojos fijos en mi cuerpo desnudo e indefenso. Por un instante sentí verdadero miedo. Su mano se volvió más atrevida, introduciendo un dedo en mi interior con una lentitud deliberada, como si estuviera probando hasta dónde podía llegar.

Y entonces, tan bruscamente como empezó, se detuvo.

Víctor sacudió la cabeza, como si despertara de un trance. Retiró la mano rápidamente y siguió bañándome en silencio, ahora con movimientos más mecánicos, casi bruscos. No dijo una sola palabra. Yo tampoco.

Terminó de enjuagarme, me secó con la toalla y me cargó hasta la cama que compartíamos. Me acostó con cuidado en mi lado de siempre, cerca de la pared. Apagó la luz y se acostó a mi lado. La habitación quedó envuelta en una oscuridad casi total, solo rota por la débil luz de la calle que se filtraba por la ventana.

Durante unos minutos solo se escuchaba nuestra respiración.

—Dalia… —susurró finalmente, con voz más suave—. Perdóname por lo de antes. A veces… todo esto me supera.

Sentí un nudo en la garganta. Por un momento, volvió a sonar como el hermano que me cuidaba.

—Está bien —respondí con suavidad—. Sé que es difícil para ti. Yo… yo solo quiero que estés bien.

Se quedó callado un rato. Luego, en la oscuridad, sentí su mano posarse sobre mi cabello, acariciándolo con ternura.

—Eres lo único que me queda —murmuró.

Y por un segundo, creí que todo podía estar bien. Que aún quedaba algo de amor entre nosotros.

—Aunque a veces… —continuó, con la voz cambiando de tono— desearía que no hubieras sobrevivido.

El silencio que siguió fue brutal.

Mi pecho se contrajo. Las lágrimas me ardieron en los ojos.

—…¿Por qué dices eso? —pregunté con un hilo de voz.

—Porque es la verdad —respondió, ya sin suavidad—. Si te hubieras muerto ese día, yo tendría una vida. Una puta vida normal. No estaría atrapado en esta mierda contigo.

Las palabras cayeron como cuchillos.

Y supe, en ese instante, que el hermano que me había cuidado ya no existía.

La oscuridad del cuarto se volvió asfixiante.

—No entiendes nada, ¿verdad? —escupió Víctor, incorporándose en la cama. Su voz ya no tenía rastro de arrepentimiento—. Tú sigues ahí, tirada como una muñeca rota, y yo soy el que tiene que cargar con todo. ¡Con todo!

—Víctor, por favor… —susurré, intentando calmarlo.

—¡No! ¡Ya me cansé de tus “por favor”! —gritó, levantándose con violencia. La cama crujió cuando se puso de pie—. ¿Sabes cuántas veces he pensado en irme y dejarte aquí? ¿Cuántas veces he deseado que ese maldito accidente te hubiera matado de una vez?

Cada palabra fue como una puñalada en el pecho. Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—…Yo nunca te pedí que te quedaras —respondí con la voz temblando, pero sin poder ocultar el dolor—. Si tanto me odias, ¿por qué no me dejas? ¿Por qué sigues aquí?

—¡Porque no tengo a nadie más! —rugió, acercándose a la cama—. ¡Porque tú destruiste mi vida y ahora soy tan miserable como tú! ¡Mírate! No sirves para nada. Ni siquiera puedes defenderte.

Se subió a la cama con movimientos bruscos. Sentí su peso hundiendo el colchón a mi alrededor. Su aliento apestaba a alcohol.

—Víctor… no…

Intenté alejarme, pero mi cuerpo inútil solo consiguió retorcerse patéticamente contra la pared. No tenía brazos para empujarlo. No tenía piernas para huir.

Él me agarró por los hombros con fuerza y me puso boca arriba. Su cuerpo pesado cayó sobre mí. Sentí su erección dura presionando contra mi muslo mutilado.

—Tal vez… —jadeó con voz ronca, casi delirante— si te uso como la mujer que deberías haber sido, deje de sentir tanto odio.

Forcejeó con su pantalón. Escuché el sonido de la cremallera. Su mano bajó entre mis piernas, abriéndomelas con rudeza aunque ya no tenía nada que abrir.

—Víctor, por favor… soy tu hermana… —supliqué entre sollozos, con la voz rota.

