Capítulo 1

Compilación de las experiencias paranormales vividas por un grupo de chicas a finales del siglo XX, cuando su mundo estaba por ser reciclado (otra vez). Una serie de sangrientos asesinatos a muchachas de la localidad tienen un móvil fuera de este mundo. Historia contada con lenguaje nostálgico por los años 90s.
1️⃣ Nereira
Los vidrios de las ventanas escurrían cataratas por su lado exterior. Por el interior, tenían estampado un montón de manos blancas. Casi todos los chicos de grado sexto del colegio Adveniat estaban agolpados contra el helado vidrio, contemplando maravillados el aguacero más torrencial que habían visto en sus vidas. Tras la aparición efímera de un rayo, todos emitían un grave wow y con el respectivo trueno, todos emitían un agudo grito. Aunque eran solo las dos de la tarde, el día se había puesto tan oscuro que fue necesario prender las luces de los salones. El ruido era tal que cualquiera que quisiera hacer un comentario, debería usar la voz subida medio tono para ser escuchado. El panorama habitual a través de este ventanal se componía de las barriadas vecinas, calles y más calles empinadas y más allá, cerros alfombrados por frondosos pinares. Pero en aquél lóbrego día de Abril, apenas sí se veían las casas de en frente. Esta densa bruma estimulaba la imaginación de los niños, toda vez que el mundo nocturno era todavía desconocido para sus ojos, pero estaban ahí presenciando la oscuridad del exterior, en pleno día. Y aún podía haber más excitación: La brutal lluvia causó un apagón. El grito del curso fue más alto que cuando tronaba. Y el grito siguiente, producto de un nuevo trueno ya sin el cobijo de la luz eléctrica, fue el mayor de todos. La profesora de Español, que no era amargada, también curioseaba por la ventana, a través del estrecho espacio que la masa de niños y niñas le había dejado. Veía hacia la calle, donde la calzada y parte de los andenes se habían convertido en el cauce de un feroz río que arrastraba pedazos de árboles y piedras monumentales.
De repente, sonaron las bisagras de la puerta metálica del salón. Era algo fuera de lo común que este sonido tuviera lugar sin el baño de luz que naturalmente ocurría al abrir la puerta. Esa tarde no había luz que entrase.
—Profe Nubia —dijo el visitante—, ¿puede tener aquí a los de undécimo un rato?
—Claro, profe Víctor —respondió ella, pasando instantáneamente a dar palmas, llamando la atención de sus pupilos— Chicos, chicos —continuó—, recojan todas sus cosas y háganse en la mitad de atrás del salón.
Acto seguido, los veinte estudiantes obedecieron prestamente a su querida maestra, moviéndose como bandada para alzar sus cosas y correr su asientos.
—¿Qué pasó? —preguntó Nubia, habiéndose acercado a Víctor.
—Se les inundó —informó este.
El aula de los de undécimo estaba en el cuarto piso, cubierto no por plancha de hormigón sino por un viejo tejado. Ahora, en el aula de sexto de primaria había casi cuarenta estudiantes, apretados como nunca, en la oscuridad y sintiendo una mezcla extraña entre miedo y euforia.
—A los de décimo también se les va a pasar el agua —anticipó Nubia.
—Pues, por si acaso, vamos a bajarlos a sexto A —replicó Víctor.
—Nadie está haciendo clase ¿cierto?
—Nadie. No se ve lo que hay en el tablero, parecen las seis y media de la tarde.
Un nuevo relámpago se metió en las pupilas de todos.
—Ay, van a gritar otra vez —se quejó Nubia, tratando de esconder la cabeza entre sus hombros.
El trueno y el respectivo grito advinieron. Estuvo tan fuerte que pareció haberse encajonado en el patio y rebotado en todos los muros.
—¡BÚ! Se va a acabar el mundo… —tronó un estudiante de undécimo.
Pero su burla lo acababa de poner en ridículo sólo a él.
Nubia tuvo una idea fascinante. Se giró hacia el estudiante y con voz humillante le dijo:
—No, mijitico, está soñando si cree que eso es sacarle un susto a un niño de sexto.
—Ay, profe, es por jugar —se defendió el guaimarón.
—¿Quiere aprender a sacarle un buen susto a una multitud?
Todos estiraron el pescuezo para ver a la profesora Nubia, presintiendo que algo interesante iba a ocurrir.
—¿Jorge? ¿Dónde está Jorge? —estiró ella el pescuezo.
