Tras la muerte del patriarca, la familia se reúne en una casa de campo. La tensión sexual es inmediata. Diego espía a su madre, Valentina, masturbándose, iniciando una obsesión prohibida. Sebastián, el amigo de la familia, observa todo con interés.
Diego convence a Valentina de posar desnuda para él. La sesión de dibujo deriva en sexo explícito, consumando el incesto madre-hijo. Camila los espía, excitándose, mientras Sebastián la invita a un "juego" privado.
Sebastián inicia a Camila en el BDSM en la bodega. Paralelamente, seduce a Valentina en la biblioteca, fracturando su lealtad a Diego. Mientras, Diego y Valentina reafirman su relación con sexo posesivo y lleno de culpa.
Sebastián orquesta una orgía de los cuatro en el salón. Las parejas se intercambian en un frenesí de sexo crudo, impulsado por la rabia, los celos y la venganza. Es la disolución final de todos los límites familiares.
Al día siguiente, Sebastián somete a cada uno a una tarea humillante y las graba. Luego les muestra el material y les da un ultimátum: someterse a su pacto perverso o ser expuestos. Todos aceptan, sellando su destino como sus sujetos en una nueva y retorcida dinámica.