—Cállate —gruñó.

Sentí la cabeza gruesa y caliente de su verga presionando contra mi entrada. Empujó. La punta comenzó a abrirme. El dolor fue inmediato, seco, brutal.

¡Ahh!

Un grito ahogado escapó de mi garganta. Lágrimas calientes corrían por mis sienes.

Él empujó un poco más, a punto de entrar por completo…

Y entonces se detuvo.

Su cuerpo entero se tensó sobre mí. Respiraba como un animal. Sentí cómo temblaba.

—Mierda… —susurró con voz quebrada—. ¿Qué estoy haciendo?

Se apartó de golpe, como si mi cuerpo le quemara. Cayó sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos, respirando agitadamente.

Yo me quedé allí, temblando, expuesta, con la sensación de su verga aún latiendo contra mi entrada. El llanto me sacudía el pecho sin control.

Ninguno de los dos habló durante un largo, doloroso rato.

Solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones rotas en la oscuridad.

Víctor no dijo nada más.

Me levantó como si no pesara nada, como si fuera un objeto cualquiera. Sus manos ya no tenían ni rastro de ternura. Me cargó sin cuidado y me llevó hasta el viejo armario empolvado que estaba en la esquina del cuarto. Abrió la puerta con un chirrido oxidado.

—Víctor… por favor… —supliqué con voz rota—. No me hagas esto…

No respondió. Simplemente me metió dentro, doblando mi torso inútil como si fuera un saco de ropa sucia. Mi cabeza golpeó contra la madera del fondo. El olor a humedad y polvo viejo me invadió las fosas nasales. Apenas había espacio. Mi cuerpo quedó torcido, apretado contra las paredes ásperas del armario.

Escuché cómo cerraba la puerta.

Clic.

La oscuridad fue absoluta.

Al principio pensé que solo me dejaría ahí unas horas. Que se le pasaría el enojo. Pero las horas se convirtieron en un día entero. Luego en dos. Luego en tres.

El tiempo perdió todo sentido dentro de esa caja negra.

Al principio lloré. Lloré hasta que me ardía la garganta y ya no me quedaban lágrimas. Golpeaba los muñones contra la madera, intentando hacer ruido, intentando que me escuchara.

—¡Víctor! ¡Víctor, por favor! ¡Sácame de aquí! ¡Tengo miedo! ¡No me dejes sola!

Nadie respondía.

A veces lo escuchaba fuera. Escuchaba sus pasos pesados, el sonido de latas de cerveza abriéndose, la televisión encendida. En una ocasión escuché risas de sus amigos. Hablaban de mujeres, de dinero, de lo miserable que era su vida. En ningún momento mencionó que tenía a su hermana encerrada en un armario como si fuera basura.

—¡Víctor, eres un hijo de puta! —le grité una noche, entre sollozos de rabia y desesperación—. ¡Te odio! ¡Ojalá me hubiera muerto ese día para que tú también pudieras vivir!

El silencio que siguió fue peor que cualquier insulto.

Empecé a hablar sola. A suplicarle al aire. A pedir perdón por haber sobrevivido. A prometerle que sería buena, que no le daría más problemas, que haría todo lo que él quisiera si tan solo me sacaba de esa oscuridad asfixiante.

El hambre llegó. También la sed. Mi cuerpo empezó a doler de estar en la misma posición durante días. Oriné sobre mí misma más de una vez, humillada, sintiendo cómo el líquido caliente se enfriaba contra mi piel. El olor era nauseabundo.

Ya no sabía si era de día o de noche.

Solo existía la oscuridad, mi respiración entrecortada y el sonido distante de la vida de mi hermano continuando sin mí.

Cuando por fin la puerta del armario se abrió, la luz me golpeó como un cuchillo. Parpadeé, cegada, con los ojos hinchados y enrojecidos.

Por un segundo sentí un alivio inmenso. Libre. Por fin libre.

Pero entonces lo vi.

Víctor estaba allí, de pie frente al armario, mirándome. No había arrepentimiento en su rostro. Ni lástima. Solo una mirada grotesca, oscura, hambrienta. Como si estuviera observando un objeto que por fin había decidido usar.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo, sucio, marcado por días de encierro, y una sonrisa lenta y torcida se dibujó en sus labios….