—Aquí, profe —respondió una voz sombría y sin dueño.
—¿Dooonde? —exclamó ella, satisfecha porque Jorge estaba siguiendo el juego.
Entonces, el grupo completo de undécimo se abrió como el mar rojo, sin que sonara una sola voz ni roce. Allí en medio, resultó estar Jorge, sentado, con un pie subido en el escaño y sosteniéndose la quijada. Donde debería estar su rostro solo había sombra. Otro relámpago acaeció y la luz hizo centellear los vidrios de sus gafas circulares. Fue el wow más grave y lento que soltaron los de sexto ese día. Todos conocían a Jorge, el más afamado actor del grupo base de teatro del colegio Adveniat. El tipo de estudiante que al graduarse e irse, se convierte en una pérdida para la comunidad.
Jorge hizo una simple gesticulación manual para hacer que sus compañeros de curso se sentaran en el piso. Al siguiente instante, su cabeza era la única que sobresalía y tenía la atención de todos.
—Advienen tiempos ominosos —anunció—. El tiempo se ha vuelto loco y la naturaleza ruge contra nosotros. ¡ESTÁ ESCRITO! —vociferó y se irguió, sacándole un gritito a una que otra niña—. Criaturas maléficas se ocultan en la bruma y se alimentan de nosotros. Le temen a la luz, pero se regocijan en esta oscuridad. Han estado convirtiendo al mundo humano en un gallinero, pues somos su sustento. Esto ocurre cada cierto tiempo, y este, es el tiempo. Lo que les voy a contar ocurrió a mis abuelos, cuando ninguno de estos barrios existía y en su lugar había monte húmedo y espeso, y para ir de una casa a la de un vecino tenían que caminar por horas y llevar una caperuza por si les cogía la noche y no había luna. Por entonces el monte no era como es hoy. Era todavía más húmedo. Había tanta agua que parte de ella permanecía flotando en forma de nube ligera sobre el la tierra. El viento suave mantenía esta nube eterna danzando con lentitud entre los árboles. Los niños en especial le temían a los momentos más fríos de año, porque nunca sabían si delante suyo tenían un torbellino de humedad o un… fantasma. ¡Inclusive! Si se topaban a alguien camino a la quebrada o de vuelta a la casa, la neblina baja nunca dejaba ver los pies de nadie. O sea que tampoco se sabía si alguien con ruana y sombrero era un vecino o acaso un espectro del más allá, que ocultaba la ausencia de pies en el manto de niebla.
Jorge se relajó, exhalando copiosamente y dio la vuelta. Su grupo de compañeros de curso lo miraban y escuchaban cual si fueren una sola consciencia, inexpresivos y estáticos. En cambio, los niños de sexto si presentaban uno que otro movimiento. Los más veteranos frotaban sus manos y sonreían maliciosamente, en tanto que, los más jóvenes tenían el entrecejo levantado y miraban de cuando en cuando al rededor.
—El mundo ya no es el mismo —siguió Jorge, dándoles la espalda—. Las colinas ya no están llenas de árboles y humedad sino de casas y cables eléctricos. Parece que ya no hay lugar para lo sobrenatural —volvió a ver al grupo—, pero ellos no se rendirán tan fácil. Quieren traer la oscuridad de vuelta. Esta oscuridad.
Se acercó más y se recargó en el puesto de Nereira. No en el volumen pero sí el tono propio de susurro, dijo:
—Vienen por nosotros.
Otro relámpago más venció la oscuridad durante una fracción de segundo, y un momento después, se oyó el estrepitoso trueno, pero esta vez no hubo grito.
—¿Saben de qué están hablando por ahí? —continuó Jorge, y se apuró a responderse a sí mismo para no desviar la atención— Están hablando del fin del mundo, o algo así. Dentro de pocos años. Será el día 6, del mes 6, de 1996. Yo no sé si se vaya a acabar el mundo —agregó desdeñosamente—, pero sí sé que una fecha cabalística es crucial para los seres del más allá, porque se abren puertas para cruzar a este mundo. Solo les digo, niños, estén preparados.
Dicho eso, su grupo entero se levantó y esperó a que Jorge pasara entre ellos para volver a sentarse donde estaba. Una vez se sentó, subió un pie al escaño y descansó la mandíbula sobre su mano, el resto de estudiantes de undécimo se movió conforme la consciencia de enjambre que parecían ser, y volvieron a ocultarlo.